En un puñado de polvo

En un puñado de polvo

«Toda poesía es hostil al capitalismo», escribió Juan Gelman en Cólera buey. ¿Toda poesía? Tal vez, si aceptamos lo hiperbólico de la frase y la entendemos siempre en sentido figurado. Pero, ¿los poetas? ¿hostiles al capitalismo?

Estamos aproximadamente en 1885, en Abisinia, más tarde Etiopía; aquí, un francés lleva un par de años haciéndose rico con el tráfico de armas. El francés se llama Jean Nicholas, es íntimo del Ras Makonnen gobernador de Harar y pronto padre de un niño llamado Tafari Makonnen, más tarde Haile Selassie I, pero ésa es otra historia y pocos saben que décadas atrás se ha ganado en Europa fama de poeta maldito y enfant terrible por sus versos y por acostarse con otros poetas malditos. El francés se l­lama Jean Nicholas Arthur Rimbaud, decimos, y la historia lo recordará, con razón, como genio por cuatro años de su juventud, pero pasará de puntillas por su vida adulta como colonizador. En su tumba quedará grabado: «Rezad por él». Rimbaud, a pesar de todos sus demonios, nunca dejó de ­creer en el Dios verdadero. En Charles­ ­Baudelaire, claro.

La ciudad y la multitud

«En Baudelaire, París se hace por vez primera tema de poesía lírica. Esa poesía no es un arte local, más bien es la mirada del alegórico que se posa sobre la ciudad, la mirada del alienado», escribe Walter Benjamin. En su Obra de los pasajes, el filósofo alemán navega junto al autor de Las flores del mal por las calles del París de mediados del siglo XIX. Baudelaire entiende las transformaciones que en la geografía urbana y humana de las grandes ciudades el capitalismo está provocando, y las asimila. Sus poemas integran lo sublime y lo marginal, la soledad y la multitud, la bohemia y el tiempo fabril («¡Reloj! ¡Divinidad siniestra, horrible, impasible!»); recorren incansables con la muchedumbre los callejones y los bulevares, los pasajes y los cafés; se ubican en la periferia de la sociedad, pero sin perder de vista su propia realidad como mercancía en un sistema que lo fagocita todo, que todo lo puede convertir en fetiche. La modernidad ha comenzado, su ritmo es el mercado, lo nuevo su espíritu. No se trata ya de escribir en la ciudad o sobre la ciudad, sino de escribir la ciudad. Y además: «Quiero poner en contra mía a toda la raza humana. Sería esto un placer tan grande, que me resarciría de todo». Con Baudelaire, también, nace el punk.

Lo nuevo, y no por casualidad, será también el eslogan (make it new) del estadounidense Ezra Pound. Figura clave de la literatura del siglo XX, a la importancia de su vanguardista producción hay que añadirle la influencia directa que tuvo en escritores como Yeats, Joyce, Hemingway, Dos Passos o Eliot, a quien ayudó en la revisión y publicación de La tierra baldía. Tras poner patas arriba la cultura de su época, dirigir el cotarro modernista en Londres y codearse con los dadaístas en París, Pound llega en 1924 a Italia y se declara admirador ­incondicional de Mussolini. Aunque no fue, ni mucho menos, el único intelectual en manifestar su adhesión a la extrema derecha en el periodo de entreguerras, probablemente sí fue el que asumió en mayor grado la estetización de la política —de la que habla, pre­cisamente, Benja­min— del fascismo, pero no en el sentido romántico, por decirlo de algún modo, de los futuristas. Para Pound rechazar el liberalismo económico es, al igual que en su trabajo con el lenguaje, el rechazar un sistema que ha convertido las palabras en cosas.

«Il miglior fabbro»

Durante la Segunda Guerra Mundial se dedica Pound a hacer propaganda del régimen de Il Duce a través de la emisora Radio Roma. Su país le acusa de traición en 1943. Con la victoria de los aliados es arrestado y se hace el loco para salvarse de la horca. Pasa algunos años en un hospital psiquiátrico en Estados Uni­dos antes de regresar, en 1958, a Italia. A su llegada, en Nápoles, es fotografiado por la prensa saludando al modo fascista. En uno de sus versos dirá: «He intentado escribir el Paraíso». Pero un «paraíso» enraizado en el mismo sueño distópico que su odiado laissez faire, como explica Karl Polanyi en La gran transformacion: el liberalismo rechaza la realidad para mantener la creencia de libertad, el fascismo acepta lo real y renuncia a ser libre. Al final no son opciones opuestas, sino paralelas, y en ninguna de las dos existe, en realidad, la libertad.

En un fragmento del tema «Desolation Row», Bob Dylan canta: «Ezra Pound y T. S. Eliot / pelean en el puente de mando / mientras se ríen de ellos cantantes de calypso / y los pescadores cuelgan flores / entre las ventanas del mar». La tierra baldía comienza con una dedicatoria —«al mejor artesano», un verso sacado de la Divina Comedia— de Eliot a su colega y compatriota. Sin embargo, los dos poetas se fueron distanciando, probablemente por diferencias políticas: Eliot, si bien bastante conservador y reaccionario, no llegó a los extremos de Pound en sus críticas al libre mercado —de hecho trabajó durante varios años en un banco—. Su poesía, revolucionaria en forma y contenido, es a la vez pilar y paisaje de la modernidad, una sociedad yerma, arrasada por el proyecto industrial y de futuro incierto («¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen / en estos pétreos desperdicios») pero en el que no deja, no obstante, de reconocerse en pasos pasados, e incluso en la esperanza, aun disfrazada de ironía, de pasos próximos. La primera parte de La tierra baldía acaba con una cita de Baudelaire: «Tú, lector hipócrita, mi semejante, mi hermano».

[Artículo publicado en el número 217 (marzo de 2014) del periódico Diagonal. Imagen: fotografía de Eugène Atget (fuente)].

Ítaca Distrito Federal

Ítaca Distrito Federal

En un ensayo publicado en 2011, en el primer número de la revista Orsai, el escritor mexicano Juan Villoro hablaba, entre otras cosas, de la relación de su progenitor, el filósofo Luis Villoro, con el EZLN. Como tantos exiliados españoles, Villoro inventó en México un país que no existía, ubicado entre la memoria y el deseo. «Escoger una patria es una forma de buscar un padre. El mío optó por Aníbal y las huestes de Cartago hasta que en 1994 encontró en el zapatismo a su tribu demorada». Frente al desarraigo que provoca una realidad ajena, los recuerdos como tronco al que aferrarse para sobrevivir al naufragio; frente a la incertidumbre de no sentirte en lugar alguno, la utopía como costa que alcanzar.

«Difícil de creer que, veinte años después de aquel ‘nada para nosotros’, resultara que no era una consigna, una frase buena para carteles y canciones, sino una realidad, la realidad», afirma el Subcomandante Marcos en su último comunicado. La utopía es, por definición, un lugar que no está en ninguna parte: al negar su existencia comenzamos a imaginar su posibilidad. Es éste el mismo proceso que transforma el «nada para nosotros» en un «para todos todo». Es el mismo proceso, igualmente, el que convierte el pasamontañas, la máscara, en un rostro. Ocultarse para ser vistos, no ser nadie para ser cualquiera.

Para vivir, morir

Escribí hace un par de años, en este medio, un artículo sobre el concepto del personaje colectivo que arrancaba con la cara de Guy Fawkes. En V de Vendetta, el protagonista también encuentra su identidad en un pasado derrotado que la memoria, subjetiva, fragmentaria, subversiva, recupera, difuminado entre la historia y el mito, y traslada de negación de lo real a símbolo de lo posible. «Porque eras tan grande, V, ¿y si no eres nadie?», se pregunta Evey Hammond antes de entender que no importa quién se esconda tras la máscara de Fawkes. El poder, cuyo discurso sobre sí mismo pretende dominar espacio y tiempo, se resquebraja ante una resistencia que rechaza ocupar su lugar, que combate para desaparecer: «Brindemos por todos nuestros terroristas, por todos nuestros bastardos, los más odiosos y los que no podemos perdonar. Bebamos a su salud y que no los veamos nunca más».

Las recientes palabras de Marcos se asemejan mucho a esta cita de Alan Moore. Un ejército consciente de la urgencia de su fracaso; un líder destinado a morir para renacer en otros, colectivamente. El 1 de enero de 1994, el día que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio entre México, EE UU y Canadá, los zapatistas se levantaban en armas contra el Gobierno: el sueño del neoliberalismo confrontado por quienes sufren sus pesadillas.

Los indígenas del sureste mexicano renunciaban a interpretar el papel que les había sido asignado, el de perdedores, el de olvidados. Desde Chiapas, la historia era declarada, a la vez, farsa y tragedia. Empezaba así el periplo a la inversa de vencer siendo derrotado, de gritar en silencio, de mandar obedeciendo. Ahora, dos décadas después, el principal vocero del EZLN declara que él sólo ha sido un «holograma» al servicio de la causa, que ya no es necesario y debe dejar de existir, y desaparece reencarnándose en el nombre de un compañero muerto. Dos décadas, la duración exacta de una odisea.

Si la utopía es un lugar posible pero inexistente, una mirada a un futuro por construir, la máscara representa la simultaneidad de diversas posibilidades, de diversas miradas en las que se entremezclan realidad y ficción. Negando una identidad concreta se superponen muchas otras que acaban componiendo un todo que va más allá de la persona que viste la máscara.

Pero en ocasiones no hace falta cubrirse el rostro. El juego de espejos se produce con algo tan sencillo como un cambio de nombre. Ocultar parcialmente la realidad permite, precisamente, revelar mucho más de ella. El propio Juan Villoro, en su novela El testigo (Anagrama, 2004), enmascara en un personaje llamado Ramón Centollo al poeta mexicano Mario Santiago Papasquiaro, más conocido, curiosamente, por otro seudónimo, el que le puso Roberto Bolaño en Los detectives salvajes: Ulises Lima. Lima por Hora Zero, un movimiento peruano de poesía de vanguardia muy admirado por los infrarrealistas –esto es, Bolaño y Papasquiaro–; Ulises por el héroe de la Guerra de Troya, que tardará veinte años en regresar a casa, los mismos que Lima y Arturo Belano, el álter ego de Bolaño. Ulises, que ante el cíclope Polifemo asegurará llamarse Nadie.

Definirnos por lo que somos y por lo que queremos ser; mantener encendidos el fuego y la palabra. La memoria y la utopía como un único recorrido que termina para volver a iniciarse. A pesar de Thomas More, Utopía nunca podrá ser una isla. Utopía es un camino. Y como dijo el poeta griego Konstantinos Kavafis: «Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo».

[Artículo publicado en el número 224 (junio de 2014) del periódico Diagonal. Imagen: cartel a la entrada del Caracol de Oventic, en Chiapas, México].

La literatura en estado de excepción

La literatura en estado de excepción
Reseña de la novela Fábula de Isidoro (Jekill & Jill, 2016), de Julio Fuertes Tarín

Ojo, spoiler. En la página 41 de Fábula de Isidoro unos tipos queman vivo al presidente del gobierno de España. Es más: le torturan, le prenden fuego y lo transmiten todo en directo por televisión. Wynston Sandoval, aka Wynston Cardona, aka Wynston Solorzano —un niño a veces chileno, a veces colombiano, a veces peruano, según los desvaríos de un narrador poco interesado en los detalles, sus dudosas fuentes y las aportaciones alucinadas de los propios personajes—, el protagonista, o casi, de la novela, contempla atónito la pantalla. Sin embargo, su estupefacción no se debe a la violencia que está presenciando; los terroristas, con su performance, han interrumpido la emisión del Madrid-Barça en el preciso momento en el que Messi tiraba un penalti a lo Panenka. «Este Presidente será rápidamente sustituido por otro», piensa Wynston, para quien lo prioritario es averiguar el resultado del partido. Así que decide lanzarse a las calles de una capital tomada por el ejército en una odisea a medio camino entre El mago de Öz y Apocalypse Now, y cuyo destino es el estadio Santiago Bernabéu (sic).

Con este asombroso punto de partida podría uno plantearse, ¿es Fábula de Isidoro una ácida crítica de los mass media? ¿Una sátira sobre el poder y la política? Quizás. Algo hay aquí del primer capítulo de Black Mirror, si la banda sonora del primer capítulo de Black Mirror fuera un chotis y el chotis lo interpretaran músicos puestos hasta las cejas de LSD. Pero en realidad no importa, ya en el comienzo del libro nos avisa el autor de que no habrá moraleja en esta historia, de que va a dinamitar cada puente y cada pregunta. Julio Fuertes Tarín (Valencia, 1989) sigue aquella máxima de la secta de Los Asesinos: «Nada es verdad, todo está permitido». Especialmente, si de literatura hablamos.

Porque, de hecho, el otro protagonista, o casi, de la novela es la literatura, encarnada en la figura de Isidoro, «el único que vive su vida como un relato»: una versión lumpen de Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont; un Maldoror de extrarradio que ejerce a la vez de profeta y anticristo, y que encuentra en Sandoval-Cardona-Solorzano a su particular apóstol. Juntos, como don Quijote y Sancho Panza, recorren una ciudad lisérgica que es Madrid y es Valencia y es Sevilla —«la continuidad y la coherencia son dioses menores»—, un espacio que solo es inteligible a través de la literatura o, mejor dicho, un lugar donde la literatura es la realidad. Isidoro, al igual que Lautréamont, todo lo entiende y todo lo explica desde aquí, citándose a sí mismo y citando a otros: de las Cartas marruecas de José Cadalso al «Tanguillo de la Guapa de Cádiz» de Lola Flores.

Y es que el estado de excepción —ese «bellísimo paisaje»— que se declara en el libro tras el magnicidio no afecta únicamente a la trama. Si en la ficción son las fuerzas armadas las que muestran que, bajo la máscara, el verdadero rostro del poder es la violencia, en Fábula de Isidoro Fuertes Tarín pone también en tela de juicio cualquier clase de autoridad narrativa. No obstante, mientras el objetivo de los militares es restablecer cuanto antes el statu quo, el del escritor parece ser justo el opuesto: poner patas arriba toda convención, literaria o no; crear un tiempo fuera del tiempo ordinario, una parodia delirante de la literatura y de la vida.

Este estado de sitio no es otra cosa, entonces, que un carnaval, en el sentido que Mijail Bajtin daba a la obra de Rabelais: la novela como expresión de la cultura popular —en este caso, por ejemplo, el fútbol, las drogas, el lenguaje soez—, como juego polifónico, exageradamente grotesco, hostil al orden y que subvierte espontáneamente el discurso del poder. Y el escritor como intérprete, advirtiéndonos al final del libro de que el juego, tarde o temprano, termina y los participantes regresan a la casilla de salida: «La escritura puede cambiar el mundo (sobre todo la notarial)». Pero no hay que olvidar que lo importante no sucede después del juego, después del carnaval, después de la novela, sino durante; y afortunadamente, parafraseando a Bajtin y a Celia Cruz, la literatura, y la vida, son siempre un carnaval.

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Portada de «Fábula de Isidoro». La ilustración también es obra de Julio Fuertes Tarín.

[Texto publicado originalmente en la revista de literatura The Barcelona Review. Imagen de cabecera: Gargantúa (ilustración de Gustave Doré)].

A Hard Rain’s a-Gonna Fall

A Hard Rain’s a-Gonna Fall

Estoy viendo un vídeo en youtube: Estocolmo, 10 de diciembre, ceremonia de entrega de los premios Nobel. Patti Smith canta el «A Hard Rain’s a-Gonna Fall» de Bob Dylan. Tiene un atril delante, y aunque no lo mira durante los primeros compases, podemos suponer que ahí está la letra de esa canción interminable, inabarcable. En cualquier caso, Patti Smith canta con los ojos cerrados, entregada, emocionada. Sin embargo, en algún momento de la segunda estrofa, se pierde y abre los ojos, como si acabara de despertar; le tiembla la voz, balbucea, trata de retomar la canción, se equivoca; mira hacia su izquierda y no hacia el atril, buscando; se queda en blanco, sorprendida por lo que está ocurriendo, sorprendida por haber olvidado el texto cuando reza precisamente aquello de «vi una habitación llena de hombres con martillos ensangrentados, vi una escalera blanca inundada, vi a diez mil hablando con sus lenguas quebradas». Patti Smith respira, sonríe como quien está a punto de echarse a llorar, se disculpa, lo intenta de nuevo, de nuevo se equivoca; pide a la orquesta comenzar esa parte desde el principio, se disculpa otra vez: «lo siento», dice, «estoy tan nerviosa». Y, tras el aplauso del público, vuelve atrás, es decir, continúa: «Vi a un recién nacido rodeado por lobos, vi una autopista de diamantes que nadie recorría, vi una rama negra goteando sangre todavía». Y aún se equivoca nuevamente en la tercera estrofa «escuché susurrar a diez mil y nadie escuchaba», pero ya no importa: Patti Smith acaba como puede el verso, cierra otra vez los ojos y sigue cantando: «Escuché la canción de un poeta que murió en la miseria», y ya no duda más; llega hasta al final de la canción, repitiendo como una profeta tres veces el estribillo, el anuncio, el aviso de que la lluvia, la dura lluvia, la difícil lluvia, finalmente, caerá.

Acaba la música, y mientras el auditorio ovaciona a la intérprete, una voz en off comenta que «incluso una superestrella puede ponerse un poco nerviosa en un sitio como este». Pero no creo que el lapsus que ha dominado durante unos instantes a la estadounidense se deba a la selecta y emperifollada concurrencia, por mucho que en el acto esté presente la familia real sueca; la flor y nata de la sociedad, la economía, la política mundial; los descendientes del inventor de la dinamita. Smith, con 69 años, más de diez discos a sus espaldas y otros tantos libros publicados; Smith, que abrió y cerró el CBGB de la Nueva York punk; Smith, que le ha cantado a Blake, a Rimbaud, a Bolaño, no está abrumada por el lugar en el que canta ni por quienes la escuchan, su temblor proviene de lo que canta. Dicen que lo que Dylan hace no es poesía: música, canciones, palabras, sí, pero no poesía. Dicen que Dylan no fue a la ceremonia de entrega de los premios Nobel, el 10 de diciembre, en Estocolmo. Pero veo este vídeo en el que Patti Smith canta «A Hard Rain’s a-Gonna Fall» y dudo de la veracidad de estas afirmaciones; dudo como duda Patti Smith en el vídeo: no por haber olvidado la letra de una canción de 1963 que ni siquiera ha escrito ella, sino, quizá, como un relámpago en la noche, por haberla entendido.

[Imagen: Bob Dylan en concierto, Nueva York, 1963].

El perseguidor #10: tenemos fe en el veneno

El perseguidor #10: tenemos fe en el veneno

En este primer programa de la segunda temporada perseguimos al fugitivo por excelencia, a aquel que siempre fue otro: el alquimista que escribía silencios, el vidente que anotaba lo inexpresable, el enfant terrible, el poeta maldito, el punk antes del punk, el primer detective salvaje, el comerciante colonial, el traficante de armas… A ritmo de punk, reggae, rocanrol y jazz, acechamos a través del tiempo y los océanos a Arthur Rimbaud.

«Tenemos fe en el veneno. Sabemos dar nuestra vida entera todos los días. He aquí el tiempo de los asesinos».

Puedes escuchar el programa aquí:

Y también aquí.

Tracklist:

– «I’ve Got To Surf Away» / Le Grand Miercoles
– «Motherland» / Mulatu Astatke
– «Ain’t It Strange» / Patti Smith
– «Punk Is Dead» / Crass
– «Blank Generation» / Richard Hell & The Voidoids
– «Sour Le Ciel De Paris» / Archie Shepp
– «Wild Child» / The Doors
– «Chimes Of Freedom» / Bob Dylan
– «Bird Of Paradise» / Charlie Parker
– «The Future» / Leonard Cohen
– «Ghetto Defendant» / The Clash

[Imagen: «Arthur Rimbaud in New York» (1979), fotografía de David Wojnarowicz].

Noviembre

Noviembre

que cantaban desesperados desde sus ventanas
Allen GINSBERG

que después no es el frío, es aún menos que el frío
Leopoldo María PANERO

Aquí es donde el camino termina viejo aquí / en la frontera del aullido / en la carretera en la herida / aquí donde el desierto / donde los párpados / arturo han regresado los coyotes / regresaron anoche reclamando recuerdos / reclamando rescoldos retribución relámpagos / regresaron famélicos sangrantes / arrastrándose entre las alambradas / esquivando las luces & las balas / alimentándose en los vertederos / lamiéndose las cicatrices / humedeciendo sus dedos gastados / de contar billetes de 1 dólar / en estaciones de servicio / en maquilas en las intersecciones / de la 53 con la tercera / de ese dolor & esa oscuridad / vinieron para despedirse / de tu cráneo deshecho de tus cuencas vacías / vinieron desde charleville harar memphis new york / new orleans marsella sinaloa / vinieron recitando letanías / inventariando ragtimes de james booker / vinieron con lluvia & ácido arturo / a través de campos de flores muertas / a través de autopistas de napalm / desde frisco hanoi belfast adén / como poemas de dylan ametrallados / por las pulsaciones de una selectric / no se puede borrar lo escrito en esa máquina / no se puede volver atrás / solo triturar la madera con los dientes / & guardar gasolina en los pulmones / & huir mientras los demás duermen / 1 huida hacia delante / que termina contigo con el plomo / dejando entrar la luz en la mañana / vinieron para despedirse / de tus marcas de nacimiento / del tedio de tu calavera / del corazón de la tristeza / tu corazón arturo / en la frontera del aullido / allí donde terminan las canciones.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: «Arthur Rimbaud in New York», fotografía de David Wojnarowicz].

… O los 120 días

… O los 120 días

Un poema de Andreu Cañadas Cuadrado

… O LOS 120 DÍAS

La cárcel es el infierno
no puedes imaginar
la pérdida te atrapa.

La infamia se vuelve pensamiento
la boca seca tapada con mierda
y los ojos,
se van.

La pérdida
la lib_____
¿ya no te avergüenzas?
¿quiénes son ellos?

Cuanto más
más necia es la náusea.

La tortura es soltarte
atrapado.

[Andreu Cañadas Cuadrado (Elx, 1990) es licenciado en Antropología Social y Cultural. Del cascarón y el huevo (Devenir, 2016), poemario al que pertenece el presente texto, es su primer libro. Imagen: fotograma de Saló o los 120 días de Sodoma (1975), de Pier Paolo Pasolini].

Extinción del límite

Extinción del límite

Mañana, martes 18 de octubre, compartiré lectura poética con las escritoras Lola Nieto y Marta Fuembuena Loscertales. El recital será en el Cara B de Barcelona (C/ Torrent de les flors, 36, en el barrio de Gràcia), a partir de las 20:00h. Entrada libre.

Lola Nieto (Barcelona, 1985) es doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Trabaja como profesora de lengua y literatura en un instituto. Es coordinadora de la revista Kokoro y ha publicado los poemarios Alambres (Kriller71, 2014) y Tuscumbia (Harpo Libros, 2016).

Marta Fuembuena (Zaragoza, 1985). Ha colaborado en diversas revistas, periódicos, exposiciones y colectivos de artistas. Es autora de los poemarios La excusa de los días (Comuniter, 2009), Del peligro de suerte (Quadrivium, 2012) e Iniciación de los muros (El Gallo de Oro, 2014), así como el libro Turrones para Sender (Tropo Editores, 2011). Ha sido incluida en el libro Yin, antología de poetas aragonesas (1960-2010), publicado por la editorial Olifante.

Más info aquí.

[Imagen: fotografía de Paul den Hollander].

El aquelarre

El aquelarre

«La dimensión subversiva y utópica del aquelarre [witches’ Sabbat] viene destacada también, desde un ángulo diferente, por Luciano Parinetto quien, en Streghe e Potere (1998) [Brujas y poder], ha insistido en la necesidad de realizar una interpretación moderna de esta reunión, leyendo sus aspectos transgresores desde el punto de vista del desarrollo de una disciplina capitalista de trabajo. Parinetto señala que la dimensión nocturna del aquelarre era una violación de la contemporánea regulación capitalista del tiempo de trabajo, y un desafío a la propiedad privada y la ortodoxia sexual, ya que las sombras nocturnas oscurecían las distinciones entre los sexos y entre “lo mío y lo tuyo”. Parinetto sostiene también que el vuelo, el viaje, elemento importante en las acusaciones contra las brujas, debe ser interpretado como un ataque a la movilidad de los inmigrantes y los trabajadores itinerantes, un fenómeno nuevo, reflejado en el miedo a los vagabundos, que tanto preocupaban a las autoridades en ese periodo. Parinetto concluye que, considerado en su especificidad histórica, el aquelarre nocturno aparece como una demonización de la utopía encarnada en la rebelión contra los amos y el colapso de los roles sexuales, y también representa un uso del espacio y del tiempo contrario a la nueva disciplina capitalista del trabajo».

[Fragmento extraído del ensayo de Silvia Federici Calibán y la bruja (Traficantes de sueños, 2016; la edición original, en inglés, es de 2004), en concreto del capítulo 4, «La gran caza de brujas en Europa», páginas 248 y 249. Imagen: El aquelarre (1823), de Francisco de Goya].

Blue train o el hombre que soñaba con J. Coltrane

Blue train o el hombre que soñaba con J. Coltrane

Soñé con detectives perdidos en la ciudad oscura.
Roberto BOLAÑO

El hombre que soñaba con John Coltrane
amanecía despierto en los días de invierno
y tarareaba canciones para alejar el dolor,
melodías del blue train, salmos como pájaros
que regresan a la costa heridos de muerte
para silbar en la playa sus últimos versos.

El hombre que soñaba con John Coltrane
en ocasiones soñaba con un hombre ciego
que afila una armónica hecha de huesos
mientras observa a los niños jugar en la arena
y el ferrocarril se aleja para siempre del puerto,
se difumina, se desvanece sin despedidas
ni blancos pañuelos en el esqueleto de un cuadro
de Turner, en la velocidad de su lienzo.

El hombre que soñaba con J. Coltrane
abría ventanas en las noches de tormenta
para dejar entrar la lluvia en la oscuridad del cuarto,
para llenar de oscuridad la lluvia y las paredes,
las calles que se extienden lejos del mar como fronteras
del invierno y ocuparlas con naufragios, y descender
con el diluvio y la noche sobre la ciudad,
y en la falta de luz hallar una esperanza,
una estación de nieblas quizás abandonada
donde conseguir un boleto para el primer tren hacia el sur
y dejar en la madrugada su aliento
como único mensaje, por si acaso los amigos
que puede contar con los dedos de una mano
salen en la mañana a buscarlo, por si acaso la policía
le sigue los pasos, solo su aliento helado
en la madrugada, junto a la máquina de café,
junto al lavabo y las portadas de los periódicos,
junto al reloj que marca las doce,
la hora del fin del invierno.

En ese viaje el hombre que soñaba con Coltrane
conoció la ternura en la arquitectura de los puentes
y en los raíles oxidados conoció el amor,
recorrió después en las últimas hojas del otoño
las vías muertas y los viejos túneles
bautizados hace tiempo por los enamorados
y por los perros, el llanto le cubrió la cara
al lamer con la lengua desnuda la herrumbre
de los recuerdos y sentir en la garganta
el grafiti, el fuego de los encendedores,
los fragmentos de vidrio de las botellas
arrojadas al océano, las melodías que tarareó
en invierno junto a una ventana
para alejar el dolor, cuando el mundo era tan pequeño
que cabía en pañuelos blancos y fotografías
borrosas y nada sabía él de los trenes,
del sur o de los pájaros,
apenas que el mundo era tan pequeño
que cabía en la palma de la mano,
en las líneas del destino, nada más:
apenas que el mundo era tan pequeño
que cabía en unos pocos surcos
en la piel, en los discos de vinilo,
y que merecía la pena
llorar por él.

[Poema incluido en el libro Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: Coltrane tocando el saxo soprano (fuente)].