Proyecto Manhattan Mon Amour

Proyecto Manhattan Mon Amour

Guy Montag se aleja de la ciudad cuando las bombas caen. El estado fascista para el que trabajaba quemando libros desaparece bajo el fuego de las armas nucleares. El único futuro posible la utopía avanza retrocediendo, del papel a la memoria, parece decir Ray Bradbury. Montag y el resto de exiliados, sin embargo, deciden volver sobre sus pasos, construir sobre las ruinas. La esperanza, como el fénix, renace de sus cenizas, dice en realidad Bradbury, que alquila por horas una máquina de escribir en el sótano de la biblioteca de la Universidad de California para añadir palabras e incendios a una novela corta, The Fireman, que acabará convirtiéndose en otra novela un poco más larga titulada Fahrenheit 451.

Es 1953. En junio el gobierno de los Estados Unidos ejecuta en la silla eléctrica a Ethel y Julius Rosenberg, un matrimonio acusado de espionaje por haber entregado, supuestamente, los secretos de la bomba atómica a Moscú. Apenas un mes más tarde finaliza en tensa calma la Guerra de Corea, que había comenzado en 1950, año en el que el senador Joseph McCarthy iniciaba una cruzada contra todo lo antiamericano y desataba una caza de brujas contra artistas, intelectuales y políticos de izquierda. Los juicios de Salem se repetían dos siglos y medio después. Es 1953, decimos, y Ray Bradbury intenta vender una distopía sobre la censura en un país que aclama a los carceleros. La flamante bomba H deja a las de Hiroshima y Nagasaki a la altura del betún. El reloj del Juicio Final marca dos minutos para las doce. La Guerra Fría es cualquier cosa, menos fría.

Jesús es una bomba H

Retrocedamos un poco. Es 1949. La URSS anuncia que tiene la bomba. Mao Zedong proclama la República Popular. El pánico moral que se apodera de la sociedad estadounidense a través del discurso anticomunista también cambia la visión que los norteamericanos tienen de la energía atómica. De ser el héroe del Pacífico, obligando a Japón a rendirse y acabando así, según la versión oficial, con una guerra que podría eternizarse, pasa ahora a ser némesis en manos del nuevo (más o menos) enemigo. El hongo nuclear deja de ser fugaz interpretación un símbolo de la cultura de masas y de la victoria del capitalismo.

Las nuevas reglas del juego, después de la Segunda Guerra Mundial, están claras: en cualquier momento todo puede saltar por los aires. Es 1949 y un tipo llamado Lowell Blanchard todavía se atreve a cantar «todo el mundo está preocupado por la bomba atómica pero nadie se preocupa por el día en que mi Señor venga, cuando los golpee, Dios todopoderoso, como una bomba atómica». Pero ya no tiene gracia. El verdadero Apocalipsis está a la vuelta de la esquina y la esquina casi se llamará Corea, Berlín o Cuba.

Sin embargo, el miedo es un arma de doble filo. Una cosa es tener claro quiénes son los malos y otra muy distinta estar tan asustado como para no comprar. Décadas de desarrollo de propaganda y media sirven para hacer creer a la gente que la vida no tiene por qué acabar con el fin del mundo. Es más, el fin del mundo se puede convertir en un engranaje más de la máquina, una nueva sección en los supermercados. Los manuales de supervivencia proliferan y las técnicas se perfeccionan. El sueño americano no está completo si la casita con jardín en los suburbios no incluye un búnker donde esperar pacientemente a que pase el desastre. En cualquier caso, no hay que preocuparse demasiado: la Tercera Guerra Mundial será cualquier cosa, menos larga.

Sacaré fuera esa bomba

La energía atómica apuesta, incluso, por mostrar una cara amable, la de las centrales que acabarán con la dependencia de los combustibles fósiles. Pero el tiempo pone cada cosa en su lugar. Con la llegada de los ‘60 el arsenal de ambas potencias es tan enorme que basta el aleteo de una mariposa para desencadenar la Destrucción Mutua Asegurada. Con la Crisis de los misiles se instala el teléfono rojo y Kubrick parodia el asunto en Dr. Strangelove pero la Guerra de Vietnam primero y la Crisis del petróleo después aportan nuevas perspectivas. A pesar de que la peor pesadilla de los beatniks pueda ser un texano cabalgando la bomba o que el punk le cante años más tarde a la era nuclear, la partida atómica está en tablas. Y nadie quiere ganar.

El definitivo desencanto llega con la primavera. Primero como simulacro: Jane Fonda y Jack Lemmon protagonizan una película, The China Syndrome, en la que está a punto de producirse la fusión de un reactor nuclear. Después, como en aquel cuento de Borges del mapa, como realidad. A los doce días del estreno, en la central Three Mile Island de Pensilvania, está a punto de producirse la fusión de un reactor nuclear. Es marzo de 1979 y tal vez el material radioactivo no atraviese la Tierra hasta llegar a las antípodas, pero termina de resquebrajar la confianza de la población en los nietos de Little Boy y Fat Man.

Finalmente es 1986 y se produce el accidente de Chernóbil. Es 1986 y Alan Moore aniquila con meses de anticipación y de una sola tacada a la Guerra Fría y a la cultura popular estadounidense en el cómic Watchmen, donde un superhéroe llamado Doctor Manhattan, heredero de Oppenheimer y Einstein más que de Superman, disecciona medio siglo utilizando el átomo como bisturí. Es 2013, decimos, y Fukushima sigue a la vuelta de la esquina y el reloj marca cinco minutos para la medianoche y la esperanza se empecina, a pesar de todo, en regresar, una y otra vez, a las ciudades. Pero esa es otra historia.

[Artículo publicado en el número 194 del periódico Diagonal (marzo de 2013). Imagen: fotograma de la película Dr. Strangelove (Stanley Kubrick, 1964)].

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Guerrilla (de la comunicación)

Guerrilla (de la comunicación)
Carnaval

La risa, la risa salvaje, la risa colectiva como elemento subversivo; el carnaval como inversión del estado de las cosas, como espejo cóncavo de un sistema absurdo, como ridiculización del poder a lo largo de la historia, desde la Edad Media a los Carnavales contra el capitalismo de finales del siglo XX y las grandes manifestaciones del movimiento antiglobalización.

Culture jamming

Interferencia cultural; término creado por la banda experimental Negativland en 1984; sinónimo de guerrilla de la comunicación empleado principalmente en Estados Unidos, aunque algunos autores consideran que el culture jamming se centra principalmente en la contrapublicidad (subvertising), el anticonsumismo y la crítica a los media, sin llegar a cuestionar realmente el sistema.

Cultura popular

La guerrilla de la comunicación renuncia a las vanguardias y a las minorías revolucionarias para asumir que cualquiera puede ser un agente del cambio y la subversión. Se recupera lo popular como discurso de resistencia, desde lo pequeño y lo cotidiano, a las lógicas del capitalismo; popular no en el sentido de baja cultura como planteaba, por ejemplo, Adorno sino más bien en la onda de aquella canción de Siniestro Total: «¡Cuidado! A veces engañan las apariencias, el guapo suele ser casi siempre un bellaco al final».

Distanciamiento

Junto con la sobreidentificación, uno de los dos grandes principios de la guerrilla de la comunicación. Pequeñas perturbaciones en la gramática cultural, ruido en las expresiones cotidianas del poder para hacer asomar sus contradicciones, un inesperado cambio de contexto, un hay algo aquí que va mal, un fallo en Matrix. Algo tan sencillo, por ejemplo, como salir a la calle durante la campaña electoral y pintar un bigotito estilo Hitler en los rostros impresos en vallas y carteles de todos los candidatos.

Fake

Básicamente, inventar hechos falsos con la intención que produzcan consecuencias reales, utilizando normalmente para dicho fin los medios masivos (o una falsificación de los mismos). Por ejemplo, con la elección del nuevo Papa y los rumores de su relación con las Juntas Militares argentinas aparecieron en redes sociales y blogs decenas de fotos donde se podía ver al futuro Francisco I junto a Videla. Finalmente resultó que Bergoglio no era ninguno de esos cardenales o sacerdotes, pero qué importaba: si Bergoglio representa a la Iglesia, toda la Iglesia es Bergoglio.

Gramática cultural

Partiendo de los conceptos de la semiótica y la lingüística, la guerrilla de la comunicación entiende por gramática cultural las reglas y convenciones cuyo aprendizaje, casi siempre inconsciente, sirve para mantener un orden social basado en unas determinadas relaciones de poder. El dominio cotidiano se instala no con la violencia ejercida directamente por el poder al menos no solo con eso sino a través de la cultura hegemónica, esto es: todo. O casi. Y si la cultura es todo, la cultura también es política.

Guerrilla de la comunicación

Conjunto heterodoxo y abierto de teorías, herramientas, métodos, acciones y prácticas políticas política, como decimos, en su sentido de negociación cotidiana de los espacios del poder dirigidas a subvertir los discursos de dominación de las sociedades capitalistas a través de sus propias estructuras y códigos, cuestionando así su supuesta legitimidad y su normalización social, y tratando de abrir, en definitiva, nuevos espacios para utopías. La subversión, entonces, no se consigue a través de la veracidad de la información o de lo explícito del mensaje, sino deconstruyendo la estética del poder. El término aparece por primera vez en el libro Manual de guerrilla de la comunicación, publicado originalmente en Alemania a finales de los ’90 (firmado por el grupo autónomo a.f.r.i.k.a., Sonja Brünzels y Luther Blisset) aunque muchas de las ideas y procesos que recoge ya existían con bastante anterioridad.

Happening

Intervención política masiva en el espacio público relacionada con el teatro experimental y el activismo artístico y consistente, básicamente, en realizar una determinada acción que transgreda las normas sociales, o incluso legales. Recientemente ha aparecido el flashmob, que podríamos considerar una versión del happening donde el componente artístico y el político no están, en general, tan acentuados.

Internacional Situacionista (IS)

El gran referente teórico de la guerrilla de la comunicación, aunque en la práctica acabara difuminándose en discusiones internas, casi fagocitada por la figura de Guy Debord. Heredera de varios grupos artísticos de vanguardia como la Internacional Letrista o el Movimiento Internacional para la Bauhaus Imaginaria, se suele decir que el Mayo francés pilló a todo el mundo desprevenido menos a los situacionistas, que llevaban años preparándose para algo así. Sea esto una exageración o no, lo que es seguro es que la IS desarrolló como nadie la tergiversación de los mensajes de los media, la deriva psicogeográfica como crítica a la ciudad como espacio de poder y una perspectiva del arte y la política como elementos indisociables e indispensables para la revolución de cada día. A pesar de que en 1972 quedaban en el grupo solo dos miembros, Sanguinetti y Debord, su influencia en los movimientos posteriores es tal que sigue siendo válido eso de que «cualquiera puede ser situacionista, aunque no haya oído hablar de la IS».

Luther Blisset

Uno de los experimentos contemporáneos más exitosos del nombre múltiple, especialmente en Europa, centrado en recuperar gran parte de la crítica situacionista sobre el arte, los medios de comunicación y la subversión política, adaptándola al contexto de los ’90.

Nombre múltiple

Seudónimos de personas reales, personajes de ficción o arquetipos seudomíticos; del todas somos brujas al todos somos Marcos, pasando por Buda, el pobre Konrad, Ned Ludd, el Capitán Swing, Luther Blisset, la máscara de Guy Fawkes o Anonymous; el alias colectivo es una de las herramientas de resistencia al sistema más utilizadas a lo largo de la historia, herramienta que rompe con el concepto de individuo como sujeto histórico, poniendo en su lugar a la colectividad anónima, que no es nadie y por tanto puede ser cualquiera. Puede ser todas.

Posmodernidad

No me atreveré a decir lo que la posmodernidad es. En cualquier caso, la guerrilla de la comunicación pasa aquí.

Psicogeografía

O cómo poner sobre la mesa el papel de las políticas urbanísticas, y de la ciudad (post)industrial en general, como generadoras de desigualdades sociales al mismo tiempo que visibilizas la producción del conocimiento científico como espacio de poder. Los colectivos psicogeográficos analizan, mezclando sin pudor todo tipo de fuentes, referencias y métodos, los núcleos urbanos como espacios de conflicto, transformando el mapa en una cuestión subjetiva donde los espacios importantes no son los históricos es decir, los que señala, y señalan, el poder sino los transitados por la memoria y por la colectividad, que son la misma cosa.

Sobreidentificación

Técnica consistente en asumir la lógica dominante hasta tal punto que se visibiliza la cara oculta del sistema, su verdadero rostro. Esclarecedor ejemplo es la cuenta de twitter Masa Enfurecida y sus ya famosos «todo es ETA», que no son otra cosa que la proclamación salvajemente exagerada y salvajemente racional, en realidad de la ideología del Partido Popular y el resto del fascismo español.

Terrorismo cultural

Expresión rimbombante para indicar que alguien casi siempre uno mismo hace activismo político a través del arte.

[Artículo publicado en la web del periódico Diagonal en mayo de 2013. Imagen].

En un puñado de polvo

En un puñado de polvo

«Toda poesía es hostil al capitalismo», escribió Juan Gelman en Cólera buey. ¿Toda poesía? Tal vez, si aceptamos lo hiperbólico de la frase y la entendemos siempre en sentido figurado. Pero, ¿los poetas? ¿Hostiles al capitalismo?

Estamos aproximadamente en 1885, en Abisinia, más tarde Etiopía; aquí, un francés lleva un par de años haciéndose rico con el tráfico de armas. El francés se llama Jean Nicholas, es íntimo del Ras Makonnen gobernador de Harar y pronto padre de un niño llamado Tafari Makonnen, más tarde Haile Selassie I, pero ésa es otra historia y pocos saben que décadas atrás se ha ganado en Europa fama de poeta maldito y enfant terrible por sus versos y por acostarse con otros poetas malditos. El francés se l­lama Jean Nicholas Arthur Rimbaud, decimos, y la historia lo recordará, con razón, como genio por cuatro años de su juventud, pero pasará de puntillas por su vida adulta como colonizador. En su tumba quedará grabado: «Rezad por él». Rimbaud, a pesar de todos sus demonios, nunca dejó de ­creer en el Dios verdadero. En Charles­ ­Baudelaire, claro.

La ciudad y la multitud

«En Baudelaire, París se hace por vez primera tema de poesía lírica. Esa poesía no es un arte local, más bien es la mirada del alegórico que se posa sobre la ciudad, la mirada del alienado», escribe Walter Benjamin. En su Obra de los pasajes, el filósofo alemán navega junto al autor de Las flores del mal por las calles del París de mediados del siglo XIX. Baudelaire entiende las transformaciones que en la geografía urbana y humana de las grandes ciudades el capitalismo está provocando, y las asimila. Sus poemas integran lo sublime y lo marginal, la soledad y la multitud, la bohemia y el tiempo fabril («¡Reloj! ¡Divinidad siniestra, horrible, impasible!»); recorren incansables con la muchedumbre los callejones y los bulevares, los pasajes y los cafés; se ubican en la periferia de la sociedad, pero sin perder de vista su propia realidad como mercancía en un sistema que lo fagocita todo, que todo lo puede convertir en fetiche. La modernidad ha comenzado, su ritmo es el mercado, lo nuevo su espíritu. No se trata ya de escribir en la ciudad o sobre la ciudad, sino de escribir la ciudad. Y además: «Quiero poner en contra mía a toda la raza humana. Sería esto un placer tan grande, que me resarciría de todo». Con Baudelaire, también, nace el punk.

Lo nuevo, y no por casualidad, será también el eslogan (make it new) del estadounidense Ezra Pound. Figura clave de la literatura del siglo XX, a la importancia de su vanguardista producción hay que añadirle la influencia directa que tuvo en escritores como Yeats, Joyce, Hemingway, Dos Passos o Eliot, a quien ayudó en la revisión y publicación de La tierra baldía. Tras poner patas arriba la cultura de su época, dirigir el cotarro modernista en Londres y codearse con los dadaístas en París, Pound llega en 1924 a Italia y se declara admirador ­incondicional de Mussolini. Aunque no fue, ni mucho menos, el único intelectual en manifestar su adhesión a la extrema derecha en el periodo de entreguerras, probablemente sí fue el que asumió en mayor grado la estetización de la política —de la que habla, pre­cisamente, Benja­min— del fascismo, pero no en el sentido romántico, por decirlo de algún modo, de los futuristas. Para Pound rechazar el liberalismo económico es, al igual que en su trabajo con el lenguaje, rechazar un sistema que ha convertido las palabras en cosas.

«Il miglior fabbro»

Durante la Segunda Guerra Mundial se dedica Pound a hacer propaganda del régimen de Il Duce a través de la emisora Radio Roma. Su país le acusa de traición en 1943. Con la victoria de los aliados es arrestado y se hace el loco para salvarse de la horca. Pasa algunos años en un hospital psiquiátrico en Estados Uni­dos antes de regresar, en 1958, a Italia. A su llegada, en Nápoles, es fotografiado por la prensa saludando al modo fascista. En uno de sus versos dirá: «He intentado escribir el Paraíso». Pero un «paraíso» enraizado en el mismo sueño distópico que su odiado laissez faire, como explica Karl Polanyi en La gran transformacion: el liberalismo rechaza la realidad para mantener la creencia de libertad, el fascismo acepta lo real y renuncia a ser libre. Al final no son opciones opuestas, sino paralelas, y en ninguna de las dos existe, en realidad, la libertad.

En un fragmento del tema «Desolation Row», Bob Dylan canta: «Ezra Pound y T. S. Eliot / pelean en el puente de mando / mientras se ríen de ellos cantantes de calypso / y los pescadores cuelgan flores / entre las ventanas del mar». La tierra baldía comienza con una dedicatoria —«al mejor artesano», un verso sacado de la Divina Comedia— de Eliot a su colega y compatriota. Sin embargo, los dos poetas se fueron distanciando, probablemente por diferencias políticas: Eliot, si bien bastante conservador y reaccionario, no llegó a los extremos de Pound en sus críticas al libre mercado —de hecho trabajó durante varios años en un banco—. Su poesía, revolucionaria en forma y contenido, es a la vez pilar y paisaje de la modernidad, una sociedad yerma, arrasada por el proyecto industrial y de futuro incierto («¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen / en estos pétreos desperdicios») pero en el que no deja, no obstante, de reconocerse en pasos pasados, e incluso en la esperanza, aun disfrazada de ironía, de pasos próximos. La primera parte de La tierra baldía acaba con una cita de Baudelaire: «Tú, lector hipócrita, mi semejante, mi hermano».

[Artículo publicado en el número 217 (marzo de 2014) del periódico Diagonal. Imagen: fotografía de Eugène Atget (fuente)].

Ítaca Distrito Federal

Ítaca Distrito Federal

En un ensayo publicado en 2011, en el primer número de la revista Orsai, el escritor mexicano Juan Villoro hablaba, entre otras cosas, de la relación de su progenitor, el filósofo Luis Villoro, con el EZLN. Como tantos exiliados españoles, Villoro inventó en México un país que no existía, ubicado entre la memoria y el deseo. «Escoger una patria es una forma de buscar un padre. El mío optó por Aníbal y las huestes de Cartago hasta que en 1994 encontró en el zapatismo a su tribu demorada». Frente al desarraigo que provoca una realidad ajena, los recuerdos como tronco al que aferrarse para sobrevivir al naufragio; frente a la incertidumbre de no sentirte en lugar alguno, la utopía como costa que alcanzar.

«Difícil de creer que, veinte años después de aquel ‘nada para nosotros’, resultara que no era una consigna, una frase buena para carteles y canciones, sino una realidad, la realidad», afirma el Subcomandante Marcos en su último comunicado. La utopía es, por definición, un lugar que no está en ninguna parte: al negar su existencia comenzamos a imaginar su posibilidad. Es éste el mismo proceso que transforma el «nada para nosotros» en un «para todos todo». Es el mismo proceso, igualmente, el que convierte el pasamontañas, la máscara, en un rostro. Ocultarse para ser vistos, no ser nadie para ser cualquiera.

Para vivir, morir

Escribí hace un par de años, en este medio, un artículo sobre el concepto del personaje colectivo que arrancaba con la cara de Guy Fawkes. En V de Vendetta, el protagonista también encuentra su identidad en un pasado derrotado que la memoria, subjetiva, fragmentaria, subversiva, recupera, difuminado entre la historia y el mito, y traslada de negación de lo real a símbolo de lo posible. «Porque eras tan grande, V, ¿y si no eres nadie?», se pregunta Evey Hammond antes de entender que no importa quién se esconda tras la máscara de Fawkes. El poder, cuyo discurso sobre sí mismo pretende dominar espacio y tiempo, se resquebraja ante una resistencia que rechaza ocupar su lugar, que combate para desaparecer: «Brindemos por todos nuestros terroristas, por todos nuestros bastardos, los más odiosos y los que no podemos perdonar. Bebamos a su salud y que no los veamos nunca más».

Las recientes palabras de Marcos se asemejan mucho a esta cita de Alan Moore. Un ejército consciente de la urgencia de su fracaso; un líder destinado a morir para renacer en otros, colectivamente. El 1 de enero de 1994, el día que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio entre México, EE UU y Canadá, los zapatistas se levantaban en armas contra el Gobierno: el sueño del neoliberalismo confrontado por quienes sufren sus pesadillas.

Los indígenas del sureste mexicano renunciaban a interpretar el papel que les había sido asignado, el de perdedores, el de olvidados. Desde Chiapas, la historia era declarada, a la vez, farsa y tragedia. Empezaba así el periplo a la inversa de vencer siendo derrotado, de gritar en silencio, de mandar obedeciendo. Ahora, dos décadas después, el principal vocero del EZLN declara que él sólo ha sido un «holograma» al servicio de la causa, que ya no es necesario y debe dejar de existir, y desaparece reencarnándose en el nombre de un compañero muerto. Dos décadas, la duración exacta de una odisea.

Si la utopía es un lugar posible pero inexistente, una mirada a un futuro por construir, la máscara representa la simultaneidad de diversas posibilidades, de diversas miradas en las que se entremezclan realidad y ficción. Negando una identidad concreta se superponen muchas otras que acaban componiendo un todo que va más allá de la persona que viste la máscara.

Pero en ocasiones no hace falta cubrirse el rostro. El juego de espejos se produce con algo tan sencillo como un cambio de nombre. Ocultar parcialmente la realidad permite, precisamente, revelar mucho más de ella. El propio Juan Villoro, en su novela El testigo (Anagrama, 2004), enmascara en un personaje llamado Ramón Centollo al poeta mexicano Mario Santiago Papasquiaro, más conocido, curiosamente, por otro seudónimo, el que le puso Roberto Bolaño en Los detectives salvajes: Ulises Lima. Lima por Hora Zero, un movimiento peruano de poesía de vanguardia muy admirado por los infrarrealistas –esto es, Bolaño y Papasquiaro–; Ulises por el héroe de la Guerra de Troya, que tardará veinte años en regresar a casa, los mismos que Lima y Arturo Belano, el álter ego de Bolaño. Ulises, que ante el cíclope Polifemo asegurará llamarse Nadie.

Definirnos por lo que somos y por lo que queremos ser; mantener encendidos el fuego y la palabra. La memoria y la utopía como un único recorrido que termina para volver a iniciarse. A pesar de Thomas More, Utopía nunca podrá ser una isla. Utopía es un camino. Y como dijo el poeta griego Konstantinos Kavafis: «Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo».

[Artículo publicado en el número 224 (junio de 2014) del periódico Diagonal. Imagen: cartel a la entrada del Caracol de Oventic, en Chiapas, México].

Los viejos subtes no mueren

Los viejos subtes no mueren

«Si morir es dormir, ¿qué es lo que sueña un muerto?». Adrián R, el protagonista de Generación cochebomba (Pepitas de calabaza, 2015), deambula por las calles de Lima con una canción de Eskorbuto en la cabeza. Lima la gris, Lima la horrible: una ciudad cercada por el terrorismo y la guerra sucia, por la crisis económica y la corrupción; el no future, la distopía del punk hecha asfalto. Frente a esta realidad, como en la canción de Eskorbuto, algunos chavales, los subtes, han decidido buscar en la basura algo nuevo.

Nos encontramos en la segunda mitad de la década de los 80. Sendero Luminoso marca con atentados y apagones el ritmo de una capital que se imaginaba ajena a lo que ocurre en el resto del país. El Estado responde con represión, grupos paramilitares y masacres tan indiscriminadas como las que llevan a cabo los subversivos.

Entre estas dos violencias en disputa por el poder, estas dos violencias que se pretenden nobles y legítimas, bailan los subtes cada noche su pogo, despliegan su propia violencia absurda y nihilista, reflejo distorsionado de aquellas. La banda sonora: Eskorbuto, La Polla Records y Kortatu; Sex Pistols, The Clash y Dead Kennedys; y, claro, el punk peruano, el llamado rock subterráneo.

Días y noches de alcohol y droga, derivas delirantes en carros destartalados, conciertos salvajes, conversaciones interminables, tribus urbanas, batallas campales… Y recuerdos, la memoria de una sociedad ya herida, pero aún no de muerte, «una época donde todavía se tenía esperanzas».

Adrián y sus compinches, sus causas —Pocho Treblinka, Carlos Desperdicio, Fredy Nada o el Innombrable—, rememoran constantemente su infancia, una edad y una educación sentimental inseparable de los acontecimientos políticos, una mirada indisociable de la barbarie, como cuando evocan el motín del penal El Sexto y la posterior matanza de presos a manos de las fuerzas de seguridad, mientras ellos daban clase a poca distancia de allí; escuela y prisión unidas, inevitablemente: «Los colegios y las cárceles, dijo el Innombrable, son iguales».

Muera la vida

Pero, precisamente, esta memoria —fragmentaria, oral, colectiva— se opone al discurso oficial sobre los hechos, se sitúa voluntariamente, como el punk, como el rock subterráneo, «de espaldas a la historia».

Los subtes abrazan el «no hay futuro» no como una provocación (o, al menos, no sólo como provocación), sino como la constatación del fracaso del presente; y de la misma manera, escriben en los muros la frase «muera la vida»: no es un deseo, es una afirmación. «—Sí, salud —respondió el Fredy Nada, levantando el otro trago—. Por todos nosotros: ¡La Generación del Apagón y el Cochebomba!».

Así, a través de dos relatos que se van entrelazando hasta converger definitivamente —uno, el de la escena musical underground de Lima; otro, el de un par de militantes de Sendero Luminoso que preparan acciones en la ciudad—, Generación cochebomba deviene en la crónica polifónica, distorsionada y desafinada de una juventud abandonada, cínica, desesperanzada, pero, sin embargo, capaz de darle sentido, a pesar de sus contradicciones (o, tal vez, gracias a ellas), a palabras como libertad, dignidad, resistencia: punk not dead, «los viejos subtes no mueren».

Aun sabiendo, como también cantaba Eskorbuto, que «nadie es inocente, todos terroristas», los protagonistas de la novela logran mantener hasta el final, asumiendo las consecuencias, cierta ingenuidad, una expresión todavía adolescente entre tanto horror. Ésa es, quizá, su victoria.

Punk / Política / Perú

1965: Con su single «Demolición», la banda limeña Los Saicos inventa el punk una década antes de la invención del punk.

1968: El general Juan Velasco Alvarado encabeza la llamada Revolución de la Fuerza Armada, golpe de Estado militar que derroca al presidente Fernando Belaunde.

1969: De una escisión del partido maoísta Bandera Roja, nace en la ciudad de Ayacucho Sendero Luminoso.

1975: Una huelga general de la policía desemboca en la capital en una serie de levantamientos populares que serán reprimidos por el ejército. Tras estos sucesos —conocidos como el «Limazo»— se produce un nuevo pronunciamiento, dirigido por el general Francisco Morales Bermúdez. Diversos documentos relacionarán posteriormente el gobierno de Morales Bermúdez con la Operación Cóndor.

1980: Primeras elecciones democráticas desde 1963. Segundo gobierno de Belaunde.

1983: Se forma en Lima la banda Leusemia, principal referente del rock subterráneo. Otros grupos fundacionales del movimiento son Narcosis, Guerrilla Urbana, Autopsia o Zcuela Crrada.

1992: En un autogolpe, el presidente Alberto Fujimori —hoy en prisión por crímenes de lesa humanidad— disuelve el Congreso de la República y declara un gobierno de emergencia. Ese mismo año, la policía captura a Abimael Guzmán, aka Presidente Gonzalo, líder de Sendero Luminoso.

2003: La Comisión de la Verdad y Reconciliación presenta su informe sobre el conflicto, cuestionado por ambas partes. La Comisión cifra en casi 70.000 personas, entre muertos y desaparecidos, el número de víctimas.

2007: Publicación de Generación cochebomba, autoeditada por Roldán Ruiz.

2016: Más de seis millones de peruanos votan por Keiko Fujimori, hija del expresidente, en las elecciones generales. Es la candidata más votada, pero al no obtener mayoría absoluta es necesaria una segunda ronda, prevista para el 5 de junio.

[Artículo publicado en el periódico Diagonal (junio de 2016). Imagen].