Proyecto Manhattan Mon Amour

Proyecto Manhattan Mon Amour

Guy Montag se aleja de la ciudad cuando las bombas caen. El estado fascista para el que trabajaba quemando libros desaparece bajo el fuego de las armas nucleares. El único futuro posible la utopía avanza retrocediendo, del papel a la memoria, parece decir Ray Bradbury. Montag y el resto de exiliados, sin embargo, deciden volver sobre sus pasos, construir sobre las ruinas. La esperanza, como el fénix, renace de sus cenizas, dice en realidad Bradbury, que alquila por horas una máquina de escribir en el sótano de la biblioteca de la Universidad de California para añadir palabras e incendios a una novela corta, The Fireman, que acabará convirtiéndose en otra novela un poco más larga titulada Fahrenheit 451.

Es 1953. En junio el gobierno de los Estados Unidos ejecuta en la silla eléctrica a Ethel y Julius Rosenberg, un matrimonio acusado de espionaje por haber entregado, supuestamente, los secretos de la bomba atómica a Moscú. Apenas un mes más tarde finaliza en tensa calma la Guerra de Corea, que había comenzado en 1950, año en el que el senador Joseph McCarthy iniciaba una cruzada contra todo lo antiamericano y desataba una caza de brujas contra artistas, intelectuales y políticos de izquierda. Los juicios de Salem se repetían dos siglos y medio después. Es 1953, decimos, y Ray Bradbury intenta vender una distopía sobre la censura en un país que aclama a los carceleros. La flamante bomba H deja a las de Hiroshima y Nagasaki a la altura del betún. El reloj del Juicio Final marca dos minutos para las doce. La Guerra Fría es cualquier cosa, menos fría.

Jesús es una bomba H

Retrocedamos un poco. Es 1949. La URSS anuncia que tiene la bomba. Mao Zedong proclama la República Popular. El pánico moral que se apodera de la sociedad estadounidense a través del discurso anticomunista también cambia la visión que los norteamericanos tienen de la energía atómica. De ser el héroe del Pacífico, obligando a Japón a rendirse y acabando así, según la versión oficial, con una guerra que podría eternizarse, pasa ahora a ser némesis en manos del nuevo (más o menos) enemigo. El hongo nuclear deja de ser fugaz interpretación un símbolo de la cultura de masas y de la victoria del capitalismo.

Las nuevas reglas del juego, después de la Segunda Guerra Mundial, están claras: en cualquier momento todo puede saltar por los aires. Es 1949 y un tipo llamado Lowell Blanchard todavía se atreve a cantar «todo el mundo está preocupado por la bomba atómica pero nadie se preocupa por el día en que mi Señor venga, cuando los golpee, Dios todopoderoso, como una bomba atómica». Pero ya no tiene gracia. El verdadero Apocalipsis está a la vuelta de la esquina y la esquina casi se llamará Corea, Berlín o Cuba.

Sin embargo, el miedo es un arma de doble filo. Una cosa es tener claro quiénes son los malos y otra muy distinta estar tan asustado como para no comprar. Décadas de desarrollo de propaganda y media sirven para hacer creer a la gente que la vida no tiene por qué acabar con el fin del mundo. Es más, el fin del mundo se puede convertir en un engranaje más de la máquina, una nueva sección en los supermercados. Los manuales de supervivencia proliferan y las técnicas se perfeccionan. El sueño americano no está completo si la casita con jardín en los suburbios no incluye un búnker donde esperar pacientemente a que pase el desastre. En cualquier caso, no hay que preocuparse demasiado: la Tercera Guerra Mundial será cualquier cosa, menos larga.

Sacaré fuera esa bomba

La energía atómica apuesta, incluso, por mostrar una cara amable, la de las centrales que acabarán con la dependencia de los combustibles fósiles. Pero el tiempo pone cada cosa en su lugar. Con la llegada de los ‘60 el arsenal de ambas potencias es tan enorme que basta el aleteo de una mariposa para desencadenar la Destrucción Mutua Asegurada. Con la Crisis de los misiles se instala el teléfono rojo y Kubrick parodia el asunto en Dr. Strangelove pero la Guerra de Vietnam primero y la Crisis del petróleo después aportan nuevas perspectivas. A pesar de que la peor pesadilla de los beatniks pueda ser un texano cabalgando la bomba o que el punk le cante años más tarde a la era nuclear, la partida atómica está en tablas. Y nadie quiere ganar.

El definitivo desencanto llega con la primavera. Primero como simulacro: Jane Fonda y Jack Lemmon protagonizan una película, The China Syndrome, en la que está a punto de producirse la fusión de un reactor nuclear. Después, como en aquel cuento de Borges del mapa, como realidad. A los doce días del estreno, en la central Three Mile Island de Pensilvania, está a punto de producirse la fusión de un reactor nuclear. Es marzo de 1979 y tal vez el material radioactivo no atraviese la Tierra hasta llegar a las antípodas, pero termina de resquebrajar la confianza de la población en los nietos de Little Boy y Fat Man.

Finalmente es 1986 y se produce el accidente de Chernóbil. Es 1986 y Alan Moore aniquila con meses de anticipación y de una sola tacada a la Guerra Fría y a la cultura popular estadounidense en el cómic Watchmen, donde un superhéroe llamado Doctor Manhattan, heredero de Oppenheimer y Einstein más que de Superman, disecciona medio siglo utilizando el átomo como bisturí. Es 2013, decimos, y Fukushima sigue a la vuelta de la esquina y el reloj marca cinco minutos para la medianoche y la esperanza se empecina, a pesar de todo, en regresar, una y otra vez, a las ciudades. Pero esa es otra historia.

[Artículo publicado en el número 194 del periódico Diagonal (marzo de 2013). Imagen: fotograma de la película Dr. Strangelove (Stanley Kubrick, 1964)].

El perseguidor #6: construir universos que se derrumban

El perseguidor #6: construir universos que se derrumban

«Y entonces yo me pregunto, en mi escritura, ¿qué es real? Porque incesantemente somos bombardeados con pseudo-realidades creadas por gente muy sofisticada usando mecanismos muy sofisticados. Yo no desconfío de sus razones; desconfío de su poder. Tienen mucho. Y es un poder inmenso: ese de crear universos enteros, universos de la mente. Yo lo tengo que saber, hago lo mismo. Mi trabajo es crear universos, una novela tras otra. Y debo construirlos de tal manera que no se derrumben a los dos días. O al menos eso es lo que mis editores esperan. Sin embargo, les voy a revelar un secreto: a mí me gusta construir universos que se derrumban».

En el programa de esta semana perseguimos al escritor de ciencia ficción Philip K. Dick, a ritmo de punk y de psicodelia, a través de sus novelas y de sus universos, de sus paranoias y de sus pesadillas.

Puedes escuchar el programa aquí:

Y también aquí.

Tracklist:

– «I’ve Got To Surf Away» / Le Grand Miercoles
– «Mr. P.C.» / John Coltrane
– «Hot Wire My Heart» / Crime
– «Canonize Philip K. Dick, OK?» / The World/Inferno Friendship Society
– «Hat And Beard» / Eric Dolphy
– «Somebody To Love» / Jefferson Airplane
– «Ball And Chain» / Big Brother And The Holding Company
– «You’re Already Dead» / Crass
– «Trust Your Mechanic» / Dead Kennedys
– «Cold Rain And Snow» / Grateful Dead

[Imagen: fotograma de la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982), basada en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968). Fuente].

Los muertos de siempre

Los muertos de siempre

«Yo, Billy Pilgrim, moriré, he muerto y estaré muerto para siempre el 13 de febrero de 1976». Billy Pilgrim, el protagonista de Matadero Cinco, tiene recuerdos del futuro. Más bien, «ha volado fuera del tiempo. Billy se ha acostado siendo un viejo viudo y se ha despertado el día de su boda. Ha entrado por una puerta en 1955 y ha salido por ella en 1941. Ha vuelto a traspasar esa puerta y se ha encontrado en 1963. Ha visto su nacimiento y su muerte muchas veces, según dice, y viaja al azar hacia cualquier momento de su vida. Eso dice».

Saltos en el tiempo y escritores fracasados; pesadillas apocalípticas y carnicerías cotidianas; platillos voladores y chavales haciendo la guerra. «Todo esto sucedió, más o menos», asegura Vonnegut al comienzo de una historia que necesita esconderse tras la ciencia ficción y el humor negro para ser contada; un libro que, para narrar el horror, abraza el absurdo como única posibilidad de dar sentido a la sinrazón. «La verdad es la muerte», comenta el autor estadounidense citando a Céline, resumiendo en una frase el argumento de la novela. Pero también sugiriendo que la mentira, la literatura, puede ser lo contrario de la muerte, como cuando afirma, poniendo en boca de uno de sus personajes: «Todo lo que podía saberse de la vida estaba en Los hermanos Karamazov».

La cruzada de los niños

El 13 de febrero de 1945 —el 13 de febrero, el día en el que siempre morirá Billy Pilgrim— la aviación británica iniciaba los bombardeos sobre la ciudad alemana de Dresde, conocida por su belleza como «la Florencia del Elba». Cuatro mil toneladas de explosivos después, «Dresde parecía un paraje lunar. Las piedras estaban calientes. No quedaba nada, excepto lo mineral. Todos habían muerto. Así fue». Unas semanas antes, en cambio, los soldados americanos llegaban como prisioneros a la urbe y quedaban absolutamente impresionados por el paisaje. Uno de ellos, incluso, piensa que acaban de entrar en el país de Oz. «Era yo. Sí, aquél fui yo. Estaba deslumbrado. La única ciudad que había visto hasta entonces era Indianápolis, Indiana».

Porque Vonnegut es Pilgrim, pero solo a medias. El narrador también es un personaje de su propia novela, y se manifiesta como tal en ciertas ocasiones para distanciarse de su álter ego; para no olvidar que, a pesar de los juegos literarios que construye para mirar hacia atrás sin convertirse en estatua de sal, la única verdad de Matadero Cinco es la muerte, las masacres, la destrucción de Dresde y la brutalidad de la guerra, de cualquier guerra, de todas las guerras.

«Si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza». En 1944, con 22 años, Vonnegut se alista en el ejército y es enviado al Frente Occidental. Son los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Tras la batalla de las Ardenas es capturado por los nazis y transportado junto con otros prisioneros —la mayoría de ellos muy jóvenes, «necios e ingenuos bebés»— a Dresde. Allí, los soldados estadounidenses son alojados en el quinto edificio de un antiguo matadero y empleados como mano de obra esclava hasta que los aliados arrasan la ciudad en «la mayor carnicería de la historia de Europa». Así fue.

«So it goes»

Cada vez que alguien muere en Matadero Cinco —y mueren muchos— el narrador utiliza la coletilla «so it goes», traducida al castellano como «así fue» —aunque en realidad la expresión se parecería más a la sarcástica resignación de un «qué le vamos a hacer»—, para remarcar la banalidad de una barbarie que se repite generación tras generación. El bombardeo de Dresde, que dejó alrededor de 35.000 víctimas (aunque Vonnegut, siguiendo documentos de la época, habla del triple de muertos), en su gran mayoría civiles, se convierte en esta novela en paradigma del horror y del absurdo de la guerra. Ante esta certeza, Vonnegut se refugia con ironía en una visión determinista de la vida, representada por los habitantes del planeta Trafalmadore: «La figura terrestre que más se compenetra con la mentalidad trafalmadoriana es Charles Darwin, quien enseñó que los que mueren están hechos para morir, y que cada cadáver es un progreso».

A pesar de todo, la Segunda Guerra Mundial llega a su fin: «En algún lugar cerca de allí empezaba la primavera. Los refugios llenos de cadáveres fueron cerrados. Los soldados dejaron de luchar contra los rusos. En el campo, las mujeres y los niños hacían hoyos para enterrar las armas». Sin embargo, inevitablemente, un conflicto bélico sucede a otro, y siempre mueren los mismos. El libro —publicado en 1969— termina haciendo referencia a los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King, y a la Guerra de Vietnam: «Mi gobierno me pasa cuentas de los cadáveres logrados por la ciencia militar». Así fue. Así es.

[Artículo publicado el 13 de febrero de 2015 en el periódico Diagonal. Imagen: la ciudad de Dresde tras el bombardeo (1945); fotografía de Richard Peter (fuente)].

El perseguidor #2: el último hombre de Europa

El perseguidor #2: el último hombre de Europa

«Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado», cantaba la banda californiana Rage Against The Machine en «Testify», tema que abría su tercer álbum, The Battle of Los Angeles, allá por 1999. «Quien controla el pasado controla el futuro». Una frase sacada de una novela que estuvo a punto de titularse El último hombre de Europa, escrita por un tal Eric Arthur Blair, un periodista británico nacido en 1903 en la India colonial. Un periodista que condenó el imperialismo salvaje de su nación, que conoció de primera mano la miseria en la que vivía la clase trabajadora en su propio país, y que participó en la revolución española, durante la guerra civil, como miembro del Partido Orientado a la Unificación Marxista, el POUM de Andreu Nin, una experiencia que lo marcaría profundamente. A Eric Arthur Blair ya casi nadie le llama por su verdadero nombre, es bastante más conocido por su seudónimo, George Orwell. Y la novela de la que hablamos, a la que dedicaremos el programa de hoy, la que estuvo a punto de titularse El último hombre de Europa, y que Orwell publicó pocos meses antes de morir, se tituló finalmente, claro está, 1984.

Puedes escuchar el programa aquí:

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Tracklist:

– «I’ve Got To Surf Away» / Le Grand Miercoles
– «Lonely Woman» / Ornette Coleman
– «Testify» / Rage Against The Machine
– «English Civil War» / The Clash
– «The Ballad Of Mick The Knife» / Sonny Rollins
– «Which Side Are You On?» / Billy Bragg
– «Tensions» / Charles Mingus
– «Sympathy For The Devil» / The Rolling Stones
– «Tomorrow Never Knows» / Junior Marvin
– «We Are The Dead» / David Bowie

[Imagen: detalle de una página de la novela 1984, de George Orwell].