Orsini Mag

Orsini Mag

Orciny Press acaba de abrir la preventa de Orsini Mag, una revista antifascista y solidaria nacida como respuesta a la brutalidad policial que el Estado desplegó en Catalunya —y especialmente en la ciudad de Barcelona— contra las protestas a la sentencia del procés; una respuesta que va más allá de «la batalla de Urquinaona» o el independentismo, y se dirige a cualquier barricada donde se hable, como afirma el editorial de la revista, «de cuidados y de apoyo mutuo entre personas de condiciones y orígenes muy distintos».

He tenido la suerte de poder colaborar en esta publicación con un poema, o casi, en prosa sobre replicantes, poetas malditos, cantantes de folk y ciudades en llamas. El texto, titulado «Tannhäuser Blues», se mueve entre los registros del ensayo, la poesía y la ciencia ficción, y probablemente formará parte del libro Anti-folk, que espero vea la luz el año próximo, pero quién sabe. En cualquier caso, lo podéis leer desde ya en Orsini Mag: la versión en pdf está disponible en la web de la editorial y, como he dicho líneas arriba, también se puede comprar en versión papel.

Orciny Press es una editorial independiente especializada en ficción especulativa, y son los padrinos en la Península Ibérica del género bizarro. Los contenidos de Orsini Mag responden a una convocatoria abierta el otoño pasado —la publicación de la revista se ha retrasado debido al COVID-19— cuyo resultado final es una selección muy potente de cuentos, artículos y poemas en la que participan escritoras y escritores como Layla Martínez, Francisco Jota-Pérez, Guillem López o Proyecto Una. Los beneficios de la revista serán donados al SIRECOVI (Sistema de Registro y Comunicación para la protección de víctimas de Violencia Institucional), de la Universidad de Barcelona.

Elegía a Radio Raheem (o elegía a Gil Scott-Heron)

Elegía a Radio Raheem (o elegía a Gil Scott-Heron)

la vida está en otra parte homeboy
Javier Payeras

Hay un amanecer en el Bronx con tu nombre
donde descansan los párpados las alondras
y los borrachos dejan como ofrenda canciones
en el fondo de bolsas de papel que ocultaron
botellas de night train, viejos spirituals
de la mirada hambrienta de los patrulleros,
hombres violentos con lentes obscuras
que reflejan las luces de las ambulancias

¡Han matado a Radio Raheem!

y los perros pretenden apaciguar el fuego
con el polvo cansado del crack y las palizas
grabadas en los largos y cálidos veranos
de rabia en las aceras y discos de Coltrane
y lentas melodías de Billie Holiday.
Sabes que estás en casa por el odio
que aguarda en los zaguanes el regreso
del más temible invierno, del final

¡Han matado a Radio Raheem!

pero hay una calle del Bronx en el mediodía
de cada ciudad. Los poetas emigran a sus márgenes,
están siempre de paso: apenas unos versos,
hacer unas llamadas, recoger algo de dinero
en una sucursal de la Western Union,
citarse en los bares de las estaciones
y dejarlo todo nuevamente, lanzarse
a los caminos. Nadie saldrá a despedirlos

¡Han matado a Radio Raheem!

Solo el rencor de ropa tendida en los balcones,
la memoria de las prisiones, soledad
brother, la soledad. La vida no está aquí,
en el patio de la cárcel donde aniquilan
toda la pena de los presidiarios,
George Jackson muerto bajo los disparos
de los funcionarios, tampoco
en tantas otras cárceles

¡Han matado a Radio Raheem!

cotidianas cárceles que permiten
contemplar en el Bronx cada ocaso
en el que se refugian los naufragios,
¿dónde fueron todas las flores?,
si solo fueran las flores, homeboy,
la vida
_________está en otra parte,
______________________________homeboy,
la vraie vie est absente.

[Del poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen:
Gil Scott-Heron
].

Disturbios, rimas y razón

Disturbios, rimas y razón

«A menudo me preguntan por qué empecé a escribir poesía. La respuesta es que la motivación surgió de una necesidad visceral de articular creativamente las experiencias de la juventud negra de mi generación, la cual alcanzaba la mayoría de edad en una sociedad racista. Algunos de mis primeros trabajos trataban sobre violencia fratricida y guerras internas, no muy distintas de las absurdas guerras de bandas de hoy en día. En aquella época en la que comenzaba mi aprendizaje como poeta, también intentaba dar voz a nuestra rabia y a nuestro espíritu de desafío y resistencia en un registro poético jamaicano.

»Hace cuarenta años, en 1972, escribí un poema de resistencia titulado “All Wi Doin is Defendin” [“Todo lo que estamos haciendo es defendernos”] en el que decía: “all oppreshan can do is bring/ pashan to di heights of erupshan/ an songs af fire we will sing/ … sen fi di riot squad quick/ cause wi runnin wile/ wi bittah like bile” [algo así como: “todo lo que la opresión puede lograr / es llevar la pasión hasta la erupción / en canciones de fuego que cantaremos […] // llamad ya a los antidisturbios, ¡rápido!: / incontrolados, somos como la hiel”]. Un año más tarde, en 1973, en un poema titulado “Time Come” [“Llegará el momento”] escribí: “fruit soon ripe fi tek wi bite/ strength soon come fi wi fling wi might/ it soon come/ look out look out look out! … it too late now I did warn yu” [“pronto morderemos la fruta madura / pronto tendremos fuerza para arrojar lo que sea / pronto llegará / ¡tened cuidado! […] // ahora es demasiado tarde, ya os avisamos”]. Esos eran los sentimientos dominantes en muchos jóvenes negros entonces, a causa de nuestra experiencia cotidiana de racismo en general y de racismo policial en particular.

»Tras los disturbios de los carnavales de 1976 y 1977 de Notting Hill, los disturbios de Brístol de 1980 y las revueltas de 1981 y 1985, alguna gente empezó a decir que mis versos de principios de los años setenta eran proféticos. No sé si lo fueron; lo que sí sé es que, si eras un joven negro viviendo a principios de los setenta en la Inglaterra urbana, no hacía falta ser adivino para saber que tarde o temprano la policía causaría un estallido. Escribí dos poemas sobre las revueltas del 81: “Di Great Insohreckshan” [“La gran insurrección”] y “Mekin Histr” [“Haciendo historia”]. Escribí este poema desde la perspectiva de aquellos que tomaron parte en los disturbios de Brixton. El tono del poema es de celebración, ya que quería capturar el ánimo de euforia que sentía la población negra en aquellos tiempos.

»¡Y vaya tiempos! Fue una época de intensa lucha de clases. El gobierno de Thatcher había puesto en marcha políticas diseñadas para socavar los avances que la clase trabajadora había conseguido después de la Segunda Guerra Mundial. El movimiento obrero contraatacaba. La clase trabajadora negra participaba en esas luchas. Existían organizaciones autónomas —como el Movimiento de Padres Negros, el Movimiento de la Juventud Negra, el Colectivo Race Today y el Colectivo Negro de Bradford— que luchaban por la igualdad racial, la justicia social y un cambio radical. El racismo impregnaba todas las instituciones del Estado, especialmente la policía. La prensa amarilla avivaba las llamas del odio racial. Los ataques racistas y fascistas contra personas negras y asiáticas aumentaban drásticamente. El incidente más terrible fue el incendio de New Cross, el 18 de enero de 1981, resultado del ataque intencionado a una fiesta y en el que 13 jóvenes negros murieron y 26 sufrieron heridas graves.

»La respuesta de las comunidades negras a esa atrocidad, y al intento de la policía de encubrir la verdad y culpar del incendio a los propios asistentes a la fiesta, fue la movilización de 20.000 personas —convocadas por el Comité de Acción de la Masacre de New Cross, presidido por John La Rose— que marcharon desde New Cross hasta Hyde Park para protestar por las muertes de esos jóvenes y reclamar justicia. Fue la expresión de poder político negro más espectacular que jamás se ha visto en este país; un punto de inflexión en nuestra lucha por la igualdad racial y la justicia social. Esa marcha, el 2 de marzo de 1981, conocida como el Día de Acción del Pueblo Negro, proporcionó a la población negra de todo el país una nueva percepción de nuestra fuerza para resistir la opresión racial y luchar por el cambio. Hizo evidente para todos que las personas negras de segunda y tercera generación —como yo— no estábamos dispuestas a tolerar lo mismo que nuestros padres habían soportado. Éramos la generación rebelde, una generación politizada que contraatacaba. Un mes después, en abril, comenzaban las revueltas en Brixton.

»El 6 de agosto del verano pasado, cuando comenzaron los disturbios en Tottheham, yo estaba actuando en un festival de reggae de Bélgica acompañado por la Dennis Bovell Dub Band. Dos de los temas que interpretamos fueron “Di Great Insohreckshan” y “Mekin Histri”. Era bastante tarde cuando regresamos al hotel, y todos nos retiramos a descansar, ya que teníamos otro bolo el domingo en Francia. Estaba en la cama cuando sonó el teléfono. Era Dennis Bovell, que vive en Tottenham. Dijo: “Linton, enciende la tele, hay disturbios en Tottenham”. Puse BBC World y vi Tottenham en llamas. Los televisores del hotel barato en el que dormimos el domingo en Francia no tenían BBC World ni Sky ni CNN, pero Dennis Bovell recibió algunos mensajes de texto y nos mantuvimos al tanto de lo que estaba ocurriendo. Pensé que todo se habría calmado para cuando volviéramos a Londres, pero descubrí que los disturbios se habían intensificado y extendido por pueblos y ciudades de toda Inglaterra.

»Algunas de las escenas que vi por televisión eran increíbles. Lo más impactante fue que la policía parecía incapaz de actuar. Era como si estuvieran en servicios mínimos o llevando a cabo algún tipo de huelga extraoficial. No es que fueran inexpertos manejando disturbios. Me pareció entonces un flagrante abandono del deber. No fue ninguna sorpresa que los disturbios comenzaran como consecuencia del asesinato a sangre fría de Mark Duggan a manos de un agente de policía, la información falsa publicada por la Comisión Independiente sobre Denuncias contra la Policía, y el historial de conflictos entre la policía y la comunidad negra en esa zona de Londres. Teniendo en cuenta las numerosas muertes de personas negras a manos de la policía o bajo custodia policial, la criminalización de los jóvenes negros, la práctica desproporcionada de detenciones y cacheos contra las personas negras, los cargos de asociación ilícita, y la marginalización y demonización de la clase trabajadora —tanto blanca como negra— los disturbios eran de esperar. Lo que me sorprendió fue su ubicuidad.

»En mi opinión, frente a la posibilidad de perder un veinte por ciento de su presupuesto, la policía quiso dejar las cosas claras al gobierno. Era como si le estuviera diciendo a los ministros de Hacienda e Interior: “esto es lo que puede ocurrir si reducís personal”.

»Poco después de volver de Francia, algunos periódicos belgas, franceses, rusos y estadounidenses me pidieron declaraciones sobre los disturbios. Rechacé las peticiones, ya que supuse que si querían hablar conmigo era para retratar los disturbios en términos puramente raciales. Me resulta evidente que las causas de los disturbios son la opresión e injusticia racial tanto como la opresión e injusticia de clase. Las manifestaciones de descontento más habituales que he presenciado en este país se tienen que entender desde la perspectiva de la marginalización de sectores de la clase trabajadora y las medidas de austeridad impulsadas ideológicamente por el gobierno Tory. La policía ha hecho poco o nada para erradicar el racismo en el cumplimiento de sus funciones. Sus miembros nunca han aceptado la conclusión del informe Macpherson de que la policía es institucionalmente racista. Mi nieto ha perdido la cuenta de las veces que ha sido detenido y cacheado por la policía, y no forma parte de ninguna pandilla. En lo que concierne a la relación entre vigilancia policial y juventud negra, nada ha cambiado desde que yo era joven, nada ha cambiado desde las revueltas de 1981. Da igual lo que Trevor Phillips diga.

»Sin embargo, la población negra en su conjunto sí ha hecho avances significativos desde finales de los ochenta. Ya no estamos tan marginados como en el 81. Tuvimos que recurrir a la insurrección para lograr integrarnos en la sociedad británica. Como el difunto John La Rosa comentó hace casi una década, las personas negras estamos situadas mucho más en el centro de la sociedad británica que antes; ya no permanecemos en la periferia. Aun así, tras el progreso de los noventa y los primeros dos mil, existe la percepción entre algunas personas negras de que hemos alcanzado el techo de cristal y la igualdad racial ha dejado de estar en la agenda del Nuevo laborismo, los Tories y los demócratas liberales. De hecho, el presupuesto de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos se ha visto recortado en un 63 por ciento. Personas como el profesor Gus John, por ejemplo, continúan criticando acertadamente el sistema educativo por el fracaso de los niños negros de clase trabajadora. Estadísticas recientes del gobierno demuestran que la tasa de desempleo para los jóvenes negros está por encima del 55 por ciento. Así como los cristianos negros tuvieron que formar sus propias iglesias hace años, que los agentes de policía negros hayan tenido que crear su propia asociación profesional sigue siendo patológicamente racista.

»Joseph Harker observa correctamente que la docena, aproximadamente, de miembros negros del parlamento están distanciados de sus comunidades. Fue una grosería por parte de Simon Wooley, de Operation Black Vote, acusarlo de nostalgia. No hay ninguna evidencia de que nuestros representantes negros, tras alcanzar la posición que ahora ocupan, lideren la causa de la igualdad racial o hagan campaña contra las prácticas racistas de la policía. La responsabilidad descansa todavía sobre nuestras comunidades. (Terminaré aquel poema de principios de los noventa titulado “Tings an Times” [“Cosas y épocas” o algo así, creo])».

Linton Kwesi Johnson, 24 de marzo de 2012.

[Artículo del poeta y músico Linton Kwesi Johnson publicado originalmente el 28 de marzo de 2012 en el diario The Guardian, pero para la traducción he utilizado la versión que aparece en el blog del propio autor. Imagen: Black People’s Day Of Action, 2 de marzo de 1981; Londres].

A veces sueño con Jeff Buckley sumergiéndose en el Mississippi

A veces sueño con Jeff Buckley sumergiéndose en el Mississippi

Dip him in the river who loves water.
William Blake


El sueño es el siguiente:

Jeff Buckley ebrio de felicidad mientras deambula por la ribera del río y se adentra en las aguas y ese bautismo empapa su atuendo, su materia, su interior, y Jeff Buckley eleva una plegaria, entona una letanía, tantea un cántico de Led Zeppelin que es en realidad un blues de Muddy Waters que es en realidad un antiquísimo gemido. Buckley ha renunciado al imperio, se entrega a la corriente del Mississippi, se integra en la continuidad de su curso, y siempre es veintinueve de mayo en el sueño y Jeff Buckley se hunde lentamente en el río, ahogándose y resucitando, ahogándose y resucitando: Buckley encarnando la doctrina de Heráclito, transubstanciando el relámpago en vida, corroborando con su propio verbo que solamente aquello que está en movimiento permanece, que solamente aquello que se desvanece perdura; Buckley siendo golpeado por el don de la glosolalia, aprendiendo nuevamente el alfabeto, devolviendo en esa revelación la alegoría al lugar que le corresponde. Buckley retrocediendo hasta Jorge Manrique, deletreando en todos los idiomas la palabra Mississippi, la palabra vida, la palabra río; palabras que desembocan en el mar, en la mar,

que es el morir.


Jeff, Virgilio sin patria. Virgilio mío ausente.

Nombrarte es traerte de vuelta. Es convocar el vacío.

He aquí toda mi fe, todo mi credo.

He aquí mi canto.

[Este texto pertenece al poemario inédito Anti-folk. Apareció en el número 31 de la revista Nayagua (febrero de 2020), y su origen se encuentra en este otro texto del blog. Imagen: The Inscription over the Gate, de William Blake: Dante y Virgilio cruzan las puertas del Infierno].

Un lenguaje incomprensible

Un lenguaje incomprensible

Sabemos por lo menos desde La Divina Comedia que los demonios hablan su propio lenguaje: cuando, en el Canto Séptimo del Infierno, Dante desciende al círculo donde cumplen condena los avaros y los pródigos (es decir, los ricos), Pluto —sorprendido por la presencia de una persona viva en sus dominios— aúlla una maldición: «Pape Satàn, pape Satàn aleppe!»; amenaza indescifrable (más allá de la rabia y frustración subyacente) para todos excepto para el fantasma de Virgilio —particular guía de Alighieri—, quien, sin más explicaciones, manda callar al ángel caído.

«Pape Satàn, pape Satàn aleppe!». Posteriormente, la teoría literaria ha definido los galimatías como este con el nombre de «jitánjafora», en honor a la obra del escritor cubano Mariano Brull: «Texto carente de sentido cuyo valor estético se basa en la sonoridad y en el poder evocador de las palabras, reales o inventadas, que lo componen». Setecientos años después de ser escrita, el significado de la frase de Pluto sigue siendo tan incompresible como evidente; se ha mantenido inaccesible a interpretaciones literales mientras que, al mismo tiempo, no ha dejado de resonar en la historia de la cultura, y especialmente en la cultura popular. «A-wop-bop-a-loo-bop-a-wop-bam-boom!», o «When you’re rocking and rolling, can’t hear your mama call», aullaba también Little Richard: sexualidad desbocada, mezcla racial, desorden social: todos los miedos del pensamiento puritano estadounidense se desglosaban y desplegaban en la incipiente música pop de la misma manera que en el Infierno se cartografían y clasifican moralmente los pecados. Sin embargo, no había pena ni astuto contrapaso en la propuesta del rock: esta vez, los demonios cantaban sus propias canciones.

Dante se equivocó en muchas cosas: el sueño de la poesía es incompatible con el sueño del poder; el infierno, como decía Christopher Marlowe, es en realidad este lugar donde estamos; y, sobre todo, parece que no hay castigo, en esta vida ni en ninguna otra, para los ricos. Pero lo que sin duda es cierto es que, del «Pape Satàn, pape Satàn aleppe!», de la Comedia, al A-wop-bop-a-loo-bop-a-wop-bam-boom!» —redoble de batería, contraseña para cruzar la frontera, liturgia de la enésima muerte y resurrección del blues—, de Richard, los demonios han hablado siempre su propio lenguaje: un idioma imposible que solo entienden los poetas muertos y los músicos de rocanrol.

[Imagen: Little Richard].