Bartleby contra Godot

Bartleby contra Godot
Reseña de Filtraciones (Caballo de Troya, 2015), de Marta Caparrós

Filtraciones es el título del primer libro de Marta Caparrós (Madrid, 1984) y también de la tercera de las cuatro novelas cortas que lo conforman. En esta historia, una pareja de treintañeros que están a punto de ser padres son incapaces de arreglar, por más que lo intentan, unas humedades en su cuarto de baño; reparación tras reparación, la mancha en el techo reaparece, quizá como metáfora de una crisis económica que ha ido permeando todos los aspectos de la vida y que ha resistido cada reforma, pues estas no han pretendido nunca solucionar nada, apenas disimular los agujeros y disfrazar el abandono.

Así, los protagonistas de «Filtraciones», y los protagonistas de Filtraciones, se han acostumbrado a vivir con esas manchas en su cotidianidad: licenciados universitarios ya no tan jóvenes que ven cómo sus estudios no sirven para nada y se ven obligados a emigrar, a aceptar trabajos basura, a regresar a casa de sus padres… La contraportada de Filtraciones —publicado en 2015, cuando la editora de Caballo de Troya (sello que tiene un «editor invitado» cada año) era Elvira Navarro— hace referencia al 15M. También alguna de las nouvelles del libro, especialmente la segunda, «Atrevimiento»; pero las cuatro historias hablan, sobre todo, de eso que se ha llamado «precariado» y de sus contradicciones: la «generación más preparada» —¿preparada para qué?— enfrentada a la ruptura del contrato social.

Como si esperaran a Godot, los personajes de Filtraciones aguardan un regreso a la normalidad que nunca llega, una vuelta a una época anterior a la crisis; pero la crisis es el estado natural del capitalismo, y el cronómetro su medida: un tiempo fuera del tiempo en el que deambula una generación abocada, a la vez, al desempleo y a la explotación, a la rutina y a la incertidumbre. Ante este gris panorama, los personajes marcan en el calendario las fechas señaladas, los momentos en los que la vida puede separarse de todo aquello que es servidumbre. Apenas grietas por donde se cuela algo de luz, es cierto. Pero grietas, al fin y al cabo.

Y el 15M, ahora sí, como grieta que se hace fractura y permanece después de su supuesta desaparición. De nuevo la metáfora de la filtración para hablar de aquello que nunca se somete del todo a las lógicas del mercado; formas de resistencia que en ocasiones desembocan en desafección y desidia, pero que, en cualquier caso, como aquel «preferiría no hacerlo» de Bartleby, son negaciones radicales y espontáneas del poder y de sus simulacros.

¿Qué queda del 15M? Nada. Muy poco. Nosotras, tal vez.

Es decir: todo.

[Texto publicado en el #93 de la revista digital de literatura The Barcelona Review (enero de 2018). Imagen: pancarta de Occupy Wall Street].

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El latido en los márgenes

El latido en los márgenes

«Muerte, ya llego / espérame». El 27 de febrero de 1962, la poeta Elise Cowen salta al vacío desde la ventana de la casa de sus padres, un séptimo piso del barrio de Washington Heights, en Manhattan. Por esas fechas, las calles de Nueva York se han llenado de nuevos hipsters y jóvenes bohemios llegados desde todos los rincones del país; de imitadores de Jack Kerouac que se ponen ciegos en los tugurios del Greenwich Village y recitan de memoria fragmentos de En el camino, la novela que Kerouac ha publicado apenas cinco años atrás, la biblia de los beatniks.

Kerouac, entonces recluido por propia voluntad en casa de su madre, alcoholizado y reaccionario, reflejo distorsionado del mito que él mismo ha forjado, escribe en una carta a Allen Ginsberg: «Detesto a las tías dominantes, son todas un montón de putas y embusteras».

Las beats son vistas únicamente como esposas, amantes o musas; como creadoras no encuentran referentes ni apoyos, no tienen nombres que abrazar ni ídolos que matar.

A pesar de haberse enfrentado también a la sociedad de su tiempo, no hay reconocimiento ni sueños de carretera para ellas. Sólo el olvido, y la ciudad, como cárcel, delimitando el espacio de lo posible. «Muerte, ya llego / espérame. / Sé que estarás / en la estación de metro».

«Las que abandonamos el nido carecíamos de un modelo a seguir. No queríamos ser como nuestras madres, ni como nuestras maestras solteronas, ni como las curtidas profesionales que salían en las películas. Y nadie nos había enseñado a convertirnos en artistas o escritoras», cuenta Joyce Johnson en su excelente autobiografía Personajes secundarios.

Tras la aparición de las obras fundacionales del movimiento —En el camino, Aullido y El almuerzo desnudo—, la incipiente contracultura estadounidense no tarda en establecer su propia leyenda y su propio canon, en el cual no tienen cabida las mujeres.

En el prólogo de Beat Attitude (Bartleby, 2015), la antóloga y traductora Annalisa Marí Pegrum lo explica así: «Muchas de las artistas de la generación beat fueron mujeres atribuladas que se vieron obligadas a luchar contra las restricciones de la cultura, de la familia y de la educación, a la vez que intentaban desarrollar su talento artístico a la sombra de algunos de los escritores más emblemáticos del grupo […]. Hubo mujeres, aunque a menudo su obra haya quedado esparcida en revistas agotadas o en ediciones difíciles de encontrar […]. Hubo mujeres. Su obra es más extensa y coherente de lo que parece, aunque una parte importante haya permanecido dispersa, a veces sin publicar».

La poesía completa de Elise Cowen, por ejemplo, —al menos la que pudo salvarse, tras su suicidio, de la censura familiar— no vio la luz hasta el pasado 2014.

Off the road

Denise Levertov, Lenore Kandel, Elise Cowen, Diane di Prima, Hettie Jones, Joanne Kyger, Ruth Weiss, Janine Pommy Vega, Mary Norbert Körte y Anne Waldman son las poetas que aparecen en Beat Attitude.

Al igual que sus compañeros de generación, participaron en recitales, montaron revistas y editoriales, tuvieron problemas con la justicia por sus textos y por su activismo político, experimentaron con las drogas y con sus cuerpos y, sobre todo, escribieron. Al contrario que ellos, su obra fue recibida con indiferencia y desconcierto, a la marginalidad que implicaba el modo de vida elegido y el rechazo explícito del american way of life se le sumaba la marginación que las mujeres sufrían en la escena literaria, incluso por parte de sus propios pares.

Aunque comparten muchos temas y preocupaciones —jazz, sexo, espiritualidad, conciencias alteradas, precariedad económica, rechazo a las convenciones morales— los poemas de Beat Attitude están atravesados por el desasosiego de unas escritoras que querían ir más allá de la habitación propia, incluso más allá de la carretera.

Su poesía es una forma de reivindicación, pero también de resistencia, y de revolución: una poesía, como clamaba Rimbaud, para transformar la vida. Una poesía como campo de batalla, como concluye Anne Waldman en los versos que cierran el libro: «Hombres que salisteis de mí, apartaos ahora / Las palabras salen de mi vientre / Gimen mientras el mundo se hace añicos / El cuerpo hechizado / El cuerpo hecho de esto / El cuerpo usó las medidas de la mujer / para explicar la ferocidad del presente / que camina sobre la periferia del mundo».

Personajes secundarios

La editorial Libros del Asteroide publicó en 2008 la autobiografía de la escritora beat Joyce Johnson —la versión original, en inglés, es de 1983—. En la portada podemos ver una fotografía de Kerouac, en primer plano, mirando entre confiado y desafiante a la cámara. Unos metros detrás de él, desenfocada y casi fuera de cuadro, una joven Johnson aguarda paciente al «heredero de Charlie Parker».

En las primeras páginas de Personajes secundarios, la autora explica: «El movimiento beat duró cinco años y empujó a muchos jóvenes a imitar a Jack Kerouac y lanzarse a la carretera. A las chicas, la lucha por la libertad les resultó mucho más complicada. Con todo, aquélla fue mi revolución. Yo no me moví de Nueva York. Tan sólo dejé el barrio en el que había crecido y me mudé al sur de Manhattan. Y, por accidente, terminé acompañando a Jack Kerouac en el centro del escenario, donde estaba la acción, aunque siempre me sentí en los laterales».

[Artículo publicado en el número 254 (octubre de 2015) del periódico Diagonal. Imagen: LeRoi Jones y Diane di Prima; foto de Fred W. McDarrah (abril de 1960)].