Todos somos sospechosos

Todos somos sospechosos

El pasado viernes, con nocturnidad y alevosía, Anti-folk (La Garúa, 2021) se dejaba ver en la rueda de reconocimiento del programa de Radio 3 Todos somos sospechosos; en concreto en la sección de poesía que coordina la periodista y escritora Ale Oseguera, y en compañía del libro de Mónica Caldeiro Latitud Sur (Varasek, 2021).

[Imagen: fotograma de la película Sospechosos habituales (Bryan Singer, 1995); fuente: FilmAffinity]

VIII

VIII

Un poema de Mark Strand

Si el amanecer rompiera el corazón y la luna fuera un horror
y el sol apenas una fuente de torpor, entonces
por supuesto que hubiera guardado silencio estos años

y no hubiera escogido salir esta noche,
vistiendo mi traje cruzado azul oscuro,
y sentarme en un restaurant con un plato

de sopa frente a mí para celebrar cuán buena ha sido
la vida y cómo ha culminado en este instante.
Las armonías de la salud han alcanzado su apogeo,

y me estremezco de satisfacción, y tú te ves bien
también. Me encantan tus dientes de oro y tu pelo teñido
—un poco verde, un poco amarillo— y tu peso,

que finalmente ha subido donde nunca pensamos
que subiría. Oh, mi compañera, mi muerte hermosa,
mi paraíso negro, mi estupefaciente rancio,

mi musa simbolista, dame tu pecho
o tu mano o tu lengua que duerme todo el día
tras su pared de encías rojizas.

Échate en el piso del restaurante
y recita todo lo que ha sido apartado de mi felicidad.
Dime que no he vivido en vano, que las estrellas

no morirán, que las cosas permanecerás como son,
que durará lo que he visto, que no nací en pleno
cambio, que lo que he dicho no ha sido dicho para mí.

[Extraído del poemario Puerto oscuro (Kriller71, 2019; p. 29, traducción de Adalber Salas Hernández), de Mark Strand. Imagen: Beach square scene 21, de Nicolas Le Beuan Bénic].

Anti-folk

Anti-folk

La editorial de poesía La Garúa acaba de publicar Anti-folk, mi nuevo libro.

[Imagen: Bob Dylan gritando a la banda (literalmente: los músicos que le acompañan en este concierto montarían poco después el grupo The Band) que toquen «jodidamente fuerte» la canción «Like a Rolling Stone», después de los abucheos e insultos —le llamaron, entre otras cosas, «Judas»— de un público muy enfadado por la transición de Dylan del folk al rock & roll; Free Trade Hall de Manchester, mayo de 1966].

Morir en noviembre

Morir en noviembre

Morir en noviembre, como Rimbaud.

Es tan breve el tiempo de las cerezas: la infancia es un charco de lluvia. Europa es un charco de sangre. América es una profecía, un futuro y un infierno; no el averno de Dante, sino el verano que soñó Milton —un poeta ciego—, y el que soñó Blake —un vidente— y soñamos los ángeles de Blake: una cesura en el discurso del poder, una brecha por donde la periferia se filtra, un brumario que se propaga.

Morir en noviembre: la ciudad en llamas, la lluvia que no cesa. Oh ciudad partida, exclamáis, como en un responso: ¡Oh economía! ¡Oh mercados!

Que se parta, contestamos —siempre debería haber una respuesta, siempre debe haber una canción, así es como entra la luz—, que se desplome, que se derrumben, como el tejado de este edificio, como el apellido de una casa

(¡Que reviente mi quilla! ¡Que me hunda en el mar!).

Yo también he visto el futuro, y tiemblo al recordarlo, como quien aprende un nuevo idioma, Deckard, como quien dispara a un policía.

Terminará pronto noviembre.

Es hora de morir.

[Fragmento del poema «Tannhäuser Blues»; el texto completo aparece en la revista Orsini Mag (Orciny Press, 2020). Imagen: «Arthur Rimbaud in New York» (detalle), de David Wojnarowicz.