El fantasma de Ned Ludd

El fantasma de Ned Ludd

«Tras la rebelión ludita vinieron nuevas formas de resistencia contra el capitalismo industrial o, al menos, contra sus más escandalosos abusos. Fue preciso, entretanto, que el mundo rural conociera a su vez una réplica del terremoto luddita: tal fue el movimiento de destrucción de máquinas agrícolas que inflamó los campos ingleses en 1830-1831, esta vez bajo el estandarte del inmaterial capitán Swing. En las regiones industriales, el activismo sindical y la agitación social conformaron el movimiento obrero en sus distintos componentes, más allá de los métodos de lucha, las corrientes de pensamiento o los usos y costumbres. Les proveyeron de un sentido táctico y determinaron sus prudencias tanto como sus audacias. Sin embargo, la clase obrera en formación del siglo XIX, dividida entre el “trabajo de lo negativo” y la defensa del sustento, al fin y a la postre, no pudo ni supo ser mucho más que una clase del capital, debatiéndose entre la resiliencia y la resignación. Este ejercicio industrial disciplinado por el sistema fabril apenas fue más que una creciente masa de fuerza de trabajo, esforzándose tanto por venderse al mejor precio como por influir en las mutaciones sociales que engendraba la omnipotencia del capital.

»Muchos eran los obreros maltratados por el presente que, al contrario que los ludditas, encontraban consuelo en el futuro. La mística del triunfo de la “buena causa” pretendía, conforme a una predicción cara a Marx y a sus epígonos, que el desarrollo de las “fuerzas productivas” en manos de la burguesía acabase fatalmente por permitir que el proletariado se apropiase de los medios de producción. Gracias a esta “astucia de la historia”, la “clase de la conciencia” estaba llamada a realizar su plena humanidad, aboliendo toda distinción jerárquica entre las actividades humanas. A pesar de su finura dialéctica, con el paso del tiempo y de las decepciones, esta hipótesis teñida de escatología de dejó de perder toda apariencia de validez…

»De vez en cuando el proletariado consideraba, sin embargo, que era más razonable actuar con impaciencia y no rozaba de hecho esa universalidad inmanente más que en momentos esporádicos de aguda crisis social y política, tan pronto en las barricadas parisinas como durante huelgas de carácter insurreccional, como la de Pittsburgh en 1877 o la de Barcelona en 1936. Pero entonces, cuando los pobres se cansaban de que los timasen en los mercadeos sindicales o políticos y pretendían resolver sus asuntos por sí mismos, eran ametrallados, diezmados, acorralados sin misericordia por la contrarrevolución, ya agitase esta la bandera del autoritarismo o bien prefiriese la de la democracia representativa, apenas menos sangrienta que la anterior.

»“¡Demasiado pronto!”, se lamentaban invariablemente algunos doctos teóricos después de esas batallas, por lo general improvisadas y perdidas una tras otra.

»“¡Demasiado tarde!”, replicaba el fantasma de Ned Ludd».

[Fragmento de La colera de Ludd (Pepitas de calabaza, 2015), de Julius Van Daal; p. 300-302. Imagen: Rain, Steam and Speed (Joseph Turner, 1844)].

De nuestro propio final

De nuestro propio final

«Con este horizonte, la acción colectiva (ya sea política, científica o técnica) ya no se entiende desde la experimentación sino desde la emergencia, como operación de salvación, como reparación o como rescate. Los héroes más emblemáticos de nuestro tiempo son los socorristas del Mediterráneo. Ellos, con sus cuerpos siempre a punto de saltar al agua para rescatar una vida sin rumbo, expresan la acción más radical de nuestros días. Salvar la vida, aunque esta no tenga ningún otro horizonte de sentido que afirmarse a sí misma. El rescate como única recompensa. De algún modo, la “nueva política” que ha surgido en España en los últimos años y que gobierna algunos pueblos, ciudades y territorios, se presenta también bajo esta lógica: su razón de ser primera, antes que la transformación política (es decir, futuro), es la emergencia social. La política como acción de rescate ciudadano se pone por delante de la política como proyecto colectivo basado en el cambio social. Incluso en los movimientos sociales y en el pensamiento crítico actual hablamos mucho de “cuidados”. Cuidarnos es la nueva revolución. Quizá este es hoy uno de los temas clave que van desde el feminismo hasta la acción barrial o la autodefensa local. Pero estos cuidados de los que tanto hablamos quizá empiezan a parecerse demasiado a los cuidados paliativos.

»Por eso, quizá, el imaginario colectivo de nuestro tiempo se ha llenado de zombis, de dráculas y de calaveras. Mientras nos hacemos conscientes de esta muerte que ya va con nosotros, no sabemos cómo responder a la muerte real, a los viejos y a los enfermos que nos acompañan, a las mujeres violadas y asesinadas, a los refugiados y a los inmigrantes que cruzan fronteras dejándose en ellas la piel. La condición póstuma es el después de una muerte que no es nuestra muerte real, sino una muerte histórica producida por el relato dominante de nuestro tiempo. ¿Por qué ha triunfado tan fácilmente ese relato? Es evidente que estamos viviendo en tiempo real un endurecimiento de las condiciones materiales de vida, tanto económicas como ambientales. Los límites del planeta y de sus recursos son evidencias científicas. La insostenibilidad del sistema económico también es cada vez más evidente. Pero ¿cuál es la raíz de la impotencia que nos inscribe, de manera tan acrítica y obediente, como agentes de nuestro propio final? ¿Por qué, si estamos vivos, aceptamos un escenario post mórtem?».

[Marina Garcés, Nueva ilustración radical (Anagrama, 2018 [2017]; páginas 15 y 16). La imagen que encabeza el texto es del fotoperiodista Massimo Sestini].

Bartleby contra Godot

Bartleby contra Godot
Reseña de Filtraciones (Caballo de Troya, 2015), de Marta Caparrós

Filtraciones es el título del primer libro de Marta Caparrós (Madrid, 1984) y también de la tercera de las cuatro novelas cortas que lo conforman. En esta historia, una pareja de treintañeros que están a punto de ser padres son incapaces de arreglar, por más que lo intentan, unas humedades en su cuarto de baño; reparación tras reparación, la mancha en el techo reaparece, quizá como metáfora de una crisis económica que ha ido permeando todos los aspectos de la vida y que ha resistido cada reforma, pues estas no han pretendido nunca solucionar nada, apenas disimular los agujeros y disfrazar el abandono.

Así, los protagonistas de «Filtraciones», y los protagonistas de Filtraciones, se han acostumbrado a vivir con esas manchas en su cotidianidad: licenciados universitarios ya no tan jóvenes que ven cómo sus estudios no sirven para nada y se ven obligados a emigrar, a aceptar trabajos basura, a regresar a casa de sus padres… La contraportada de Filtraciones —publicado en 2015, cuando la editora de Caballo de Troya (sello que tiene un «editor invitado» cada año) era Elvira Navarro— hace referencia al 15M. También alguna de las nouvelles del libro, especialmente la segunda, «Atrevimiento»; pero las cuatro historias hablan, sobre todo, de eso que se ha llamado «precariado» y de sus contradicciones: la «generación más preparada» —¿preparada para qué?— enfrentada a la ruptura del contrato social.

Como si esperaran a Godot, los personajes de Filtraciones aguardan un regreso a la normalidad que nunca llega, una vuelta a una época anterior a la crisis; pero la crisis es el estado natural del capitalismo, y el cronómetro su medida: un tiempo fuera del tiempo en el que deambula una generación abocada, a la vez, al desempleo y a la explotación, a la rutina y a la incertidumbre. Ante este gris panorama, los personajes marcan en el calendario las fechas señaladas, los momentos en los que la vida puede separarse de todo aquello que es servidumbre. Apenas grietas por donde se cuela algo de luz, es cierto. Pero grietas, al fin y al cabo.

Y el 15M, ahora sí, como grieta que se hace fractura y permanece después de su supuesta desaparición. De nuevo la metáfora de la filtración para hablar de aquello que nunca se somete del todo a las lógicas del mercado; formas de resistencia que en ocasiones desembocan en desafección y desidia, pero que, en cualquier caso, como aquel «preferiría no hacerlo» de Bartleby, son negaciones radicales y espontáneas del poder y de sus simulacros.

¿Qué queda del 15M? Nada. Muy poco. Nosotras, tal vez.

Es decir: todo.

[Texto publicado en el #93 de la revista digital de literatura The Barcelona Review (enero de 2018). Imagen: pancarta de Occupy Wall Street].

Hay una grieta en todo (a propósito de «Cartografía del vacío»)

Hay una grieta en todo (a propósito de «Cartografía del vacío»)

Comenzaré por el principio:

Este dossier nace de una propuesta que Andreu Navarra —responsable de la sección de narrativa de The Barcelona Review— me hizo a finales de verano para coordinar para la revista un número sobre «nueva narrativa social». Yo, incapaz de definir alguna de estas tres palabras, contraataqué para salir del paso con un tópico todavía más ininteligible: «narrativas post-15M», el cual entusiasmó a Andreu. Así que, de repente, me vi en la obligación de dar cuerpo a esa vaga sombra que era mi idea. Es cierto que siempre me ha interesado la literatura «política», es decir, la literatura que trata sobre la ciudad; es decir, también, la literatura que trata sobre el poder. Es más, siempre me ha interesado la literatura como una forma de lo político. Será por eso que siempre escribo sobre las ciudades.

En cualquier caso, este era el tema: narrativa y política. Pero ¿desde dónde? ¿Y desde cuándo? Belén Gopegui, Rafael Chirbes, Francisco Casavella o Marta Sanz, por ejemplo, ya escribían literatura claramente política antes de la primavera de 2011; no obstante, el 15M era un hito evidente: la ocupación de las plazas, el cuestionamiento del discurso de la Transición, el desenmascaramiento de la crisis económica como herramienta del sistema o, sobre todo, la recuperación de eso que acabamos de llamar lo político en la vida cotidiana. Entonces, desde la literatura, ¿la cuestión que intentaríamos responder aquí sería «cómo se ha narrado el 15M»? No. Al menos, no únicamente. Si el 15M fue principalmente una repolitización de la vida —es decir, el espacio donde la ciudad y la vida quebraban las múltiples separaciones que el capitalismo impone y se reencontraban—, podríamos plantearnos, además, cómo ha afectado esto (si es que lo ha hecho) a la narrativa de nuestro tiempo o, expresado de otro modo: si el relato de lo político es o ha sido durante estos últimos años una forma de lo político; si aquella negación pública y masiva del estado de las cosas, aquel «no nos representan», ha dialogado o ha entrado en conflicto con las narrativas actuales.

Así que contactamos con autores y autoras nacidas en los ‘80 —decisión absolutamente gratuita y arbitraria— que se mueven en los terrenos pantanosos de la narrativa, mejor, de las narrativas: voces difíciles de clasificar, textos híbridos entre el relato y el ensayo, propuestas que confrontan de alguna manera el supuesto consenso sobre el que se asienta el Régimen del ‘78. Salvador Galán Moreu nos presenta en «Barca» a una narradora que se debate entre la vida y la muerte, el sueño y la vigilia, los recuerdos y el deseo; Noelia Pena en «Los extraviados» nos sitúa en un velatorio donde las diferentes generaciones de mujeres de una familia exponen sus contradicciones, pero también sus complicidades; Julio Fuertes Tarín destruye toda convención literaria en «Testimonio de Girbes Pastrana», un relato pulp ambientado en el interior de la provincia de Alicante y con un protagonista a medio camino entre Philip K. Dick e Iker Jiménez; Álex Chico recorre, cual detective o flâneur, las ruinas de la memoria y de la modernidad en su nuevo libro, Un final para Benjamin Walter, del que presentamos un fragmento; Isabel Cadenas Cañón construye, a base de túneles y contraseñas, de errores y desvíos, un ensayo sobre narrativas visuales en «Contarnos las cosas de otras maneras»; y Víctor Mercado nos habla de la herencia del siglo pasado y de las neurosis de nuestro propio siglo a propósito de la novela La vida póstuma, de Pablo Sánchez.

Ahora, en enero de 2018, después de su apropiación y desmantelamiento por parte de «los partidos del cambio», después de la Ley Mordaza y del 1 de octubre y las cargas policiales, después de ver cómo intelectuales, poetas y profesores universitarios pedían a gritos en manifiestos, en la prensa o en las redes sociales la aplicación del artículo 155, podemos afirmar que en España queda muy poco de aquel 15 de mayo de 2011, si es que queda algo. Más bien parece que este país en particular y Europa en general disfrutan alegremente de su propio 15M neofascista. Sin embargo, como dice —citando a Leonard Cohen— Isabel Cadenas Cañón en su ensayo: «hay una grieta en cada cosa / así es como entra la luz». En esta vuelta generalizada a la política en sentido estricto, a la especialización del ejercicio del poder como profesión, a la fragmentación de nuestras vidas, la literatura es más que nunca una práctica de resistencia, pero eso ya lo sabíamos. Por lo demás, no hemos podido confirmar ni desmentir la hipótesis inicial de este dossier. Mejor así. Tampoco esta cartografía del vacío pretende ser mapa de nada, apenas un papel en blanco donde marcar los lugares posibles y las sendas por recorrer.

Esta cartografía, en realidad, quiere, simplemente, ser, también, grieta.

[Texto publicado en el #93 (enero de 2018) de The Barcelona Review, como introducción al dossier sobre nuevas narrativas y 15M que he coordinado para la revista. Imagen: señal de tráfico en el barrio de Ciutat Meridiana (Barcelona)].

No trabajaremos jamás

No trabajaremos jamás

«Generación tras generación, cada vez somos más los supernumerarios, “los inútiles para el mundo”, o para el mundo, en todo caso, de la economía. Desde hace sesenta años hay gente como Wiener que profetiza que la automatización y la cibernetización van a “producir un desempleo en comparación del cual las dificultades actuales y la crisis económica de los años 1930-1936 parecerán cosa de broma”, así que la cosa tenía que acabar llegando. Según las últimas noticias, Amazon se está pensando abrir en Estados Unidos dos mil supermercados íntegramente automatizados, sin caja y en consecuencia sin cajeras, sometidos a un control total, con reconocimiento facial de los clientes y análisis en tiempo real de cada uno de sus gestos. Al entrar, uno pasa su smartphone por un terminal y a continuación se sirve. Todo lo que elijas se carga automáticamente a tu cuenta Premium gracias a una aplicación, y todo lo que devuelvas a la estantería se te vuelve a abonar. Se llama Amazon Go. En esta distopía mercantil futurista ya no hay dinero líquido, ni colas, ni robos ni casi empleados. Se prevé que este nuevo modelo debería alterar todo el ámbito de la distribución, el mayor proveedor de empleos en los Estados Unidos. A largo plazo, son tres cuartos de los empleos los que deberían desaparecer en el sector de las tiendas de conveniencia. En términos más generales, si nos atenemos a las previsiones del Banco Mundial, para el año 2030 habría desaparecido el 40 % de la masa de empleos existentes en los países ricos bajo el empuje de la “innovación”. “No trabajaremos jamás” era una bravata de Rimbaud. Va camino de convertirse en la lúcida constatación de una juventud al completo.

»De la extrema izquierda a la extrema derecha, no faltan charlatanes para prometernos sempiternamente “el restablecimiento del pleno empleo”. Quienes quieren hacernos añorar la edad de oro del salariado clásico, sean marxistas o liberales, acostumbran a mentir sobre su origen: aseguran que el salariado nos habría liberado de nuestra servidumbre, de la esclavitud y de las estructuras tradicionales; que habría constituido, en suma, un “progreso”. Cualquier estudio histórico un poco serio demuestra, por el contrario, que nació como prolongación e intensificación de las relaciones de subordinación anteriores. Hacer de un hombre el “detentador de su fuerza de trabajo”, y que esté dispuesto a “venderla”, es decir incorporar a las costumbres la figura del Trabajador, es algo que requiere no pocas expoliaciones, expulsiones, pillajes y devastaciones, no poco terror, medidas disciplinarias y muertes. Es no comprender en absoluto el carácter político de la economía, no ver que de lo que se trata en el trabajo es menos de producir mercancías que de producir trabajadores; esto es, una determinada relación con uno, con el mundo y con los otros. El trabajo asalariado fue la forma de mantenimiento de un cierto orden. La violencia fundamental que contiene, esa que hace olvidar el cuerpo molido del obrero en cadena, el minero fulminado por una explosión de grisú o el burn out de los empleados sometidos a una presión empresarial extrema, guarda relación con el sentido de la vida. Al vender su tiempo, al convertirse en súbdito de eso para lo que se le emplea, el asalariado pone el sentido de su existencia en las manos de aquellos a los que esta deja indiferentes, de aquellos cuya vocación consiste incluso en pisotearla. El salariado ha permitido a generaciones de hombres y de mujeres vivir eludiendo la cuestión del sentido de la vida, “siendo provechosos”, “haciendo carrera”, “sirviendo”. Al asalariado siempre le ha sido lícito dejar dicha cuestión para más tarde —hasta la jubilación, digamos—, mientras lleva una honorable vida social. Y como, según parece, una vez jubilado ya es “demasiado tarde” para planteársela, ya no le queda más que aguardar pacientemente la muerte. De tal modo se habría conseguido pasar una vida entera sin haber tenido que entrar en la existencia. El salariado nos aligeraba así del pesado fardo del sentido y de la libertad humana. No en vano El grito de Munch perfila, todavía hoy, el verdadero rostro de la humanidad contemporánea. Lo que ese desesperado no encuentra sobre su espigón es la respuesta a la pregunta: “¿Cómo vivir?”».

[Ahora, Comité Invisible (Pepitas de calabaza, 2017), páginas 96-99. Imagen: detalle de El grito (Edvard Munch, 1893)].