Allí donde precisamente el tiempo enloquece

Allí donde precisamente el tiempo enloquece

«En efecto, la cuestión de la forma poética según la cual la historia puede escribirse está ligada, estrictamente, a la del modo de historicidad según el cual sus objetos son pensables. Michelet había inventado una poética para cierta historicidad, para la genealogía del sujeto Francia y de la forma República. Alarmada por semejante invención, la historia contemporánea no puede sino prohibirse pensar las formas mismas de la historialidad a la cual está confrontada: las formas de la experiencia sensible, de la percepción del tiempo, de las relaciones de la creencia y del saber, de lo próximo y de lo lejano, de lo posible y lo imposible que han constituido la era democrática y social como era de la espera, era gobernada por el imperio del futuro; las formas de la experiencia del nombre y el anonimato, de lo propio y lo común, de la imagen y la identificación que han orientado al mismo tiempo esta espera hacia la imaginación de la comunidad y el descubrimiento de la individualidad. Ciertamente es una extraña paradoja que la historia de las mentalidades cese de interesarse por el sentimiento del tiempo allí donde precisamente el tiempo enloquece, donde el futuro deviene una dimensión esencial de la acción individual y colectiva; que cese de interesarse en la creencia allí donde ésta entra en la inmanencia de la acción política y social, mientras que se perturban las relaciones del presente y del no-presente, de lo visible y lo no-visible que marcan las referencias sensibles de su territorio. Este desinterés que opone las buenas maneras de hacer historia a las vanas ilusiones de un tiempo en el que se creía hacer la historia conduce, de hecho, a un límite bien determinado: el sacrificio de la historia misma en aras de la afirmación de la creencia cientista. Este sacrificio puede tomar la forma moderada del desvanecimiento de la historia en la ciencia social o política. También puede tomar la forma de la clausura declarada de su objeto. El «fin de la historia» se exhibe así a nuestras órdenes del día. Lo que comúnmente se designa de ese modo es el fin de cierta historicidad, el intervalo cerrado de la herejía democrática y social, de dos siglos de mala o falsa historia en provecho de una modernidad industrial y liberal por fin entregada al desarrollo armonioso de su naturaleza. Pero con este término se designa asimismo el fin de la creencia en la historia como figura de racionalidad.

»Este mismo fin de creencia puede tomar dos figuras. A veces toma la de una penitencia de la historia a la sombra de las ciencias más eruditas o más sabias. También toma la de las grandes enciclopedias abiertas-cerradas sobre la labor interminable de su enriquecimiento y de su rectificación: historia desligada del peligro de su homonimia pero quizá reducida a su término a tareas de recapitulación y de transmisión. Walter Benjamin acusaba hace poco a la ciencia de la historia de dedicarse, por su misma teoría, a entregar incesantemente el pasado a los vencedores. Seguramente, las circunstancias presentes no son para nada comparables a las que provocaron los acentos desesperados de sus Tesis sobre la filosofía de la historia. Pero la impúdica necedad con la que hoy se proclama la apertura de un tiempo en lo sucesivo sin historia y librado a los meros resultados de los «ganadores» deja aparecer claramente una alternativa: o bien la historia se aferra en primer lugar a consolidar su reconocimiento «científico» a riesgo de liquidar su aventura propia proporcionando a la sociedad de los vencedores la enciclopedia de su prehistoria, o bien se interesa en primer lugar por la exploración de los múltiples caminos en las encrucijadas imprevistas por las cuales pueden ser aprehendidas las formas de la experiencia de lo visible y de lo decible que constituyen la singularidad de la era democrática y que permiten también repensar otras eras. Se interesa en las formas de escritura que la hacen inteligible en el entrelazado de sus tiempos, en la combinación de las cifras y de las imágenes, de las palabras y de los emblemas. Concede para ello su propia fragilidad, el poder que tiene de su vergonzoso parentesco con los intrigantes y los narradores de historias. Tal historiador deploraba recientemente la «crisis de confianza» introducida en su disciplina por los rumores y los tumultos parásitos de «disciplinas adyacentes» que querrían someterla al imperio maléfico del texto y de su deconstrucción, a la indistinción fatal de lo real y lo imaginario. Se concluirá a la inversa: nada amenaza a la historia sino su propia fatiga respecto del tiempo que la ha hecho o su temor ante lo que constituye la materia sensible de su objeto: el tiempo, las palabras y la muerte. La historia no debe protegerse de ninguna invasión extranjera. Sólo necesita reconciliarse con su propio nombre».

[Fragmento de Los nombres de la historia. Una poética del saber (Nueva Visión, 1993; pp. 124-127, traducción de Viviana Claudia Ackerman), de Jacques Rancière. Imagen: detalle del Angelus Novus, de Paul Klee].

Como todas las tradiciones románticas

Como todas las tradiciones románticas

«En su ensayo sobre la conexión entre «Ned Ludd y Queen Mab», entre la destrucción de máquinas y el Romanticismo, Peter Linebaugh defiende la dimensión política del imaginario: «La facultad de imaginar puede ser política. Hubo una poiesis [creación] de los luditas». El ludismo, la destrucción de máquinas —al igual que el bandolerismo— eran movimientos profundamente románticos; sus protagonistas estaban movidos por la creencia en un pasado mejor, que ha de ser recuperado y hecho de nuevo realidad. Este pasado mejor (el código paternalista, el salario justo, el trabajo con sentido) es una auténtica construcción; la tradición a la que se remite es inventada, como todas las tradiciones románticas. La destrucción de máquinas como movimiento político es romántica en un sentido todavía más específico. Los destructores de máquinas son románticos porque se entregan desde el principio y voluntariamente, al igual que los autores y propagandistas políticos del Romanticismo, al poder de los mitos autoproducidos, que utilizan como arma en la lucha política. Las asambleas nocturnas bajo el cielo raso, los rituales y juramentos secretos, cuyos protocolos y frases siguen siendo desconocidos, los rumores que se difunden sobre armas ocultas y amplias conexiones clandestinas, todo esto pone en escena una época arcaica que es romántica y, al mismo tiempo, eminentemente moderna. Las prácticas místicas representan en cierto modo una inversión del ideal de publicidad y transparencia extendido durante las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Los luditas practican un éxodo de la esfera pública que al mismo tiempo depende de los medios de comunicación modernos, porque los utiliza para propagar su mensaje secreto. El mito ludita es moderno —y para nada arcaico ni retrógrado— en un sentido doble: en primer lugar, los destructores de máquinas y su entorno ensayan formas de solidaridad, que en vista de los aparatos policiales y de espionaje se convierten en vitales para la supervivencia, y que crecen cada vez más con la estatalización y burocratización del dominio político características de la Modernidad. En Schloss und Fabrik, el espionaje que corrompe el cuerpo social dirige la trama; la figura del comisario Schumacher está inspirada en la figura real del comisario y agente de policía Stieber, convertido en sí mismo en el Premarzo (y más allá de él) en una figura realmente mítica. En definitiva, de las prácticas y de los mitos de los luditas surgen los primeros esbozos de una «cultura obrera impenetrable» sin la cual tampoco se habría podido establecer el movimiento sindical oficial.

»De esta confidencialidad surge el segundo aspecto genuinamente moderno de la mitopoiesis ludita: como nadie sabe con exactitud pero todos quieren hablar de ello, se ponen en circulación historias sobre los luditas cuyos protagonistas superan desde el principio cualquier medida común o humana. Aquí hay que nombrar en primer lugar al llamado Ned (o General, o Captain) Ludd. Los propios luditas se refieren en su apogeo a este «nombre mitológico», sobre cuyo origen circulaban una vez más meras historias. Al parecer, según cita Pynchon del Oxford English Dictionary, Ned Ludd era un joven que en 1799, «en un arrebato de rabia loca» destruyó un bastidor del telar; poco después su nombre se hizo proverbial: en cualquier lugar en el que se saboteara una máquina se decía «Ludd debe haber estado aquí». En torno a 1812, cuando el movimiento ludita se había convertido en un movimiento de masas, el Ned Ludd histórico había sido absorbido ya «por el nombre más o menos sarcástico de ‘King (o Captain) Ludd'»; se había onvertido, como sostiene Pynchon, en algo esencialmente distinto: «todo lo demás fue un misterio de oscura y divertida resonancia».

»En las luchas contra el poder sobrehumano de las máquinas, y contra el poder todavía mayor y más impenetrable del «sistema de la fábrica», el propio Ned Ludd se convirtió en una figuración del poder sobrehumano. La lucha de los luditas tenía también relación con «los límites de lo humano»: la destrucción de máquinas era una forma de lucha militante contra la reducción del trabajador al estatus de una máquina. Así, los luditas también hacían vibrar el límite entre el ser humano y la máquina, tan disputado desde las fantasías racionalistas de la Ilustración: quien lucha contra L’homme machine, debe él mismo convertirse en una especie de máquina de lucha, y en todo caso ser algo más que «un mero ser humano» cuya «vida desnuda» —y así lo había afirmado ya Tieck— se agotará precisamente en su funcionamiento mecánico, maquínico.

»Ned Ludd pertenece a esa larga serie de figuras míticas sobrehumanas con las que la Modernidad ha representado —en parte echando mano de un arsenal arcaico— sus propias imágenes invertidas y figuras opuestas: desde Golem, pasando por Frankenstein, hasta Superman. El capitalismo crea sus propios monstruos. La gloria mítica de Ned Ludd proviene de que se coloca junto a actores sobrehumanos. Por eso no puede ser él mismo un mero mortal. Naturalmente, todos los implicados tenían claro que tras las acciones había «personas sencillas»; la vehemente represión pretendía precisamente mostrar con la mayor claridad posible que los luditas eran meros mortales, que también se los podía por tanto matar públicamente. La Frame Breaking Bill [Ley de destrucción de marcos], promulgada en 1812, declaraba la destrucción de máquinas como crimen capital que había de ser sancionado con la pena de muerte, aunque con ello solo confirmaba el carácter sobrehumano de los luditas: tratados en adelante como enemigos del Estado y expulsados fuera de la ley, incluso el ejército tuvo que avanzar y ocupar todo el norte de Inglaterra para acabar con ellos. La gloria del General Ludd como auténtico general se hizo con ello verdaderamente inmortal».

[Fragmento de La poesía de la clase. Anticapitalismo romántico e invención del proletariado (Katakrak, 2020, pp. 364-366; traducción de Imanol Miramón Monasterio), de Patrick Eiden-Offe. Imagen de cabecera].

Disturbios, rimas y razón

Disturbios, rimas y razón

«A menudo me preguntan por qué empecé a escribir poesía. La respuesta es que la motivación surgió de una necesidad visceral de articular creativamente las experiencias de la juventud negra de mi generación, la cual alcanzaba la mayoría de edad en una sociedad racista. Algunos de mis primeros trabajos trataban sobre violencia fratricida y guerras internas, no muy distintas de las absurdas guerras de bandas de hoy en día. En aquella época en la que comenzaba mi aprendizaje como poeta, también intentaba dar voz a nuestra rabia y a nuestro espíritu de desafío y resistencia en un registro poético jamaicano.

»Hace cuarenta años, en 1972, escribí un poema de resistencia titulado «All Wi Doin is Defendin» [«Todo lo que estamos haciendo es defendernos»] en el que decía: «all oppreshan can do is bring/ pashan to di heights of erupshan/ an songs af fire we will sing/ … sen fi di riot squad quick/ cause wi runnin wile/ wi bittah like bile» [algo así como: «todo lo que la opresión puede lograr / es llevar la pasión hasta la erupción / en canciones de fuego que cantaremos […] // llamad ya a los antidisturbios, ¡rápido!: / incontrolados, somos como la hiel»]. Un año más tarde, en 1973, en un poema titulado «Time Come» [«Llegará el momento»] escribí: «fruit soon ripe fi tek wi bite/ strength soon come fi wi fling wi might/ it soon come/ look out look out look out! … it too late now I did warn yu» [«pronto morderemos la fruta madura / pronto tendremos fuerza para arrojar lo que sea / pronto llegará / ¡tened cuidado! […] // ahora es demasiado tarde, ya os avisamos»]. Esos eran los sentimientos dominantes en muchos jóvenes negros entonces, a causa de nuestra experiencia cotidiana de racismo en general y de racismo policial en particular.

»Tras los disturbios de los carnavales de 1976 y 1977 de Notting Hill, los disturbios de Brístol de 1980 y las revueltas de 1981 y 1985, alguna gente empezó a decir que mis versos de principios de los años setenta eran proféticos. No sé si lo fueron; lo que sí sé es que, si eras un joven negro viviendo a principios de los setenta en la Inglaterra urbana, no hacía falta ser adivino para saber que tarde o temprano la policía causaría un estallido. Escribí dos poemas sobre las revueltas del 81: «Di Great Insohreckshan» [«La gran insurrección»] y «Mekin Histr» [«Haciendo historia»]. Escribí este poema desde la perspectiva de aquellos que tomaron parte en los disturbios de Brixton. El tono del poema es de celebración, ya que quería capturar el ánimo de euforia que sentía la población negra en aquellos tiempos.

»¡Y vaya tiempos! Fue una época de intensa lucha de clases. El gobierno de Thatcher había puesto en marcha políticas diseñadas para socavar los avances que la clase trabajadora había conseguido después de la Segunda Guerra Mundial. El movimiento obrero contraatacaba. La clase trabajadora negra participaba en esas luchas. Existían organizaciones autónomas —como el Movimiento de Padres Negros, el Movimiento de la Juventud Negra, el Colectivo Race Today y el Colectivo Negro de Bradford— que luchaban por la igualdad racial, la justicia social y un cambio radical. El racismo impregnaba todas las instituciones del Estado, especialmente la policía. La prensa amarilla avivaba las llamas del odio racial. Los ataques racistas y fascistas contra personas negras y asiáticas aumentaban drásticamente. El incidente más terrible fue el incendio de New Cross, el 18 de enero de 1981, resultado del ataque intencionado a una fiesta y en el que 13 jóvenes negros murieron y 26 sufrieron heridas graves.

»La respuesta de las comunidades negras a esa atrocidad, y al intento de la policía de encubrir la verdad y culpar del incendio a los propios asistentes a la fiesta, fue la movilización de 20.000 personas —convocadas por el Comité de Acción de la Masacre de New Cross, presidido por John La Rose— que marcharon desde New Cross hasta Hyde Park para protestar por las muertes de esos jóvenes y reclamar justicia. Fue la expresión de poder político negro más espectacular que jamás se ha visto en este país; un punto de inflexión en nuestra lucha por la igualdad racial y la justicia social. Esa marcha, el 2 de marzo de 1981, conocida como el Día de Acción del Pueblo Negro, proporcionó a la población negra de todo el país una nueva percepción de nuestra fuerza para resistir la opresión racial y luchar por el cambio. Hizo evidente para todos que las personas negras de segunda y tercera generación —como yo— no estábamos dispuestas a tolerar lo mismo que nuestros padres habían soportado. Éramos la generación rebelde, una generación politizada que contraatacaba. Un mes después, en abril, comenzaban las revueltas en Brixton.

»El 6 de agosto del verano pasado, cuando comenzaron los disturbios en Tottheham, yo estaba actuando en un festival de reggae de Bélgica acompañado por la Dennis Bovell Dub Band. Dos de los temas que interpretamos fueron «Di Great Insohreckshan» y «Mekin Histri». Era bastante tarde cuando regresamos al hotel, y todos nos retiramos a descansar, ya que teníamos otro bolo el domingo en Francia. Estaba en la cama cuando sonó el teléfono. Era Dennis Bovell, que vive en Tottenham. Dijo: «Linton, enciende la tele, hay disturbios en Tottenham». Puse BBC World y vi Tottenham en llamas. Los televisores del hotel barato en el que dormimos el domingo en Francia no tenían BBC World ni Sky ni CNN, pero Dennis Bovell recibió algunos mensajes de texto y nos mantuvimos al tanto de lo que estaba ocurriendo. Pensé que todo se habría calmado para cuando volviéramos a Londres, pero descubrí que los disturbios se habían intensificado y extendido por pueblos y ciudades de toda Inglaterra.

»Algunas de las escenas que vi por televisión eran increíbles. Lo más impactante fue que la policía parecía incapaz de actuar. Era como si estuvieran en servicios mínimos o llevando a cabo algún tipo de huelga extraoficial. No es que fueran inexpertos manejando disturbios. Me pareció entonces un flagrante abandono del deber. No fue ninguna sorpresa que los disturbios comenzaran como consecuencia del asesinato a sangre fría de Mark Duggan a manos de un agente de policía, la información falsa publicada por la Comisión Independiente sobre Denuncias contra la Policía, y el historial de conflictos entre la policía y la comunidad negra en esa zona de Londres. Teniendo en cuenta las numerosas muertes de personas negras a manos de la policía o bajo custodia policial, la criminalización de los jóvenes negros, la práctica desproporcionada de detenciones y cacheos contra las personas negras, los cargos de asociación ilícita, y la marginalización y demonización de la clase trabajadora —tanto blanca como negra— los disturbios eran de esperar. Lo que me sorprendió fue su ubicuidad.

»En mi opinión, frente a la posibilidad de perder un veinte por ciento de su presupuesto, la policía quiso dejar las cosas claras al gobierno. Era como si le estuviera diciendo a los ministros de Hacienda e Interior: «esto es lo que puede ocurrir si reducís personal».

»Poco después de volver de Francia, algunos periódicos belgas, franceses, rusos y estadounidenses me pidieron declaraciones sobre los disturbios. Rechacé las peticiones, ya que supuse que si querían hablar conmigo era para retratar los disturbios en términos puramente raciales. Me resulta evidente que las causas de los disturbios son la opresión e injusticia racial tanto como la opresión e injusticia de clase. Las manifestaciones de descontento más habituales que he presenciado en este país se tienen que entender desde la perspectiva de la marginalización de sectores de la clase trabajadora y las medidas de austeridad impulsadas ideológicamente por el gobierno Tory. La policía ha hecho poco o nada para erradicar el racismo en el cumplimiento de sus funciones. Sus miembros nunca han aceptado la conclusión del informe Macpherson de que la policía es institucionalmente racista. Mi nieto ha perdido la cuenta de las veces que ha sido detenido y cacheado por la policía, y no forma parte de ninguna pandilla. En lo que concierne a la relación entre vigilancia policial y juventud negra, nada ha cambiado desde que yo era joven, nada ha cambiado desde las revueltas de 1981. Da igual lo que Trevor Phillips diga.

»Sin embargo, la población negra en su conjunto sí ha hecho avances significativos desde finales de los ochenta. Ya no estamos tan marginados como en el 81. Tuvimos que recurrir a la insurrección para lograr integrarnos en la sociedad británica. Como el difunto John La Rosa comentó hace casi una década, las personas negras estamos situadas mucho más en el centro de la sociedad británica que antes; ya no permanecemos en la periferia. Aun así, tras el progreso de los noventa y los primeros dos mil, existe la percepción entre algunas personas negras de que hemos alcanzado el techo de cristal y la igualdad racial ha dejado de estar en la agenda del Nuevo laborismo, los Tories y los demócratas liberales. De hecho, el presupuesto de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos se ha visto recortado en un 63 por ciento. Personas como el profesor Gus John, por ejemplo, continúan criticando acertadamente el sistema educativo por el fracaso de los niños negros de clase trabajadora. Estadísticas recientes del gobierno demuestran que la tasa de desempleo para los jóvenes negros está por encima del 55 por ciento. Así como los cristianos negros tuvieron que formar sus propias iglesias hace años, que los agentes de policía negros hayan tenido que crear su propia asociación profesional sigue siendo patológicamente racista.

»Joseph Harker observa correctamente que la docena, aproximadamente, de miembros negros del parlamento están distanciados de sus comunidades. Fue una grosería por parte de Simon Wooley, de Operation Black Vote, acusarlo de nostalgia. No hay ninguna evidencia de que nuestros representantes negros, tras alcanzar la posición que ahora ocupan, lideren la causa de la igualdad racial o hagan campaña contra las prácticas racistas de la policía. La responsabilidad descansa todavía sobre nuestras comunidades. (Terminaré aquel poema de principios de los noventa titulado «Tings an Times» [«Cosas y épocas» o algo así, creo])».

Linton Kwesi Johnson, 24 de marzo de 2012.

[Artículo del poeta y músico Linton Kwesi Johnson publicado originalmente el 28 de marzo de 2012 en el diario The Guardian, pero para la traducción he utilizado la versión que aparece en el blog del propio autor. Imagen: Black People’s Day Of Action, 2 de marzo de 1981; Londres].

Para justificar los actos de la multitud

Para justificar los actos de la multitud

«De hecho, esta es esencialmente la idea que expresan los actos de los marineros, su resistencia a la autoridad injusta y sus «victorias de clase» contra la patrulla de enganche. Samuel Adams, conocedor de este activo «espíritu de rebelión» se inspiró en él para tratar de explicar políticamente que estaba haciendo el pueblo trabajador. Adams recurrió a los disturbios de Knowles «para legitimar el derecho público a resistirse mediante la fuerza a la autoridad cuando esta ha sobrepasado sus límites». Partiendo de los derechos históricos de los hombres y mujeres de Inglaterra, Adams se adentraba así en los derechos abstractos de la humanidad: «los disturbios fueron lo que llevaron a Samuel Adams a formular su ideología de resistencia, era la primera vez que se recurría a los derechos naturales del hombre para justificar los actos de la multitud». Adams consideraba que la multitud «encarnaba los derechos fundamentales del hombre, ante los cuales el propio gobierno podía ser juzgado». Pero el punto de partida fue la autonomía de unos cuantos marineros corrientes, «celosos defensores de la libertad». Desembarcaron en el puerto de Boston su potente experiencia acumulada, adquirida mediante el trabajo, la explotación y la resistencia a la autoridad, y esta experiencia no tardó en convertirse en una «nueva intención». Las primeras ideas libertarias en Norteamérica fueron fruto de «la circulación internacional de experiencias obreras»».

[Entre el deber y el motín. Lucha de clases en mar abierto (Antipersona, 2019; p. 367 y 368, traducción de Nacho Sáenz de Tejada), del historiador Marcus Rediker. Imagen: la bandera del pirata inglés John Phillips según la descripción de su compatriota y colega John Quelch. La bandera presenta tres símbolos muy comunes en la Jolly Rogers: el reloj de arena, la calavera o esqueleto y el corazón sangrante; es decir: el tiempo, la muerte y la vida].