Guerrilla (de la comunicación)

Guerrilla (de la comunicación)
Carnaval

La risa, la risa salvaje, la risa colectiva como elemento subversivo; el carnaval como inversión del estado de las cosas, como espejo cóncavo de un sistema absurdo, como ridiculización del poder a lo largo de la historia, desde la Edad Media a los Carnavales contra el capitalismo de finales del siglo XX y las grandes manifestaciones del movimiento antiglobalización.

Culture jamming

Interferencia cultural; término creado por la banda experimental Negativland en 1984; sinónimo de guerrilla de la comunicación empleado principalmente en Estados Unidos, aunque algunos autores consideran que el culture jamming se centra principalmente en la contrapublicidad (subvertising), el anticonsumismo y la crítica a los media, sin llegar a cuestionar realmente el sistema.

Cultura popular

La guerrilla de la comunicación renuncia a las vanguardias y a las minorías revolucionarias para asumir que cualquiera puede ser un agente del cambio y la subversión. Se recupera lo popular como discurso de resistencia, desde lo pequeño y lo cotidiano, a las lógicas del capitalismo; popular no en el sentido de baja cultura como planteaba, por ejemplo, Adorno sino más bien en la onda de aquella canción de Siniestro Total: «¡Cuidado! A veces engañan las apariencias, el guapo suele ser casi siempre un bellaco al final».

Distanciamiento

Junto con la sobreidentificación, uno de los dos grandes principios de la guerrilla de la comunicación. Pequeñas perturbaciones en la gramática cultural, ruido en las expresiones cotidianas del poder para hacer asomar sus contradicciones, un inesperado cambio de contexto, un hay algo aquí que va mal, un fallo en Matrix. Algo tan sencillo, por ejemplo, como salir a la calle durante la campaña electoral y pintar un bigotito estilo Hitler en los rostros impresos en vallas y carteles de todos los candidatos.

Fake

Básicamente, inventar hechos falsos con la intención que produzcan consecuencias reales, utilizando normalmente para dicho fin los medios masivos (o una falsificación de los mismos). Por ejemplo, con la elección del nuevo Papa y los rumores de su relación con las Juntas Militares argentinas aparecieron en redes sociales y blogs decenas de fotos donde se podía ver al futuro Francisco I junto a Videla. Finalmente resultó que Bergoglio no era ninguno de esos cardenales o sacerdotes, pero qué importaba: si Bergoglio representa a la Iglesia, toda la Iglesia es Bergoglio.

Gramática cultural

Partiendo de los conceptos de la semiótica y la lingüística, la guerrilla de la comunicación entiende por gramática cultural las reglas y convenciones cuyo aprendizaje, casi siempre inconsciente, sirve para mantener un orden social basado en unas determinadas relaciones de poder. El dominio cotidiano se instala no con la violencia ejercida directamente por el poder al menos no solo con eso sino a través de la cultura hegemónica, esto es: todo. O casi. Y si la cultura es todo, la cultura también es política.

Guerrilla de la comunicación

Conjunto heterodoxo y abierto de teorías, herramientas, métodos, acciones y prácticas políticas política, como decimos, en su sentido de negociación cotidiana de los espacios del poder dirigidas a subvertir los discursos de dominación de las sociedades capitalistas a través de sus propias estructuras y códigos, cuestionando así su supuesta legitimidad y su normalización social, y tratando de abrir, en definitiva, nuevos espacios para utopías. La subversión, entonces, no se consigue a través de la veracidad de la información o de lo explícito del mensaje, sino deconstruyendo la estética del poder. El término aparece por primera vez en el libro Manual de guerrilla de la comunicación, publicado originalmente en Alemania a finales de los ’90 (firmado por el grupo autónomo a.f.r.i.k.a., Sonja Brünzels y Luther Blisset) aunque muchas de las ideas y procesos que recoge ya existían con bastante anterioridad.

Happening

Intervención política masiva en el espacio público relacionada con el teatro experimental y el activismo artístico y consistente, básicamente, en realizar una determinada acción que transgreda las normas sociales, o incluso legales. Recientemente ha aparecido el flashmob, que podríamos considerar una versión del happening donde el componente artístico y el político no están, en general, tan acentuados.

Internacional Situacionista (IS)

El gran referente teórico de la guerrilla de la comunicación, aunque en la práctica acabara difuminándose en discusiones internas, casi fagocitada por la figura de Guy Debord. Heredera de varios grupos artísticos de vanguardia como la Internacional Letrista o el Movimiento Internacional para la Bauhaus Imaginaria, se suele decir que el Mayo francés pilló a todo el mundo desprevenido menos a los situacionistas, que llevaban años preparándose para algo así. Sea esto una exageración o no, lo que es seguro es que la IS desarrolló como nadie la tergiversación de los mensajes de los media, la deriva psicogeográfica como crítica a la ciudad como espacio de poder y una perspectiva del arte y la política como elementos indisociables e indispensables para la revolución de cada día. A pesar de que en 1972 quedaban en el grupo solo dos miembros, Sanguinetti y Debord, su influencia en los movimientos posteriores es tal que sigue siendo válido eso de que «cualquiera puede ser situacionista, aunque no haya oído hablar de la IS».

Luther Blisset

Uno de los experimentos contemporáneos más exitosos del nombre múltiple, especialmente en Europa, centrado en recuperar gran parte de la crítica situacionista sobre el arte, los medios de comunicación y la subversión política, adaptándola al contexto de los ’90.

Nombre múltiple

Seudónimos de personas reales, personajes de ficción o arquetipos seudomíticos; del todas somos brujas al todos somos Marcos, pasando por Buda, el pobre Konrad, Ned Ludd, el Capitán Swing, Luther Blisset, la máscara de Guy Fawkes o Anonymous; el alias colectivo es una de las herramientas de resistencia al sistema más utilizadas a lo largo de la historia, herramienta que rompe con el concepto de individuo como sujeto histórico, poniendo en su lugar a la colectividad anónima, que no es nadie y por tanto puede ser cualquiera. Puede ser todas.

Posmodernidad

No me atreveré a decir lo que la posmodernidad es. En cualquier caso, la guerrilla de la comunicación pasa aquí.

Psicogeografía

O cómo poner sobre la mesa el papel de las políticas urbanísticas, y de la ciudad (post)industrial en general, como generadoras de desigualdades sociales al mismo tiempo que visibilizas la producción del conocimiento científico como espacio de poder. Los colectivos psicogeográficos analizan, mezclando sin pudor todo tipo de fuentes, referencias y métodos, los núcleos urbanos como espacios de conflicto, transformando el mapa en una cuestión subjetiva donde los espacios importantes no son los históricos es decir, los que señala, y señalan, el poder sino los transitados por la memoria y por la colectividad, que son la misma cosa.

Sobreidentificación

Técnica consistente en asumir la lógica dominante hasta tal punto que se visibiliza la cara oculta del sistema, su verdadero rostro. Esclarecedor ejemplo es la cuenta de twitter Masa Enfurecida y sus ya famosos «todo es ETA», que no son otra cosa que la proclamación salvajemente exagerada y salvajemente racional, en realidad de la ideología del Partido Popular y el resto del fascismo español.

Terrorismo cultural

Expresión rimbombante para indicar que alguien casi siempre uno mismo hace activismo político a través del arte.

[Artículo publicado en la web del periódico Diagonal en mayo de 2013. Imagen].

Los viejos subtes no mueren

Los viejos subtes no mueren

«Si morir es dormir, ¿qué es lo que sueña un muerto?». Adrián R, el protagonista de Generación cochebomba (Pepitas de calabaza, 2015), deambula por las calles de Lima con una canción de Eskorbuto en la cabeza. Lima la gris, Lima la horrible: una ciudad cercada por el terrorismo y la guerra sucia, por la crisis económica y la corrupción; el no future, la distopía del punk hecha asfalto. Frente a esta realidad, como en la canción de Eskorbuto, algunos chavales, los subtes, han decidido buscar en la basura algo nuevo.

Nos encontramos en la segunda mitad de la década de los 80. Sendero Luminoso marca con atentados y apagones el ritmo de una capital que se imaginaba ajena a lo que ocurre en el resto del país. El Estado responde con represión, grupos paramilitares y masacres tan indiscriminadas como las que llevan a cabo los subversivos.

Entre estas dos violencias en disputa por el poder, estas dos violencias que se pretenden nobles y legítimas, bailan los subtes cada noche su pogo, despliegan su propia violencia absurda y nihilista, reflejo distorsionado de aquellas. La banda sonora: Eskorbuto, La Polla Records y Kortatu; Sex Pistols, The Clash y Dead Kennedys; y, claro, el punk peruano, el llamado rock subterráneo.

Días y noches de alcohol y droga, derivas delirantes en carros destartalados, conciertos salvajes, conversaciones interminables, tribus urbanas, batallas campales… Y recuerdos, la memoria de una sociedad ya herida, pero aún no de muerte, «una época donde todavía se tenía esperanzas».

Adrián y sus compinches, sus causas —Pocho Treblinka, Carlos Desperdicio, Fredy Nada o el Innombrable—, rememoran constantemente su infancia, una edad y una educación sentimental inseparable de los acontecimientos políticos, una mirada indisociable de la barbarie, como cuando evocan el motín del penal El Sexto y la posterior matanza de presos a manos de las fuerzas de seguridad, mientras ellos daban clase a poca distancia de allí; escuela y prisión unidas, inevitablemente: «Los colegios y las cárceles, dijo el Innombrable, son iguales».

Muera la vida

Pero, precisamente, esta memoria —fragmentaria, oral, colectiva— se opone al discurso oficial sobre los hechos, se sitúa voluntariamente, como el punk, como el rock subterráneo, «de espaldas a la historia».

Los subtes abrazan el «no hay futuro» no como una provocación (o, al menos, no sólo como provocación), sino como la constatación del fracaso del presente; y de la misma manera, escriben en los muros la frase «muera la vida»: no es un deseo, es una afirmación. «—Sí, salud —respondió el Fredy Nada, levantando el otro trago—. Por todos nosotros: ¡La Generación del Apagón y el Cochebomba!».

Así, a través de dos relatos que se van entrelazando hasta converger definitivamente —uno, el de la escena musical underground de Lima; otro, el de un par de militantes de Sendero Luminoso que preparan acciones en la ciudad—, Generación cochebomba deviene en la crónica polifónica, distorsionada y desafinada de una juventud abandonada, cínica, desesperanzada, pero, sin embargo, capaz de darle sentido, a pesar de sus contradicciones (o, tal vez, gracias a ellas), a palabras como libertad, dignidad, resistencia: punk not dead, «los viejos subtes no mueren».

Aun sabiendo, como también cantaba Eskorbuto, que «nadie es inocente, todos terroristas», los protagonistas de la novela logran mantener hasta el final, asumiendo las consecuencias, cierta ingenuidad, una expresión todavía adolescente entre tanto horror. Ésa es, quizá, su victoria.

Punk / Política / Perú

1965: Con su single «Demolición», la banda limeña Los Saicos inventa el punk una década antes de la invención del punk.

1968: El general Juan Velasco Alvarado encabeza la llamada Revolución de la Fuerza Armada, golpe de Estado militar que derroca al presidente Fernando Belaunde.

1969: De una escisión del partido maoísta Bandera Roja, nace en la ciudad de Ayacucho Sendero Luminoso.

1975: Una huelga general de la policía desemboca en la capital en una serie de levantamientos populares que serán reprimidos por el ejército. Tras estos sucesos —conocidos como el «Limazo»— se produce un nuevo pronunciamiento, dirigido por el general Francisco Morales Bermúdez. Diversos documentos relacionarán posteriormente el gobierno de Morales Bermúdez con la Operación Cóndor.

1980: Primeras elecciones democráticas desde 1963. Segundo gobierno de Belaunde.

1983: Se forma en Lima la banda Leusemia, principal referente del rock subterráneo. Otros grupos fundacionales del movimiento son Narcosis, Guerrilla Urbana, Autopsia o Zcuela Crrada.

1992: En un autogolpe, el presidente Alberto Fujimori —hoy en prisión por crímenes de lesa humanidad— disuelve el Congreso de la República y declara un gobierno de emergencia. Ese mismo año, la policía captura a Abimael Guzmán, aka Presidente Gonzalo, líder de Sendero Luminoso.

2003: La Comisión de la Verdad y Reconciliación presenta su informe sobre el conflicto, cuestionado por ambas partes. La Comisión cifra en casi 70.000 personas, entre muertos y desaparecidos, el número de víctimas.

2007: Publicación de Generación cochebomba, autoeditada por Roldán Ruiz.

2016: Más de seis millones de peruanos votan por Keiko Fujimori, hija del expresidente, en las elecciones generales. Es la candidata más votada, pero al no obtener mayoría absoluta es necesaria una segunda ronda, prevista para el 5 de junio.

[Artículo publicado en el periódico Diagonal (junio de 2016). Imagen].

Cucarachas enojadas (fumando marihuana)

Cucarachas enojadas (fumando marihuana)

«Busco un sitio que recaude mi comisión, venda mi perro, queme mi pájaro y me venda un cigarrillo». Es Dylan el que habla, carnal. Dylan en las calles de Londres en algún momento de la gira europea del Blonde on Blonde. Pero también Dylan en la pantalla del televisor, en el anuncio de un banco que asegura romper esquemas y liberar ataduras. Un Dylan joven, despreocupado, con gafas de sol y hasta arriba de anfetaminas, ignorante de que el Dylan viejo cobrará royalties, casi medio siglo después, por permitir que la publicidad fagocite las chorradas que él está diciendo esa mañana de 1966. Un Dylan joven que teme encasillarse en la música, quedar atrapado en algún lugar profundo de Alabama, y que en una de las canciones del disco que acaba de publicar le pregunta a su madre: «Oh, mamá, ¿esto puede ser realmente el fin?».

Esa rola, carnal. Esa melodía que asalta al periodista Hunter S. Thompson mientras atraviesa a toda pastilla el desierto de Nevada en Miedo y asco en Las Vegas; un Don Quijote lisérgico derrotado por sus libros de caballería, el cronista del derrumbe del sueño americano. Y Sancho Panza: el Doctor Gonzo, «uno de los prototipos de Dios, una especie de mutante de gran potencia que jamás se consideró para la producción en masa. Fue demasiado raro para vivir y demasiado extraordinario para morir», un samoano enorme, excesivo, violento, alucinado, enganchado a todas las sustancias posibles. «Como abogado tuyo te aconsejo que me digas dónde pusiste esa mescalina que tenemos a medias». Aunque no lo parezca, Hunter S. Thompson miente poco en sus libros: en este caso lo único que no es cierto es el nombre de su compinche, y su origen.

Z de Zapata

Óscar Z. Acosta. El Zeta, ése. El «vato número uno», en sus propias palabras. Un hippie pasado de rosca y con un ego que superaba sus ciento y pico kilos de peso; «un entusiasta de las drogas, un vago, exmisionero baptista en Panamá, exclarinetista, exrecolector de melocotones, placador de fútbol, aparcacoches, abogado, extodo». Pero también el defensor legal y portavoz de los activistas chicanos de la zona de East Los Ángeles. El Malcom X hispano, según el FBI. «Ahora me llamo Zeta. He renunciado a mi nombre de esclavo» –asegura en una entrevista–. Un nombre tomado del protagonista de una vieja película mexicana, «una combinación de Zapata y Villa». Como banda sonora, La cucaracha sampleada en los Jefferson Airplane, los murales de Diego Rivera en las latas de grafiti, la Revolución mexicana en el Black Power. Desobediencia civil y guerrilla urbana a ritmo de LSD y mota. La contracultura desde la periferia, carnal. Desde el gueto.

Porque La revuelta del pueblo cucaracha (Acuarela) no deja de ser una novela sobre cómo organizar la rabia. Una rabia que en la ciudad de Los Ángeles tiende a acumularse durante años en los barrios más pobres para acabar explotando de manera incontralable cada dos o tres décadas. Una rabia provocada por la marginación y el olvido, carnal, por la brutalidad policial y el racismo. Pero también una rabia digna que logra unir a estudiantes y pandilleros, a militantes y vecinos. Una rabia digna que no renuncia a la anarquía ni a la risa ni a la subversión de cada día, de cada momento. Como en aquella canción: «Cu­ca­rachas enojadas / fumando marihuana / buscando una fiesta». Como telón de fondo, la Guerra de Vietnam, el asesinato de Robert Kennedy, la reelección de Nixon; pequeños fragmentos de historia como túneles para contrabandistas en los que uno se va encontrando con personajes como An­gela Davis, César Chávez, Anthony Quinn, Charles Man­son –«el fascista del ácido»– o el mismo Hunter S. Thompson.

Precisamente, el padre del género gonzo y Óscar Zeta Acosta emprenden su enloquecido viaje hacia Las Vegas como consecuencia de los hechos narrados en La revuelta del pueblo cucaracha: el asesinato, en agosto de 1970, del periodista chicano Rubén Salazar –Roland Zanzíbar en la novela– a manos de la policía durante la marcha más importante (30.000 vatos, carnal, la raza) de la Moratoria Chicana, una coalición de grupos mexicano-americanos en contra de la Guerra de Vietnam. Thompson, que pretende escribir un artículo al respecto con Zeta como fuente principal, aleja al abogado de la tensión imperante en Los Ángeles y se aleja él de la abierta hostilidad de los militantes chicanos hacia un periodista gabacho. De paso, cubrirán un par de encargos para la Sports Illustrated y la Rolling Stone y se pondrán ciegos a más no poder.

Poder Pardo

«En la época en que le conocí, en el verano de 1967, hacía ya tiempo que había dejado atrás lo que él llamaba “su idilio de amor juvenil con la ley”. Lo mismo había ocurrido con su temprano celo misionero y, tras el primer año de trabajo para la asistencia social en el “centro legal para la pobreza” de East Oakland, estaba listo para librarse del academicismo de Holmes y Brandeis y asimilar un estilo más Huey New­ton y Pantera Negra a la hora de tratar con las leyes y los tribunales de América». La mención que aquí hace Hunter S. Thompson, hablando sobre Acosta, de las Panteras Negras, no es gratuita: su irrupción en la escena contracultural y política de los 60 significará un cambio radical en las actitudes y estrategias de muchos grupos de la nueva izquierda estadounidense –y del resto del mundo– y transformará por completo el contexto de la lucha por los derechos civiles. Dentro del movimiento chicano, esta influencia será evidente en organizaciones como los Brown Berets (boinas pardas) y otras; incluso en el comportamiento de Zeta en los tribunales («soy el único que de verdad odia la ley»), acusando sin tapujos al sistema judicial de racista, provocando constantemente su propio encarcelamiento por desacato o citando a declarar a todos los jueces del Estado de California. Como escribe Thompson: «Más rápido que Bo Jackson y más loco que Neal Cassady».

Óscar Zeta Acosta, el Bú­falo Pardo, desaparecerá, sin embargo, en la noche y en el mar. Una llamada a su hijo Marco desde Mazatlán, Si­na­loa, México, en 1974, será lo último que se sabrá de él. Antes de colgar le dirá que está a punto de subirse «en un barco lleno de nieve blanca». Des­pués de eso, nada. Malas compañías, demasiados excesos, un naufragio, tal vez. Pero también el mito tomando forma, reinterpretándose, reescribiéndose a sí mismo: Quetza­cóatl zarpando hacia el este, carnal. La serpiente emplumada anunciando, en su partida, su regreso.

[Artículo publicado en el número 227 del periódico Diagonal (julio de 2014). Imagen: el boxeador, poeta y activista chicano Rodolfo «Corky» Gonzáles, uno de los «personajes» de La revuelta del pueblo cucaracha].

Días de fuga

Días de fuga

«Expoliamos todo un sinfín de palabras para los weather de la música que escuchábamos. “No necesitas al hombre del tiempo para saber en qué dirección sopla el viento”, por supuesto, de Bob Dylan; Mala Luna, nuestro código para referirnos a la estatua de Haymarket, lo sacamos del tema Bad Moon Rising de la Creedence Clearwater Revival; El Lugar, para hablar de La Jefatura de Policía de Nueva York, provenía de la canción de The Animals, We Gotta Get Out of This Place; Rescate tenía su origen en el Rescue Me de Fontella Bass y puso nombre a nuestro esfuerzo, finalmente exitoso, para sacar de la cárcel a un camarada del Ejército de Liberación Negro. Extrajimos más códigos de Kick Out the Jams de MC5; de Purple Haze, en homenaje a Jimmy Hendrix; y de Volunteers de Jefferson Airplane. El Pentágono pasó a llamarse La granja de Maggie por Maggie’s Farm, también de Dylan; ya que teníamos pensado poner allí varias bombas, empezamos a decir simplemente: “Ya nunca volveré a currar en La granja de Maggie”».

[Fragmento del capítulo 25 de Días de fuga. Memorias de un activista contra la guerra de Vietnam (Hoja de Lata, 2014), de Bill Ayers, miembro fundador de la organización radical estadounidense The Weather Underground —también conocida como Weatherman—. Traducción de Pablo González-Nuevo. Imagen: Days of Rage, Chicago, octubre de 1968 (foto: David Fenton)].