«Busco un sitio que recaude mi comisión, venda mi perro, queme mi pájaro y me venda un cigarrillo». Es Dylan el que habla, carnal. Dylan en las calles de Londres en algún momento de la gira europea del Blonde on Blonde. Pero también Dylan en la pantalla del televisor, en el anuncio de un banco que asegura romper esquemas y liberar ataduras. Un Dylan joven, despreocupado, con gafas de sol y hasta arriba de anfetaminas, ignorante de que el Dylan viejo cobrará royalties, casi medio siglo después, por permitir que la publicidad fagocite las chorradas que él está diciendo esa mañana de 1966. Un Dylan joven que teme encasillarse en la música, quedar atrapado en algún lugar profundo de Alabama, y que en una de las canciones del disco que acaba de publicar le pregunta a su madre: «Oh, mamá, ¿esto puede ser realmente el fin?».

Esa rola, carnal. Esa melodía que asalta al periodista Hunter S. Thompson mientras atraviesa a toda pastilla el desierto de Nevada en Miedo y asco en Las Vegas; un Don Quijote lisérgico derrotado por sus libros de caballería, el cronista del derrumbe del sueño americano. Y Sancho Panza: el Doctor Gonzo, «uno de los prototipos de Dios, una especie de mutante de gran potencia que jamás se consideró para la producción en masa. Fue demasiado raro para vivir y demasiado extraordinario para morir», un samoano enorme, excesivo, violento, alucinado, enganchado a todas las sustancias posibles. «Como abogado tuyo te aconsejo que me digas dónde pusiste esa mescalina que tenemos a medias». Aunque no lo parezca, Hunter S. Thompson miente poco en sus libros: en este caso lo único que no es cierto es el nombre de su compinche, y su origen.

Z de Zapata

Óscar Z. Acosta. El Zeta, ése. El «vato número uno», en sus propias palabras. Un hippie pasado de rosca y con un ego que superaba sus ciento y pico kilos de peso; «un entusiasta de las drogas, un vago, exmisionero baptista en Panamá, exclarinetista, exrecolector de melocotones, placador de fútbol, aparcacoches, abogado, extodo». Pero también el defensor legal y portavoz de los activistas chicanos de la zona de East Los Ángeles. El Malcom X hispano, según el FBI. «Ahora me llamo Zeta. He renunciado a mi nombre de esclavo» –asegura en una entrevista–. Un nombre tomado del protagonista de una vieja película mexicana, «una combinación de Zapata y Villa». Como banda sonora, La cucaracha sampleada en los Jefferson Airplane, los murales de Diego Rivera en las latas de grafiti, la Revolución mexicana en el Black Power. Desobediencia civil y guerrilla urbana a ritmo de LSD y mota. La contracultura desde la periferia, carnal. Desde el gueto.

Porque La revuelta del pueblo cucaracha (Acuarela) no deja de ser una novela sobre cómo organizar la rabia. Una rabia que en la ciudad de Los Ángeles tiende a acumularse durante años en los barrios más pobres para acabar explotando de manera incontralable cada dos o tres décadas. Una rabia provocada por la marginación y el olvido, carnal, por la brutalidad policial y el racismo. Pero también una rabia digna que logra unir a estudiantes y pandilleros, a militantes y vecinos. Una rabia digna que no renuncia a la anarquía ni a la risa ni a la subversión de cada día, de cada momento. Como en aquella canción: «Cu­ca­rachas enojadas / fumando marihuana / buscando una fiesta». Como telón de fondo, la Guerra de Vietnam, el asesinato de Robert Kennedy, la reelección de Nixon; pequeños fragmentos de historia como túneles para contrabandistas en los que uno se va encontrando con personajes como An­gela Davis, César Chávez, Anthony Quinn, Charles Man­son –«el fascista del ácido»– o el mismo Hunter S. Thompson.

Precisamente, el padre del género gonzo y Óscar Zeta Acosta emprenden su enloquecido viaje hacia Las Vegas como consecuencia de los hechos narrados en La revuelta del pueblo cucaracha: el asesinato, en agosto de 1970, del periodista chicano Rubén Salazar –Roland Zanzíbar en la novela– a manos de la policía durante la marcha más importante (30.000 vatos, carnal, la raza) de la Moratoria Chicana, una coalición de grupos mexicano-americanos en contra de la Guerra de Vietnam. Thompson, que pretende escribir un artículo al respecto con Zeta como fuente principal, aleja al abogado de la tensión imperante en Los Ángeles y se aleja él de la abierta hostilidad de los militantes chicanos hacia un periodista gabacho. De paso, cubrirán un par de encargos para la Sports Illustrated y la Rolling Stone y se pondrán ciegos a más no poder.

Poder Pardo

«En la época en que le conocí, en el verano de 1967, hacía ya tiempo que había dejado atrás lo que él llamaba “su idilio de amor juvenil con la ley”. Lo mismo había ocurrido con su temprano celo misionero y, tras el primer año de trabajo para la asistencia social en el “centro legal para la pobreza” de East Oakland, estaba listo para librarse del academicismo de Holmes y Brandeis y asimilar un estilo más Huey New­ton y Pantera Negra a la hora de tratar con las leyes y los tribunales de América». La mención que aquí hace Hunter S. Thompson, hablando sobre Acosta, de las Panteras Negras, no es gratuita: su irrupción en la escena contracultural y política de los 60 significará un cambio radical en las actitudes y estrategias de muchos grupos de la nueva izquierda estadounidense –y del resto del mundo– y transformará por completo el contexto de la lucha por los derechos civiles. Dentro del movimiento chicano, esta influencia será evidente en organizaciones como los Brown Berets (boinas pardas) y otras; incluso en el comportamiento de Zeta en los tribunales («soy el único que de verdad odia la ley»), acusando sin tapujos al sistema judicial de racista, provocando constantemente su propio encarcelamiento por desacato o citando a declarar a todos los jueces del Estado de California. Como escribe Thompson: «Más rápido que Bo Jackson y más loco que Neal Cassady».

Óscar Zeta Acosta, el Bú­falo Pardo, desaparecerá, sin embargo, en la noche y en el mar. Una llamada a su hijo Marco desde Mazatlán, Si­na­loa, México, en 1974, será lo último que se sabrá de él. Antes de colgar le dirá que está a punto de subirse «en un barco lleno de nieve blanca». Des­pués de eso, nada. Malas compañías, demasiados excesos, un naufragio, tal vez. Pero también el mito tomando forma, reinterpretándose, reescribiéndose a sí mismo: Quetza­cóatl zarpando hacia el este, carnal. La serpiente emplumada anunciando, en su partida, su regreso.

[Artículo publicado en el número 227 del periódico Diagonal (julio de 2014). Imagen: el boxeador, poeta y activista chicano Rodolfo «Corky» Gonzáles, uno de los «personajes» de La revuelta del pueblo cucaracha].

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