Hay una grieta en todo (a propósito de «Cartografía del vacío»)

Hay una grieta en todo (a propósito de «Cartografía del vacío»)

Comenzaré por el principio:

Este dossier nace de una propuesta que Andreu Navarra —responsable de la sección de narrativa de The Barcelona Review— me hizo a finales de verano para coordinar para la revista un número sobre «nueva narrativa social». Yo, incapaz de definir alguna de estas tres palabras, contraataqué para salir del paso con un tópico todavía más ininteligible: «narrativas post-15M», el cual entusiasmó a Andreu. Así que, de repente, me vi en la obligación de dar cuerpo a esa vaga sombra que era mi idea. Es cierto que siempre me ha interesado la literatura «política», es decir, la literatura que trata sobre la ciudad; es decir, también, la literatura que trata sobre el poder. Es más, siempre me ha interesado la literatura como una forma de lo político. Será por eso que siempre escribo sobre las ciudades.

En cualquier caso, este era el tema: narrativa y política. Pero ¿desde dónde? ¿Y desde cuándo? Belén Gopegui, Rafael Chirbes, Francisco Casavella o Marta Sanz, por ejemplo, ya escribían literatura claramente política antes de la primavera de 2011; no obstante, el 15M era un hito evidente: la ocupación de las plazas, el cuestionamiento del discurso de la Transición, el desenmascaramiento de la crisis económica como herramienta del sistema o, sobre todo, la recuperación de eso que acabamos de llamar lo político en la vida cotidiana. Entonces, desde la literatura, ¿la cuestión que intentaríamos responder aquí sería «cómo se ha narrado el 15M»? No. Al menos, no únicamente. Si el 15M fue principalmente una repolitización de la vida —es decir, el espacio donde la ciudad y la vida quebraban las múltiples separaciones que el capitalismo impone y se reencontraban—, podríamos plantearnos, además, cómo ha afectado esto (si es que lo ha hecho) a la narrativa de nuestro tiempo o, expresado de otro modo: si el relato de lo político es o ha sido durante estos últimos años una forma de lo político; si aquella negación pública y masiva del estado de las cosas, aquel «no nos representan», ha dialogado o ha entrado en conflicto con las narrativas actuales.

Así que contactamos con autores y autoras nacidas en los ‘80 —decisión absolutamente gratuita y arbitraria— que se mueven en los terrenos pantanosos de la narrativa, mejor, de las narrativas: voces difíciles de clasificar, textos híbridos entre el relato y el ensayo, propuestas que confrontan de alguna manera el supuesto consenso sobre el que se asienta el Régimen del ‘78. Salvador Galán Moreu nos presenta en «Barca» a una narradora que se debate entre la vida y la muerte, el sueño y la vigilia, los recuerdos y el deseo; Noelia Pena en «Los extraviados» nos sitúa en un velatorio donde las diferentes generaciones de mujeres de una familia exponen sus contradicciones, pero también sus complicidades; Julio Fuertes Tarín destruye toda convención literaria en «Testimonio de Girbes Pastrana», un relato pulp ambientado en el interior de la provincia de Alicante y con un protagonista a medio camino entre Philip K. Dick e Iker Jiménez; Álex Chico recorre, cual detective o flâneur, las ruinas de la memoria y de la modernidad en su nuevo libro, Un final para Benjamin Walter, del que presentamos un fragmento; Isabel Cadenas Cañón construye, a base de túneles y contraseñas, de errores y desvíos, un ensayo sobre narrativas visuales en «Contarnos las cosas de otras maneras»; y Víctor Mercado nos habla de la herencia del siglo pasado y de las neurosis de nuestro propio siglo a propósito de la novela La vida póstuma, de Pablo Sánchez.

Ahora, en enero de 2018, después de su apropiación y desmantelamiento por parte de «los partidos del cambio», después de la Ley Mordaza y del 1 de octubre y las cargas policiales, después de ver cómo intelectuales, poetas y profesores universitarios pedían a gritos en manifiestos, en la prensa o en las redes sociales la aplicación del artículo 155, podemos afirmar que en España queda muy poco de aquel 15 de mayo de 2011, si es que queda algo. Más bien parece que este país en particular y Europa en general disfrutan alegremente de su propio 15M neofascista. Sin embargo, como dice —citando a Leonard Cohen— Isabel Cadenas Cañón en su ensayo: «hay una grieta en cada cosa / así es como entra la luz». En esta vuelta generalizada a la política en sentido estricto, a la especialización del ejercicio del poder como profesión, a la fragmentación de nuestras vidas, la literatura es más que nunca una práctica de resistencia, pero eso ya lo sabíamos. Por lo demás, no hemos podido confirmar ni desmentir la hipótesis inicial de este dossier. Mejor así. Tampoco esta cartografía del vacío pretende ser mapa de nada, apenas un papel en blanco donde marcar los lugares posibles y las sendas por recorrer.

Esta cartografía, en realidad, quiere, simplemente, ser, también, grieta.

[Texto publicado en el #93 (enero de 2018) de The Barcelona Review, como introducción al dossier sobre nuevas narrativas y 15M que he coordinado para la revista. Imagen: señal de tráfico en el barrio de Ciutat Meridiana (Barcelona)].

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La literatura en estado de excepción

La literatura en estado de excepción
Reseña de la novela Fábula de Isidoro (Jekill & Jill, 2016), de Julio Fuertes Tarín

Ojo, spoiler. En la página 41 de Fábula de Isidoro unos tipos queman vivo al presidente del gobierno de España. Es más: le torturan, le prenden fuego y lo transmiten todo en directo por televisión. Wynston Sandoval, aka Wynston Cardona, aka Wynston Solorzano —un niño a veces chileno, a veces colombiano, a veces peruano, según los desvaríos de un narrador poco interesado en los detalles, sus dudosas fuentes y las aportaciones alucinadas de los propios personajes—, el protagonista, o casi, de la novela, contempla atónito la pantalla. Sin embargo, su estupefacción no se debe a la violencia que está presenciando; los terroristas, con su performance, han interrumpido la emisión del Madrid-Barça en el preciso momento en el que Messi tiraba un penalti a lo Panenka. «Este Presidente será rápidamente sustituido por otro», piensa Wynston, para quien lo prioritario es averiguar el resultado del partido. Así que decide lanzarse a las calles de una capital tomada por el ejército en una odisea a medio camino entre El mago de Oz y Apocalypse Now, y cuyo destino es el estadio Santiago Bernabéu (sic).

Con este asombroso punto de partida podría uno plantearse, ¿es Fábula de Isidoro una ácida crítica de los mass media? ¿Una sátira sobre el poder y la política? Quizás. Algo hay aquí del primer capítulo de Black Mirror, si la banda sonora del primer capítulo de Black Mirror fuera un chotis y el chotis lo interpretaran músicos puestos hasta las cejas de LSD. Pero en realidad no importa, ya en el comienzo del libro nos avisa el autor de que no habrá moraleja en esta historia, de que va a dinamitar cada puente y cada pregunta. Julio Fuertes Tarín (Valencia, 1989) sigue aquella máxima de la secta de Los Asesinos: «Nada es verdad, todo está permitido». Especialmente, si de literatura hablamos.

Porque, de hecho, el otro protagonista, o casi, de la novela es la literatura, encarnada en la figura de Isidoro, «el único que vive su vida como un relato»: una versión lumpen de Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont; un Maldoror de extrarradio que ejerce a la vez de profeta y anticristo, y que encuentra en Sandoval-Cardona-Solorzano a su particular apóstol. Juntos, como don Quijote y Sancho Panza, recorren una ciudad lisérgica que es Madrid y es Valencia y es Sevilla —«la continuidad y la coherencia son dioses menores»—, un espacio que solo es inteligible a través de la literatura o, mejor dicho, un lugar donde la literatura es la realidad. Isidoro, al igual que Lautréamont, todo lo entiende y todo lo explica desde aquí, citándose a sí mismo y citando a otros: de las Cartas marruecas de José Cadalso al «Tanguillo de la Guapa de Cádiz» de Lola Flores.

Y es que el estado de excepción —ese «bellísimo paisaje»— que se declara en el libro tras el magnicidio no afecta únicamente a la trama. Si en la ficción son las fuerzas armadas las que muestran que, bajo la máscara, el verdadero rostro del poder es la violencia, en Fábula de Isidoro Fuertes Tarín pone también en tela de juicio cualquier clase de autoridad narrativa. No obstante, mientras el objetivo de los militares es restablecer cuanto antes el statu quo, el del escritor parece ser justo el opuesto: poner patas arriba toda convención, literaria o no; crear un tiempo fuera del tiempo ordinario, una parodia delirante de la literatura y de la vida.

Este estado de sitio no es otra cosa, entonces, que un carnaval, en el sentido que Mijail Bajtin daba a la obra de Rabelais: la novela como expresión de la cultura popular —en este caso, por ejemplo, el fútbol, las drogas, el lenguaje soez—, como juego polifónico, exageradamente grotesco, hostil al orden y que subvierte espontáneamente el discurso del poder. Y el escritor como intérprete, advirtiéndonos al final del libro de que el juego, tarde o temprano, termina y los participantes regresan a la casilla de salida: «La escritura puede cambiar el mundo (sobre todo la notarial)». Pero no hay que olvidar que lo importante no sucede después del juego, después del carnaval, después de la novela, sino durante; y afortunadamente, parafraseando a Bajtin y a Celia Cruz, la literatura, y la vida, son siempre un carnaval.

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Portada de «Fábula de Isidoro». La ilustración también es obra de Julio Fuertes Tarín.

[Texto publicado originalmente en la revista de literatura The Barcelona Review. Imagen de cabecera: Gargantúa (ilustración de Gustave Doré)].