«Por exaltación, a los dieciocho años decidí ser paracaidista. Cierto es que tuve la suerte de ver la cabeza de puente de Normandía, aunque desde una camilla, porque nuestro planeador, destrozado en el aire por armas antiaéreas, se desvió del objetivo y cayó con todos nosotros treinta hombres sobre los búnkers alemanes, y yo acabé con el cóxis fracturado en un hospital militar inglés. Y con Marte ocurrió exactamente lo mismo. Si hubiera regresado de allí, dudo que me hubiera sumido en mis recuerdos hasta el fin de mis días, sino que habría sufrido la misma suerte del segundo hombre que llegó a la Luna, a quien no le bastaron los sillones que le ofrecieron en los consejos de administración de varias multinacionales, y se entregó a pensamientos suicidas. Uno de mis camaradas era jefe de ventas de una conocida marca de cerveza en Florida, y cada vez que yo agarraba una marca de cervezade esa marca, no podía evitar verlo frente a mí, blanco como un ángel en su escafandra, subiendo en el ascensor; supe que me había lanzado a esta extraña aventura para no seguir sus pasos.

»Mientras contemplaba la torre Eiffel empecé a comprender muchas cosas. La mía era una profesión fatal, seductora por el calificativo que se asignaba a cada uno de sus logros de “un gran paso para la humanidad” (que, como había dicho Armstrong, solo era “un pequeño paso para el hombre”), cuando en realidad era un punto culminante, el apogeo no solamente de una órbita, un lugar que podía desvanecerse, una imagen simbólica de la vida humana, con toda la avidez de sus esfuerzos y esperanzas dirigidos hacia lo inalcanzable. Con la única diferencia de que aquello que constituía para el individuo sus mejores años, aquí representaba horas. Aldrin sabía que las huellas de sus grandes zapatos sobre la Luna sobrevivirían no solo al recuerdo del programa Apolo, sino probablemente a toda la historia de la humanidad, porque tardarían 1500 millones de años en ser borradas por el sol. ¿Cómo podía un hombre que había estado tan cerca de la eternidad contentarse con vender cerveza?».

[Fragmento (p. 161-162) de la novela La fiebre del heno (Impedimenta, 2018), de Stanislaw Lem. Imagen: Buzz Aldrin fotografiado por Neil Armstrong en el Mare Tranquillitatis de la Luna, el lugar donde alunizó o eso dicen la nave Apolo 11 en julio de 1969].

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