Sabemos por lo menos desde La Divina Comedia que los demonios hablan su propio lenguaje: cuando, en el Canto Séptimo del Infierno, Dante desciende al círculo donde cumplen condena los avaros y los pródigos (es decir, los ricos), Pluto —sorprendido por la presencia de una persona viva en sus dominios— aúlla una maldición: «Pape Satàn, pape Satàn aleppe!»; amenaza indescifrable (más allá de la rabia y frustración subyacente) para todos excepto para el fantasma de Virgilio —particular guía de Alighieri—, quien, sin más explicaciones, manda callar al ángel caído.

«Pape Satàn, pape Satàn aleppe!». Posteriormente, la teoría literaria ha definido los galimatías como este con el nombre de «jitánjafora», en honor a la obra del escritor cubano Mariano Brull: «Texto carente de sentido cuyo valor estético se basa en la sonoridad y en el poder evocador de las palabras, reales o inventadas, que lo componen». Setecientos años después de ser escrita, el significado de la frase de Pluto sigue siendo tan incompresible como evidente; se ha mantenido inaccesible a interpretaciones literales mientras que, al mismo tiempo, no ha dejado de resonar en la historia de la cultura, y especialmente en la cultura popular. «A-wop-bop-a-loo-bop-a-wop-bam-boom!», o «When you’re rocking and rolling, can’t hear your mama call», aullaba también Little Richard: sexualidad desbocada, mezcla racial, desorden social: todos los miedos del pensamiento puritano estadounidense se desglosaban y desplegaban en la incipiente música pop de la misma manera que en el Infierno se cartografían y clasifican moralmente los pecados. Sin embargo, no había pena ni astuto contrapaso en la propuesta del rock: esta vez, los demonios cantaban sus propias canciones.

Dante se equivocó en muchas cosas: el sueño de la poesía es incompatible con el sueño del poder; el infierno, como decía Christopher Marlowe, es en realidad este lugar donde estamos; y, sobre todo, parece que no hay castigo, en esta vida ni en ninguna otra, para los ricos. Pero lo que sin duda es cierto es que, del «Pape Satàn, pape Satàn aleppe!», de la Comedia, al A-wop-bop-a-loo-bop-a-wop-bam-boom!» —redoble de batería, contraseña para cruzar la frontera, liturgia de la enésima muerte y resurrección del blues—, de Richard, los demonios han hablado siempre su propio lenguaje: un idioma imposible que solo entienden los poetas muertos y los músicos de rocanrol.

[Imagen: Little Richard].

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