Como agujero en el presente

Como agujero en el presente

«No se puede estudiar la representación de las formas de vida alienígenas sin concederle un lugar especial a Olaf Stapledon (1886-1950), que es en muchos aspectos el Fourier de la ciencia ficción, además de ser el Dante Alighieri de las utopías. De hecho, una de sus grandes similitudes con Fourier es la literal ingenuidad de su imaginación y la pesadez de su estilo, que parece incapaz de distinguir entre la opinión y el «conocimiento utópico», entre la expresión espontánea de meros pensamientos personales sobre cualquier tema y la cristalización del conocimiento o el salto de la imaginación. La exasperación (y el ocasional azoramiento) son el precio que uno paga para contactar con esta mente extraña, en apariencia de límites provincianos ingleses, y sin embargo tan rara e insólita como aquello que él soñaba respecto a sus mundos alternativos (o de hecho sobre un futuro lejano a éste).

»No cabe duda de que Hacedor de estrellas [1937] es tan idiosincrásica que parece no tener género, ni siquiera el de la ciencia ficción o el de la literatura utópica, y de que es en cierto modo una obra única e inclasificable, repulsiva o incluso carente de interés para algunos lectores, y para otros tan fascinante como los patrones naturales que no tienen relación con nuestras tradiciones visuales o artísticas. De hecho, el que este peculiar texto no encaje en nuestros géneros y en nuestro arte sugiere una línea para abordar lo que podemos denominar la cuestión de R. C. Elliott sobre el arte en la utopía. Pero si pensamos que toda la obra es una especie de juego no alegórico entre varias oposiciones fundamentales para la utopía, como veremos enseguida, y si recordamos el barrido cosmológico de esta imaginaria historia épica, así como su solemnidad casi religiosa (aunque radicalmente atea), tal vez nos vengan a la mente unos cuantos libros fundamentales para nuestra propia Tierra y nuestras propias tradiciones. De hecho, podemos plantear que en una utopía alcanzada, inimaginablemente real y distinta de nosotros en cualquier futuro o espacio galáctico lejanos, la cuestión del arte ya se habría respondido, y Hacedor de estrellas se habría convertido en La divina comedia de ese nuevo mundo realizado, volviendo a nosotros a modo de texto o escrito sagrado, misteriosamente catapultado desde la lejanía del futuro a nuestro propio presente caído, como si fuese el texto enigmático destinado a garantizar una continuidad a lo largo de la barrera del tiempo y de la transformación histórica. Es una situación que invierte la situación que Ernst Bloch hace de la obra de arte ausente en el centro de la novela del artista, como agujero en el presente que marca el lugar de un futuro utópico por llegar. Mientras tanto, una inmensa visión galáctica spinoziana completa también la filosofía, dotando al marxismo de su metafísica apropiada, y realizando la filosofía mediante su abolición».

[Fragmento de Arqueologías del futuro. El deseo llamado utopía y otras aproximaciones de ciencia ficción (Akal, 2009; traducción de Cristina Piña, p. 156-157), de Fredric Jameson. Imagen: detalle de una ilustración de Stradanus del Infierno de la Divina Comedia].

Una utopía moderna

Una utopía moderna

«Sería una cosa muy triste que todas las utopías del siglo XIX estuvieran cortadas por el mismo patrón que las de Buckingham y Bellamy. Podemos decir que, en términos generales, todas las utopías de reconstrucción presentan una asfixiante semejanza en sus objetivos y una deprimente uniformidad de intereses: aunque contemplan la sociedad como un todo, se plantean el problema de su reconstrucción como una simple cuestión de reorganización industrial. Afortunadamente, las utopías de escape aportan lo que les falta a las utopías de reconstrucción. William Morris, por ejemplo, puede parecer demasiado alejado de Mánchester o de Mineápolis para resultar de alguna utilidad, pero por eso mismo se encuentra más cerca de las realidades humanas esenciales. Sabe que la principal dignidad del ser humana radica no en lo que consume, sino en lo que crea, y que el ideal de Mánchester es devastadoramente consumista.

»Antes de penetrar en estas utopías de escape, desearía resaltar la extraña forma en la que las tres utopías que examinaremos a continuación retornan —por así decirlo— a sus modelos clásicos, pues dicho retorno se produce, como es obvio, sin que el editor sea consciente de ello. W. H. Hudson regresa a Moro: en La Edad de Cristal, la granja y la familia constituyen la unidad fundamental de la vida social. En Noticias de ninguna parte, la ciudad de trabajadores con la que soñaba Andreae vuelve de nuevo a la vida; y en Una utopía moderna, con su orden de samuráis, una vez más nos vemos gobernados por una clase altamente disciplinada de guardianes platónicos. Hudson es un naturalista con una profunda simpatía por la vida rural inglesa; William Morris era un artesano que conocía lo que era un pueblo inglés antes de haber sido devastado por el industrialismo. Con ambos nos sentimos cerca de la vida y de las ocupaciones esenciales del hombre.

[…]

»La utopía que aún nos queda por valorar es, en términos cronológicos, la última utopía de importancia, y también, curiosamente, la quintaesencia de lo utópico, pues está escrita con una actitud libre y crítica y con cierta familiaridad con las obras más importantes que la precedieron. Es cierto que H. G. Wells hizo más de una incursión en la commonwealth imaginaria: La máquina del tiempo es la más temprana y El mundo liberado tal vez pueda ser considerada la última. Una utopía moderna combina la intensa fantasía de la primera con la observación más rigurosa de la sociedad contemporánea que caracteriza a la segunda y, en conjunto, constituye un excelente y lúcido producto de la imaginación».

[Fragmentos de Historia de las utopías, de Lewis Mumford (Pepitas de calabaza, 2015; p. 163-164 y 173-174, traducción de Diego Luis Sanromán). Imagen: ilustración de J. J. Grandville para el libro Un autre mon (1844)].

Anticipaciones poéticas de un desastre

Anticipaciones poéticas de un desastre

«Cerca del cambio de siglo, algunos imaginativos escritores se dejaron llevar por lo que parecían ser siniestros presentimientos sobre el futuro de nuestra civilización. Sus profecías se centraban en la proporción de personas que serían esclavizadas y privadas de los atributos de la igualdad común entre los seres humanos. Las distopías de H. G. Wells estaban embrujadas por el espectro de una población trabajadora reducida a un nivel infrahumano; y en Jack London, y en sus horribles visiones de la gente siendo aplastada bajo la bota de hierro de los grandes negocios, la crudeza de la tortura física se combinaba con abominaciones de castración psicológica. Una gran mente religiosa había desarrollado lo mismo antes. Dostoievski, en una pequeña obra maestra, planteaba que la demanda de una «libertad imposible» de la gente podía convertir el despotismo espiritual en una inmadurez permanente aceptada alegremente por las masas.

»Para sus contemporáneos estas predicciones podían parecer fantasiosas hasta el punto de la irrelevancia política. Hoy las conocemos mejor. Hemos llegado a visualizar con ellas los auténticos rasgos de la más espantosa enfermedad social de nuestro tiempo, el fascismo. Eran simples anticipaciones poéticas de un desastre cultural.

»De lo que podemos no darnos cuenta es del significativo hecho, en su mayor parte desconocido para estos mismos escritores, de que sus profecías estaban adornando simplemente un patrón de pensamiento habitual hace un siglo, es decir, en la época de la Revolución Industrial. Estas ideas universalmente aceptadas por los contemporáneos cayeron luego en el olvido. En realidad, el tema tiene un interés mayor que el puramente histórico; es un atajo para la comprensión del fascismo. El desarrollo fascista de nuestros días es, en efecto, un recrudecimiento de la antigua hostilidad del capitalismo hacia el gobierno popular. Su incompatibilidad fue reconocida por capitalistas y empleadores desde el primer momento. A las clases propietarias les parecía evidente que, bajo el sistema fabril, la gente común no debía ser autorizada a compartir el control político. De esta forma, la amenaza de la esclavitud extendió su sombra sobre el destino de la sociedad industrial. Es verdad que, por un destacable lapsus de la memoria colectiva, la conciencia del peligro se fue apagando durante el último cuarto del siglo. El gobierno popular fue introducido entonces ampliamente y parecía a salvo del ataque contra sus fundamentos del que nuestra generación está siendo testigo».

[Fragmento del ensayo La naturaleza del fascismo, de Karl Polanyi (Virus, 2020; p. 223-224, traducción de Fernando Soler). Imagen: detalle de la edición original de la novela La máquina del tiempo, de H. G. Wells].

Orsini Mag

Orsini Mag

Orciny Press acaba de abrir la preventa de Orsini Mag, una revista antifascista y solidaria nacida como respuesta a la brutalidad policial que el Estado desplegó en Catalunya —y especialmente en la ciudad de Barcelona— contra las protestas a la sentencia del procés; una respuesta que va más allá de «la batalla de Urquinaona» o el independentismo, y se dirige a cualquier barricada donde se hable, como afirma el editorial de la revista, «de cuidados y de apoyo mutuo entre personas de condiciones y orígenes muy distintos».

He tenido la suerte de poder colaborar en esta publicación con un poema, o casi, en prosa sobre replicantes, poetas malditos, cantantes de folk y ciudades en llamas. El texto, titulado «Tannhäuser Blues», se mueve entre los registros del ensayo, la poesía y la ciencia ficción, y probablemente formará parte del libro Anti-folk, que espero vea la luz el año próximo, pero quién sabe. En cualquier caso, lo podéis leer desde ya en Orsini Mag: la versión en pdf está disponible en la web de la editorial y, como he dicho líneas arriba, también se puede comprar en versión papel.

Orciny Press es una editorial independiente especializada en ficción especulativa, y son los padrinos en la Península Ibérica del género bizarro. Los contenidos de Orsini Mag responden a una convocatoria abierta el otoño pasado —la publicación de la revista se ha retrasado debido al COVID-19— cuyo resultado final es una selección muy potente de cuentos, artículos y poemas en la que participan escritoras y escritores como Layla Martínez, Francisco Jota-Pérez, Guillem López o Proyecto Una. Los beneficios de la revista serán donados al SIRECOVI (Sistema de Registro y Comunicación para la protección de víctimas de Violencia Institucional), de la Universidad de Barcelona.

La sospecha de que el fin ha llegado

La sospecha de que el fin ha llegado

«Lo que tiene de particular la distopía Children of men es que es específica del capitalismo tardío. No estamos aquí ante el totalitarismo convencional que ya resulta rutinario en las distopías cinematográficas, al estilo de V de Vendetta, de James McTeigue (2005). En la novela de P.D. James en la que se basa el film, el sistema de gobierno democrático ha sido dejado atrás y un Guardia asume el control del país por su propia fuerza. Con prudencia, sin embargo, Cuarón deja todo esto en segundo plano. La película nos hace creer que el autoritarismo que rige por doquier podría haberse implementado en el marco de una estructura política que sigue siendo formalmente democrática. La Guerra contra el Terror ya nos ha preparado para este desarrollo: la normalización de una crisis deriva en una situación en la que resulta inimaginable dar marcha atrás con las medidas que se tomaron en ocasión de una emergencia. (Es entonces cuando nos preguntamos: «¿Cuándo terminará la guerra?».)

»Al mirar Children of men, inevitablemente recordamos la frase atribuida tanto a Fredric Jameson como a Slavoj Žižek: es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. El latiguillo recoge con exactitud lo que entiendo por realismo capitalista: la idea muy difundida de que el capitalismo no solo es el único sistema económico viable, sino que es imposible incluso imaginarle una alternativa. Alguna vez, las películas y novelas distópicas imaginaron alternativas de esta índole: representaban desastres y calamidades que servían de pretexto narrativa para la emergencia de formas de vida diferentes. No es lo que ocurre en Children of men. El mundo que proyecta el film, más que una alternativa, parece una extrapolación exacerbación de nuestro propio mundo. En ese mundo, como en el nuestro, el ultraautoritarismo y el capital no son de ninguna manera incompatibles: los campos de concentración y las cadenas de café coexisten perfectamente. El de Children of men es un mundo en el que el espacio público ha sido abandonado, cedido a la basura que queda sin recoger en las calles y a los animales salvajes. (Una escena en especial resonante tiene lugar en una escuela abandonada en la que corretea un ciervo.) Los neoliberales, realistas capitalistas por excelencia, han celebrado la destrucción del espacio público aunque, contrariamente a lo que proponen como su programa político, no podemos sentir un repliegue del Estado en Children of men, solo una reorientación hacia dos de sus dimensiones básicas, la policial y la militar. (Y me refiero a lo que los neoliberales consideran «de forma oficial» su programa, porque desde sus comienzos el neoliberalismo dependió en secreto del Estado, incluso si fue ideológicamente capaz de denostarlo. Este doble discurso quedó espectacularmente en evidencia con la crisis financiera de 2008, cuando por invitación de los ideólogos liberales el Estado se apuró a mantener el sistema bancario a flote.)

»La catástrofe de Children of men no es inminente ni es algo que ya haya ocurrido. Más bien, se la vive a medida que transcurre. El desastre no tiene un momento puntual. El mundo no termina con un golpe seco: más bien se va extinguiendo, se desmembra gradualmente, se desliza en un cataclismo lento. Las causas de la catástrofe, quién las sabe… bien podrían encontrarse en el pasado remoto, tan disociadas del presente como para parecer el capricho de un ser maligno, una especie de milagro negativo, una maldición que ninguna penitencia puede aliviar. La peste de la infertilidad solo podría resolverse con una intervención externa no menos previsible o evidente que sus mismas causas. Por esta razón, toda acción es algo superflua desde el comienzo: solo la esperanza sin sentido parece tener sentido. Proliferan entonces la superstición y la religión, los primeros recursos del desamparado.

»¿Pero qué pasa con la catástrofe en sí misma? Es evidente que debemos leer metafóricamente el tema de la infertilidad, como el desplazamiento de una angustia de otro tipo. Me propongo afirmar que esta angustia en realidad exige ser leída en términos culturales y que la pregunta que el film nos hace es: ¿cuánto tiempo puede subsistir una cultura sin el aporte de lo nuevo? ¿Qué ocurre cuándo los jóvenes no son capaces de producir sorpresas?

»La sospecha de que el fin ha llegado se conecta en Children of men con la idea de que tal vez el futuro solo nos depare reiteraciones y permutaciones. ¿Puede ser que ya no haya rupturas y que la experiencia del «shock de lo nuevo» haya quedado definitivamente atrás? Esta angustia tiende a derivar en una oscilación bipolar: la esperanza del «mesionismo débil», de que existe algo nuevo por venir, decae en la convicción de que no hay nada nuevo que pueda ocurrir nunca más. El foco se mueve entonces de la Próxima Cosa Importante a la Última Cosa Importante. ¿Y cuándo fue que ocurrió exactamente? ¿Qué tan importante era?

»T.S. Eliot se mueve detrás del telón en Children of men, una película que finalmente hereda el tema de la infertilidad de La tierra baldía. El epigrama que cierra el fin, shantih, shantih, shantih, tiene más que ver con las piezas fragmentarias de Eliot que con los Upanishads. Y quizás allí pueden verse también las preocupaciones de otro Eliot, el de «La tradición y el talento individual», cifradas en Children of men. Fue en ese ensayo en el que Eliot, anticipando a Harlod Bloom, propuso la existencia de una relación recíproca entre lo ya canonizado y lo nuevo en la cultura: lo nuevo se define en respuesta a lo ya establecido; al mismo tiempo, lo establecido debe reconfigurarse en respuesta a lo nuevo. La consecuencia a la que arriba Eliot es que el agotamiento de lo nuevo nos priva hasta del pasado. La tradición pierde sentido una vez que nada la desafía o modifica. Una cultura que solo se preserva no es cultura en absoluto».

[Fragmento de Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?, de Mark Fisher (Caja Negra, 2018, p. 21-24; traducción de Claudio Iglesias). Imagen: fotograma de Children of men; fuente: Filmaffinity].