«Generación tras generación, cada vez somos más los supernumerarios, “los inútiles para el mundo”, o para el mundo, en todo caso, de la economía. Desde hace sesenta años hay gente como Wiener que profetiza que la automatización y la cibernetización van a “producir un desempleo en comparación del cual las dificultades actuales y la crisis económica de los años 1930-1936 parecerán cosa de broma”, así que la cosa tenía que acabar llegando. Según las últimas noticias, Amazon se está pensando abrir en Estados Unidos dos mil supermercados íntegramente automatizados, sin caja y en consecuencia sin cajeras, sometidos a un control total, con reconocimiento facial de los clientes y análisis en tiempo real de cada uno de sus gestos. Al entrar, uno pasa su smartphone por un terminal y a continuación se sirve. Todo lo que elijas se carga automáticamente a tu cuenta Premium gracias a una aplicación, y todo lo que devuelvas a la estantería se te vuelve a abonar. Se llama Amazon Go. En esta distopía mercantil futurista ya no hay dinero líquido, ni colas, ni robos ni casi empleados. Se prevé que este nuevo modelo debería alterar todo el ámbito de la distribución, el mayor proveedor de empleos en los Estados Unidos. A largo plazo, son tres cuartos de los empleos los que deberían desaparecer en el sector de las tiendas de conveniencia. En términos más generales, si nos atenemos a las previsiones del Banco Mundial, para el año 2030 habría desaparecido el 40 % de la masa de empleos existentes en los países ricos bajo el empuje de la “innovación”. “No trabajaremos jamás” era una bravata de Rimbaud. Va camino de convertirse en la lúcida constatación de una juventud al completo.

»De la extrema izquierda a la extrema derecha, no faltan charlatanes para prometernos sempiternamente “el restablecimiento del pleno empleo”. Quienes quieren hacernos añorar la edad de oro del salariado clásico, sean marxistas o liberales, acostumbran a mentir sobre su origen: aseguran que el salariado nos habría liberado de nuestra servidumbre, de la esclavitud y de las estructuras tradicionales; que habría constituido, en suma, un “progreso”. Cualquier estudio histórico un poco serio demuestra, por el contrario, que nació como prolongación e intensificación de las relaciones de subordinación anteriores. Hacer de un hombre el “detentador de su fuerza de trabajo”, y que esté dispuesto a “venderla”, es decir incorporar a las costumbres la figura del Trabajador, es algo que requiere no pocas expoliaciones, expulsiones, pillajes y devastaciones, no poco terror, medidas disciplinarias y muertes. Es no comprender en absoluto el carácter político de la economía, no ver que de lo que se trata en el trabajo es menos de producir mercancías que de producir trabajadores; esto es, una determinada relación con uno, con el mundo y con los otros. El trabajo asalariado fue la forma de mantenimiento de un cierto orden. La violencia fundamental que contiene, esa que hace olvidar el cuerpo molido del obrero en cadena, el minero fulminado por una explosión de grisú o el burn out de los empleados sometidos a una presión empresarial extrema, guarda relación con el sentido de la vida. Al vender su tiempo, al convertirse en súbdito de eso para lo que se le emplea, el asalariado pone el sentido de su existencia en las manos de aquellos a los que esta deja indiferentes, de aquellos cuya vocación consiste incluso en pisotearla. El salariado ha permitido a generaciones de hombres y de mujeres vivir eludiendo la cuestión del sentido de la vida, “siendo provechosos”, “haciendo carrera”, “sirviendo”. Al asalariado siempre le ha sido lícito dejar dicha cuestión para más tarde —hasta la jubilación, digamos—, mientras lleva una honorable vida social. Y como, según parece, una vez jubilado ya es “demasiado tarde” para planteársela, ya no le queda más que aguardar pacientemente la muerte. De tal modo se habría conseguido pasar una vida entera sin haber tenido que entrar en la existencia. El salariado nos aligeraba así del pesado fardo del sentido y de la libertad humana. No en vano El grito de Munch perfila, todavía hoy, el verdadero rostro de la humanidad contemporánea. Lo que ese desesperado no encuentra sobre su espigón es la respuesta a la pregunta: “¿Cómo vivir?”».

[Ahora, Comité Invisible (Pepitas de calabaza, 2017), páginas 96-99. Imagen: detalle de El grito (Edvard Munch, 1893)].

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