Azul triste tren o blue train alternate take

Azul triste tren o blue train alternate take

dadme un nocturno de Chopin un cigarrillo la calavera de César Vallejo dadme una lágrima de Dostoievski una sonrisa de la viuda de Coltrane dadme un poco de pan y un verso dadme otro mundo
Félix Grande

 

Como el viajero que huye de los mapas,
aprendí de los polizones las cosas más pequeñas:
bluses de doce compases, canciones
de otras guerras. Aprendí de sus fracasos
en vagones donde viajaban
catedráticos de lenta tristeza,
sacerdotes sin iglesia,
saxofonistas con sueños gastados
que hablaban de Coltrane y azules trenes
entre notas nacidas de relámpago,
el fuego apagado en los ojos
pero todavía rescoldos,
todavía calor bajo los párpados,
todavía el sudor quemando dedos
y frentes, cayendo al suelo,
abriendo agujeros de gusano
en el espacio, el metal
avanzando a través de los caminos
como si atravesara
_____________________la luz a las luciérnagas,
la memoria a los fantasmas
en estaciones abandonadas
como si fueran siglos, estaciones
sin trenes ni soles, galaxias
devoradas por el olvido
como devoran las hienas los huesos,
viejos que se despiden de las sombras
como los amantes de algunas puertas
o de los puentes los suicidas
antes de arrojarse al vacío,
la retina bañada en versos de Lorca y Darío.

Como los alcohólicos interpretan
las botellas, las noches, los abrazos,
así interpreto blue train cada madrugada,
aunque el incendio nunca llega
y ya no tengo boca ni manos,
apenas puños, dientes y nudillos
para mantenerme a la tierra clavado,
a la tierra que guardo en los bolsillos
por si a mi funeral nadie acude
y debo escribir en el agua mi nombre,
mi nombre en todos los idiomas.
Moriremos como vivimos
y yo permanecí cerca del mar
huyendo del invierno,
aguardando vanos trenes,
el morral cargado de libros
y pólvora y el corazón
latiendo a pesar de todo,
____________________________latiendo
como una ciudad al alba,
como un poema de Vallejo,
como un octubre que no acaba,
una fotografía en blanco
y negro, un mundo nuevo
un solo
________de John Coltrane.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: catenaria, ribera del Besòs, entre el barrio de Vallbona y Montcada i Reixac].

Stardust

Stardust

Lady Day las gaviotas heridas vuelven a la luz del puerto
Pere Gimferrer

 

Ladyday tiene todo el odio en la garganta
y canta para que suene a través de las gramolas
y en las tiendas de discos las muchachas
sientan frío o un temblor en las rodillas
al ver su propio odio dibujado en las portadas
de los singles, un odio de 78 revoluciones
por minuto, un odio sin sordinas ni mortajas
pero dulce como Harlem una noche de verano
o aquel blues de Lester Young entre septiembres
o Ladyday tarareando fruta extraña, un odio
de sur cálido y amigos ausentes y ventanas
que van a parar a la órbita de sus ojos, planetas
donde canta Ladyday para los pájaros que anidaron
en el fuego y lee el futuro en los vasos de ginebra
y escucha sonriendo en el crepitar de saxofones
húmedas melodías de la luz que regresa.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: Billie Holiday en 1959; fotografía de Milt Hilton (yo la he sacado de este artículo de la revista Drugstore)].

Músicas entre el capital y la vida

Músicas entre el capital y la vida

En 1999, en el disco Brigadistak Sound System, Fermin Muguruza dedicaba una canción a los países centroamericanos tras el paso, el año anterior, del huracán Mitch por la región. La canción en cuestión —«Puzka»— venía a decir que, aunque el Mitch ya se había marchado, ese otro huracán llamado libre mercado seguía asolando la zona, a veces de manera sutil; otras veces, la mayoría, con extrema violencia.

Muguruza, que también dedicó en 2015 un álbum —Nola? Irun Meets New Orleans— a la música de Nueva Orleans, firma precisamente el prólogo de este Sigue adelante. Raza poder y música en Nueva Orleans, una crónica del día a día de las brass bands de esta ciudad después del huracán Katrina; un desastre que, como ocurrió en América Central con el Mitch, no solo arrasó con todo, sino que además puso de manifiesto la destrucción previa producida por las políticas neoliberales; políticas que, como explica Naomi Klein en La doctrina del shock, se acentuaron aún más tras el Katrina.

En Sigue adelante (publicado originalmente en 2013 como Roll With It: Brass Bands in the Streets of New Orleans), el antropólogo y periodista Matt Sakakeeny acompaña a tres de los grupos más importantes de la escena neorleana —Rebirth, Soul Rebels y Hot 8— por los conciertos y los funerales, por las celebraciones y las protestas, por las calles y las contradicciones de una urbe atravesada por la música y las desigualdades.

El libro, como confiesa el propio autor, está escrito como si de un desfile de brass band se tratara: siempre en movimiento, desplazándose incansable desde los graves de la tuba hacia los límites de la ciudad, buscando nuevas ideas y nuevos sentidos en ese diálogo continuo entre ritmos conocidos e improvisación. «Más que representar lo real, Willie [Birch, el ilustrador de Sigue adelante] y yo estamos creando otras manifestaciones de lo real».

Una máquina en movimiento perpetuo

El relato de Sakakeeny avanza a contratiempo, al ritmo de ese diálogo, de esas contradicciones que experimentan cotidianamente las brass band de Nueva Orleans: la cultura como modo de vida, pero también como proceso emancipador; la relación entre la voz y el coro, entre el individuo y el colectivo —«el pulso fundamental de toda la música afroamericana», explica Muguruza en el prólogo—; el conflicto entre costumbre e innovación, que representa el choque de dos generaciones, aquella vinculada a la lucha por los derechos civiles y otra más joven, llamada «generación hip hop»; o la reivindicación institucional de la identidad desde una perspectiva mercantilista (ese eufemismo de «poner en valor» que tanto gusta ahora a los gestores culturales), mientras que los principales representantes de dicha identidad, los músicos, carecen de estabilidad económica.

El eje del libro es la second line, es decir, la gente que en los desfiles y en los «funerales jazz» —como se denominan los entierros tradicionales en Nueva Orleans— acompaña a la banda (la primera línea) y acaba fundiéndose con ella en una especie de «máquina de guerra nómada» que no distingue entre artistas y espectadores y que solo puede entenderse en relación con el exterior; una paráfrasis musical de aquello que Deleuze y Guattari afirmaban en Mil mesetas: «Cuando se escribe, lo único verdaderamente importante es saber con qué otra máquina está conectada la máquina literaria».

De hecho, Sakakeeny describe a las brass bands así: «La banda es una máquina en movimiento perpetuo, solo que no es una máquina sino un agenciamiento de seres humanos». Esto es: una comunidad capaz de crear espacios críticos y no hegemónicos desde los que poder nombrarse y definirse a sí misma; desde los que hacer frente al poder y a sus lógicas de control y clasificación. Una máquina, entonces, que interactúa con los sonidos de la calle, con las personas que se encuentra en su camino y con un paisaje hostil a consecuencia de los planes urbanísticos.

En este contexto, las brass bands funcionan como prácticas de resistencia que se apropian simbólicamente del espacio público y visibilizan de esta forma la especulación inmobiliaria que expulsa a la periferia a los habitantes con menos recursos.

La improvisación, las variaciones en el recorrido (que evocan la deriva situacionista) y en el repertorio de los desfiles resignifican el territorio —incluso lo hipersignifican: Sakakeeny utiliza la palabra «ultra-lugar» para hablar del barrio de Tremé, a propósito de la serie de televisión homónima—.

Al mismo tiempo, la máquina interpela a participar en esta «política del placer», a sumarse al movimiento, a unir la voz al coro, manteniendo patrones musicales de raíz africana como la llamada-respuesta o el canto ininterrumpido, presentes en el blues y en los hijos del blues desde las work songs a los deejays.

La batalla de Nueva Orleans

«La ciudad no sería lo que es ahora si no nos la hubieran robado», declara en mitad de un concierto Philip Frazier, líder de la Rebirth.

La gentrificación y la turistificación han echado a la población autóctona de sus vecindarios, o han aislado todavía más zonas que ya habían sufrido reordenaciones racializadas en la década de los 60. Los integrantes de las brass bands —en su mayoría negros, en su mayoría pobres— son profesionales de un sector, el cultural, profundamente precario y precarizado, en un entorno global de terciarización de la economía, pérdida de derechos laborales y crisis de las organizaciones obreras (el número de afiliados al sindicato de músicos de Nueva Orleans, cuenta Sakakeeny, «ha caído drásticamente a lo largo de los últimos años»).

El concepto de «clase creativa» se mezcla aquí con el de trabajador autónomo en una revisión posmoderna del self-made man yanqui, del individuo que solo necesita de su talento y motivación para prosperar. Sin embargo, los protagonistas de Sigue adelante chocan constantemente con obstáculos que poco tienen que ver con su actitud o con su habilidad como intérpretes.

Antes del Katrina, el urbanismo ya era una técnica dedicada a perpetuar las relaciones de poder. Las desigualdades generadas por la esclavitud primero y después por la segregación se lograron mantener, tras la abolición de las leyes Jim Crow, gracias, entre otras cosas, a programas gubernamentales de reubicación que solo se concedían a ciudadanos blancos, provocando la despoblación del centro en beneficio de los suburbios.

A su vez, este tipo de planificación fragmenta funcionalmente el espacio en lugares de residencia, lugares de ocio, lugares de trabajo y, también, lugares «marginales» —una de las características del capitalismo avanzado, como han demostrado autores como Henri Lefebvre o Jane Jacobs—, lo que perjudica aquellas prácticas sociales y culturales, como las brass bands, íntimamente enlazadas con la vida y en las que se entiende la ciudad como un todo.

En la era post Katrina esta tendencia ha ido en aumento. Siguiendo los postulados de la Escuela de Chicago, las autoridades aprovecharon el huracán para privatizar servicios básicos e implementar medidas que ahondaban la desarticulación del estado de bienestar.

Aunque, en teoría, la igualdad se consiguió hace décadas, el racismo y el clasismo perduran en las estructuras de mercado, en las normativas municipales (por ejemplo: se favorece una conservación del patrimonio cultural que a menudo esconde procesos de especulación pura y dura, pero se persiguen, mediante sanciones por tocar en la calle u ocupar el espacio público, las manifestaciones culturales contemporáneas y vivas) y, especialmente, en la presión policial ejercida sobre la comunidad negra. Esta violencia «desde arriba» desencadena otra violencia de carácter interpersonal, «desde abajo» —Nueva Orleans tiene una tasa de homicidios diez veces superior a la media estadounidense—. No obstante, esta última casi nunca es analizada en su contexto, sino que se asume, en los medios de comunicación y en los discursos públicos, que es una «patología racial».

En cualquier caso, la «violencia estructural, la violencia interpersonal y la muerte tienen un impacto directo en la vida de los músicos», y también en su trabajo. «El ejemplo de la economía de la second line obliga a revisar cualquier preconcepto de que la explotación equivale al racismo o de que la música negra es inherentemente una expresión de resistencia a la desposesión por parte de los “colonizadores” blancos o el mainstream».

En ocasiones, los primeros en infravalorar el trabajo de las brass bands son las mismas personas negras que consideran a intelectuales y artistas como representantes de toda la sociedad afroamericana. Los músicos tienen enormes dificultades para conseguir salarios y condiciones dignas en una ciudad que extrae un enorme rédito de su labor. A veces el único sueldo que reciben es la promesa de futuros bolos, o cobran cachés miserables en festivales que afirman respaldar el jazz de Nueva Orleans (pero pagan cantidades estratosféricas a estrellas pop), o se tienen que enfrentar —incluso físicamente— con las nuevas bandas para preservar sus contratos.

Y aun así, el sonido de Nueva Orleans no ha dejado de evolucionar durante más de un siglo, de las marchas al ragtime, del hot al swing, del funk al rap. Una de las conclusiones más interesantes de Sigue adelante es que la tradición solo puede mantenerse viva, en movimiento, actualizándola, adaptándola, transformándola, afrontando sus contradicciones en un proceso interminable y extrapolable a otros contextos.

[Artículo publicado en la web de El Salto. Imagen: fotografía de Matt Deavenport].

In forgetful snow o el peso de la nieve

In forgetful snow o el peso de la nieve

no creí que la muerte hubiese deshecho a tantos
T. S. ELIOT

Empieza con el frío,
empieza con el frío y con el viento
azotando la estepa de nuestros corazones
allá donde la luz no prende,
allá donde no prende luz ni llama ni hoguera
con la que calentar los huesos enterrados
bajo geografías olvidadas
y contarnos historias mientras cae la noche
—contar historias para no caer en la noche,
contar historias para, en esta oscuridad,
ser nosotros la noche—
_________________________y dejar de temer el alba
como temen las madres las cuchillas del hielo,
como temen los coyotes los límites del desierto,
dejar de temer el alba
como la certidumbre de la nieve
sobre nuestras cabezas somnolientas,
aunque es liviano el peso de la nieve en invierno,
ligero como las plumas arrancadas al albatros
en la tierna levedad de las cadenas de montaje
para rellenar con ellas las almohadas, los abrigos
que caldean cafeterías, cómodos escaparates,
pero la estación del confort ya queda lejos:
bosquejo de un paisaje
________________________entrevisto
desde los trenes que recorren las estepas
de nuestros corazones calcinados
por la vigilia y el deseo y su exhalación,
trenes que avanzan al son de orquestas eléctricas
compuestas por músicos exquisitamente formados
en las noches cerradas del barrio chino,
en la tiniebla sorda de los call centers,
en la dulce armonía de los mataderos,
músicos ciegos bajo el sol abrasador,
ciegos bajo la crueldad de los neones,
casi podemos vislumbrarlos al pasar veloces
por desenfocadas salidas hacia el extrarradio
en los grilletes de los presidiarios
que construyeron estas carreteras
cantando canciones de algodón y de muerte,
en las cicatrices de los autoestopistas
que quedaron atrás en los retrovisores,
abandonados al fuego de agosto
o a la nieve de noviembre, la nieve
que se deshace en nuestras manos
como en estas estepas la esperanza,
así deben ver los cosmonautas las estrellas
cuando atraviesan la atmósfera de regreso
en el órfico descenso de las Soyuz,
así deben deslizarse los recuerdos
cuando aclara la cal las calaveras,
las calaveras con amor depositadas,
con tanto amor
_________________depositadas
en las cunetas.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: Parc Nacional d’Aigüestortes (Lleida)].

Noviembre

Noviembre

que cantaban desesperados desde sus ventanas
Allen GINSBERG

que después no es el frío, es aún menos que el frío
Leopoldo María PANERO

Aquí es donde el camino termina viejo aquí / en la frontera del aullido / en la carretera en la herida / aquí donde el desierto / donde los párpados / arturo han regresado los coyotes / regresaron anoche reclamando recuerdos / reclamando rescoldos retribución relámpagos / regresaron famélicos sangrantes / arrastrándose entre las alambradas / esquivando las luces & las balas / alimentándose en los vertederos / lamiéndose las cicatrices / humedeciendo sus dedos gastados / de contar billetes de 1 dólar / en estaciones de servicio / en maquilas en las intersecciones / de la 53 con la tercera / de ese dolor & esa oscuridad / vinieron para despedirse / de tu cráneo deshecho de tus cuencas vacías / vinieron desde charleville harar memphis new york / new orleans marsella sinaloa / vinieron recitando letanías / inventariando ragtimes de james booker / vinieron con lluvia & ácido arturo / a través de campos de flores muertas / a través de autopistas de napalm / desde frisco hanoi belfast adén / como poemas de dylan ametrallados / por las pulsaciones de una selectric / no se puede borrar lo escrito en esa máquina / no se puede volver atrás / solo triturar la madera con los dientes / & guardar gasolina en los pulmones / & huir mientras los demás duermen / 1 huida hacia delante / que termina contigo con el plomo / dejando entrar la luz en la mañana / vinieron para despedirse / de tus marcas de nacimiento / del tedio de tu calavera / del corazón de la tristeza / tu corazón arturo / en la frontera del aullido / allí donde terminan las canciones.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: «Arthur Rimbaud in New York», fotografía de David Wojnarowicz].

Extinción del límite

Extinción del límite

Mañana, martes 18 de octubre, compartiré lectura poética con las escritoras Lola Nieto y Marta Fuembuena Loscertales. El recital será en el Cara B de Barcelona (C/ Torrent de les flors, 36, en el barrio de Gràcia), a partir de las 20:00h. Entrada libre.

Lola Nieto (Barcelona, 1985) es doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Trabaja como profesora de lengua y literatura en un instituto. Es coordinadora de la revista Kokoro y ha publicado los poemarios Alambres (Kriller71, 2014) y Tuscumbia (Harpo Libros, 2016).

Marta Fuembuena (Zaragoza, 1985). Ha colaborado en diversas revistas, periódicos, exposiciones y colectivos de artistas. Es autora de los poemarios La excusa de los días (Comuniter, 2009), Del peligro de suerte (Quadrivium, 2012) e Iniciación de los muros (El Gallo de Oro, 2014), así como el libro Turrones para Sender (Tropo Editores, 2011). Ha sido incluida en el libro Yin, antología de poetas aragonesas (1960-2010), publicado por la editorial Olifante.

Más info aquí.

[Imagen: fotografía de Paul den Hollander].

Blue train o el hombre que soñaba con J. Coltrane

Blue train o el hombre que soñaba con J. Coltrane

Soñé con detectives perdidos en la ciudad oscura.
Roberto Bolaño

 

El hombre que soñaba con John Coltrane
amanecía despierto en los días de invierno
y tarareaba canciones para alejar el dolor,
melodías del blue train, salmos como pájaros
que regresan a la costa heridos de muerte
para silbar en la playa sus últimos versos.

El hombre que soñaba con John Coltrane
en ocasiones soñaba con un hombre ciego
que afila una armónica hecha de huesos
mientras observa a los niños jugar en la arena
y el ferrocarril se aleja para siempre del puerto,
se difumina, se desvanece sin despedidas
ni blancos pañuelos en el esqueleto de un cuadro
de Turner, en la velocidad de su lienzo.

El hombre que soñaba con J. Coltrane
abría ventanas en las noches de tormenta
para dejar entrar la lluvia en la oscuridad del cuarto,
para llenar de oscuridad la lluvia y las paredes,
las calles que se extienden lejos del mar como fronteras
del invierno y ocuparlas con naufragios, y descender
con el diluvio y la noche sobre la ciudad,
y en la falta de luz hallar una esperanza,
una estación de nieblas quizás abandonada
donde conseguir un boleto para el primer tren hacia el sur
y dejar en la madrugada su aliento
como único mensaje, por si acaso los amigos
que puede contar con los dedos de una mano
salen en la mañana a buscarlo, por si acaso la policía
le sigue los pasos, solo su aliento helado
en la madrugada, junto a la máquina de café,
junto al lavabo y las portadas de los periódicos,
junto al reloj que marca las doce,
la hora del fin del invierno.

En ese viaje el hombre que soñaba con Coltrane
conoció la ternura en la arquitectura de los puentes
y en los raíles oxidados conoció el amor,
recorrió después en las últimas hojas del otoño
las vías muertas y los viejos túneles
bautizados hace tiempo por los enamorados
y por los perros, el llanto le cubrió la cara
al lamer con la lengua desnuda la herrumbre
de los recuerdos y sentir en la garganta
el grafiti, el fuego de los encendedores,
los fragmentos de vidrio de las botellas
arrojadas al océano, las melodías que tarareó
en invierno junto a una ventana
para alejar el dolor, cuando el mundo era tan pequeño
que cabía en pañuelos blancos y fotografías
borrosas y nada sabía él de los trenes,
del sur o de los pájaros,
apenas que el mundo era tan pequeño
que cabía en la palma de la mano,
en las líneas del destino, nada más:
apenas que el mundo era tan pequeño
que cabía en unos pocos surcos
en la piel, en los discos de vinilo,
y que merecía la pena
llorar por él.

[Poema incluido en el libro Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: Coltrane tocando el saxo soprano (fuente)].

Los viejos subtes no mueren

Los viejos subtes no mueren

«Si morir es dormir, ¿qué es lo que sueña un muerto?». Adrián R, el protagonista de Generación cochebomba (Pepitas de calabaza, 2015), deambula por las calles de Lima con una canción de Eskorbuto en la cabeza. Lima la gris, Lima la horrible: una ciudad cercada por el terrorismo y la guerra sucia, por la crisis económica y la corrupción; el no future, la distopía del punk hecha asfalto. Frente a esta realidad, como en la canción de Eskorbuto, algunos chavales, los subtes, han decidido buscar en la basura algo nuevo.

Nos encontramos en la segunda mitad de la década de los 80. Sendero Luminoso marca con atentados y apagones el ritmo de una capital que se imaginaba ajena a lo que ocurre en el resto del país. El Estado responde con represión, grupos paramilitares y masacres tan indiscriminadas como las que llevan a cabo los subversivos.

Entre estas dos violencias en disputa por el poder, estas dos violencias que se pretenden nobles y legítimas, bailan los subtes cada noche su pogo, despliegan su propia violencia absurda y nihilista, reflejo distorsionado de aquellas. La banda sonora: Eskorbuto, La Polla Records y Kortatu; Sex Pistols, The Clash y Dead Kennedys; y, claro, el punk peruano, el llamado rock subterráneo.

Días y noches de alcohol y droga, derivas delirantes en carros destartalados, conciertos salvajes, conversaciones interminables, tribus urbanas, batallas campales… Y recuerdos, la memoria de una sociedad ya herida, pero aún no de muerte, «una época donde todavía se tenía esperanzas».

Adrián y sus compinches, sus causas —Pocho Treblinka, Carlos Desperdicio, Fredy Nada o el Innombrable—, rememoran constantemente su infancia, una edad y una educación sentimental inseparable de los acontecimientos políticos, una mirada indisociable de la barbarie, como cuando evocan el motín del penal El Sexto y la posterior matanza de presos a manos de las fuerzas de seguridad, mientras ellos daban clase a poca distancia de allí; escuela y prisión unidas, inevitablemente: «Los colegios y las cárceles, dijo el Innombrable, son iguales».

Muera la vida

Pero, precisamente, esta memoria —fragmentaria, oral, colectiva— se opone al discurso oficial sobre los hechos, se sitúa voluntariamente, como el punk, como el rock subterráneo, «de espaldas a la historia».

Los subtes abrazan el «no hay futuro» no como una provocación (o, al menos, no sólo como provocación), sino como la constatación del fracaso del presente; y de la misma manera, escriben en los muros la frase «muera la vida»: no es un deseo, es una afirmación. «—Sí, salud —respondió el Fredy Nada, levantando el otro trago—. Por todos nosotros: ¡La Generación del Apagón y el Cochebomba!».

Así, a través de dos relatos que se van entrelazando hasta converger definitivamente —uno, el de la escena musical underground de Lima; otro, el de un par de militantes de Sendero Luminoso que preparan acciones en la ciudad—, Generación cochebomba deviene en la crónica polifónica, distorsionada y desafinada de una juventud abandonada, cínica, desesperanzada, pero, sin embargo, capaz de darle sentido, a pesar de sus contradicciones (o, tal vez, gracias a ellas), a palabras como libertad, dignidad, resistencia: punk not dead, «los viejos subtes no mueren».

Aun sabiendo, como también cantaba Eskorbuto, que «nadie es inocente, todos terroristas», los protagonistas de la novela logran mantener hasta el final, asumiendo las consecuencias, cierta ingenuidad, una expresión todavía adolescente entre tanto horror. Ésa es, quizá, su victoria.

Punk / Política / Perú

1965: Con su single «Demolición», la banda limeña Los Saicos inventa el punk una década antes de la invención del punk.

1968: El general Juan Velasco Alvarado encabeza la llamada Revolución de la Fuerza Armada, golpe de Estado militar que derroca al presidente Fernando Belaunde.

1969: De una escisión del partido maoísta Bandera Roja, nace en la ciudad de Ayacucho Sendero Luminoso.

1975: Una huelga general de la policía desemboca en la capital en una serie de levantamientos populares que serán reprimidos por el ejército. Tras estos sucesos —conocidos como el «Limazo»— se produce un nuevo pronunciamiento, dirigido por el general Francisco Morales Bermúdez. Diversos documentos relacionarán posteriormente el gobierno de Morales Bermúdez con la Operación Cóndor.

1980: Primeras elecciones democráticas desde 1963. Segundo gobierno de Belaunde.

1983: Se forma en Lima la banda Leusemia, principal referente del rock subterráneo. Otros grupos fundacionales del movimiento son Narcosis, Guerrilla Urbana, Autopsia o Zcuela Crrada.

1992: En un autogolpe, el presidente Alberto Fujimori —hoy en prisión por crímenes de lesa humanidad— disuelve el Congreso de la República y declara un gobierno de emergencia. Ese mismo año, la policía captura a Abimael Guzmán, aka Presidente Gonzalo, líder de Sendero Luminoso.

2003: La Comisión de la Verdad y Reconciliación presenta su informe sobre el conflicto, cuestionado por ambas partes. La Comisión cifra en casi 70.000 personas, entre muertos y desaparecidos, el número de víctimas.

2007: Publicación de Generación cochebomba, autoeditada por Roldán Ruiz.

2016: Más de seis millones de peruanos votan por Keiko Fujimori, hija del expresidente, en las elecciones generales. Es la candidata más votada, pero al no obtener mayoría absoluta es necesaria una segunda ronda, prevista para el 5 de junio.

[Artículo publicado en el periódico Diagonal (junio de 2016). Imagen].

Estaciones de invierno

Estaciones de invierno

El próximo jueves 9 de junio («Jueves será, porque hoy, jueves, que proso / estos versos…», que decía Vallejo), a las 19:30h, presentaré en el Casal de Joves del barrio de Prosperitat (Barcelona) mi tercer poemario, Estaciones de invierno, editado por Libros En Su Tinta, un proyecto independiente nacido en el distrito de Nou Barris.

El plan, básicamente: leeré algunos textos del libro; Dj Nassim pinchará la música que se escuchaba en Oakland, California, el día que se fundó el Black Panther Party; y nos emborracharemos como solo las poetas y los borrachos, y viceversa, son capaces.

Espero veros allí. ¡Salud y poesía!

[Imagen: ilustración de portada de Estaciones de invierno, realizada por Erick Zelaya].

Cucarachas enojadas (fumando marihuana)

Cucarachas enojadas (fumando marihuana)

«Busco un sitio que recaude mi comisión, venda mi perro, queme mi pájaro y me venda un cigarrillo». Es Dylan el que habla, carnal. Dylan en las calles de Londres en algún momento de la gira europea del Blonde on Blonde. Pero también Dylan en la pantalla del televisor, en el anuncio de un banco que asegura romper esquemas y liberar ataduras. Un Dylan joven, despreocupado, con gafas de sol y hasta arriba de anfetaminas, ignorante de que el Dylan viejo cobrará royalties, casi medio siglo después, por permitir que la publicidad fagocite las chorradas que él está diciendo esa mañana de 1966. Un Dylan joven que teme encasillarse en la música, quedar atrapado en algún lugar profundo de Alabama, y que en una de las canciones del disco que acaba de publicar le pregunta a su madre: «Oh, mamá, ¿esto puede ser realmente el fin?».

Esa rola, carnal. Esa melodía que asalta al periodista Hunter S. Thompson mientras atraviesa a toda pastilla el desierto de Nevada en Miedo y asco en Las Vegas; un Don Quijote lisérgico derrotado por sus libros de caballería, el cronista del derrumbe del sueño americano. Y Sancho Panza: el Doctor Gonzo, «uno de los prototipos de Dios, una especie de mutante de gran potencia que jamás se consideró para la producción en masa. Fue demasiado raro para vivir y demasiado extraordinario para morir», un samoano enorme, excesivo, violento, alucinado, enganchado a todas las sustancias posibles. «Como abogado tuyo te aconsejo que me digas dónde pusiste esa mescalina que tenemos a medias». Aunque no lo parezca, Hunter S. Thompson miente poco en sus libros: en este caso lo único que no es cierto es el nombre de su compinche, y su origen.

Z de Zapata

Óscar Z. Acosta. El Zeta, ése. El «vato número uno», en sus propias palabras. Un hippie pasado de rosca y con un ego que superaba sus ciento y pico kilos de peso; «un entusiasta de las drogas, un vago, exmisionero baptista en Panamá, exclarinetista, exrecolector de melocotones, placador de fútbol, aparcacoches, abogado, extodo». Pero también el defensor legal y portavoz de los activistas chicanos de la zona de East Los Ángeles. El Malcom X hispano, según el FBI. «Ahora me llamo Zeta. He renunciado a mi nombre de esclavo» –asegura en una entrevista–. Un nombre tomado del protagonista de una vieja película mexicana, «una combinación de Zapata y Villa». Como banda sonora, La cucaracha sampleada en los Jefferson Airplane, los murales de Diego Rivera en las latas de grafiti, la Revolución mexicana en el Black Power. Desobediencia civil y guerrilla urbana a ritmo de LSD y mota. La contracultura desde la periferia, carnal. Desde el gueto.

Porque La revuelta del pueblo cucaracha (Acuarela) no deja de ser una novela sobre cómo organizar la rabia. Una rabia que en la ciudad de Los Ángeles tiende a acumularse durante años en los barrios más pobres para acabar explotando de manera incontralable cada dos o tres décadas. Una rabia provocada por la marginación y el olvido, carnal, por la brutalidad policial y el racismo. Pero también una rabia digna que logra unir a estudiantes y pandilleros, a militantes y vecinos. Una rabia digna que no renuncia a la anarquía ni a la risa ni a la subversión de cada día, de cada momento. Como en aquella canción: «Cu­ca­rachas enojadas / fumando marihuana / buscando una fiesta». Como telón de fondo, la Guerra de Vietnam, el asesinato de Robert Kennedy, la reelección de Nixon; pequeños fragmentos de historia como túneles para contrabandistas en los que uno se va encontrando con personajes como An­gela Davis, César Chávez, Anthony Quinn, Charles Man­son –«el fascista del ácido»– o el mismo Hunter S. Thompson.

Precisamente, el padre del género gonzo y Óscar Zeta Acosta emprenden su enloquecido viaje hacia Las Vegas como consecuencia de los hechos narrados en La revuelta del pueblo cucaracha: el asesinato, en agosto de 1970, del periodista chicano Rubén Salazar –Roland Zanzíbar en la novela– a manos de la policía durante la marcha más importante (30.000 vatos, carnal, la raza) de la Moratoria Chicana, una coalición de grupos mexicano-americanos en contra de la Guerra de Vietnam. Thompson, que pretende escribir un artículo al respecto con Zeta como fuente principal, aleja al abogado de la tensión imperante en Los Ángeles y se aleja él de la abierta hostilidad de los militantes chicanos hacia un periodista gabacho. De paso, cubrirán un par de encargos para la Sports Illustrated y la Rolling Stone y se pondrán ciegos a más no poder.

Poder Pardo

«En la época en que le conocí, en el verano de 1967, hacía ya tiempo que había dejado atrás lo que él llamaba “su idilio de amor juvenil con la ley”. Lo mismo había ocurrido con su temprano celo misionero y, tras el primer año de trabajo para la asistencia social en el “centro legal para la pobreza” de East Oakland, estaba listo para librarse del academicismo de Holmes y Brandeis y asimilar un estilo más Huey New­ton y Pantera Negra a la hora de tratar con las leyes y los tribunales de América». La mención que aquí hace Hunter S. Thompson, hablando sobre Acosta, de las Panteras Negras, no es gratuita: su irrupción en la escena contracultural y política de los 60 significará un cambio radical en las actitudes y estrategias de muchos grupos de la nueva izquierda estadounidense –y del resto del mundo– y transformará por completo el contexto de la lucha por los derechos civiles. Dentro del movimiento chicano, esta influencia será evidente en organizaciones como los Brown Berets (boinas pardas) y otras; incluso en el comportamiento de Zeta en los tribunales («soy el único que de verdad odia la ley»), acusando sin tapujos al sistema judicial de racista, provocando constantemente su propio encarcelamiento por desacato o citando a declarar a todos los jueces del Estado de California. Como escribe Thompson: «Más rápido que Bo Jackson y más loco que Neal Cassady».

Óscar Zeta Acosta, el Bú­falo Pardo, desaparecerá, sin embargo, en la noche y en el mar. Una llamada a su hijo Marco desde Mazatlán, Si­na­loa, México, en 1974, será lo último que se sabrá de él. Antes de colgar le dirá que está a punto de subirse «en un barco lleno de nieve blanca». Des­pués de eso, nada. Malas compañías, demasiados excesos, un naufragio, tal vez. Pero también el mito tomando forma, reinterpretándose, reescribiéndose a sí mismo: Quetza­cóatl zarpando hacia el este, carnal. La serpiente emplumada anunciando, en su partida, su regreso.

[Artículo publicado en el número 227 del periódico Diagonal (julio de 2014). Imagen: el boxeador, poeta y activista chicano Rodolfo «Corky» Gonzáles, uno de los «personajes» de La revuelta del pueblo cucaracha].