Solo en las utopías

Solo en las utopías

«En el sentido en que permite columbrar una alternativa imaginada al “modo” en que vivimos ahora», buena parte de mi narrativa puede denominarse utópica, pero no dejo de resistirme a la palabra. Creo que muchas de mis sociedades inventadas mejoran en algún aspecto la nuestra, pero me parece que “utopía” es un nombre demasiado grandioso y rígido para caracterizarlas. La utopía y la distopía proceden del intelecto. Yo escribo a partir de la pasión y la diversión. Mis historias no son advertencias nefastas ni proyectos de lo que deberíamos hacer. La mayoría, creo, son comedias sobre las costumbres humanas, recordatorios sobre la infinita variedad de formas en que acabamos siempre en el mismo sitio y homenajes a esa variedad infinita a través de la invención de aún más alternativas y posibilidades. Incluso las novelas Los desposeídos y El eterno regreso a casa, en las que calculé con más método que de costumbre ciertas permutaciones del uso del poder, que preferí a las disponibles en el mundo, constituyen esfuerzos tanto por subvertir como por mostrar el ideal de un plan social asequible que acabaría con la injusticia y la desigualdad de una vez por todas.

»Para mí, lo importante no es ofrecer una esperanza específica de progreso sino, al presentar una realidad alternativa imaginada pero convincente, sacudir mi mente, y también la mente del lector, a fin de que ambos abandonemos la costumbre perezosa y timorata de pensar que la manera en que vivimos ahora es la única manera en que se puede vivir. Esta inercia es lo que permite que no se cuestionen las instituciones injustas.

»Por su misma concepción, la fantasía y la ciencia ficción ofrecen alternativas al mundo presente y real del lector. En general, los jóvenes admiten este tipo de historias porque su vigor y su sed de experiencia los animan a aceptar alternativas, posibilidades, cambios. Al haber llegado a temer incluso la imaginación de un cambio verdadero, muchos adultos se cierran a la literatura imaginativa, jactándose de no ver en ella otra cosa que lo que ya conocen, o lo que creen que conocen.

»Dicho esto, es cierto que hay mucha ciencia ficción y fantasía, como si temiera su propia capacidad para inquietar, que es tímida y reaccionaria en materia de inventiva social: la fantasía se aferra al feudalismo; la ciencia ficción, a las jerarquías militares e imperiales. Ambos géneros suelen premiar al héroe, o a la heroína, solo por realizar hazañas extraordinarias y masculinas. (Yo misma escribí de ese modo durante años. En La mano izquierda de la oscuridad, mi héroe no tiene género, pero sus actos heroicos son casi exclusivamente masculinos.) En especial en la ciencia ficción, a menudo nos encontramos con la idea que he mencionado más arriba: cualquier personaje de condición inferior, si no es un rebelde siempre dispuesto a hacerse con la libertad mediante la acción audaz y  violenta, resulta despreciable o sencillamente no tiene importancia.

»En un mundo de tal simplicidad moral, si un esclavo no es Espartaco, no es nadie. Esa forma de presentar las cosas es despiadada y poco realista, la mayoría de los esclavos, o de los oprimidos, forman parte de un orden social que, dados los términos mismos de la opresión, no tienen siquiera la oportunidad de percibir como susceptible de ser alterado.

»El ejercicio de la imaginación es peligroso para quienes se aprovechan del estado de las cosas porque tiene el poder de demostrar que el estado de las cosas no es permanente, ni universal, ni necesario.

»Al tener la capacidad real, aunque limitada, de poner en tela de juicio las instituciones establecidas, la literatura imaginativa tiene también la responsabilidad de ese poder. El narrador dice la verdad.

»Es triste que muchas historias potencialmente capaces de ofrecer una visión propia se conformen con tópicos patrióticos o religiosos, milagros tecnológicos o ilusiones vanas, sin que los escritores intenten imaginar la verdad. Las oscuras distopías de moda se limitan a invertir los tópicos y emplean ácido en vez de sacarina, pero siguen eludiendo el compromiso con el sufrimiento humano y las posibilidades genuinas. La narrativa imaginativa que admiro ofrece alternativas al statu quo que no solo cuestionan la ubicuidad y la necesidad de las instituciones existentes, sino que amplían el campo de las posibilidades sociales y el entendimiento moral. Ello puede hacerse en un tono tan ingenuo y esperanzado como el de las tres primeras temporadas de la serie televisiva Star Trek, o mediante construcciones de una complejidad, sofisticación y ambigüedad ideológica y técnica como son las novelas de Philip K. Dick o Carol Emswiller; pero siempre es reconocible el mismo impulso: llevar a imaginar un cambio.

»No conoceremos nuestra propia injusticia si no podemos imaginar la justicia. No seremos libres si no imaginamos la libertad. No podemos exigir que alguien intente alcanzar la justicia y la libertad si no ha tenido la oportunidad de imaginar que se pueden alcanzar».

[Fragmento del texto «Una guerra sin fin», incluido en Contar es escuchar, sobre la escritura, la lectura, la imaginación (Círculo de Tiza, 2018; p. 291-294, traducción de Martín Schifino), de Ursula K. Le Guin. Imagen: una fotografía de Le Guin que he sacado de este artículo de la revista digital chilena Dos Disparos].

El año de Orwell

El año de Orwell

«La gran aportación de Bolaño a la literatura mundial no fue, desde luego, cerrar el realismo mágico (cerrado estaba desde tiempo atrás), ni volver a clásicos latinoamericanos ignorados, peor para ellos, por la academia anglosajona, como los padres de Borges, un Oliverio Girondo o un Macedonio Fernández, quienes demostraban que nuestra madurez, ignorada a lo lejos, ya tenía sus años, sino variar la noción de futuro en la literatura moderna. No fue el único pero en ello Bolaño fue ejemplar, y la primera prueba la tenemos aquí, escrita en Blanes, en 1984, el año de Orwell, acaso no casualmente.

»La ciencia ficción no era para Bolaño, como lo sería para un lector ordinario, una mera premonición de viajes espaciales, planetas extraterrestres habitados por alienígenas o colosales adelantes tecnológicos, sino un estado moral, la búsqueda invertida del tiempo perdido, y por ello su obra es incomprensible sin la lectura de Ursula K. Le Guin o Philip K. Dick, quienes moralizaron el futuro como una extensión catastrófica del siglo XX. Aquélla sería una supermodernidad probablemente fascista —en los años ochenta Bolaño, cosa rara, conocía a los escritores de derecha de la Acción Francesa, entonces del todo olvidados— y en El espíritu de la ciencia-ficción reside, es probable, el secreto de 2666. La novela, para Bolaño, no es cronológica, sino moral, y esa ética sólo puede entenderse, exacta anticipación suya, mediante una suerte de teoría de los juegos, lo que explica un libro como El Tercer Reich. Si el detective, como ya dijeron otros comentaristas antes que yo, es una forma callejera del intelectual, la práctica de los videojuegos es un rudimento de la historia universal, una proyección que rompe la linealidad del tiempo. Es El espíritu de la ciencia-ficción».

[Christopher Domínguez, fragmento del prólogo de El espíritu de la ciencia-ficción, de Roberto Bolaño (Alfaguara, 2016; p. 15-16). La imagen de cabecera está sacada de este artículo].

Y con Marte ocurrió exactamente lo mismo

Y con Marte ocurrió exactamente lo mismo

«Por exaltación, a los dieciocho años decidí ser paracaidista. Cierto es que tuve la suerte de ver la cabeza de puente de Normandía, aunque desde una camilla, porque nuestro planeador, destrozado en el aire por armas antiaéreas, se desvió del objetivo y cayó con todos nosotros treinta hombres sobre los búnkers alemanes, y yo acabé con el cóxis fracturado en un hospital militar inglés. Y con Marte ocurrió exactamente lo mismo. Si hubiera regresado de allí, dudo que me hubiera sumido en mis recuerdos hasta el fin de mis días, sino que habría sufrido la misma suerte del segundo hombre que llegó a la Luna, a quien no le bastaron los sillones que le ofrecieron en los consejos de administración de varias multinacionales, y se entregó a pensamientos suicidas. Uno de mis camaradas era jefe de ventas de una conocida marca de cerveza en Florida, y cada vez que yo agarraba una marca de cervezade esa marca, no podía evitar verlo frente a mí, blanco como un ángel en su escafandra, subiendo en el ascensor; supe que me había lanzado a esta extraña aventura para no seguir sus pasos.

»Mientras contemplaba la torre Eiffel empecé a comprender muchas cosas. La mía era una profesión fatal, seductora por el calificativo que se asignaba a cada uno de sus logros de “un gran paso para la humanidad” (que, como había dicho Armstrong, solo era “un pequeño paso para el hombre”), cuando en realidad era un punto culminante, el apogeo no solamente de una órbita, un lugar que podía desvanecerse, una imagen simbólica de la vida humana, con toda la avidez de sus esfuerzos y esperanzas dirigidos hacia lo inalcanzable. Con la única diferencia de que aquello que constituía para el individuo sus mejores años, aquí representaba horas. Aldrin sabía que las huellas de sus grandes zapatos sobre la Luna sobrevivirían no solo al recuerdo del programa Apolo, sino probablemente a toda la historia de la humanidad, porque tardarían 1500 millones de años en ser borradas por el sol. ¿Cómo podía un hombre que había estado tan cerca de la eternidad contentarse con vender cerveza?».

[Fragmento (p. 161-162) de la novela La fiebre del heno (Impedimenta, 2018), de Stanislaw Lem. Imagen: Buzz Aldrin fotografiado por Neil Armstrong en el Mare Tranquillitatis de la Luna, el lugar donde alunizó o eso dicen la nave Apolo 11 en julio de 1969].

Proyecto Manhattan Mon Amour

Proyecto Manhattan Mon Amour

Guy Montag se aleja de la ciudad cuando las bombas caen. El estado fascista para el que trabajaba quemando libros desaparece bajo el fuego de las armas nucleares. El único futuro posible la utopía avanza retrocediendo, del papel a la memoria, parece decir Ray Bradbury. Montag y el resto de exiliados, sin embargo, deciden volver sobre sus pasos, construir sobre las ruinas. La esperanza, como el fénix, renace de sus cenizas, dice en realidad Bradbury, que alquila por horas una máquina de escribir en el sótano de la biblioteca de la Universidad de California para añadir palabras e incendios a una novela corta, The Fireman, que acabará convirtiéndose en otra novela un poco más larga titulada Fahrenheit 451.

Es 1953. En junio el gobierno de los Estados Unidos ejecuta en la silla eléctrica a Ethel y Julius Rosenberg, un matrimonio acusado de espionaje por haber entregado, supuestamente, los secretos de la bomba atómica a Moscú. Apenas un mes más tarde finaliza en tensa calma la Guerra de Corea, que había comenzado en 1950, año en el que el senador Joseph McCarthy iniciaba una cruzada contra todo lo antiamericano y desataba una caza de brujas contra artistas, intelectuales y políticos de izquierda. Los juicios de Salem se repetían dos siglos y medio después. Es 1953, decimos, y Ray Bradbury intenta vender una distopía sobre la censura en un país que aclama a los carceleros. La flamante bomba H deja a las de Hiroshima y Nagasaki a la altura del betún. El reloj del Juicio Final marca dos minutos para las doce. La Guerra Fría es cualquier cosa, menos fría.

Jesús es una bomba H

Retrocedamos un poco. Es 1949. La URSS anuncia que tiene la bomba. Mao Zedong proclama la República Popular. El pánico moral que se apodera de la sociedad estadounidense a través del discurso anticomunista también cambia la visión que los norteamericanos tienen de la energía atómica. De ser el héroe del Pacífico, obligando a Japón a rendirse y acabando así, según la versión oficial, con una guerra que podría eternizarse, pasa ahora a ser némesis en manos del nuevo (más o menos) enemigo. El hongo nuclear deja de ser fugaz interpretación un símbolo de la cultura de masas y de la victoria del capitalismo.

Las nuevas reglas del juego, después de la Segunda Guerra Mundial, están claras: en cualquier momento todo puede saltar por los aires. Es 1949 y un tipo llamado Lowell Blanchard todavía se atreve a cantar «todo el mundo está preocupado por la bomba atómica pero nadie se preocupa por el día en que mi Señor venga, cuando los golpee, Dios todopoderoso, como una bomba atómica». Pero ya no tiene gracia. El verdadero Apocalipsis está a la vuelta de la esquina y la esquina casi se llamará Corea, Berlín o Cuba.

Sin embargo, el miedo es un arma de doble filo. Una cosa es tener claro quiénes son los malos y otra muy distinta estar tan asustado como para no comprar. Décadas de desarrollo de propaganda y media sirven para hacer creer a la gente que la vida no tiene por qué acabar con el fin del mundo. Es más, el fin del mundo se puede convertir en un engranaje más de la máquina, una nueva sección en los supermercados. Los manuales de supervivencia proliferan y las técnicas se perfeccionan. El sueño americano no está completo si la casita con jardín en los suburbios no incluye un búnker donde esperar pacientemente a que pase el desastre. En cualquier caso, no hay que preocuparse demasiado: la Tercera Guerra Mundial será cualquier cosa, menos larga.

Sacaré fuera esa bomba

La energía atómica apuesta, incluso, por mostrar una cara amable, la de las centrales que acabarán con la dependencia de los combustibles fósiles. Pero el tiempo pone cada cosa en su lugar. Con la llegada de los ‘60 el arsenal de ambas potencias es tan enorme que basta el aleteo de una mariposa para desencadenar la Destrucción Mutua Asegurada. Con la Crisis de los misiles se instala el teléfono rojo y Kubrick parodia el asunto en Dr. Strangelove pero la Guerra de Vietnam primero y la Crisis del petróleo después aportan nuevas perspectivas. A pesar de que la peor pesadilla de los beatniks pueda ser un texano cabalgando la bomba o que el punk le cante años más tarde a la era nuclear, la partida atómica está en tablas. Y nadie quiere ganar.

El definitivo desencanto llega con la primavera. Primero como simulacro: Jane Fonda y Jack Lemmon protagonizan una película, The China Syndrome, en la que está a punto de producirse la fusión de un reactor nuclear. Después, como en aquel cuento de Borges del mapa, como realidad. A los doce días del estreno, en la central Three Mile Island de Pensilvania, está a punto de producirse la fusión de un reactor nuclear. Es marzo de 1979 y tal vez el material radioactivo no atraviese la Tierra hasta llegar a las antípodas, pero termina de resquebrajar la confianza de la población en los nietos de Little Boy y Fat Man.

Finalmente es 1986 y se produce el accidente de Chernóbil. Es 1986 y Alan Moore aniquila con meses de anticipación y de una sola tacada a la Guerra Fría y a la cultura popular estadounidense en el cómic Watchmen, donde un superhéroe llamado Doctor Manhattan, heredero de Oppenheimer y Einstein más que de Superman, disecciona medio siglo utilizando el átomo como bisturí. Es 2013, decimos, y Fukushima sigue a la vuelta de la esquina y el reloj marca cinco minutos para la medianoche y la esperanza se empecina, a pesar de todo, en regresar, una y otra vez, a las ciudades. Pero esa es otra historia.

[Artículo publicado en el número 194 del periódico Diagonal (marzo de 2013). Imagen: fotograma de la película Dr. Strangelove (Stanley Kubrick, 1964)].

El perseguidor #6: construir universos que se derrumban

El perseguidor #6: construir universos que se derrumban

«Y entonces yo me pregunto, en mi escritura, ¿qué es real? Porque incesantemente somos bombardeados con pseudo-realidades creadas por gente muy sofisticada usando mecanismos muy sofisticados. Yo no desconfío de sus razones; desconfío de su poder. Tienen mucho. Y es un poder inmenso: ese de crear universos enteros, universos de la mente. Yo lo tengo que saber, hago lo mismo. Mi trabajo es crear universos, una novela tras otra. Y debo construirlos de tal manera que no se derrumben a los dos días. O al menos eso es lo que mis editores esperan. Sin embargo, les voy a revelar un secreto: a mí me gusta construir universos que se derrumban».

En el programa de esta semana perseguimos al escritor de ciencia ficción Philip K. Dick, a ritmo de punk y de psicodelia, a través de sus novelas y de sus universos, de sus paranoias y de sus pesadillas.

Puedes escuchar el programa aquí:

Y también aquí.

Tracklist:

– «I’ve Got To Surf Away» / Le Grand Miercoles
– «Mr. P.C.» / John Coltrane
– «Hot Wire My Heart» / Crime
– «Canonize Philip K. Dick, OK?» / The World/Inferno Friendship Society
– «Hat And Beard» / Eric Dolphy
– «Somebody To Love» / Jefferson Airplane
– «Ball And Chain» / Big Brother And The Holding Company
– «You’re Already Dead» / Crass
– «Trust Your Mechanic» / Dead Kennedys
– «Cold Rain And Snow» / Grateful Dead

[Imagen: fotograma de la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982), basada en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968). Fuente].