La literatura en estado de excepción

La literatura en estado de excepción
Reseña de la novela Fábula de Isidoro (Jekill & Jill, 2016), de Julio Fuertes Tarín

Ojo, spoiler. En la página 41 de Fábula de Isidoro unos tipos queman vivo al presidente del gobierno de España. Es más: le torturan, le prenden fuego y lo transmiten todo en directo por televisión. Wynston Sandoval, aka Wynston Cardona, aka Wynston Solorzano —un niño a veces chileno, a veces colombiano, a veces peruano, según los desvaríos de un narrador poco interesado en los detalles, sus dudosas fuentes y las aportaciones alucinadas de los propios personajes—, el protagonista, o casi, de la novela, contempla atónito la pantalla. Sin embargo, su estupefacción no se debe a la violencia que está presenciando; los terroristas, con su performance, han interrumpido la emisión del Madrid-Barça en el preciso momento en el que Messi tiraba un penalti a lo Panenka. «Este Presidente será rápidamente sustituido por otro», piensa Wynston, para quien lo prioritario es averiguar el resultado del partido. Así que decide lanzarse a las calles de una capital tomada por el ejército en una odisea a medio camino entre El mago de Oz y Apocalypse Now, y cuyo destino es el estadio Santiago Bernabéu (sic).

Con este asombroso punto de partida podría uno plantearse, ¿es Fábula de Isidoro una ácida crítica de los mass media? ¿Una sátira sobre el poder y la política? Quizás. Algo hay aquí del primer capítulo de Black Mirror, si la banda sonora del primer capítulo de Black Mirror fuera un chotis y el chotis lo interpretaran músicos puestos hasta las cejas de LSD. Pero en realidad no importa, ya en el comienzo del libro nos avisa el autor de que no habrá moraleja en esta historia, de que va a dinamitar cada puente y cada pregunta. Julio Fuertes Tarín (Valencia, 1989) sigue aquella máxima de la secta de Los Asesinos: «Nada es verdad, todo está permitido». Especialmente, si de literatura hablamos.

Porque, de hecho, el otro protagonista, o casi, de la novela es la literatura, encarnada en la figura de Isidoro, «el único que vive su vida como un relato»: una versión lumpen de Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont; un Maldoror de extrarradio que ejerce a la vez de profeta y anticristo, y que encuentra en Sandoval-Cardona-Solorzano a su particular apóstol. Juntos, como don Quijote y Sancho Panza, recorren una ciudad lisérgica que es Madrid y es Valencia y es Sevilla —«la continuidad y la coherencia son dioses menores»—, un espacio que solo es inteligible a través de la literatura o, mejor dicho, un lugar donde la literatura es la realidad. Isidoro, al igual que Lautréamont, todo lo entiende y todo lo explica desde aquí, citándose a sí mismo y citando a otros: de las Cartas marruecas de José Cadalso al «Tanguillo de la Guapa de Cádiz» de Lola Flores.

Y es que el estado de excepción —ese «bellísimo paisaje»— que se declara en el libro tras el magnicidio no afecta únicamente a la trama. Si en la ficción son las fuerzas armadas las que muestran que, bajo la máscara, el verdadero rostro del poder es la violencia, en Fábula de Isidoro Fuertes Tarín pone también en tela de juicio cualquier clase de autoridad narrativa. No obstante, mientras el objetivo de los militares es restablecer cuanto antes el statu quo, el del escritor parece ser justo el opuesto: poner patas arriba toda convención, literaria o no; crear un tiempo fuera del tiempo ordinario, una parodia delirante de la literatura y de la vida.

Este estado de sitio no es otra cosa, entonces, que un carnaval, en el sentido que Mijail Bajtin daba a la obra de Rabelais: la novela como expresión de la cultura popular —en este caso, por ejemplo, el fútbol, las drogas, el lenguaje soez—, como juego polifónico, exageradamente grotesco, hostil al orden y que subvierte espontáneamente el discurso del poder. Y el escritor como intérprete, advirtiéndonos al final del libro de que el juego, tarde o temprano, termina y los participantes regresan a la casilla de salida: «La escritura puede cambiar el mundo (sobre todo la notarial)». Pero no hay que olvidar que lo importante no sucede después del juego, después del carnaval, después de la novela, sino durante; y afortunadamente, parafraseando a Bajtin y a Celia Cruz, la literatura, y la vida, son siempre un carnaval.

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Portada de «Fábula de Isidoro». La ilustración también es obra de Julio Fuertes Tarín.

[Texto publicado originalmente en la revista de literatura The Barcelona Review. Imagen de cabecera: Gargantúa (ilustración de Gustave Doré)].

Breve historia de los túneles

Breve historia de los túneles

Literatura y cárcel: Dostoievski, Heras, Genet y George Jackson escribieron parte de su obra a raíz de su paso por las prisiones. Hacemos un repaso por algunas de estas obras.

Memorias de la casa muerta, Fiódor Dostoievski (1862)

A la edad de 27 años, en 1849, un ingeniero militar epiléptico y ludópata, traductor de Balzac al ruso y novelista en ciernes, es condenado a muerte —junto a otras veinte personas— bajo la acusación de conspirar contra el zar. La conspiración en cuestión no pasaba de debatir intelectualmente algunas ideas relacionadas con el socialismo utópico, pero, tras las revoluciones que habían tenido lugar en Europa durante el año anterior, el imperio de Nicolás I muestra una política de tolerancia cero contra cualquier posible avance liberal. La pena de muerte, en el último momento, frente al pelotón de fusilamiento, se conmuta por cinco años de trabajos forzados en Siberia, y el ingeniero militar, de nombre Fiódor Dostoievski, vivirá toda su vida con la sensación de estar esperando que alguien apriete por fin el gatillo. La durísima experiencia de la cárcel quedará reflejada en el libro Memorias de la casa muerta y el joven progresista se convertirá en un hombre profundamente religioso y conservador, detractor del incipiente movimiento obrero y del nihilismo. Pero también en alguien para quien la literatura será la única forma de escapar de la prisión, la única forma de salvarse.

Milagro de la rosa, Jean Genet (1946)

Maldito como sólo un poeta francés puede serlo, en realidad toda la obra de Jean Genet —poesía, prosa o teatro— es una invocación a lo terrible, a lo perverso, a lo excesivo y, al mismo tiempo, un canto absoluto a la libertad. Huérfano, ladrón, chapero, iluminado, pasa de las prisiones juveniles a la Legión Extranjera, del ejército —de donde deserta— a vagabundear por las calles, y de las calles de nuevo a la cárcel en una espiral que no finaliza hasta 1948, cuando gracias a la intervención de diversos artistas e intelectuales como Sartre, Cocteau o Picasso el gobierno le concede un indulto. Su mirada desde la periferia y el suburbio, desde lo marginal y lo lumpen es el punto de partida de unos textos y una actitud crítica que irán politizándose cada vez más, algo que llevará a Genet a apoyar activamente movimientos como el Black Power o la causa palestina. Milagro de la rosa es la más autobiográfica y las más carcelaria de sus novelas, escrita de manera clandestina en pedazos de papel robados de los talleres de la prisión parisina de La Santé.

Soledad Brother, George Jackson (1970)

En 1960, en la ciudad de Los Ángeles, un chaval de 18 años llamado George Jackson es condenado a entrar en prisión por robar 70 dólares a punta de pistola en una gasolinera. La pena a cumplir es de doce meses como mínimo y, como máximo, puede llegar a cadena perpetua. Denegadas una tras otra todas sus peticiones de libertad, Jackson pasará encerrado el resto de sus días, la mayor parte de ellos en aislamiento. En agosto de 1971, con 29 años, es asesinado por los guardias de la prisión de San Quentin durante un supuesto intento de fuga. En el intervalo entre la sentencia del tribunal y los disparos, en el espacio que separa estas dos muertes, este «hermano de Soledad» —como se conoce a los tres presos afroamericanos acusados sin pruebas del asesinato de un guardia en otra prisión californiana— se enfrenta con todas sus fuerzas a la servidumbre que la cárcel impone, y entiende así que hay cárceles también al otro lado de los barrotes. Toma conciencia de lo que significa ser negro y pobre en los Estados Unidos, lee a Marx y a Mao, a Lenin y a Fanon, funda la Black Guerrilla Family, se une a los Panteras Negras, y escribe. Escribe cartas que describen el imperio del odio de las prisiones y cada carta es un agujero en la pared por donde se filtra la luz; agujeros como los de las balas que acaban con su vida dos días antes de que comience el juicio contra los Soledad brothers.

Poeta muerta, Patricia Heras (2014)

«La culpa de todo es de Miguel Hernández, la madre que me parió, es ponerme a pensar en este chico y desbordarme. Creo, porque con esta memoria pez vaya usted a saber, que el 31 es su centenario y me da el currucu con sólo pensarlo. Supongo que además estoy ovulando… Y me jode no poder estar libre para daros la brasa y recordaros cómo murió en la cárcel, cómo luchó con su pluma por el bando republicano y cómo animaba a las tropas en el frente libertario con poemas y megáfono». El 26 de abril de 2011 Patricia Heras se suicida. No es necesario explicar de nuevo aquí toda la podredumbre y toda la tristeza del caso 4F. Trabajos como el documental Ciutat morta o el libro Poeta muerta —al que pertenece esta cita de Patricia sobre Hernández— hablan por sí solos: «A la sombra se cobija el amo y señor de esta ciudad muerta», dice Heras en uno de sus poemas. Palabras para revelar y rebelar, para dejar sin sombra ni cobijo a los amos. Como las viejas canciones que entonaron los africanos secuestrados en los barcos que cruzaban el Atlántico, algunos libros fueron escritos no para lamentar la esclavitud, sino para escapar de ella, para inventar ventanas en el cemento desnudo, para abrir túneles que lleven más allá de la última alambrada. Como explica el propio Genet en el prólogo de la primera edición de Soledad Brother: «A pesar de los muros, del aislamiento, de los carceleros, de los jueces, hacia la luz, hacia las mentes libres. El tiempo del blues ha terminado».

[Artículo publicado en el número 232 del periódico Diagonal (octubre de 2014). Imagen: Angela Davis y Jean Genet, 1969 (fuente)].