Morir en noviembre

Morir en noviembre

Morir en noviembre, como Rimbaud.

Es tan breve el tiempo de las cerezas: la infancia es un charco de lluvia. Europa es un charco de sangre. América es una profecía, un futuro y un infierno; no el averno de Dante, sino el verano que soñó Milton —un poeta ciego—, y el que soñó Blake —un vidente— y soñamos los ángeles de Blake: una cesura en el discurso del poder, una brecha por donde la periferia se filtra, un brumario que se propaga.

Morir en noviembre: la ciudad en llamas, la lluvia que no cesa. Oh ciudad partida, exclamáis, como en un responso: ¡Oh economía! ¡Oh mercados!

Que se parta, contestamos —siempre debería haber una respuesta, siempre debe haber una canción, así es como entra la luz—, que se desplome, que se derrumben, como el tejado de este edificio, como el apellido de una casa

(¡Que reviente mi quilla! ¡Que me hunda en el mar!).

Yo también he visto el futuro, y tiemblo al recordarlo, como quien aprende un nuevo idioma, Deckard, como quien dispara a un policía.

Terminará pronto noviembre.

Es hora de morir.

[Fragmento del poema «Tannhäuser Blues»; el texto completo aparece en la revista Orsini Mag (Orciny Press, 2020). Imagen: «Arthur Rimbaud in New York» (detalle), de David Wojnarowicz.

Locomotion o sueño automático de Rimbaud el Viejo

Locomotion o sueño automático de Rimbaud el Viejo

Es inútil: esta época estéril no me retendrá
Friedrich Hölderlin

He sentido el temblor del rayo en las manos, la fiebre del trópico en la garganta. He sentido el impacto ígneo del granito en la palabra sublevada, la palabra que mata, la roca que escapa. He cruzado los mares compartiendo ron y heroína con marineros mudos que llevaban el mundo tatuado en las rótulas y en los ojos las muertes de sus amantes y la sangre de los puertos: un Potemkin acorazado contra el corazón del imperio, los cuerpos en las escaleras, en los edificios de gobierno. He presenciado cómo el tiempo devoraba el armazón de los monjes bonzo que ardieron a ritmo de rap y hardcore en Saigón, en Chicago, en Ciudad de México, la flor de loto renacida de las llamas, los solos de Coltrane y Rollins, las temporadas en el infierno, los policías que nunca lloraron por los gritos de las mujeres en las plazas, por el recuerdo de sus hijos arrojados desde las ventanas más altas de las comisarías. He cruzado los mares, ya lo he dicho, en barcos que naufragaron por el kraken, en pecios hundidos en abisales océanos por las peores pesadillas de Maldoror. He huido de la casa de mi madre un inocente niño aferrado al recuerdo de animales torturados, llegué a la Comuna en invierno y ya no había Comuna, no había París, y esa nada y ese invierno hicieron de mí lo que ahora soy, lo que siempre odié: la dialéctica del mártir, el delgado dogal de las corbatas. Contable y verdugo del ébano desnudo encadenado en los mercados. He cruzado los mares, ya lo he dicho, pero no como ellos, pretendí ser incendio en los labios y la ira del predicador, quise ser la dinamita y no el arrepentimiento, intenté arrasar los campos de algodón y las celdas de las prisiones, mas me resultó imposible. Como castigo ahora contemplo a los esclavos desfilando ante mi rostro y soy lo que siempre odié, ya lo he dicho: no el estallido en el saxo ni todas las notas de un acorde conformando una galaxia, todas las notas repetidas una y otra vez persiguiendo la primera luz del alba, repetidas como repetía la lengua de Friedrich Nietzsche los versos de Friedrich Hölderlin al recuperar sus ciegas pupilas un instante, apenas un instante, en la alegre claridad del manicomio. Repetidas como repetía Hölderlin en sus sueños los poemas que se le desvanecieron de las manos un instante, apenas un instante, antes de enloquecer.

[Publicado en Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: una pieza de la serie «Arthur Rimbaud in New York», del fotógrafo David Wojnarowicz (fuente)].

Octubre o Rimbaud vuelve a casa

Octubre o Rimbaud vuelve a casa

¡Y temo el invierno porque es la estación del confort!
Arthur Rimbaud
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Contemplo tu rostro de piedra en la oscuridad,
tu semblante surcado por diecisiete maldiciones,
tu mirada de niño viejo triste loco iluminado,
tus dientes mordiendo el odio mordiendo la vida,
persiguiendo la belleza en una lengua mutilada,
la bondad en las mandíbulas de las bestias salvajes,
y te imagino navegando ebrio por las calles de París,
te imagino borracho desnudo vomitando en los bulevares,
escupiendo a los artistas a los burgueses a los gendarmes,
escupiendo en sus bocas satisfechas tu corazón destrozado,
despertando en la madrugada con el infierno en las sienes,
huyendo de la aurora huyendo del invierno huyendo de ti,
hundiéndote más y más en la noche en la rabia en la poesía,
asaltando paredes con citas de Bolaño y punk not dead,
aullando con los lobos canciones de los Sex Pistols,
componiendo con tu llanto poemas de amor
a los pájaros que redescubrieron el fuego en las banlieues,
a los octubres que gritaron Vive la Résistance y No pasarán
antes de alumbrar nieve fundida frente a la crisálida de los muros,
al trémolo azul del revólver de Vladimir Mayakovski,
a los camaradas caídos en la Comuna,
a los camaradas caídos,
a los camaradas.

No pierdas la fe en el veneno.

He visto el futuro: no pierdas la fe en el veneno,
no rechaces el abrazo de las alucinaciones
ni repudies la caricia del ajenjo en las mejillas,
no renuncies al calor de los puños en los bolsillos,
del hachís en los huecos del sexo en las manos,
llegará un tiempo en el que te asfixiarás en la risa,
te ahogarás en la sangre en el semen de los soldados
y dirás ya lo he hecho todo lo he escrito todo
lo he destruido todo y marcharás hacia el sur
para precipitar palabras en los abismos de Abisinia,
para comerciar incansable con crepúsculos y cadáveres,
para regresar a morir al lugar donde nunca quisiste vivir,
reconciliado con la familia con la patria con Dios,
merecida recompensa en la decadencia del imperio
un cementerio en Charleville una tumba un epitafio.

Rezad por él.

Pero nosotros no creemos en Dios,
______________________________________Arturo.

No lo olvides,

nosotros no creemos en Dios,

solo en Baudelaire.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: Rimbaud serigrafiado por el artista urbano Ernest Pignon-Ernest; París, 1978].

El invierno me mataría

El invierno me mataría

De Rimbaud a su familia

El Cairo, 23 de agosto de 1887

Queridos míos:

Mi viaje a Abisinia ha terminado.

Ya os conté que, al morir mi socio, su herencia me causó grandes dificultades en Choa. Me obligaron a pagar sus deudas dos veces, y me costó una barbaridad conservar lo que había invertido en el negocio. Si mi socio no hubiera muerto, habría ganado unos treinta mil francos y, en cambio, tras casi dos años que me han agotado terriblemente, me he quedado con los quince mil que tenía al principio. ¡No tengo suerte!

Me he venido aquí porque este año en el mar Rojo hacía un calor insoportable: no bajaba de los 50-60 grados y, como me sentía muy débil tras siete años de fatigas inimaginables y de las más espantosas privaciones, pensé que dos o tres meses aquí me aliviarían aunque supongan un gasto, pues aquí no encuentro nada que hacer y la vida es al estilo europeo y muy cara.

Últimamente me mortifica un reuma en los riñones que me pone de muy mal humor. Tengo otro en el muslo izquierdo que me agarrota de tanto en tanto, un dolor articular en la rodilla izquierda y un reuma (anterior) en el hombro derecho. Tengo el pelo totalmente cano. Supongo que mi vida se deteriora.

Imaginad cómo se encuentra uno tras proezas de este tipo: cruzar el mar y viajar por tierra a caballo, en barca, sin ropa, sin víveres, sin agua, etcétera,etcétera.

Estoy exhausto. Ahora no tengo trabajo. Temo perder lo poco que tengo. Tanto, que siempre llevo en mi cinturón más de dieciséis mil francos de oro, que pesan unos ocho kilos y acompañan mi disentería.

A pesar de todo, hay muchas razones que me impiden ir a Europa: en primer lugar, el invierno me mataría; en segundo lugar, estoy acostumbrado a una vida errante y libre y, por último, no tengo un empleo. Por consiguiente, debo pasar el resto de mis días vagando entre fatigas y privaciones, con la única perspectiva de trabajar sin descanso hasta morir.

No me quedaré aquí por mucho tiempo, pues no tengo trabajo y todo es carísimo. Regresaré forzosamente cerca de Sudán, Abisinia o Arabia. Tal vez vaya a Zanzíbar, desde donde podría hacer largos viajes por África, y tal vez a China o a Japón, quién sabe.

Contadme qué tal estáis. Os deseo paz y felicidad.

Saludos,

Dirección: Arthur Rimbaud
Lista de correos, El Cairo (Egipto)

[Arthur Rimbaud, Cartas de África (Gallo Nero, 2016), páginas 67-69. Imagen: fotografía de Rimbaud (segundo por la derecha) en el Hotel del Universo de Adén (Yemen)].

No trabajaremos jamás

No trabajaremos jamás

«Generación tras generación, cada vez somos más los supernumerarios, «los inútiles para el mundo», o para el mundo, en todo caso, de la economía. Desde hace sesenta años hay gente como Wiener que profetiza que la automatización y la cibernetización van a «producir un desempleo en comparación del cual las dificultades actuales y la crisis económica de los años 1930-1936 parecerán cosa de broma», así que la cosa tenía que acabar llegando. Según las últimas noticias, Amazon se está pensando abrir en Estados Unidos dos mil supermercados íntegramente automatizados, sin caja y en consecuencia sin cajeras, sometidos a un control total, con reconocimiento facial de los clientes y análisis en tiempo real de cada uno de sus gestos. Al entrar, uno pasa su smartphone por un terminal y a continuación se sirve. Todo lo que elijas se carga automáticamente a tu cuenta Premium gracias a una aplicación, y todo lo que devuelvas a la estantería se te vuelve a abonar. Se llama Amazon Go. En esta distopía mercantil futurista ya no hay dinero líquido, ni colas, ni robos ni casi empleados. Se prevé que este nuevo modelo debería alterar todo el ámbito de la distribución, el mayor proveedor de empleos en los Estados Unidos. A largo plazo, son tres cuartos de los empleos los que deberían desaparecer en el sector de las tiendas de conveniencia. En términos más generales, si nos atenemos a las previsiones del Banco Mundial, para el año 2030 habría desaparecido el 40 % de la masa de empleos existentes en los países ricos bajo el empuje de la «innovación». «No trabajaremos jamás» era una bravata de Rimbaud. Va camino de convertirse en la lúcida constatación de una juventud al completo.

»De la extrema izquierda a la extrema derecha, no faltan charlatanes para prometernos sempiternamente «el restablecimiento del pleno empleo». Quienes quieren hacernos añorar la edad de oro del salariado clásico, sean marxistas o liberales, acostumbran a mentir sobre su origen: aseguran que el salariado nos habría liberado de nuestra servidumbre, de la esclavitud y de las estructuras tradicionales; que habría constituido, en suma, un «progreso». Cualquier estudio histórico un poco serio demuestra, por el contrario, que nació como prolongación e intensificación de las relaciones de subordinación anteriores. Hacer de un hombre el «detentador de su fuerza de trabajo», y que esté dispuesto a «venderla», es decir incorporar a las costumbres la figura del Trabajador, es algo que requiere no pocas expoliaciones, expulsiones, pillajes y devastaciones, no poco terror, medidas disciplinarias y muertes. Es no comprender en absoluto el carácter político de la economía, no ver que de lo que se trata en el trabajo es menos de producir mercancías que de producir trabajadores; esto es, una determinada relación con uno, con el mundo y con los otros. El trabajo asalariado fue la forma de mantenimiento de un cierto orden. La violencia fundamental que contiene, esa que hace olvidar el cuerpo molido del obrero en cadena, el minero fulminado por una explosión de grisú o el burn out de los empleados sometidos a una presión empresarial extrema, guarda relación con el sentido de la vida. Al vender su tiempo, al convertirse en súbdito de eso para lo que se le emplea, el asalariado pone el sentido de su existencia en las manos de aquellos a los que esta deja indiferentes, de aquellos cuya vocación consiste incluso en pisotearla. El salariado ha permitido a generaciones de hombres y de mujeres vivir eludiendo la cuestión del sentido de la vida, «siendo provechosos», «haciendo carrera», «sirviendo». Al asalariado siempre le ha sido lícito dejar dicha cuestión para más tarde —hasta la jubilación, digamos—, mientras lleva una honorable vida social. Y como, según parece, una vez jubilado ya es «demasiado tarde» para planteársela, ya no le queda más que aguardar pacientemente la muerte. De tal modo se habría conseguido pasar una vida entera sin haber tenido que entrar en la existencia. El salariado nos aligeraba así del pesado fardo del sentido y de la libertad humana. No en vano El grito de Munch perfila, todavía hoy, el verdadero rostro de la humanidad contemporánea. Lo que ese desesperado no encuentra sobre su espigón es la respuesta a la pregunta: «¿Cómo vivir?»».

[Ahora, Comité Invisible (Pepitas de calabaza, 2017), páginas 96-99. Imagen: detalle de El grito (Edvard Munch, 1893)].