Toda poesía es hostil al capitalismo o elogio de la periferia

Toda poesía es hostil al capitalismo o elogio de la periferia
I.

Benvolguts, benvolgudes, bona tarda a tots i a totes.

En primer lugar, quiero agradecer al Casal de Joves de Prosperitat en particular y a toda la organización de esta Foliada 2017, en general, la invitación para estar aquí, en la lectura de este pregón. «Para esta Foliada se ha decidido que el pregón lo hagan poetas», me comentaron hace un par de meses, cuando me propusieron participar, y yo contesté que vale, que venga, que escribiría algo, aunque nunca hasta ahora había leído un pregón, ni sabía lo que era la Foliada, ni conozco el tejido asociativo de Nou Barris tan bien como me gustaría… Pero todo esto lo pensé después de decir que sí. Así que aquí estoy: al fin y al cabo, en la escritura el «qué» nunca me ha preocupado tanto como el «para quién» o, aun mejor, «con quién».

II.

«No hay soledad en la escritura. Escribir es hacer comunidad», dice a este respecto la escritora mexicana Cristina Rivera Garza. Los filósofos Deleuze y Guattari, en Mil mesetas, lo explicaban de otra manera: «Cuando se escribe, lo único verdaderamente importante es saber con qué otra máquina está conectada la máquina literaria». No puede existir literatura, ni arte, ni cultura que no esté enraizada en el territorio, que no dialogue de alguna manera con lo que ocurre a su alrededor. Es decir, sí que puede existir, pero estaríamos hablando entonces de una cultura prefabricada, creada exclusivamente para ser «consumida», y en la que se abre un abismo entre el creador —palabra con tintes bíblicos— y los espectadores, entre aquello que nos cuentan y aquello que en la realidad sucede.

La cultura, decía Marina Garcés hace unas semanas en el pregón de las fiestas de La Mercè, «es la posibilidad de relacionar los saberes con la vida». La cultura, añadiría yo, es la posibilidad de cantar a coro para rebatir el discurso del poder, y la cultura popular (expresión que en el caso de Nou Barris resulta redundante) es la posibilidad de articular un relato propio de nuestras vidas y del espacio donde estas suceden, en este caso: la ciudad, las ciudades. La cultura popular es, quizás, entonces, al menos para nosotras: la historia de la ciudad desde las afueras de la ciudad.

III.

Si de algo sabe la poesía es de ciudades. Podríamos decir que la poesía, como la entendemos hoy en día, y las ciudades, como las conocemos hoy en día, nacen casi al mismo tiempo: en París, a mitad del siglo XIX, cuando la alianza del poder político con el capital comienza a transformar el corazón de las urbes para facilitar la producción y el movimiento de mercancías, y para facilitar, al mismo tiempo, la labor de las fuerzas represivas, ensanchando las calles y evitando así las barricadas que se levantaban cada cierto tiempo, en una época de continuos alzamientos revolucionarios en Europa. Los centros urbanos son derruidos y sustituidos por grandes avenidas y amplias aceras; la ciudad deja de ser el lugar de las conspiraciones y el anonimato y se transforma en un espacio limpio y aséptico para el incipiente consumo de masas y para la policía de turno. Los habitantes de esas zonas comienzan a ser primero criminalizados y luego expulsados a unas periferias que no dejarán de crecer, mientras sus antiguos barrios se vuelven irreconocibles o, directamente, desaparecen.

Estoy hablando del París del siglo XIX, pero, sí, podría estar hablando de la Barcelona de 2017.

En este contexto un tipo llamado Charles Baudelaire funda con un libro titulado Las flores del mal la poesía moderna; una poesía que escoge como protagonistas a estos primeros desheredados del capitalismo moderno: a los obreros, a las prostitutas, a los mendigos, a todos aquellos que se arrastran por los bulevares y los callejones, lejos de las flamantes luces de la nueva ciudad. Y encuentra, precisamente, en las miserias, en las contradicciones y en las resistencias de estas personas algo hermoso, una belleza que viene de lo feo, lo sórdido y lo marginal. Igual que hicieron los Sex Pistols con el rocanrol, así, mezclando viejas formas con nuevos conflictos, desenmascara Baudelaire, primer punk de la historia, las relaciones de poder que el capital impone. El poeta es aquí una especie de detective que recorre sin rumbo las calles buscando correspondencias ocultas, conexiones que no aparecen en los mapas que reflejan y señalan el poder.

IV.

Un siglo después, todavía en París, un grupo de filósofos y poetas conocidos como «situacionistas», también punks antes del punk, llamarán a esta deriva, medio en broma, medio en serio, «psicogeografía». El resto del mundo seguimos conociendo esta práctica como pasear, pero, en cualquier caso, la idea era aprehender la ciudad con maneras e intenciones distintas a las que marca el discurso oficial y, tal vez así, imaginar otra ciudad posible, no regida por los edificios gubernamentales o los monumentos históricos, es decir, no regida por los símbolos del poder. La improvisación, la espontaneidad y la creatividad no son otra cosa aquí que un desafío abierto a los planificadores urbanos, a los mapas dibujados desde los despachos. Para los psicogeógrafos, habitar la ciudad es perseguir la ciudad. Los situacionistas retoman el viejo sueño de las vanguardias (y antes de las vanguardias, del Romanticismo) de convertir la vida cotidiana en arte, y el arte, en vida.

V.

Dejó escrito el poeta Juan Gelman, padre y abuelo de desaparecidos por la dictadura de las Juntas Militares argentinas que «toda poesía es hostil al capitalismo». El capitalismo, en su actual forma neoliberal, es justo lo contrario de la poesía: no entiende de metáforas, todo lo convierte en mercancía; ata todo nombre y significado, toda emoción, sensación, práctica o proceso a una cosa: un producto, una marca, una «experiencia». Sí: el capitalismo, después de robarnos nuestra vida, pretende vendérnosla en pequeñas cápsulas, como «experiencias». La cultura, entonces, como acto político con el que reclamar y recuperar aquello que nos ha sido usurpado; la cultura como acontecimiento que conecta todas las facetas de nuestra vida e impide la fragmentación y el aislamiento con el que el neoliberalismo pretende someternos; la cultura como red que articula los barrios, los distritos y las ciudades desde abajo, desde la periferia y desde la memoria, y no desde el poder y su versión única de la historia.

VI.

Cada año, a finales de agosto, se recuerda en el distrito de Nou Barris, en la plaza Madres de Plaza de Mayo, el asesinato, a manos de la policía franquista, del maqui libertario Josep Lluís Facerías. A Facerías se le suele atribuir el atraco (en 1947, apenas unos meses después de salir de la cárcel) al edificio de la Hispano-Olivetti, importante empresa de máquinas de escribir ubicada por aquel entonces en la plaça de les Glòries de Barcelona. Toda poesía es hostil al capitalismo, hemos dicho, porque el capitalismo no entiende de metáforas. Tal vez sea esta la labor de la poesía, en los tiempos que corren: recuperar las metáforas frente al dominio de lo literal y de la neolengua, volver inseparables el arte y la vida, y que ante aquella pregunta terrible de «¿qué es poesía?» podamos responder, por ejemplo: poesía es un anarquista asaltando una fábrica de máquinas de escribir; poesía es una planta asfáltica convertida en carpa de circo, en ateneo popular; poesía es que las palabras señalen el lugar donde estuvieron las luchas y los cuerpos, y que seamos también capaces de poner el cuerpo donde pusimos antes la palabra, para recordarle al poder, desde la periferia de las ciudades y desde la periferia de los estados, que nuestras vidas son precisamente eso: nuestras.

Leo, y con esto termino mi intervención, el poema de Juan Gelman:

toda poesía es hostil al capitalismo
puede volverse seca y dura pero no
porque sea pobre sino
para no contribuir a la riqueza oficial

puede ser su manera de protestar de
volverse flaca ya que hay hambre
amarilla de sed y penosa
de puro dolor que hay puede ser que

en cambio abra los callejones del delirio y las bestias
canten atropellándose vivas de
furia de calor sin destino puede
ser que se niegue a sí misma como otra

manera de vencer a la muerte
así como se llora en los velorios
poetas de hoy
poetas de este tiempo

nos separaron de la grey no sé que será de nosotros
conservadores comunistas apolíticos cuando
suceda lo que sucederá pero
toda poesía es hostil al capitalismo

Feliz Foliada a todas y a todos.

Salud y poesía.

[Texto leído el 6 de octubre de 2017, en el Ateneo Popular de Nou Barris, como pregón del festival de cultura popular Foliada. El poema de Gelman pertenece al libro Cólera Buey (1971). Imagen: foto del Ateneo, Arxiu Històric de Roquetes].

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Sid & Nancy

Sid & Nancy

«¿Morirías por mí?», preguntó Nancy.
Pero Sid solamente imaginaba
animales de fábula,
palmeras rojas, plátanos azules.
Juan de Dios García

 

Ayer me encontré con Sid & Nancy en la estación de tren.
Dormitaban en los bancos del andén, las cordilleras
del peinado de él descansando en el regazo de ella;
yo venía de currar quince horas seguidas. Nancy
acariciaba las mejillas de Sid mientras calculaba
la profundidad de los túneles, había amor, había odio
en su silencio; no había nadie más en la estación,
solo Sid & Nancy & yo. Subimos los tres al mismo tren
de cercanías, dirección Montcada-Bifurcació,
y nos sentamos en el mismo vagón.
Me sentí como un detective salvaje persiguiendo
dos sombras; Sid & Nancy susurraban secretos,
yo estudiaba sus espaldas, los parches de sus cazadoras,
la silueta de sus sueños, y ya bajaba en la próxima parada
y me alegré al saber que Sid & Nancy bajaban conmigo,
aunque también fue una extraña decepción: los imaginaba
perdiéndose en la noche en un viaje interminable
o, en su defecto, llegando hasta Montcada
y su cruce de caminos
—hay algo romántico y terrible en los finales
de trayecto, incluso si hablamos de un tren de cercanías—,
pero, no, ya lo he dicho, bajaron conmigo: Sid & Nancy
& yo compartiendo periferia; los seguí
desde la otra acera, a unos metros de distancia,
por las calles desiertas de Ciudad Meridiana.
Quise acercarme a ellos y advertirles: «Guardaos
de las habitaciones de hotel, de las ventanas cerradas»,
pero no me atreví y al poco tiempo
giraron una esquina y entraron en la niebla.
Al llegar a casa pensé que era imposible:
«He trabajado demasiado, Sid & Nancy
ya están muertos: serían dos chavales,
o dos fantasmas». En cualquiera de los casos
escribo estas líneas para que quede testimonio:
Sid Vicious & Nancy Spungen tal vez
fueron vistos en septiembre de 2017
en las afueras de Barcelona.

[Imagen: Sid Vicious y Nancy Spungen].

Azul triste tren o blue train alternate take

Azul triste tren o blue train alternate take

dadme un nocturno de Chopin un cigarrillo la calavera de César Vallejo dadme una lágrima de Dostoievski una sonrisa de la viuda de Coltrane dadme un poco de pan y un verso dadme otro mundo
Félix Grande

 

Como el viajero que huye de los mapas,
aprendí de los polizones las cosas más pequeñas:
bluses de doce compases, canciones
de otras guerras. Aprendí de sus fracasos
en vagones donde viajaban
catedráticos de lenta tristeza,
sacerdotes sin iglesia,
saxofonistas con sueños gastados
que hablaban de Coltrane y azules trenes
entre notas nacidas de relámpago,
el fuego apagado en los ojos
pero todavía rescoldos,
todavía calor bajo los párpados,
todavía el sudor quemando dedos
y frentes, cayendo al suelo,
abriendo agujeros de gusano
en el espacio, el metal
avanzando a través de los caminos
como si atravesara
_____________________la luz a las luciérnagas,
la memoria a los fantasmas
en estaciones abandonadas
como si fueran siglos, estaciones
sin trenes ni soles, galaxias
devoradas por el olvido
como devoran las hienas los huesos,
viejos que se despiden de las sombras
como los amantes de algunas puertas
o de los puentes los suicidas
antes de arrojarse al vacío,
la retina bañada en versos de Lorca y Darío.

Como los alcohólicos interpretan
las botellas, las noches, los abrazos,
así interpreto blue train cada madrugada,
aunque el incendio nunca llega
y ya no tengo boca ni manos,
apenas puños, dientes y nudillos
para mantenerme a la tierra clavado,
a la tierra que guardo en los bolsillos
por si a mi funeral nadie acude
y debo escribir en el agua mi nombre,
mi nombre en todos los idiomas.
Moriremos como vivimos
y yo permanecí cerca del mar
huyendo del invierno,
aguardando vanos trenes,
el morral cargado de libros
y pólvora y el corazón
latiendo a pesar de todo,
____________________________latiendo
como una ciudad al alba,
como un poema de Vallejo,
como un octubre que no acaba,
una fotografía en blanco
y negro, un mundo nuevo
un solo
________de John Coltrane.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: catenaria, ribera del Besòs, entre el barrio de Vallbona y Montcada i Reixac].

Stardust

Stardust

Lady Day las gaviotas heridas vuelven a la luz del puerto
Pere Gimferrer

 

Ladyday tiene todo el odio en la garganta
y canta para que suene a través de las gramolas
y en las tiendas de discos las muchachas
sientan frío o un temblor en las rodillas
al ver su propio odio dibujado en las portadas
de los singles, un odio de 78 revoluciones
por minuto, un odio sin sordinas ni mortajas
pero dulce como Harlem una noche de verano
o aquel blues de Lester Young entre septiembres
o Ladyday tarareando fruta extraña, un odio
de sur cálido y amigos ausentes y ventanas
que van a parar a la órbita de sus ojos, planetas
donde canta Ladyday para los pájaros que anidaron
en el fuego y lee el futuro en los vasos de ginebra
y escucha sonriendo en el crepitar de saxofones
húmedas melodías de la luz que regresa.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: Billie Holiday en 1959; fotografía de Milt Hilton (yo la he sacado de este artículo de la revista Drugstore)].

Como sílabas son las notas de este río sin nombre

Como sílabas son las notas de este río sin nombre

Un poema de Joan de la Vega

Como sílabas son las notas de este río sin nombre,
como palabras dictadas por una lengua extinguida.

Un pájaro falciforme planea sobre el curso del agua quebrando el valle. A un lado parecen ordenadas las bordas, al otro las artigas. Enfrente, la tersura infranqueable del bosque. Al fondo del corredor flota una cima inmóvil.

Aún creo en los valles como madres con voz de estío.

Valle incandescente donde fluctúan los sueños sin retorno.

[Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramenet, 1975) dirige las editoriales La Garúa y Tanit. Es autor de los poemarios Intihuatana (Seuba, 2002), Ladino (Trea, 2006), Trilces Trópicos. Poesía emergente en Nicaragua y El Salvador (La Garúa, 2006), La montaña efímera (Paralelo Sur, 2011), Una luz que viene de fuera (Paralelo Sur, 2012), 365 haikus y un jisey (Rúbrica, 2012), Y tú, Pirene (Denes, premio César Simón, 2013), El verd, el roig, el negre (Pont del Petroli, 2014), Bare nostrum (Tanit, 2015), Manat de dol (Pont del Petroli, 2016) y En manos del aire (Libros En Su Tinta, 2017) volumen que recoge gran parte de su obra poética en castellano y al que pertenece este texto, publicado originalmente en La montaña efímera. También ha aparecido en antologías como Campo abierto. Antología del poema en prosa en España 1990-2005 (DVD Ediciones, 2005) y Pájaros raíces, en torno a José Ángel Valente (Abada Editores, 2010), y en revistas como Alhucema, Turia, Piedra del Molino, Vulcane, Nayagua, The Barcelona Review o Letra Internacional. Imagen de cabecera].

Que es el morir

Que es el morir

El 29 de mayo de 1997 Jeff Buckley se ahogaba en el río Wolf, un afluente que desemboca en el Mississippi a la altura de Memphis. Buckley había llegado a la ciudad para grabar su segundo disco, My Sweetheart The Drunk, tras un álbum de debut Grace que había recibido excelentes críticas aunque poca atención por parte del público.

Ese día 29, por la tarde, el cantante y el pipa Keith Foti habían ido a la ribera del Wolf a tocar la guitarra y escuchar música mientras esperaban al resto de la banda, que viajaba en esos momentos hacia Memphis para comenzar los ensayos. Según el testimonio de Foti, sobre las nueve de las noche Buckley se metió en el río completamente vestido, cantando el «Whole Lotta Love» de Led Zeppelin. El pipa le perdió de vista durante unos instantes mientras guardaba el equipo; cuando volvió a mirar, Buckley ya no estaba. Su cuerpo no aparecería hasta el 4 junio.

No queda claro si fue un accidente o si Buckley que tenía entonces treinta años se suicidó, si decidió dejarse llevar por la corriente en dirección al Mississippi, en dirección al sur y al mar. A veces lo imagino así. Jeff Buckley hundiéndose en las aguas, abrazando un viejo bautismo, cantando una canción de Led Zeppelin que es en realidad una canción de Muddy Waters que es en realidad un blues tan antiguo como el mundo. Jeff Buckley retrocediendo hasta Jorge Manrique, convirtiendo la metáfora, de nuevo, en río; la canción, que es el morir, de nuevo, en vida.

[Imagen de cabecera: Jeff Buckley (fuente)].

Testigo ocular

Testigo ocular

Un poema de Salvador Galán Moreu

TESTIGO OCULAR

Nada es cierto:
no estaban locos
y tampoco me atrevo a llamarles
insensatos.
Tan solo fueron niños aventureros.
Héroes.

Créanme, yo los vi.
Valientes navegantes
confundiendo el océano
con otro firmamento.

[Salvador Galán Moreu (Granada, 1981) es autor de las novelas En el nombre del reggae (Injuve, 2010) y El centro del frío (Lengua de Trapo, 2011); y de los poemarios Libro del Diabologán (Difácil, 2013), La puntualidad de Heinrich Böll (Verbum, 2016) y Pan de Dédalus (Ediciones Oblicuas, 2016), al que pertenece este texto. Imagen de cabecera: un par de mapas de la ciudad de Dublín (enero de 2017)].

In forgetful snow o el peso de la nieve

In forgetful snow o el peso de la nieve

no creí que la muerte hubiese deshecho a tantos
T. S. ELIOT

Empieza con el frío,
empieza con el frío y con el viento
azotando la estepa de nuestros corazones
allá donde la luz no prende,
allá donde no prende luz ni llama ni hoguera
con la que calentar los huesos enterrados
bajo geografías olvidadas
y contarnos historias mientras cae la noche
—contar historias para no caer en la noche,
contar historias para, en esta oscuridad,
ser nosotros la noche—
_________________________y dejar de temer el alba
como temen las madres las cuchillas del hielo,
como temen los coyotes los límites del desierto,
dejar de temer el alba
como la certidumbre de la nieve
sobre nuestras cabezas somnolientas,
aunque es liviano el peso de la nieve en invierno,
ligero como las plumas arrancadas al albatros
en la tierna levedad de las cadenas de montaje
para rellenar con ellas las almohadas, los abrigos
que caldean cafeterías, cómodos escaparates,
pero la estación del confort ya queda lejos:
bosquejo de un paisaje
________________________entrevisto
desde los trenes que recorren las estepas
de nuestros corazones calcinados
por la vigilia y el deseo y su exhalación,
trenes que avanzan al son de orquestas eléctricas
compuestas por músicos exquisitamente formados
en las noches cerradas del barrio chino,
en la tiniebla sorda de los call centers,
en la dulce armonía de los mataderos,
músicos ciegos bajo el sol abrasador,
ciegos bajo la crueldad de los neones,
casi podemos vislumbrarlos al pasar veloces
por desenfocadas salidas hacia el extrarradio
en los grilletes de los presidiarios
que construyeron estas carreteras
cantando canciones de algodón y de muerte,
en las cicatrices de los autoestopistas
que quedaron atrás en los retrovisores,
abandonados al fuego de agosto
o a la nieve de noviembre, la nieve
que se deshace en nuestras manos
como en estas estepas la esperanza,
así deben ver los cosmonautas las estrellas
cuando atraviesan la atmósfera de regreso
en el órfico descenso de las Soyuz,
así deben deslizarse los recuerdos
cuando aclara la cal las calaveras,
las calaveras con amor depositadas,
con tanto amor
_________________depositadas
en las cunetas.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: Parc Nacional d’Aigüestortes (Lleida)].

En un puñado de polvo

En un puñado de polvo

«Toda poesía es hostil al capitalismo», escribió Juan Gelman en Cólera buey. ¿Toda poesía? Tal vez, si aceptamos lo hiperbólico de la frase y la entendemos siempre en sentido figurado. Pero, ¿los poetas? ¿Hostiles al capitalismo?

Estamos aproximadamente en 1885, en Abisinia, más tarde Etiopía; aquí, un francés lleva un par de años haciéndose rico con el tráfico de armas. El francés se llama Jean Nicholas, es íntimo del Ras Makonnen gobernador de Harar y pronto padre de un niño llamado Tafari Makonnen, más tarde Haile Selassie I, pero ésa es otra historia y pocos saben que décadas atrás se ha ganado en Europa fama de poeta maldito y enfant terrible por sus versos y por acostarse con otros poetas malditos. El francés se l­lama Jean Nicholas Arthur Rimbaud, decimos, y la historia lo recordará, con razón, como genio por cuatro años de su juventud, pero pasará de puntillas por su vida adulta como colonizador. En su tumba quedará grabado: «Rezad por él». Rimbaud, a pesar de todos sus demonios, nunca dejó de ­creer en el Dios verdadero. En Charles­ ­Baudelaire, claro.

La ciudad y la multitud

«En Baudelaire, París se hace por vez primera tema de poesía lírica. Esa poesía no es un arte local, más bien es la mirada del alegórico que se posa sobre la ciudad, la mirada del alienado», escribe Walter Benjamin. En su Obra de los pasajes, el filósofo alemán navega junto al autor de Las flores del mal por las calles del París de mediados del siglo XIX. Baudelaire entiende las transformaciones que en la geografía urbana y humana de las grandes ciudades el capitalismo está provocando, y las asimila. Sus poemas integran lo sublime y lo marginal, la soledad y la multitud, la bohemia y el tiempo fabril («¡Reloj! ¡Divinidad siniestra, horrible, impasible!»); recorren incansables con la muchedumbre los callejones y los bulevares, los pasajes y los cafés; se ubican en la periferia de la sociedad, pero sin perder de vista su propia realidad como mercancía en un sistema que lo fagocita todo, que todo lo puede convertir en fetiche. La modernidad ha comenzado, su ritmo es el mercado, lo nuevo su espíritu. No se trata ya de escribir en la ciudad o sobre la ciudad, sino de escribir la ciudad. Y además: «Quiero poner en contra mía a toda la raza humana. Sería esto un placer tan grande, que me resarciría de todo». Con Baudelaire, también, nace el punk.

Lo nuevo, y no por casualidad, será también el eslogan (make it new) del estadounidense Ezra Pound. Figura clave de la literatura del siglo XX, a la importancia de su vanguardista producción hay que añadirle la influencia directa que tuvo en escritores como Yeats, Joyce, Hemingway, Dos Passos o Eliot, a quien ayudó en la revisión y publicación de La tierra baldía. Tras poner patas arriba la cultura de su época, dirigir el cotarro modernista en Londres y codearse con los dadaístas en París, Pound llega en 1924 a Italia y se declara admirador ­incondicional de Mussolini. Aunque no fue, ni mucho menos, el único intelectual en manifestar su adhesión a la extrema derecha en el periodo de entreguerras, probablemente sí fue el que asumió en mayor grado la estetización de la política —de la que habla, pre­cisamente, Benja­min— del fascismo, pero no en el sentido romántico, por decirlo de algún modo, de los futuristas. Para Pound rechazar el liberalismo económico es, al igual que en su trabajo con el lenguaje, rechazar un sistema que ha convertido las palabras en cosas.

«Il miglior fabbro»

Durante la Segunda Guerra Mundial se dedica Pound a hacer propaganda del régimen de Il Duce a través de la emisora Radio Roma. Su país le acusa de traición en 1943. Con la victoria de los aliados es arrestado y se hace el loco para salvarse de la horca. Pasa algunos años en un hospital psiquiátrico en Estados Uni­dos antes de regresar, en 1958, a Italia. A su llegada, en Nápoles, es fotografiado por la prensa saludando al modo fascista. En uno de sus versos dirá: «He intentado escribir el Paraíso». Pero un «paraíso» enraizado en el mismo sueño distópico que su odiado laissez faire, como explica Karl Polanyi en La gran transformacion: el liberalismo rechaza la realidad para mantener la creencia de libertad, el fascismo acepta lo real y renuncia a ser libre. Al final no son opciones opuestas, sino paralelas, y en ninguna de las dos existe, en realidad, la libertad.

En un fragmento del tema «Desolation Row», Bob Dylan canta: «Ezra Pound y T. S. Eliot / pelean en el puente de mando / mientras se ríen de ellos cantantes de calypso / y los pescadores cuelgan flores / entre las ventanas del mar». La tierra baldía comienza con una dedicatoria —«al mejor artesano», un verso sacado de la Divina Comedia— de Eliot a su colega y compatriota. Sin embargo, los dos poetas se fueron distanciando, probablemente por diferencias políticas: Eliot, si bien bastante conservador y reaccionario, no llegó a los extremos de Pound en sus críticas al libre mercado —de hecho trabajó durante varios años en un banco—. Su poesía, revolucionaria en forma y contenido, es a la vez pilar y paisaje de la modernidad, una sociedad yerma, arrasada por el proyecto industrial y de futuro incierto («¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen / en estos pétreos desperdicios») pero en el que no deja, no obstante, de reconocerse en pasos pasados, e incluso en la esperanza, aun disfrazada de ironía, de pasos próximos. La primera parte de La tierra baldía acaba con una cita de Baudelaire: «Tú, lector hipócrita, mi semejante, mi hermano».

[Artículo publicado en el número 217 (marzo de 2014) del periódico Diagonal. Imagen: fotografía de Eugène Atget (fuente)].

A Hard Rain’s a-Gonna Fall

A Hard Rain’s a-Gonna Fall

Estoy viendo un vídeo en youtube: Estocolmo, 10 de diciembre, ceremonia de entrega de los premios Nobel. Patti Smith canta el «A Hard Rain’s a-Gonna Fall» de Bob Dylan. Tiene un atril delante, y aunque no lo mira durante los primeros compases, podemos suponer que ahí está la letra de esa canción interminable, inabarcable. En cualquier caso, Patti Smith canta con los ojos cerrados, entregada, emocionada. Sin embargo, en algún momento de la segunda estrofa, se pierde y abre los ojos, como si acabara de despertar; le tiembla la voz, balbucea, trata de retomar la canción, se equivoca; mira hacia su izquierda y no hacia el atril, buscando; se queda en blanco, sorprendida por lo que está ocurriendo, sorprendida por haber olvidado el texto cuando reza precisamente aquello de «vi una habitación llena de hombres con martillos ensangrentados, vi una escalera blanca inundada, vi a diez mil hablando con sus lenguas quebradas». Patti Smith respira, sonríe como quien está a punto de echarse a llorar, se disculpa, lo intenta de nuevo, de nuevo se equivoca; pide a la orquesta comenzar esa parte desde el principio, se disculpa otra vez: «lo siento», dice, «estoy tan nerviosa». Y, tras el aplauso del público, vuelve atrás, es decir, continúa: «Vi a un recién nacido rodeado por lobos, vi una autopista de diamantes que nadie recorría, vi una rama negra goteando sangre todavía». Y aún se equivoca nuevamente en la tercera estrofa «escuché susurrar a diez mil y nadie escuchaba», pero ya no importa: Patti Smith acaba como puede el verso, cierra otra vez los ojos y sigue cantando: «Escuché la canción de un poeta que murió en la miseria», y ya no duda más; llega hasta al final de la canción, repitiendo como una profeta tres veces el estribillo, el anuncio, el aviso de que la lluvia, la dura lluvia, la difícil lluvia, finalmente, caerá.

Acaba la música, y mientras el auditorio ovaciona a la intérprete, una voz en off comenta que «incluso una superestrella puede ponerse un poco nerviosa en un sitio como este». Pero no creo que el lapsus que ha dominado durante unos instantes a la estadounidense se deba a la selecta y emperifollada concurrencia, por mucho que en el acto esté presente la familia real sueca; la flor y nata de la sociedad, la economía, la política mundial; los descendientes del inventor de la dinamita. Smith, con 69 años, más de diez discos a sus espaldas y otros tantos libros publicados; Smith, que abrió y cerró el CBGB de la Nueva York punk; Smith, que le ha cantado a Blake, a Rimbaud, a Bolaño, no está abrumada por el lugar en el que canta ni por quienes la escuchan, su temblor proviene de lo que canta. Dicen que lo que Dylan hace no es poesía: música, canciones, palabras, sí, pero no poesía. Dicen que Dylan no fue a la ceremonia de entrega de los premios Nobel, el 10 de diciembre, en Estocolmo. Pero veo este vídeo en el que Patti Smith canta «A Hard Rain’s a-Gonna Fall» y dudo de la veracidad de estas afirmaciones; dudo como duda Patti Smith en el vídeo: no por haber olvidado la letra de una canción de 1963 que ni siquiera ha escrito ella, sino, quizá, como un relámpago en la noche, por haberla entendido.

[Imagen: Bob Dylan en concierto, Nueva York, 1963].