In forgetful snow o el peso de la nieve

In forgetful snow o el peso de la nieve

no creí que la muerte hubiese deshecho a tantos
T. S. ELIOT

Empieza con el frío,
empieza con el frío y con el viento
azotando la estepa de nuestros corazones
allá donde la luz no prende,
allá donde no prende luz ni llama ni hoguera
con la que calentar los huesos enterrados
bajo geografías olvidadas
y contarnos historias mientras cae la noche
—contar historias para no caer en la noche,
contar historias para, en esta oscuridad,
ser nosotros la noche—
_________________________y dejar de temer el alba
como temen las madres las cuchillas del hielo,
como temen los coyotes los límites del desierto,
dejar de temer el alba
como la certidumbre de la nieve
sobre nuestras cabezas somnolientas,
aunque es liviano el peso de la nieve en invierno,
ligero como las plumas arrancadas al albatros
en la tierna levedad de las cadenas de montaje
para rellenar con ellas las almohadas, los abrigos
que caldean cafeterías, cómodos escaparates,
pero la estación del confort ya queda lejos:
bosquejo de un paisaje
________________________entrevisto
desde los trenes que recorren las estepas
de nuestros corazones calcinados
por la vigilia y el deseo y su exhalación,
trenes que avanzan al son de orquestas eléctricas
compuestas por músicos exquisitamente formados
en las noches cerradas del barrio chino,
en la tiniebla sorda de los call centers,
en la dulce armonía de los mataderos,
músicos ciegos bajo el sol abrasador,
ciegos bajo la crueldad de los neones,
casi podemos vislumbrarlos al pasar veloces
por desenfocadas salidas hacia el extrarradio
en los grilletes de los presidiarios
que construyeron estas carreteras
cantando canciones de algodón y de muerte,
en las cicatrices de los autoestopistas
que quedaron atrás en los retrovisores,
abandonados al fuego de agosto
o a la nieve de noviembre, la nieve
que se deshace en nuestras manos
como en estas estepas la esperanza,
así deben ver los cosmonautas las estrellas
cuando atraviesan la atmósfera de regreso
en el órfico descenso de las Soyuz,
así deben deslizarse los recuerdos
cuando aclara la cal las calaveras,
las calaveras con amor depositadas,
con tanto amor
_________________depositadas
en las cunetas.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: Parc Nacional d’Aigüestortes (Lleida)].

Noviembre

Noviembre

que cantaban desesperados desde sus ventanas
Allen GINSBERG

que después no es el frío, es aún menos que el frío
Leopoldo María PANERO

Aquí es donde el camino termina viejo aquí / en la frontera del aullido / en la carretera en la herida / aquí donde el desierto / donde los párpados / arturo han regresado los coyotes / regresaron anoche reclamando recuerdos / reclamando rescoldos retribución relámpagos / regresaron famélicos sangrantes / arrastrándose entre las alambradas / esquivando las luces & las balas / alimentándose en los vertederos / lamiéndose las cicatrices / humedeciendo sus dedos gastados / de contar billetes de 1 dólar / en estaciones de servicio / en maquilas en las intersecciones / de la 53 con la tercera / de ese dolor & esa oscuridad / vinieron para despedirse / de tu cráneo deshecho de tus cuencas vacías / vinieron desde charleville harar memphis new york / new orleans marsella sinaloa / vinieron recitando letanías / inventariando ragtimes de james booker / vinieron con lluvia & ácido arturo / a través de campos de flores muertas / a través de autopistas de napalm / desde frisco hanoi belfast adén / como poemas de dylan ametrallados / por las pulsaciones de una selectric / no se puede borrar lo escrito en esa máquina / no se puede volver atrás / solo triturar la madera con los dientes / & guardar gasolina en los pulmones / & huir mientras los demás duermen / 1 huida hacia delante / que termina contigo con el plomo / dejando entrar la luz en la mañana / vinieron para despedirse / de tus marcas de nacimiento / del tedio de tu calavera / del corazón de la tristeza / tu corazón arturo / en la frontera del aullido / allí donde terminan las canciones.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: «Arthur Rimbaud in New York», fotografía de David Wojnarowicz].

Extinción del límite

Extinción del límite

Mañana, martes 18 de octubre, compartiré lectura poética con las escritoras Lola Nieto y Marta Fuembuena Loscertales. El recital será en el Cara B de Barcelona (C/ Torrent de les flors, 36, en el barrio de Gràcia), a partir de las 20:00h. Entrada libre.

Lola Nieto (Barcelona, 1985) es doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Trabaja como profesora de lengua y literatura en un instituto. Es coordinadora de la revista Kokoro y ha publicado los poemarios Alambres (Kriller71, 2014) y Tuscumbia (Harpo Libros, 2016).

Marta Fuembuena (Zaragoza, 1985). Ha colaborado en diversas revistas, periódicos, exposiciones y colectivos de artistas. Es autora de los poemarios La excusa de los días (Comuniter, 2009), Del peligro de suerte (Quadrivium, 2012) e Iniciación de los muros (El Gallo de Oro, 2014), así como el libro Turrones para Sender (Tropo Editores, 2011). Ha sido incluida en el libro Yin, antología de poetas aragonesas (1960-2010), publicado por la editorial Olifante.

Más info aquí.

[Imagen: fotografía de Paul den Hollander].

Blue train o el hombre que soñaba con J. Coltrane

Blue train o el hombre que soñaba con J. Coltrane

Soñé con detectives perdidos en la ciudad oscura.
Roberto BOLAÑO

El hombre que soñaba con John Coltrane
amanecía despierto en los días de invierno
y tarareaba canciones para alejar el dolor,
melodías del blue train, salmos como pájaros
que regresan a la costa heridos de muerte
para silbar en la playa sus últimos versos.

El hombre que soñaba con John Coltrane
en ocasiones soñaba con un hombre ciego
que afila una armónica hecha de huesos
mientras observa a los niños jugar en la arena
y el ferrocarril se aleja para siempre del puerto,
se difumina, se desvanece sin despedidas
ni blancos pañuelos en el esqueleto de un cuadro
de Turner, en la velocidad de su lienzo.

El hombre que soñaba con J. Coltrane
abría ventanas en las noches de tormenta
para dejar entrar la lluvia en la oscuridad del cuarto,
para llenar de oscuridad la lluvia y las paredes,
las calles que se extienden lejos del mar como fronteras
del invierno y ocuparlas con naufragios, y descender
con el diluvio y la noche sobre la ciudad,
y en la falta de luz hallar una esperanza,
una estación de nieblas quizás abandonada
donde conseguir un boleto para el primer tren hacia el sur
y dejar en la madrugada su aliento
como único mensaje, por si acaso los amigos
que puede contar con los dedos de una mano
salen en la mañana a buscarlo, por si acaso la policía
le sigue los pasos, solo su aliento helado
en la madrugada, junto a la máquina de café,
junto al lavabo y las portadas de los periódicos,
junto al reloj que marca las doce,
la hora del fin del invierno.

En ese viaje el hombre que soñaba con Coltrane
conoció la ternura en la arquitectura de los puentes
y en los raíles oxidados conoció el amor,
recorrió después en las últimas hojas del otoño
las vías muertas y los viejos túneles
bautizados hace tiempo por los enamorados
y por los perros, el llanto le cubrió la cara
al lamer con la lengua desnuda la herrumbre
de los recuerdos y sentir en la garganta
el grafiti, el fuego de los encendedores,
los fragmentos de vidrio de las botellas
arrojadas al océano, las melodías que tarareó
en invierno junto a una ventana
para alejar el dolor, cuando el mundo era tan pequeño
que cabía en pañuelos blancos y fotografías
borrosas y nada sabía él de los trenes,
del sur o de los pájaros,
apenas que el mundo era tan pequeño
que cabía en la palma de la mano,
en las líneas del destino, nada más:
apenas que el mundo era tan pequeño
que cabía en unos pocos surcos
en la piel, en los discos de vinilo,
y que merecía la pena
llorar por él.

[Poema incluido en el libro Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: Coltrane tocando el saxo soprano (fuente)].

Los viejos subtes no mueren

Los viejos subtes no mueren

«Si morir es dormir, ¿qué es lo que sueña un muerto?». Adrián R, el protagonista de Generación cochebomba (Pepitas de calabaza, 2015), deambula por las calles de Lima con una canción de Eskorbuto en la cabeza. Lima la gris, Lima la horrible: una ciudad cercada por el terrorismo y la guerra sucia, por la crisis económica y la corrupción; el no future, la distopía del punk hecha asfalto. Frente a esta realidad, como en la canción de Eskorbuto, algunos chavales, los subtes, han decidido buscar en la basura algo nuevo.

Nos encontramos en la segunda mitad de la década de los 80. Sendero Luminoso marca con atentados y apagones el ritmo de una capital que se imaginaba ajena a lo que ocurre en el resto del país. El Estado responde con represión, grupos paramilitares y masacres tan indiscriminadas como las que llevan a cabo los subversivos.

Entre estas dos violencias en disputa por el poder, estas dos violencias que se pretenden nobles y legítimas, bailan los subtes cada noche su pogo, despliegan su propia violencia absurda y nihilista, reflejo distorsionado de aquellas. La banda sonora: Eskorbuto, La Polla Records y Kortatu; Sex Pistols, The Clash y Dead Kennedys; y, claro, el punk peruano, el llamado rock subterráneo.

Días y noches de alcohol y droga, derivas delirantes en carros destartalados, conciertos salvajes, conversaciones interminables, tribus urbanas, batallas campales… Y recuerdos, la memoria de una sociedad ya herida, pero aún no de muerte, «una época donde todavía se tenía esperanzas».

Adrián y sus compinches, sus causas —Pocho Treblinka, Carlos Desperdicio, Fredy Nada o el Innombrable—, rememoran constantemente su infancia, una edad y una educación sentimental inseparable de los acontecimientos políticos, una mirada indisociable de la barbarie, como cuando evocan el motín del penal El Sexto y la posterior matanza de presos a manos de las fuerzas de seguridad, mientras ellos daban clase a poca distancia de allí; escuela y prisión unidas, inevitablemente: «Los colegios y las cárceles, dijo el Innombrable, son iguales».

Muera la vida

Pero, precisamente, esta memoria —fragmentaria, oral, colectiva— se opone al discurso oficial sobre los hechos, se sitúa voluntariamente, como el punk, como el rock subterráneo, «de espaldas a la historia».

Los subtes abrazan el «no hay futuro» no como una provocación (o, al menos, no sólo como provocación), sino como la constatación del fracaso del presente; y de la misma manera, escriben en los muros la frase «muera la vida»: no es un deseo, es una afirmación. «—Sí, salud —respondió el Fredy Nada, levantando el otro trago—. Por todos nosotros: ¡La Generación del Apagón y el Cochebomba!».

Así, a través de dos relatos que se van entrelazando hasta converger definitivamente —uno, el de la escena musical underground de Lima; otro, el de un par de militantes de Sendero Luminoso que preparan acciones en la ciudad—, Generación cochebomba deviene en la crónica polifónica, distorsionada y desafinada de una juventud abandonada, cínica, desesperanzada, pero, sin embargo, capaz de darle sentido, a pesar de sus contradicciones (o, tal vez, gracias a ellas), a palabras como libertad, dignidad, resistencia: punk not dead, «los viejos subtes no mueren».

Aun sabiendo, como también cantaba Eskorbuto, que «nadie es inocente, todos terroristas», los protagonistas de la novela logran mantener hasta el final, asumiendo las consecuencias, cierta ingenuidad, una expresión todavía adolescente entre tanto horror. Ésa es, quizá, su victoria.

Punk / Política / Perú

1965: Con su single «Demolición», la banda limeña Los Saicos inventa el punk una década antes de la invención del punk.

1968: El general Juan Velasco Alvarado encabeza la llamada Revolución de la Fuerza Armada, golpe de Estado militar que derroca al presidente Fernando Belaunde.

1969: De una escisión del partido maoísta Bandera Roja, nace en la ciudad de Ayacucho Sendero Luminoso.

1975: Una huelga general de la policía desemboca en la capital en una serie de levantamientos populares que serán reprimidos por el ejército. Tras estos sucesos —conocidos como el «Limazo»— se produce un nuevo pronunciamiento, dirigido por el general Francisco Morales Bermúdez. Diversos documentos relacionarán posteriormente el gobierno de Morales Bermúdez con la Operación Cóndor.

1980: Primeras elecciones democráticas desde 1963. Segundo gobierno de Belaunde.

1983: Se forma en Lima la banda Leusemia, principal referente del rock subterráneo. Otros grupos fundacionales del movimiento son Narcosis, Guerrilla Urbana, Autopsia o Zcuela Crrada.

1992: En un autogolpe, el presidente Alberto Fujimori —hoy en prisión por crímenes de lesa humanidad— disuelve el Congreso de la República y declara un gobierno de emergencia. Ese mismo año, la policía captura a Abimael Guzmán, aka Presidente Gonzalo, líder de Sendero Luminoso.

2003: La Comisión de la Verdad y Reconciliación presenta su informe sobre el conflicto, cuestionado por ambas partes. La Comisión cifra en casi 70.000 personas, entre muertos y desaparecidos, el número de víctimas.

2007: Publicación de Generación cochebomba, autoeditada por Roldán Ruiz.

2016: Más de seis millones de peruanos votan por Keiko Fujimori, hija del expresidente, en las elecciones generales. Es la candidata más votada, pero al no obtener mayoría absoluta es necesaria una segunda ronda, prevista para el 5 de junio.

[Artículo publicado en el periódico Diagonal (junio de 2016). Imagen].

Estaciones de invierno

Estaciones de invierno

El próximo jueves 9 de junio («Jueves será, porque hoy, jueves, que proso / estos versos…», que decía Vallejo), a las 19:30h, presentaré en el Casal de Joves del barrio de Prosperitat (Barcelona) mi tercer poemario, Estaciones de invierno, editado por Libros En Su Tinta, un proyecto independiente nacido en el distrito de Nou Barris.

El plan, básicamente: leeré algunos textos del libro; Dj Nassim pinchará la música que se escuchaba en Oakland, California, el día que se fundó el Black Panther Party; y nos emborracharemos como solo las poetas y los borrachos, y viceversa, son capaces.

Espero veros allí. ¡Salud y poesía!

[Imagen: ilustración de portada de Estaciones de invierno, realizada por Erick Zelaya].

Cucarachas enojadas (fumando marihuana)

Cucarachas enojadas (fumando marihuana)

«Busco un sitio que recaude mi comisión, venda mi perro, queme mi pájaro y me venda un cigarrillo». Es Dylan el que habla, carnal. Dylan en las calles de Londres en algún momento de la gira europea del Blonde on Blonde. Pero también Dylan en la pantalla del televisor, en el anuncio de un banco que asegura romper esquemas y liberar ataduras. Un Dylan joven, despreocupado, con gafas de sol y hasta arriba de anfetaminas, ignorante de que el Dylan viejo cobrará royalties, casi medio siglo después, por permitir que la publicidad fagocite las chorradas que él está diciendo esa mañana de 1966. Un Dylan joven que teme encasillarse en la música, quedar atrapado en algún lugar profundo de Alabama, y que en una de las canciones del disco que acaba de publicar le pregunta a su madre: «Oh, mamá, ¿esto puede ser realmente el fin?».

Esa rola, carnal. Esa melodía que asalta al periodista Hunter S. Thompson mientras atraviesa a toda pastilla el desierto de Nevada en Miedo y asco en Las Vegas; un Don Quijote lisérgico derrotado por sus libros de caballería, el cronista del derrumbe del sueño americano. Y Sancho Panza: el Doctor Gonzo, «uno de los prototipos de Dios, una especie de mutante de gran potencia que jamás se consideró para la producción en masa. Fue demasiado raro para vivir y demasiado extraordinario para morir», un samoano enorme, excesivo, violento, alucinado, enganchado a todas las sustancias posibles. «Como abogado tuyo te aconsejo que me digas dónde pusiste esa mescalina que tenemos a medias». Aunque no lo parezca, Hunter S. Thompson miente poco en sus libros: en este caso lo único que no es cierto es el nombre de su compinche, y su origen.

Z de Zapata

Óscar Z. Acosta. El Zeta, ése. El «vato número uno», en sus propias palabras. Un hippie pasado de rosca y con un ego que superaba sus ciento y pico kilos de peso; «un entusiasta de las drogas, un vago, exmisionero baptista en Panamá, exclarinetista, exrecolector de melocotones, placador de fútbol, aparcacoches, abogado, extodo». Pero también el defensor legal y portavoz de los activistas chicanos de la zona de East Los Ángeles. El Malcom X hispano, según el FBI. «Ahora me llamo Zeta. He renunciado a mi nombre de esclavo» –asegura en una entrevista–. Un nombre tomado del protagonista de una vieja película mexicana, «una combinación de Zapata y Villa». Como banda sonora, La cucaracha sampleada en los Jefferson Airplane, los murales de Diego Rivera en las latas de grafiti, la Revolución mexicana en el Black Power. Desobediencia civil y guerrilla urbana a ritmo de LSD y mota. La contracultura desde la periferia, carnal. Desde el gueto.

Porque La revuelta del pueblo cucaracha (Acuarela) no deja de ser una novela sobre cómo organizar la rabia. Una rabia que en la ciudad de Los Ángeles tiende a acumularse durante años en los barrios más pobres para acabar explotando de manera incontralable cada dos o tres décadas. Una rabia provocada por la marginación y el olvido, carnal, por la brutalidad policial y el racismo. Pero también una rabia digna que logra unir a estudiantes y pandilleros, a militantes y vecinos. Una rabia digna que no renuncia a la anarquía ni a la risa ni a la subversión de cada día, de cada momento. Como en aquella canción: «Cu­ca­rachas enojadas / fumando marihuana / buscando una fiesta». Como telón de fondo, la Guerra de Vietnam, el asesinato de Robert Kennedy, la reelección de Nixon; pequeños fragmentos de historia como túneles para contrabandistas en los que uno se va encontrando con personajes como An­gela Davis, César Chávez, Anthony Quinn, Charles Man­son –«el fascista del ácido»– o el mismo Hunter S. Thompson.

Precisamente, el padre del género gonzo y Óscar Zeta Acosta emprenden su enloquecido viaje hacia Las Vegas como consecuencia de los hechos narrados en La revuelta del pueblo cucaracha: el asesinato, en agosto de 1970, del periodista chicano Rubén Salazar –Roland Zanzíbar en la novela– a manos de la policía durante la marcha más importante (30.000 vatos, carnal, la raza) de la Moratoria Chicana, una coalición de grupos mexicano-americanos en contra de la Guerra de Vietnam. Thompson, que pretende escribir un artículo al respecto con Zeta como fuente principal, aleja al abogado de la tensión imperante en Los Ángeles y se aleja él de la abierta hostilidad de los militantes chicanos hacia un periodista gabacho. De paso, cubrirán un par de encargos para la Sports Illustrated y la Rolling Stone y se pondrán ciegos a más no poder.

Poder Pardo

«En la época en que le conocí, en el verano de 1967, hacía ya tiempo que había dejado atrás lo que él llamaba “su idilio de amor juvenil con la ley”. Lo mismo había ocurrido con su temprano celo misionero y, tras el primer año de trabajo para la asistencia social en el “centro legal para la pobreza” de East Oakland, estaba listo para librarse del academicismo de Holmes y Brandeis y asimilar un estilo más Huey New­ton y Pantera Negra a la hora de tratar con las leyes y los tribunales de América». La mención que aquí hace Hunter S. Thompson, hablando sobre Acosta, de las Panteras Negras, no es gratuita: su irrupción en la escena contracultural y política de los 60 significará un cambio radical en las actitudes y estrategias de muchos grupos de la nueva izquierda estadounidense –y del resto del mundo– y transformará por completo el contexto de la lucha por los derechos civiles. Dentro del movimiento chicano, esta influencia será evidente en organizaciones como los Brown Berets (boinas pardas) y otras; incluso en el comportamiento de Zeta en los tribunales («soy el único que de verdad odia la ley»), acusando sin tapujos al sistema judicial de racista, provocando constantemente su propio encarcelamiento por desacato o citando a declarar a todos los jueces del Estado de California. Como escribe Thompson: «Más rápido que Bo Jackson y más loco que Neal Cassady».

Óscar Zeta Acosta, el Bú­falo Pardo, desaparecerá, sin embargo, en la noche y en el mar. Una llamada a su hijo Marco desde Mazatlán, Si­na­loa, México, en 1974, será lo último que se sabrá de él. Antes de colgar le dirá que está a punto de subirse «en un barco lleno de nieve blanca». Des­pués de eso, nada. Malas compañías, demasiados excesos, un naufragio, tal vez. Pero también el mito tomando forma, reinterpretándose, reescribiéndose a sí mismo: Quetza­cóatl zarpando hacia el este, carnal. La serpiente emplumada anunciando, en su partida, su regreso.

[Artículo publicado en el número 227 del periódico Diagonal (julio de 2014). Imagen: el boxeador, poeta y activista chicano Rodolfo «Corky» Gonzáles, uno de los «personajes» de La revuelta del pueblo cucaracha].

Zona Nord

Zona Nord

Barrio en la periferia de Barcelona. Una casa inundada de luz. Hay recuerdos en la madera: memoria de antigua intemperie, cartografía de libros hendidos, relación de los mapas del exilio. Los muebles guardan en su silueta la ternura de los escombros. El metal anuncia en las ventanas el tiempo de los asesinos, la edad de las prisiones. El televisor proclama la filiación del hijo del hombre, la asolación de los océanos, la perdurabilidad de sus fronteras. No obstante: la voluntad de Antígona de enterrar a los muertos. No obstante: la lluvia en mayo: el vuelo de los pájaros: la belleza de ciudades abandonadas. No obstante: la esperanza o algo semejante a la esperanza.

[Imagen: Ciutat Meridiana vista (vislumbrada, más bien) desde Torre Baró: dos de los tres barrios, junto a Vallbona, que conforman la llamada Zona Nord del distrito de Nou Barris, Barcelona].

Breve historia de los túneles

Breve historia de los túneles

Literatura y cárcel: Dostoievski, Heras, Genet y George Jackson escribieron parte de su obra a raíz de su paso por las prisiones. Hacemos un repaso por algunas de estas obras.

Memorias de la casa muerta, Fiódor Dostoievski (1862)

A la edad de 27 años, en 1849, un ingeniero militar epiléptico y ludópata, traductor de Balzac al ruso y novelista en ciernes, es condenado a muerte —junto a otras veinte personas— bajo la acusación de conspirar contra el zar. La conspiración en cuestión no pasaba de debatir intelectualmente algunas ideas relacionadas con el socialismo utópico, pero, tras las revoluciones que habían tenido lugar en Europa durante el año anterior, el imperio de Nicolás I muestra una política de tolerancia cero contra cualquier posible avance liberal. La pena de muerte, en el último momento, frente al pelotón de fusilamiento, se conmuta por cinco años de trabajos forzados en Siberia, y el ingeniero militar, de nombre Fiódor Dostoievski, vivirá toda su vida con la sensación de estar esperando que alguien apriete por fin el gatillo. La durísima experiencia de la cárcel quedará reflejada en el libro Memorias de la casa muerta y el joven progresista se convertirá en un hombre profundamente religioso y conservador, detractor del incipiente movimiento obrero y del nihilismo. Pero también en alguien para quien la literatura será la única forma de escapar de la prisión, la única forma de salvarse.

Milagro de la rosa, Jean Genet (1946)

Maldito como sólo un poeta francés puede serlo, en realidad toda la obra de Jean Genet —poesía, prosa o teatro— es una invocación a lo terrible, a lo perverso, a lo excesivo y, al mismo tiempo, un canto absoluto a la libertad. Huérfano, ladrón, chapero, iluminado, pasa de las prisiones juveniles a la Legión Extranjera, del ejército —de donde deserta— a vagabundear por las calles, y de las calles de nuevo a la cárcel en una espiral que no finaliza hasta 1948, cuando gracias a la intervención de diversos artistas e intelectuales como Sartre, Cocteau o Picasso el gobierno le concede un indulto. Su mirada desde la periferia y el suburbio, desde lo marginal y lo lumpen es el punto de partida de unos textos y una actitud crítica que irán politizándose cada vez más, algo que llevará a Genet a apoyar activamente movimientos como el Black Power o la causa palestina. Milagro de la rosa es la más autobiográfica y las más carcelaria de sus novelas, escrita de manera clandestina en pedazos de papel robados de los talleres de la prisión parisina de La Santé.

Soledad Brother, George Jackson (1970)

En 1960, en la ciudad de Los Ángeles, un chaval de 18 años llamado George Jackson es condenado a entrar en prisión por robar 70 dólares a punta de pistola en una gasolinera. La pena a cumplir es de doce meses como mínimo y, como máximo, puede llegar a cadena perpetua. Denegadas una tras otra todas sus peticiones de libertad, Jackson pasará encerrado el resto de sus días, la mayor parte de ellos en aislamiento. En agosto de 1971, con 29 años, es asesinado por los guardias de la prisión de San Quentin durante un supuesto intento de fuga. En el intervalo entre la sentencia del tribunal y los disparos, en el espacio que separa estas dos muertes, este «hermano de Soledad» —como se conoce a los tres presos afroamericanos acusados sin pruebas del asesinato de un guardia en otra prisión californiana— se enfrenta con todas sus fuerzas a la servidumbre que la cárcel impone, y entiende así que hay cárceles también al otro lado de los barrotes. Toma conciencia de lo que significa ser negro y pobre en los Estados Unidos, lee a Marx y a Mao, a Lenin y a Fanon, funda la Black Guerrilla Family, se une a los Panteras Negras, y escribe. Escribe cartas que describen el imperio del odio de las prisiones y cada carta es un agujero en la pared por donde se filtra la luz; agujeros como los de las balas que acaban con su vida dos días antes de que comience el juicio contra los Soledad brothers.

Poeta muerta, Patricia Heras (2014)

«La culpa de todo es de Miguel Hernández, la madre que me parió, es ponerme a pensar en este chico y desbordarme. Creo, porque con esta memoria pez vaya usted a saber, que el 31 es su centenario y me da el currucu con sólo pensarlo. Supongo que además estoy ovulando… Y me jode no poder estar libre para daros la brasa y recordaros cómo murió en la cárcel, cómo luchó con su pluma por el bando republicano y cómo animaba a las tropas en el frente libertario con poemas y megáfono». El 26 de abril de 2011 Patricia Heras se suicida. No es necesario explicar de nuevo aquí toda la podredumbre y toda la tristeza del caso 4F. Trabajos como el documental Ciutat morta o el libro Poeta muerta —al que pertenece esta cita de Patricia sobre Hernández— hablan por sí solos: «A la sombra se cobija el amo y señor de esta ciudad muerta», dice Heras en uno de sus poemas. Palabras para revelar y rebelar, para dejar sin sombra ni cobijo a los amos. Como las viejas canciones que entonaron los africanos secuestrados en los barcos que cruzaban el Atlántico, algunos libros fueron escritos no para lamentar la esclavitud, sino para escapar de ella, para inventar ventanas en el cemento desnudo, para abrir túneles que lleven más allá de la última alambrada. Como explica el propio Genet en el prólogo de la primera edición de Soledad Brother: «A pesar de los muros, del aislamiento, de los carceleros, de los jueces, hacia la luz, hacia las mentes libres. El tiempo del blues ha terminado».

[Artículo publicado en el número 232 del periódico Diagonal (octubre de 2014). Imagen: Angela Davis y Jean Genet, 1969 (fuente)].

Notas a pie de playa

Notas a pie de playa

Un bandoneón dispara tangos de Gardel desde la azotea del edificio más triste de la ciudad. Y las noches caen fulminadas y bailan como nunca bailaron los enamorados en febrero. En las avenidas la música se pierde entre el llanto de los árboles y mis palabras no son mis palabras, son una canción que un preso tarareó en el tejado de la cárcel una tarde de abril. Una de esas tardes que podías tocar con la punta de los párpados, en las que el mar te contaba que estuvo allí la primera vez que besaste la alegría o cuando aprendiste la palabra madrugada o en aquella ocasión en la que recorriste el cuerpo incandescente de una polilla con los ojos desnudos. No obstante, el cielo te acuchilla que nadie logró revelar las máscaras de los almanaques, y que aquel abril nunca regresó, y que el mar no se ve desde esta cárcel que se expande y conquista cada calle y sonríe como cicatriz en la garganta. Masticas páginas ajadas y las escupes con poemas, que es lo más parecido a amar que has hecho desde que se acabaron las lunas bajo tus pies. Casi no se te oye, apenas murmuras, mas tus labios encuentran la luz en una fotografía en blanco y negro, en unos zapatos gastados, en un barco con nombre inglés que navega rumbo a Orán. El olvido se resquebraja, se encoge, se quiebra, y no sabes si eso que lo atraviesa es el final o el principio, pero que sea algo, cualquier cosa menos esta insoportable lección de historia. Aunque la soportaste toda: el exilio de la ternura, la ceguera de los almendros, el suicidio de las alondras. Quizás no te quedan lágrimas en las manos ni libros que perder en los parques y sin embargo sobrevives a las derrotas que deambulan felices sin saber nada de los fantasmas. Quisiera partir contigo mi abrazo, pero estoy tan lejos. En la hora más amarga, recuerda Alicante en primavera.

[Poema incluido en el libro Todas las ciudades del fuego (Difácil, 2015). Imagen: el Stanbrook a su llegada a Orán, Argelia; había zarpado del puerto de Alicante el 28 de marzo de 1939, con casi 3.000 republicanos, los últimos que lograrían escapar antes de que la División Littorio —enviada por Mussolini en apoyo del fascismo español entrara en la ciudad. Fuente: Comisión cívica de Alicante para la recuperación de la memoria histórica].