Soñé con detectives perdidos en la ciudad oscura.
Roberto Bolaño

 

El hombre que soñaba con John Coltrane
amanecía despierto en los días de invierno
y tarareaba canciones para alejar el dolor,
melodías del blue train, salmos como pájaros
que regresan a la costa heridos de muerte
para silbar en la playa sus últimos versos.

El hombre que soñaba con John Coltrane
en ocasiones soñaba con un hombre ciego
que afila una armónica hecha de huesos
mientras observa a los niños jugar en la arena
y el ferrocarril se aleja para siempre del puerto,
se difumina, se desvanece sin despedidas
ni blancos pañuelos en el esqueleto de un cuadro
de Turner, en la velocidad de su lienzo.

El hombre que soñaba con J. Coltrane
abría ventanas en las noches de tormenta
para dejar entrar la lluvia en la oscuridad del cuarto,
para llenar de oscuridad la lluvia y las paredes,
las calles que se extienden lejos del mar como fronteras
del invierno y ocuparlas con naufragios, y descender
con el diluvio y la noche sobre la ciudad,
y en la falta de luz hallar una esperanza,
una estación de nieblas quizás abandonada
donde conseguir un boleto para el primer tren hacia el sur
y dejar en la madrugada su aliento
como único mensaje, por si acaso los amigos
que puede contar con los dedos de una mano
salen en la mañana a buscarlo, por si acaso la policía
le sigue los pasos, solo su aliento helado
en la madrugada, junto a la máquina de café,
junto al lavabo y las portadas de los periódicos,
junto al reloj que marca las doce,
la hora del fin del invierno.

En ese viaje el hombre que soñaba con Coltrane
conoció la ternura en la arquitectura de los puentes
y en los raíles oxidados conoció el amor,
recorrió después en las últimas hojas del otoño
las vías muertas y los viejos túneles
bautizados hace tiempo por los enamorados
y por los perros, el llanto le cubrió la cara
al lamer con la lengua desnuda la herrumbre
de los recuerdos y sentir en la garganta
el grafiti, el fuego de los encendedores,
los fragmentos de vidrio de las botellas
arrojadas al océano, las melodías que tarareó
en invierno junto a una ventana
para alejar el dolor, cuando el mundo era tan pequeño
que cabía en pañuelos blancos y fotografías
borrosas y nada sabía él de los trenes,
del sur o de los pájaros,
apenas que el mundo era tan pequeño
que cabía en la palma de la mano,
en las líneas del destino, nada más:
apenas que el mundo era tan pequeño
que cabía en unos pocos surcos
en la piel, en los discos de vinilo,
y que merecía la pena
llorar por él.

[Poema incluido en el libro Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: Coltrane tocando el saxo soprano (fuente)].

Anuncios

Comenta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s