Los viejos subtes no mueren

Los viejos subtes no mueren

«Si morir es dormir, ¿qué es lo que sueña un muerto?». Adrián R, el protagonista de Generación cochebomba (Pepitas de calabaza, 2015), deambula por las calles de Lima con una canción de Eskorbuto en la cabeza. Lima la gris, Lima la horrible: una ciudad cercada por el terrorismo y la guerra sucia, por la crisis económica y la corrupción; el no future, la distopía del punk hecha asfalto. Frente a esta realidad, como en la canción de Eskorbuto, algunos chavales, los subtes, han decidido buscar en la basura algo nuevo.

Nos encontramos en la segunda mitad de la década de los 80. Sendero Luminoso marca con atentados y apagones el ritmo de una capital que se imaginaba ajena a lo que ocurre en el resto del país. El Estado responde con represión, grupos paramilitares y masacres tan indiscriminadas como las que llevan a cabo los subversivos.

Entre estas dos violencias en disputa por el poder, estas dos violencias que se pretenden nobles y legítimas, bailan los subtes cada noche su pogo, despliegan su propia violencia absurda y nihilista, reflejo distorsionado de aquellas. La banda sonora: Eskorbuto, La Polla Records y Kortatu; Sex Pistols, The Clash y Dead Kennedys; y, claro, el punk peruano, el llamado rock subterráneo.

Días y noches de alcohol y droga, derivas delirantes en carros destartalados, conciertos salvajes, conversaciones interminables, tribus urbanas, batallas campales… Y recuerdos, la memoria de una sociedad ya herida, pero aún no de muerte, «una época donde todavía se tenía esperanzas».

Adrián y sus compinches, sus causas —Pocho Treblinka, Carlos Desperdicio, Fredy Nada o el Innombrable—, rememoran constantemente su infancia, una edad y una educación sentimental inseparable de los acontecimientos políticos, una mirada indisociable de la barbarie, como cuando evocan el motín del penal El Sexto y la posterior matanza de presos a manos de las fuerzas de seguridad, mientras ellos daban clase a poca distancia de allí; escuela y prisión unidas, inevitablemente: «Los colegios y las cárceles, dijo el Innombrable, son iguales».

Muera la vida

Pero, precisamente, esta memoria —fragmentaria, oral, colectiva— se opone al discurso oficial sobre los hechos, se sitúa voluntariamente, como el punk, como el rock subterráneo, «de espaldas a la historia».

Los subtes abrazan el «no hay futuro» no como una provocación (o, al menos, no sólo como provocación), sino como la constatación del fracaso del presente; y de la misma manera, escriben en los muros la frase «muera la vida»: no es un deseo, es una afirmación. «—Sí, salud —respondió el Fredy Nada, levantando el otro trago—. Por todos nosotros: ¡La Generación del Apagón y el Cochebomba!».

Así, a través de dos relatos que se van entrelazando hasta converger definitivamente —uno, el de la escena musical underground de Lima; otro, el de un par de militantes de Sendero Luminoso que preparan acciones en la ciudad—, Generación cochebomba deviene en la crónica polifónica, distorsionada y desafinada de una juventud abandonada, cínica, desesperanzada, pero, sin embargo, capaz de darle sentido, a pesar de sus contradicciones (o, tal vez, gracias a ellas), a palabras como libertad, dignidad, resistencia: punk not dead, «los viejos subtes no mueren».

Aun sabiendo, como también cantaba Eskorbuto, que «nadie es inocente, todos terroristas», los protagonistas de la novela logran mantener hasta el final, asumiendo las consecuencias, cierta ingenuidad, una expresión todavía adolescente entre tanto horror. Ésa es, quizá, su victoria.

Punk / Política / Perú

1965: Con su single «Demolición», la banda limeña Los Saicos inventa el punk una década antes de la invención del punk.

1968: El general Juan Velasco Alvarado encabeza la llamada Revolución de la Fuerza Armada, golpe de Estado militar que derroca al presidente Fernando Belaunde.

1969: De una escisión del partido maoísta Bandera Roja, nace en la ciudad de Ayacucho Sendero Luminoso.

1975: Una huelga general de la policía desemboca en la capital en una serie de levantamientos populares que serán reprimidos por el ejército. Tras estos sucesos —conocidos como el «Limazo»— se produce un nuevo pronunciamiento, dirigido por el general Francisco Morales Bermúdez. Diversos documentos relacionarán posteriormente el gobierno de Morales Bermúdez con la Operación Cóndor.

1980: Primeras elecciones democráticas desde 1963. Segundo gobierno de Belaunde.

1983: Se forma en Lima la banda Leusemia, principal referente del rock subterráneo. Otros grupos fundacionales del movimiento son Narcosis, Guerrilla Urbana, Autopsia o Zcuela Crrada.

1992: En un autogolpe, el presidente Alberto Fujimori —hoy en prisión por crímenes de lesa humanidad— disuelve el Congreso de la República y declara un gobierno de emergencia. Ese mismo año, la policía captura a Abimael Guzmán, aka Presidente Gonzalo, líder de Sendero Luminoso.

2003: La Comisión de la Verdad y Reconciliación presenta su informe sobre el conflicto, cuestionado por ambas partes. La Comisión cifra en casi 70.000 personas, entre muertos y desaparecidos, el número de víctimas.

2007: Publicación de Generación cochebomba, autoeditada por Roldán Ruiz.

2016: Más de seis millones de peruanos votan por Keiko Fujimori, hija del expresidente, en las elecciones generales. Es la candidata más votada, pero al no obtener mayoría absoluta es necesaria una segunda ronda, prevista para el 5 de junio.

[Artículo publicado en el periódico Diagonal (junio de 2016). Imagen].

Memoria llama (Punk Not Dead)

Memoria llama (Punk Not Dead)

La luz que origina la llama / el chasquido del pedernal / la chispa en los molares / la salamandra en el paladar / las explosiones derramadas en las alcantarillas / las ratas huyendo / los ciegos que creyeron ver / las vidas que le debo a una canción / las raíces doblegando el hormigón / la memoria que despierta con el fuego / la palabra húmeda y seca / los conductores eléctricos / los callejones que escupen punk not dead / los viejos mapas / los poemarios abandonados en las plazas / las teorías del caos / Muhammad Ali / todos los combates / todas las ciudades / de las mariposas el aleteo / Lumumba sin Kinshasa / Joe Strummer en Granada / las luciérnagas / los haikus / los mariachis de esqueletos / los detectives salvajes / México / Londres / Barcelona / pinturas de guerra apache / el rastro del azogue / las noches / y nuestras manos / como océanos / como yunques / pero nuestras manos / el no future / la utopía / la memoria de nuevo / de nuevo / el fuego.

[Poema incluido en el libro Todas las ciudades del fuego, publicado en 2015 por la editorial Difácil. Imagen: detalle de la ilustración de portada, realizada por José María García Domínguez].

Introducción: déjenlo todo, nuevamente

Introducción: déjenlo todo, nuevamente

El 10 de noviembre de 1891 muere en Marsella Arthur Rimbaud. Tras pasar más de una década en África y Oriente Próximo, había regresado a Francia en mayo para tratar una dolencia en su rodilla derecha que le cuesta primero la pierna y finalmente la vida. Tenía treinta y siete años. Al entierro en Charleville, su ciudad natal, solo acuden su madre y su hermana, quienes graban en la lápida: «Rezad por él». Acertado epitafio para el hombre que ahí yace, el comerciante en Adén, el traficante de armas en Harar. Pero Rimbaud, ya lo sabemos, siempre es otro, aquel que «escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos». En los cafés, en las tertulias literarias de París, lejos de orar por su alma, los poetas comienzan a venerar la figura y la obra del enfant terrible por excelencia; del punk que con 19 años había transformado la poesía para abandonarla de inmediato, agotado de intentar cambiar con las palabras, igualmente, la vida. No obstante, como el fantasma de Marx y Engels, un rumor, casi un susurro, recorre Europa: hay que hallar una lengua capaz de nombrar lo desconocido. Hay que robar el fuego. A pesar del fracaso, o quizás, a través de él.

«Déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos». En 1976, en México DF, un joven poeta chileno cierra con esta frase el primer manifiesto del Infrarrealismo. Su nombre es Roberto Bolaño, pero también él es otro, también él se llama Arturo. Tiene veintitrés años y está loco; ha perdido un país pero ha ganado un sueño, y con ese sueño lo demás no importa. Hasta aquí ha llegado el rumor. Bolaño perseguirá a Rimbaud por medio mundo, perseguirá el fuego. En Los detectives salvajes contará esa búsqueda, la crónica de algo que parece una derrota y sin embargo es de nuevo un aullido, una llamada a los caminos. Ahora, en México DF, en 1976, cuando apenas empieza esa odisea, Bolaño reclama en el manifiesto infrarrealista: «Desplazamiento del poema a través de las estaciones de los motines […]. ¡Rimbaud, vuelve a casa!».

Ese mismo año, en Nueva York, Patti Smith otra punki, otra poeta graba y publica su segundo álbum: Radio Ethiopia, título en homenaje, precisamente, a Arthur Rimbaud. «When, when will you return?», canta en «Distant Fingers», la tercera pista del disco. «¿Cuándo volverás?». O también: «¡Rimbaud, vuelve a casa!». Pero para poder regresar es necesario marcharse. La propia Smith publica en 1996 el álbum Gone Again, donde se incluye «Beneath the Southern Cross», tema que algún tiempo después dedicará a Bolaño en sus conciertos. Veinte años separan estos dos discos; los mismos veinte años, exactamente, del viaje de Arturo Belano y Ulises Lima. Pero Ítaca no es un lugar, no hay hogar al que regresar, nuestra única casa es, tal vez, la palabra. Como si pudiéramos decir con Félix Grande: «yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje». Como si pudiéramos decir con el poeta palestino Mahmud Darwish: «Y esto que parece la muerte es la victoria». Como si pudiéramos decir con Rimbaud: «La verdadera vida está ausente». O mejor: esto que llamamos vida, no lo es.

Y hoy, otra vez, casi veinte años más tarde, es 10 de noviembre. La vida está en otra parte, y el invierno se aproxima. «Y temo el invierno, porque es la estación del confort».

Déjenlo todo, nuevamente.

[Imagen: stencil de Rimbaud en el barrio parisino de Le Marais. Fuente: Wikimedia Commons].