El perseguidor #11: no necesitas al hombre del tiempo

El perseguidor #11: no necesitas al hombre del tiempo

Sus primeros discos lo encumbraron rápidamente como estrella del folk y referente del movimiento por los derechos civiles, pero en la segunda mitad de la década de los ’60 Bob Dylan conseguiría aunar en sus canciones las raíces de la americana con las del blues, la poesía beat con los simbolistas franceses, la canción protesta con la contracultura, la literatura oral con el rocanrol. Tras publicar, en un periodo de apenas dos años, tres discos imprescindibles (Bringing It All Back Home, en 1965; Highway 61 Revisited, el mismo año; y Blonde On Blonde, en 1966), Robert Zimmerman, Bob Dylan, emprendería su propia persecución siguiendo aquella famosa consigna de Rimbaud: «yo es otro»; un juego de máscaras en el que constantemente se negaba a sí mismo; «una improvisación llena de huidas en todas direcciones», como diría Cortázar. Un Dylan que fue abucheado en el festival de Newport por tocar con instrumentos eléctricos; un Dylan que bautizó con una de sus canciones a la organización armada The Weatherman, una facción del movimiento Estudiantes por una Sociedad Democrática que se radicalizó como consecuencia de la Guerra de Vietnam; un Dylan que se consideraba heredero de Woody Guthrie, aquel «trovador de la cuenca del polvo» que cantaba para los desheredados del sueño americano y que llevaba en su guitarra una pegatina que rezaba «esta máquina mata fascistas».

Puedes escuchar el programa aquí:

Y también aquí.

Tracklist:

1. «A Hard Rain’s a-Gonna Fall» / Patti Smith
2. «I’ve Got To Surf Away» / Le Grand Miercoles
3. «Driva’ Man» / Max Roach
4. «Subterranean Homesick Blues» / Bob Dylan
5. «A Hard Rain’s a-Gonna Fall» / Bob Dylan
6. «East Broadway Run Down» / Sonny Rollins
7. «Road Runner» / Bo Diddley
8. «Outlaw Blues / Bob Dylan
9. «Song To Woody» / Bob Dylan
10. «Like A Rolling Stone» / Bob Dylan
11. «The Times They Are a-Changin’» / Nina Simone

También leemos fragmentos de Días de fuga, de Bill Ayers (Hoja de Lata, 2014), y de Tarántula, de Bob Dylan (Júcar, 1996); y hemos escuchado a Julio Cortázar leyendo un fragmento de su (nuestro) cuento «El perseguidor».

[Imagen de cabecera: fotograma del videoclip de «Subterranean Homesick Blues», tema incluido en el álbum de Bob Dylan Bringing It All Back Home (1965). De la letra de esta canción You don’t need a weather man to know which way the wind blowstomaría su nombre The Weather Underground. El hombre con gafas y barba que aparece en el vídeo es, por cierto, Allen Ginsberg].

A Hard Rain’s a-Gonna Fall

A Hard Rain’s a-Gonna Fall

Estoy viendo un vídeo en youtube: Estocolmo, 10 de diciembre, ceremonia de entrega de los premios Nobel. Patti Smith canta el «A Hard Rain’s a-Gonna Fall» de Bob Dylan. Tiene un atril delante, y aunque no lo mira durante los primeros compases, podemos suponer que ahí está la letra de esa canción interminable, inabarcable. En cualquier caso, Patti Smith canta con los ojos cerrados, entregada, emocionada. Sin embargo, en algún momento de la segunda estrofa, se pierde y abre los ojos, como si acabara de despertar; le tiembla la voz, balbucea, trata de retomar la canción, se equivoca; mira hacia su izquierda y no hacia el atril, buscando; se queda en blanco, sorprendida por lo que está ocurriendo, sorprendida por haber olvidado el texto cuando reza precisamente aquello de «vi una habitación llena de hombres con martillos ensangrentados, vi una escalera blanca inundada, vi a diez mil hablando con sus lenguas quebradas». Patti Smith respira, sonríe como quien está a punto de echarse a llorar, se disculpa, lo intenta de nuevo, de nuevo se equivoca; pide a la orquesta comenzar esa parte desde el principio, se disculpa otra vez: «lo siento», dice, «estoy tan nerviosa». Y, tras el aplauso del público, vuelve atrás, es decir, continúa: «Vi a un recién nacido rodeado por lobos, vi una autopista de diamantes que nadie recorría, vi una rama negra goteando sangre todavía». Y aún se equivoca nuevamente en la tercera estrofa «escuché susurrar a diez mil y nadie escuchaba», pero ya no importa: Patti Smith acaba como puede el verso, cierra otra vez los ojos y sigue cantando: «Escuché la canción de un poeta que murió en la miseria», y ya no duda más; llega hasta al final de la canción, repitiendo como una profeta tres veces el estribillo, el anuncio, el aviso de que la lluvia, la dura lluvia, la difícil lluvia, finalmente, caerá.

Acaba la música, y mientras el auditorio ovaciona a la intérprete, una voz en off comenta que «incluso una superestrella puede ponerse un poco nerviosa en un sitio como este». Pero no creo que el lapsus que ha dominado durante unos instantes a la estadounidense se deba a la selecta y emperifollada concurrencia, por mucho que en el acto esté presente la familia real sueca; la flor y nata de la sociedad, la economía, la política mundial; los descendientes del inventor de la dinamita. Smith, con 69 años, más de diez discos a sus espaldas y otros tantos libros publicados; Smith, que abrió y cerró el CBGB de la Nueva York punk; Smith, que le ha cantado a Blake, a Rimbaud, a Bolaño, no está abrumada por el lugar en el que canta ni por quienes la escuchan, su temblor proviene de lo que canta. Dicen que lo que Dylan hace no es poesía: música, canciones, palabras, sí, pero no poesía. Dicen que Dylan no fue a la ceremonia de entrega de los premios Nobel, el 10 de diciembre, en Estocolmo. Pero veo este vídeo en el que Patti Smith canta «A Hard Rain’s a-Gonna Fall» y dudo de la veracidad de estas afirmaciones; dudo como duda Patti Smith en el vídeo: no por haber olvidado la letra de una canción de 1963 que ni siquiera ha escrito ella, sino, quizá, como un relámpago en la noche, por haberla entendido.

[Imagen: Bob Dylan en concierto, Nueva York, 1963].

Introducción: déjenlo todo, nuevamente

Introducción: déjenlo todo, nuevamente

El 10 de noviembre de 1891 muere en Marsella Arthur Rimbaud. Tras pasar más de una década en África y Oriente Próximo, había regresado a Francia en mayo para tratar una dolencia en su rodilla derecha que le cuesta primero la pierna y finalmente la vida. Tenía treinta y siete años. Al entierro en Charleville, su ciudad natal, solo acuden su madre y su hermana, quienes graban en la lápida: «Rezad por él». Acertado epitafio para el hombre que ahí yace, el comerciante en Adén, el traficante de armas en Harar. Pero Rimbaud, ya lo sabemos, siempre es otro, aquel que «escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos». En los cafés, en las tertulias literarias de París, lejos de orar por su alma, los poetas comienzan a venerar la figura y la obra del enfant terrible por excelencia; del punk que con 19 años había transformado la poesía para abandonarla de inmediato, agotado de intentar cambiar con las palabras, igualmente, la vida. No obstante, como el fantasma de Marx y Engels, un rumor, casi un susurro, recorre Europa: hay que hallar una lengua capaz de nombrar lo desconocido. Hay que robar el fuego. A pesar del fracaso, o quizás, a través de él.

«Déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos». En 1976, en México DF, un joven poeta chileno cierra con esta frase el primer manifiesto del Infrarrealismo. Su nombre es Roberto Bolaño, pero también él es otro, también él se llama Arturo. Tiene veintitrés años y está loco; ha perdido un país pero ha ganado un sueño, y con ese sueño lo demás no importa. Hasta aquí ha llegado el rumor. Bolaño perseguirá a Rimbaud por medio mundo, perseguirá el fuego. En Los detectives salvajes contará esa búsqueda, la crónica de algo que parece una derrota y sin embargo es de nuevo un aullido, una llamada a los caminos. Ahora, en México DF, en 1976, cuando apenas empieza esa odisea, Bolaño reclama en el manifiesto infrarrealista: «Desplazamiento del poema a través de las estaciones de los motines […]. ¡Rimbaud, vuelve a casa!».

Ese mismo año, en Nueva York, Patti Smith otra punki, otra poeta graba y publica su segundo álbum: Radio Ethiopia, título en homenaje, precisamente, a Arthur Rimbaud. «When, when will you return?», canta en «Distant Fingers», la tercera pista del disco. «¿Cuándo volverás?». O también: «¡Rimbaud, vuelve a casa!». Pero para poder regresar es necesario marcharse. La propia Smith publica en 1996 el álbum Gone Again, donde se incluye «Beneath the Southern Cross», tema que algún tiempo después dedicará a Bolaño en sus conciertos. Veinte años separan estos dos discos; los mismos veinte años, exactamente, del viaje de Arturo Belano y Ulises Lima. Pero Ítaca no es un lugar, no hay hogar al que regresar, nuestra única casa es, tal vez, la palabra. Como si pudiéramos decir con Félix Grande: «yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje». Como si pudiéramos decir con el poeta palestino Mahmud Darwish: «Y esto que parece la muerte es la victoria». Como si pudiéramos decir con Rimbaud: «La verdadera vida está ausente». O mejor: esto que llamamos vida, no lo es.

Y hoy, otra vez, casi veinte años más tarde, es 10 de noviembre. La vida está en otra parte, y el invierno se aproxima. «Y temo el invierno, porque es la estación del confort».

Déjenlo todo, nuevamente.

[Imagen: stencil de Rimbaud en el barrio parisino de Le Marais. Fuente: Wikimedia Commons].