Ítaca Distrito Federal

Ítaca Distrito Federal

En un ensayo publicado en 2011, en el primer número de la revista Orsai, el escritor mexicano Juan Villoro hablaba, entre otras cosas, de la relación de su progenitor, el filósofo Luis Villoro, con el EZLN. Como tantos exiliados españoles, Villoro inventó en México un país que no existía, ubicado entre la memoria y el deseo. «Escoger una patria es una forma de buscar un padre. El mío optó por Aníbal y las huestes de Cartago hasta que en 1994 encontró en el zapatismo a su tribu demorada». Frente al desarraigo que provoca una realidad ajena, los recuerdos como tronco al que aferrarse para sobrevivir al naufragio; frente a la incertidumbre de no sentirte en lugar alguno, la utopía como costa que alcanzar.

«Difícil de creer que, veinte años después de aquel ‘nada para nosotros’, resultara que no era una consigna, una frase buena para carteles y canciones, sino una realidad, la realidad», afirma el Subcomandante Marcos en su último comunicado. La utopía es, por definición, un lugar que no está en ninguna parte: al negar su existencia comenzamos a imaginar su posibilidad. Es éste el mismo proceso que transforma el «nada para nosotros» en un «para todos todo». Es el mismo proceso, igualmente, el que convierte el pasamontañas, la máscara, en un rostro. Ocultarse para ser vistos, no ser nadie para ser cualquiera.

Para vivir, morir

Escribí hace un par de años, en este medio, un artículo sobre el concepto del personaje colectivo que arrancaba con la cara de Guy Fawkes. En V de Vendetta, el protagonista también encuentra su identidad en un pasado derrotado que la memoria, subjetiva, fragmentaria, subversiva, recupera, difuminado entre la historia y el mito, y traslada de negación de lo real a símbolo de lo posible. «Porque eras tan grande, V, ¿y si no eres nadie?», se pregunta Evey Hammond antes de entender que no importa quién se esconda tras la máscara de Fawkes. El poder, cuyo discurso sobre sí mismo pretende dominar espacio y tiempo, se resquebraja ante una resistencia que rechaza ocupar su lugar, que combate para desaparecer: «Brindemos por todos nuestros terroristas, por todos nuestros bastardos, los más odiosos y los que no podemos perdonar. Bebamos a su salud y que no los veamos nunca más».

Las recientes palabras de Marcos se asemejan mucho a esta cita de Alan Moore. Un ejército consciente de la urgencia de su fracaso; un líder destinado a morir para renacer en otros, colectivamente. El 1 de enero de 1994, el día que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio entre México, EE UU y Canadá, los zapatistas se levantaban en armas contra el Gobierno: el sueño del neoliberalismo confrontado por quienes sufren sus pesadillas.

Los indígenas del sureste mexicano renunciaban a interpretar el papel que les había sido asignado, el de perdedores, el de olvidados. Desde Chiapas, la historia era declarada, a la vez, farsa y tragedia. Empezaba así el periplo a la inversa de vencer siendo derrotado, de gritar en silencio, de mandar obedeciendo. Ahora, dos décadas después, el principal vocero del EZLN declara que él sólo ha sido un «holograma» al servicio de la causa, que ya no es necesario y debe dejar de existir, y desaparece reencarnándose en el nombre de un compañero muerto. Dos décadas, la duración exacta de una odisea.

Si la utopía es un lugar posible pero inexistente, una mirada a un futuro por construir, la máscara representa la simultaneidad de diversas posibilidades, de diversas miradas en las que se entremezclan realidad y ficción. Negando una identidad concreta se superponen muchas otras que acaban componiendo un todo que va más allá de la persona que viste la máscara.

Pero en ocasiones no hace falta cubrirse el rostro. El juego de espejos se produce con algo tan sencillo como un cambio de nombre. Ocultar parcialmente la realidad permite, precisamente, revelar mucho más de ella. El propio Juan Villoro, en su novela El testigo (Anagrama, 2004), enmascara en un personaje llamado Ramón Centollo al poeta mexicano Mario Santiago Papasquiaro, más conocido, curiosamente, por otro seudónimo, el que le puso Roberto Bolaño en Los detectives salvajes: Ulises Lima. Lima por Hora Zero, un movimiento peruano de poesía de vanguardia muy admirado por los infrarrealistas –esto es, Bolaño y Papasquiaro–; Ulises por el héroe de la Guerra de Troya, que tardará veinte años en regresar a casa, los mismos que Lima y Arturo Belano, el álter ego de Bolaño. Ulises, que ante el cíclope Polifemo asegurará llamarse Nadie.

Definirnos por lo que somos y por lo que queremos ser; mantener encendidos el fuego y la palabra. La memoria y la utopía como un único recorrido que termina para volver a iniciarse. A pesar de Thomas More, Utopía nunca podrá ser una isla. Utopía es un camino. Y como dijo el poeta griego Konstantinos Kavafis: «Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo».

[Artículo publicado en el número 224 (junio de 2014) del periódico Diagonal. Imagen: cartel a la entrada del Caracol de Oventic, en Chiapas, México].

El perseguidor #3: 1976-1996-2016

El perseguidor #3: 1976-1996-2016

Roberto Bolaño publicó Los detectives salvajes en 1998, en Anagrama. La novela había resultado ganadora del premio Herralde, reconocimiento que otorga anualmente esta editorial a una obra inédita. El libro, dividido en tres partes, narra las aventuras y desventuras, durante dos décadas, de Arturo Belano —quien no es otro que el propio Bolaño enmascarado— y Ulises Lima —a su vez, el alter ego del poeta mexicano Mario Santiago Papasquiaro—.

La primera y la tercera parte, «Mexicanos perdidos en México» y «Los desiertos de Sonora», son contadas mediante el diario del joven escritor Juan García Madero, y acontecen en las últimas semanas de 1975. La segunda parte, titulada, como la novela, «Los detectives salvajes», narra, a través de los testimonios de decenas de personajes, las idas y venidas de Belano y Lima por América, Europa y África, entre 1976 y 1996. Son, como decíamos, veinte años, el tiempo canónico de cualquier odisea. Una odisea sin final, en este caso, sin Ítaca ni regresos, una odisea derrotada en la que se enumeran todos los fracasos posibles, los políticos y los artísticos, los de las revoluciones y los de la vanguardias.

Y aun así, la evidencia del fracaso se difumina, se distorsiona, se subvierte en la electricidad del viaje, y la búsqueda de la poeta estridentista Cesárea Tinajero pasa a ser la persecución de la poesía, de la palabra, una búsqueda válida y necesaria independientemente de su final y del paso del tiempo. Y tal vez ahí es donde está la isla. Tal vez ahí es donde la utopía permanece.

Puedes escuchar el programa aquí:

Y también aquí.

Tracklist:

– «I’ve Got To Surf Away» / Le Grand Miercoles
– «Los Mariachis» / Charles Mingus
– «Beneath The Southern Cross» / Patti Smith
– «Ciudad Perdida» / La Revolución de Emiliano Zapata
– «Black Disciples» / Ernest Ranglin
– «Volver a los 17» / Violeta Parra
– «Should I Stay Or Should I Go?» / Los Fabulosos Cadillacs
– «96 Tears» / Question Mark & The Mysterians
– «Groovin’ High» / Charlie Parker
– «The End» / The Doors

[Imagen: Roberto Bolaño (fuente)].

Introducción: déjenlo todo, nuevamente

Introducción: déjenlo todo, nuevamente

El 10 de noviembre de 1891 muere en Marsella Arthur Rimbaud. Tras pasar más de una década en África y Oriente Próximo, había regresado a Francia en mayo para tratar una dolencia en su rodilla derecha que le cuesta primero la pierna y finalmente la vida. Tenía treinta y siete años. Al entierro en Charleville, su ciudad natal, solo acuden su madre y su hermana, quienes graban en la lápida: «Rezad por él». Acertado epitafio para el hombre que ahí yace, el comerciante en Adén, el traficante de armas en Harar. Pero Rimbaud, ya lo sabemos, siempre es otro, aquel que «escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos». En los cafés, en las tertulias literarias de París, lejos de orar por su alma, los poetas comienzan a venerar la figura y la obra del enfant terrible por excelencia; del punk que con 19 años había transformado la poesía para abandonarla de inmediato, agotado de intentar cambiar con las palabras, igualmente, la vida. No obstante, como el fantasma de Marx y Engels, un rumor, casi un susurro, recorre Europa: hay que hallar una lengua capaz de nombrar lo desconocido. Hay que robar el fuego. A pesar del fracaso, o quizás, a través de él.

«Déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos». En 1976, en México DF, un joven poeta chileno cierra con esta frase el primer manifiesto del Infrarrealismo. Su nombre es Roberto Bolaño, pero también él es otro, también él se llama Arturo. Tiene veintitrés años y está loco; ha perdido un país pero ha ganado un sueño, y con ese sueño lo demás no importa. Hasta aquí ha llegado el rumor. Bolaño perseguirá a Rimbaud por medio mundo, perseguirá el fuego. En Los detectives salvajes contará esa búsqueda, la crónica de algo que parece una derrota y sin embargo es de nuevo un aullido, una llamada a los caminos. Ahora, en México DF, en 1976, cuando apenas empieza esa odisea, Bolaño reclama en el manifiesto infrarrealista: «Desplazamiento del poema a través de las estaciones de los motines […]. ¡Rimbaud, vuelve a casa!».

Ese mismo año, en Nueva York, Patti Smith otra punki, otra poeta graba y publica su segundo álbum: Radio Ethiopia, título en homenaje, precisamente, a Arthur Rimbaud. «When, when will you return?», canta en «Distant Fingers», la tercera pista del disco. «¿Cuándo volverás?». O también: «¡Rimbaud, vuelve a casa!». Pero para poder regresar es necesario marcharse. La propia Smith publica en 1996 el álbum Gone Again, donde se incluye «Beneath the Southern Cross», tema que algún tiempo después dedicará a Bolaño en sus conciertos. Veinte años separan estos dos discos; los mismos veinte años, exactamente, del viaje de Arturo Belano y Ulises Lima. Pero Ítaca no es un lugar, no hay hogar al que regresar, nuestra única casa es, tal vez, la palabra. Como si pudiéramos decir con Félix Grande: «yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje». Como si pudiéramos decir con el poeta palestino Mahmud Darwish: «Y esto que parece la muerte es la victoria». Como si pudiéramos decir con Rimbaud: «La verdadera vida está ausente». O mejor: esto que llamamos vida, no lo es.

Y hoy, otra vez, casi veinte años más tarde, es 10 de noviembre. La vida está en otra parte, y el invierno se aproxima. «Y temo el invierno, porque es la estación del confort».

Déjenlo todo, nuevamente.

[Imagen: stencil de Rimbaud en el barrio parisino de Le Marais. Fuente: Wikimedia Commons].