Sobre la coloración críptica de los mataderos abandonados

Sobre la coloración críptica de los mataderos abandonados

Un poema de John Kinsella

El hedor fugitivo de la carne chamuscada
se abre paso hacia los ventanales
entreabiertos —un asado
en el jardín detrás de la cerca.

Pienso en ti mientras nadas
en Coogee, en mi paseo en coche
por el ojo de la calle Ocean Beach,
ciego por el tajo acerado
de los reflejos del mar,
recuperando mi visión
al fijarme
en la coloración
críptica
de los mataderos abandonados.

[Del libro El silo. Una sinfonía pastoral (La Garúa, 2019), del poeta australiano John Kinsella (traducción de Katherine M. Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez). Kinsella es vegano y, junto a la escritora Tracy Ryan, mantiene este blog sobre poesía, anarquismo y antiespecismo. Imagen].

Locomotion o sueño automático de Rimbaud el Viejo

Locomotion o sueño automático de Rimbaud el Viejo

Es inútil: esta época estéril no me retendrá
Friedrich Hölderlin

He sentido el temblor del rayo en las manos, la fiebre del trópico en la garganta. He sentido el impacto ígneo del granito en la palabra sublevada, la palabra que mata, la roca que escapa. He cruzado los mares compartiendo ron y heroína con marineros mudos que llevaban el mundo tatuado en las rótulas y en los ojos las muertes de sus amantes y la sangre de los puertos: un Potemkin acorazado contra el corazón del imperio, los cuerpos en las escaleras, en los edificios de gobierno. He presenciado cómo el tiempo devoraba el armazón de los monjes bonzo que ardieron a ritmo de rap y hardcore en Saigón, en Chicago, en Ciudad de México, la flor de loto renacida de las llamas, los solos de Coltrane y Rollins, las temporadas en el infierno, los policías que nunca lloraron por los gritos de las mujeres en las plazas, por el recuerdo de sus hijos arrojados desde las ventanas más altas de las comisarías. He cruzado los mares, ya lo he dicho, en barcos que naufragaron por el kraken, en pecios hundidos en abisales océanos por las peores pesadillas de Maldoror. He huido de la casa de mi madre un inocente niño aferrado al recuerdo de animales torturados, llegué a la Comuna en invierno y ya no había Comuna, no había París, y esa nada y ese invierno hicieron de mí lo que ahora soy, lo que siempre odié: la dialéctica del mártir, el delgado dogal de las corbatas. Contable y verdugo del ébano desnudo encadenado en los mercados. He cruzado los mares, ya lo he dicho, pero no como ellos, pretendí ser incendio en los labios y la ira del predicador, quise ser la dinamita y no el arrepentimiento, intenté arrasar los campos de algodón y las celdas de las prisiones, mas me resultó imposible. Como castigo ahora contemplo a los esclavos desfilando ante mi rostro y soy lo que siempre odié, ya lo he dicho: no el estallido en el saxo ni todas las notas de un acorde conformando una galaxia, todas las notas repetidas una y otra vez persiguiendo la primera luz del alba, repetidas como repetía la lengua de Friedrich Nietzsche los versos de Friedrich Hölderlin al recuperar sus ciegas pupilas un instante, apenas un instante, en la alegre claridad del manicomio. Repetidas como repetía Hölderlin en sus sueños los poemas que se le desvanecieron de las manos un instante, apenas un instante, antes de enloquecer.

[Publicado en Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: una pieza de la serie «Arthur Rimbaud in New York», del fotógrafo David Wojnarowicz (fuente)].

Excavación y memoria

Excavación y memoria

«El lenguaje ha dejado claro que la memoria no es un instrumento para explorar el pasado, sino más bien un medio. Es el medio de lo que se experimenta, de la misma manera que la tierra es el medio bajo el que yacen, enterradas, antiguas ciudades. Quien quiera acercarse a su propio pasado deberá actuar como si excavara. Ante todo, no debe tener miedo de volver una y otra vez sobre el mismo asunto; esparcirlo como si esparciera la tierra, removerlo como quien la remueve. Porque “el asunto” no es más que el estrato en el que los secretos mejor guardados se revelan solo a la investigación más meticulosa. Es decir, revelan esas imágenes que, despegadas de cualquier asociación previa, habitan como tesoros en las austeras habitaciones de nuestras impresiones ulteriores —cual torsos en la galería de un coleccionista. No hay duda de que conviene planear las excavaciones metódicamente. Y quien se limite a hacer un inventario de sus hallazgos, sin establecer el lugar exacto donde, bajo el suelo de hoy, están enterrados los tesoros antiguos, se priva del premio más importante que podría alcanzar. Así, con los recuerdos auténticos, importa mucho menos informar sobre ellos que marcar, con precisión, el lugar donde se ha tomado posesión de ellos. Épica y rapsódica en sentido estricto, la memoria genuida debe, por lo tanto, revelar una imagen de la persona que recuerda, de la misma manera que un buen informe arqueológico no solo nos habla de los estratos en los que se han hallado tal o cual cosa, sino que también nos dice qué estratos tuvieron que romperse primero».

[Walter Benjamin: «Excavación y memoria», citado por Isabel Cadenas Cañón en Poética de la ausencia. Formas subversivas de la memoria en la cultura visual contemporánea (Cátedra, 2019; p. 38-39). La traducción es de la propia Cadenas, a partir de la versión inglesa del texto. Imagen: Benjamin en la Biblioteca Nacional de Francia, en París, 1939; foto de Gisèle Freund].

O que no se origine nada más

O que no se origine nada más

«He escrito “Vosotras, palabras” después de no atreverme durante cinco años a escribir un poema, después de no querer escribir ninguno más, de haberme prohibido hacer otra hechura de las que se llaman poemas. No tengo nada en contra de los poemas, pero usted ha de comprender que uno de repente puede estar en contra de cualquier metáfora, cualquier sonido, cualquier obligación de juntar palabras, contra este presentar de una manera completamente feliz palabras e imágenes. Que uno desee ahogarlo, para poder comprobar de nuevo qué es, qué debería ser. Sigo sabiendo poco de poemas, pero entre lo poco está la sospecha. Sospecha de ti lo suficiente, sospecha de las palabras, de la lengua, me he dicho muchas veces, ahonda esta sospecha —para que un día, quizás, pueda originarse algo nuevo— o que no se origine nada más».

[Extraído del prólogo de Últimos poemas, de Ingeborg Bachmann (Hiperión, 2005 [1999]); traducción de Concha García y Cecilia Dreymüller. Imagen].

Crossroads

Crossroads

la razón por la que vine:
el naufragio y no la historia del naufragio
Adrienne Rich

Esta canción comienza con un grito es un grito comienza con el dolor

Como comienzan las canciones

Esta canción comienza con un aullido con un cuello de botella rasgando cuerdas vocales con el polvo de las habitaciones abandonadas

Esta canción comienza con la memoria es la memoria comienza con el dolor

Comienza con mis hermanos colgados de los cipreses ahorcados en los plenilunios abrasados vivos en sus casas de madera

Comienza con mis hermanos encadenados cruzando el océano llenando con su llanto los mares embriagándose en las crecidas de los ríos

Comienza con mis hermanos moribundos en las bodegas muertos de pena en la estantigua de los mercados crucificados como antiquísimos dioses en los mástiles de los barcos

Mis hermanos bailando el vals de las agujas proclamando con sus obras el reino de los cielos elaborando con delicadeza las estadísticas de los noticiarios

Mis hermanos apaleados en las comisarías acribillados a balazos en los callejones arrojados desde las ventanas al viento de la medianoche

Mis hermanos sacrificados en la vereda de los caminos en la brisa dulce del delta en el corazón telúrico de los saxofones

Mis hermanos balanceándose incluso en su pérdida balanceándose incluso en sus cicatrices balanceándose incluso en su asesinato a manos del amo y a manos de los perros del amo

Mis hermanos balanceándose como extraña fruta

Southern trees bear a strange fruit

Mis hermanos balanceándose extraña fruta en los labios

Blood on the leaves and blood at the root

Extraña fruta en los labios de mis hermanas

Black bodies swinging in the southern breeze

Mis hermanas que susurraron suavemente sus nombres los nombres de todos los
ahogados

Mis hermanas que enumeraron en la madrugada sus nombres como quien se sumerge dichoso en el agua de las marismas

Mis hermanas que deletrearon ebrias de tenebroso gozo sus nombres como quien ha sido bautizado en la fe de los pantanos

Mis hermanas que escondieron la luz en el fondo de los vasos en el fondo de las botellas en el fondo de las canciones y la bebieron lentamente sabiendo que la luz acabaría con ellas que la luz acabaría con todo

Mis hermanas que partieron el pan con los gorriones en las azoteas de los burdeles en las salas de espera de las oficinas de empleo en los portaequipajes de aquellos autobuses amarillos que atraviesan la ciudad que atraviesan el sur que atraviesan en invierno las ciudades

Mis hermanas que desaparecieron dejando como único rastro la melancolía de los
buzones la tiza en el asfalto su fotografía en la página roja de los diarios locales

Mis hermanas allá en el sur cantando

Mis hermanas que jamás regresaron

Esta canción comienza donde termina la posibilidad del regreso

Esta canción es la posibilidad del regreso

Aunque nunca nadie regrese

Aunque solo quede de nosotros la ceniza en el paladar el frío en los pulmones las marcas de navaja en la madera carcomida de los moteles en el polvo de las habitaciones abandonadas

Black bodies swinging in the southern breeze

Esta canción comienza allá en el sur allá en el delta del Mississippi aquí en las ciudades

Esta canción comienza en la ciudad es la ciudad es todas las ciudades

Y comienza como comienzan las ciudades

Comienza como comienzan las canciones

Comienza con el dolor

Esta canción

Es el dolor

Y la memoria del dolor

Canta oh hermano el dolor de un nieto de esclavos

Canta oh hermano el dolor del hijo del carpintero que era en realidad hijo de los mirlos que atraviesan en invierno el Mississippi revelando a su paso la desolación de las mareas

Canta hermano el dolor de aquel que aprendió de los mirlos a cantar con la cadencia de los doce compases

Canta hermano el dolor de aquel que murió con veintisiete inviernos

Que murió con veintisiete inviernos crucificado en el cuello de las botellas en la madera de las cantinas en los mástiles de los barcos

Que murió con veintisiete inviernos como mueren las canciones

Que murió con veintisiete inviernos y doce compases

Que murió con veintisiete inviernos y dos fotografías

Canta oh hermano el dolor de Robert Johnson

Para que no muera de nuevo

Para que resucite.

[Texto incluido en el poemario Estaciones de invierno (Libros En Su Tinta, 2016). Imagen: tumba de Robert Johnson en Greenwood, Mississippi; fotografía de Sean Davis].