Spanish Bombs

Spanish Bombs

Eh, Joe, a veces pienso en ti, a veces
pienso en vosotros, ¿sabes?, incendiando
escenarios, tan jóvenes,
___________________________a veces,
quemando las calles de Londres en 1977, en 1979,
en todos los inviernos de nuestro descontento;
a veces pienso en ti, y pienso en Mick,
en sus coros, en los arreglos de guitarra,
en cómo Mick cantaba «Stay Free»,
y pienso también en Topper y en los cronómetros,
y en Topper enganchado a la heroína,
y en todo aquello que late y explota,
pero, Joe, sobre todo, pienso mucho
en las fotografías, en lo que permanece,
y también en aquel bajo Fender de Paul.

Suele suceder en días como estos, ¿sabes?
En días de lluvia y viento, en las noches
oscuras de diciembre en las que hago inventario
de todo lo que no tengo, de todo,
Joe: no tengo trabajo, no tengo casi nada;
no tengo casa, no tengo dinero,
no tengo ganas de escribir,
_______________________________la vida
no era esto, Joe, la poesía
no era esto, el punk rock,
Joe, el punk rock no era esto,

_________________________         _pero
no te preocupes, ya he estado antes aquí,
abajo del todo, a un paso o quizá menos,
en puentes, en estaciones de tren,
observando el vuelo de los pájaros,
calculando la caída necesaria
para escapar para siempre del frío…

_
Eh, Joe, pero mejor hablemos de otras cosas:
escuché que en Granada le han puesto a una plaza
tu nombre, quisiera ir una mañana
de primavera, leerle a tu sombra
poemas de Lorca, cantar a coro las canciones
de Dylan que hablan de México (todas
las que podamos recordar)
y despedirme con la última luz de abril,
bajar tarareando «Spanish Bombs»,
ponerme ciego en la calle Elvira
y así, borracho de cerveza y muerte y vida,
terminar la letra de esa canción
que tú nunca acabaste
sobre todos los bombardeos
sobre todas las ciudades
que alguna vez
se llamaron Granada.

[Imagen: grafiti de Joe Strummer cantante de The Clash en la plaza de Granada que lleva su nombre. El grafiti es de El Niño de las Pinturas; la foto de SecretOlivo].

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Toda poesía es hostil al capitalismo o elogio de la periferia

Toda poesía es hostil al capitalismo o elogio de la periferia
I.

Benvolguts, benvolgudes, bona tarda a tots i a totes.

En primer lugar, quiero agradecer al Casal de Joves de Prosperitat en particular y a toda la organización de esta Foliada 2017, en general, la invitación para estar aquí, en la lectura de este pregón. «Para esta Foliada se ha decidido que el pregón lo hagan poetas», me comentaron hace un par de meses, cuando me propusieron participar, y yo contesté que vale, que venga, que escribiría algo, aunque nunca hasta ahora había leído un pregón, ni sabía lo que era la Foliada, ni conozco el tejido asociativo de Nou Barris tan bien como me gustaría… Pero todo esto lo pensé después de decir que sí. Así que aquí estoy: al fin y al cabo, en la escritura el «qué» nunca me ha preocupado tanto como el «para quién» o, aun mejor, «con quién».

II.

«No hay soledad en la escritura. Escribir es hacer comunidad», dice a este respecto la escritora mexicana Cristina Rivera Garza. Los filósofos Deleuze y Guattari, en Mil mesetas, lo explicaban de otra manera: «Cuando se escribe, lo único verdaderamente importante es saber con qué otra máquina está conectada la máquina literaria». No puede existir literatura, ni arte, ni cultura que no esté enraizada en el territorio, que no dialogue de alguna manera con lo que ocurre a su alrededor. Es decir, sí que puede existir, pero estaríamos hablando entonces de una cultura prefabricada, creada exclusivamente para ser «consumida», y en la que se abre un abismo entre el creador —palabra con tintes bíblicos— y los espectadores, entre aquello que nos cuentan y aquello que en la realidad sucede.

La cultura, decía Marina Garcés hace unas semanas en el pregón de las fiestas de La Mercè, «es la posibilidad de relacionar los saberes con la vida». La cultura, añadiría yo, es la posibilidad de cantar a coro para rebatir el discurso del poder, y la cultura popular (expresión que en el caso de Nou Barris resulta redundante) es la posibilidad de articular un relato propio de nuestras vidas y del espacio donde estas suceden, en este caso: la ciudad, las ciudades. La cultura popular es, quizás, entonces, al menos para nosotras: la historia de la ciudad desde las afueras de la ciudad.

III.

Si de algo sabe la poesía es de ciudades. Podríamos decir que la poesía, como la entendemos hoy en día, y las ciudades, como las conocemos hoy en día, nacen casi al mismo tiempo: en París, a mitad del siglo XIX, cuando la alianza del poder político con el capital comienza a transformar el corazón de las urbes para facilitar la producción y el movimiento de mercancías, y para facilitar, al mismo tiempo, la labor de las fuerzas represivas, ensanchando las calles y evitando así las barricadas que se levantaban cada cierto tiempo, en una época de continuos alzamientos revolucionarios en Europa. Los centros urbanos son derruidos y sustituidos por grandes avenidas y amplias aceras; la ciudad deja de ser el lugar de las conspiraciones y el anonimato y se transforma en un espacio limpio y aséptico para el incipiente consumo de masas y para la policía de turno. Los habitantes de esas zonas comienzan a ser primero criminalizados y luego expulsados a unas periferias que no dejarán de crecer, mientras sus antiguos barrios se vuelven irreconocibles o, directamente, desaparecen.

Estoy hablando del París del siglo XIX, pero, sí, podría estar hablando de la Barcelona de 2017.

En este contexto un tipo llamado Charles Baudelaire funda con un libro titulado Las flores del mal la poesía moderna; una poesía que escoge como protagonistas a estos primeros desheredados del capitalismo moderno: a los obreros, a las prostitutas, a los mendigos, a todos aquellos que se arrastran por los bulevares y los callejones, lejos de las flamantes luces de la nueva ciudad. Y encuentra, precisamente, en las miserias, en las contradicciones y en las resistencias de estas personas algo hermoso, una belleza que viene de lo feo, lo sórdido y lo marginal. Igual que hicieron los Sex Pistols con el rocanrol, así, mezclando viejas formas con nuevos conflictos, desenmascara Baudelaire, primer punk de la historia, las relaciones de poder que el capital impone. El poeta es aquí una especie de detective que recorre sin rumbo las calles buscando correspondencias ocultas, conexiones que no aparecen en los mapas que reflejan y señalan el poder.

IV.

Un siglo después, todavía en París, un grupo de filósofos y poetas conocidos como «situacionistas», también punks antes del punk, llamarán a esta deriva, medio en broma, medio en serio, «psicogeografía». El resto del mundo seguimos conociendo esta práctica como pasear, pero, en cualquier caso, la idea era aprehender la ciudad con maneras e intenciones distintas a las que marca el discurso oficial y, tal vez así, imaginar otra ciudad posible, no regida por los edificios gubernamentales o los monumentos históricos, es decir, no regida por los símbolos del poder. La improvisación, la espontaneidad y la creatividad no son otra cosa aquí que un desafío abierto a los planificadores urbanos, a los mapas dibujados desde los despachos. Para los psicogeógrafos, habitar la ciudad es perseguir la ciudad. Los situacionistas retoman el viejo sueño de las vanguardias (y antes de las vanguardias, del Romanticismo) de convertir la vida cotidiana en arte, y el arte, en vida.

V.

Dejó escrito el poeta Juan Gelman, padre y abuelo de desaparecidos por la dictadura de las Juntas Militares argentinas que «toda poesía es hostil al capitalismo». El capitalismo, en su actual forma neoliberal, es justo lo contrario de la poesía: no entiende de metáforas, todo lo convierte en mercancía; ata todo nombre y significado, toda emoción, sensación, práctica o proceso a una cosa: un producto, una marca, una «experiencia». Sí: el capitalismo, después de robarnos nuestra vida, pretende vendérnosla en pequeñas cápsulas, como «experiencias». La cultura, entonces, como acto político con el que reclamar y recuperar aquello que nos ha sido usurpado; la cultura como acontecimiento que conecta todas las facetas de nuestra vida e impide la fragmentación y el aislamiento con el que el neoliberalismo pretende someternos; la cultura como red que articula los barrios, los distritos y las ciudades desde abajo, desde la periferia y desde la memoria, y no desde el poder y su versión única de la historia.

VI.

Cada año, a finales de agosto, se recuerda en el distrito de Nou Barris, en la plaza Madres de Plaza de Mayo, el asesinato, a manos de la policía franquista, del maqui libertario Josep Lluís Facerías. A Facerías se le suele atribuir el atraco (en 1947, apenas unos meses después de salir de la cárcel) al edificio de la Hispano-Olivetti, importante empresa de máquinas de escribir ubicada por aquel entonces en la plaça de les Glòries de Barcelona. Toda poesía es hostil al capitalismo, hemos dicho, porque el capitalismo no entiende de metáforas. Tal vez sea esta la labor de la poesía, en los tiempos que corren: recuperar las metáforas frente al dominio de lo literal y de la neolengua, volver inseparables el arte y la vida, y que ante aquella pregunta terrible de «¿qué es poesía?» podamos responder, por ejemplo: poesía es un anarquista asaltando una fábrica de máquinas de escribir; poesía es una planta asfáltica convertida en carpa de circo, en ateneo popular; poesía es que las palabras señalen el lugar donde estuvieron las luchas y los cuerpos, y que seamos también capaces de poner el cuerpo donde pusimos antes la palabra, para recordarle al poder, desde la periferia de las ciudades y desde la periferia de los estados, que nuestras vidas son precisamente eso: nuestras.

Leo, y con esto termino mi intervención, el poema de Juan Gelman:

toda poesía es hostil al capitalismo
puede volverse seca y dura pero no
porque sea pobre sino
para no contribuir a la riqueza oficial

puede ser su manera de protestar de
volverse flaca ya que hay hambre
amarilla de sed y penosa
de puro dolor que hay puede ser que

en cambio abra los callejones del delirio y las bestias
canten atropellándose vivas de
furia de calor sin destino puede
ser que se niegue a sí misma como otra

manera de vencer a la muerte
así como se llora en los velorios
poetas de hoy
poetas de este tiempo

nos separaron de la grey no sé que será de nosotros
conservadores comunistas apolíticos cuando
suceda lo que sucederá pero
toda poesía es hostil al capitalismo

Feliz Foliada a todas y a todos.

Salud y poesía.

[Texto leído el 6 de octubre de 2017, en el Ateneo Popular de Nou Barris, como pregón del festival de cultura popular Foliada. El poema de Gelman pertenece al libro Cólera Buey (1971). Imagen: foto del Ateneo, Arxiu Històric de Roquetes].

Sid & Nancy

Sid & Nancy

«¿Morirías por mí?», preguntó Nancy.
Pero Sid solamente imaginaba
animales de fábula,
palmeras rojas, plátanos azules.
Juan de Dios García

 

Ayer me encontré con Sid & Nancy en la estación de tren.
Dormitaban en los bancos del andén, las cordilleras
del peinado de él descansando en el regazo de ella;
yo venía de currar quince horas seguidas. Nancy
acariciaba las mejillas de Sid mientras calculaba
la profundidad de los túneles, había amor, había odio
en su silencio; no había nadie más en la estación,
solo Sid & Nancy & yo. Subimos los tres al mismo tren
de cercanías, dirección Montcada-Bifurcació,
y nos sentamos en el mismo vagón.
Me sentí como un detective salvaje persiguiendo
dos sombras; Sid & Nancy susurraban secretos,
yo estudiaba sus espaldas, los parches de sus cazadoras,
la silueta de sus sueños, y ya bajaba en la próxima parada
y me alegré al saber que Sid & Nancy bajaban conmigo,
aunque también fue una extraña decepción: los imaginaba
perdiéndose en la noche en un viaje interminable
o, en su defecto, llegando hasta Montcada
y su cruce de caminos
—hay algo romántico y terrible en los finales
de trayecto, incluso si hablamos de un tren de cercanías—,
pero, no, ya lo he dicho, bajaron conmigo: Sid & Nancy
& yo compartiendo periferia; los seguí
desde la otra acera, a unos metros de distancia,
por las calles desiertas de Ciudad Meridiana.
Quise acercarme a ellos y advertirles: «Guardaos
de las habitaciones de hotel, de las ventanas cerradas»,
pero no me atreví y al poco tiempo
giraron una esquina y entraron en la niebla.
Al llegar a casa pensé que era imposible:
«He trabajado demasiado, Sid & Nancy
ya están muertos: serían dos chavales,
o dos fantasmas». En cualquiera de los casos
escribo estas líneas para que quede testimonio:
Sid Vicious & Nancy Spungen tal vez
fueron vistos en septiembre de 2017
en las afueras de Barcelona.

[Imagen: Sid Vicious y Nancy Spungen].

Los viejos subtes no mueren

Los viejos subtes no mueren

«Si morir es dormir, ¿qué es lo que sueña un muerto?». Adrián R, el protagonista de Generación cochebomba (Pepitas de calabaza, 2015), deambula por las calles de Lima con una canción de Eskorbuto en la cabeza. Lima la gris, Lima la horrible: una ciudad cercada por el terrorismo y la guerra sucia, por la crisis económica y la corrupción; el no future, la distopía del punk hecha asfalto. Frente a esta realidad, como en la canción de Eskorbuto, algunos chavales, los subtes, han decidido buscar en la basura algo nuevo.

Nos encontramos en la segunda mitad de la década de los 80. Sendero Luminoso marca con atentados y apagones el ritmo de una capital que se imaginaba ajena a lo que ocurre en el resto del país. El Estado responde con represión, grupos paramilitares y masacres tan indiscriminadas como las que llevan a cabo los subversivos.

Entre estas dos violencias en disputa por el poder, estas dos violencias que se pretenden nobles y legítimas, bailan los subtes cada noche su pogo, despliegan su propia violencia absurda y nihilista, reflejo distorsionado de aquellas. La banda sonora: Eskorbuto, La Polla Records y Kortatu; Sex Pistols, The Clash y Dead Kennedys; y, claro, el punk peruano, el llamado rock subterráneo.

Días y noches de alcohol y droga, derivas delirantes en carros destartalados, conciertos salvajes, conversaciones interminables, tribus urbanas, batallas campales… Y recuerdos, la memoria de una sociedad ya herida, pero aún no de muerte, «una época donde todavía se tenía esperanzas».

Adrián y sus compinches, sus causas —Pocho Treblinka, Carlos Desperdicio, Fredy Nada o el Innombrable—, rememoran constantemente su infancia, una edad y una educación sentimental inseparable de los acontecimientos políticos, una mirada indisociable de la barbarie, como cuando evocan el motín del penal El Sexto y la posterior matanza de presos a manos de las fuerzas de seguridad, mientras ellos daban clase a poca distancia de allí; escuela y prisión unidas, inevitablemente: «Los colegios y las cárceles, dijo el Innombrable, son iguales».

Muera la vida

Pero, precisamente, esta memoria —fragmentaria, oral, colectiva— se opone al discurso oficial sobre los hechos, se sitúa voluntariamente, como el punk, como el rock subterráneo, «de espaldas a la historia».

Los subtes abrazan el «no hay futuro» no como una provocación (o, al menos, no sólo como provocación), sino como la constatación del fracaso del presente; y de la misma manera, escriben en los muros la frase «muera la vida»: no es un deseo, es una afirmación. «—Sí, salud —respondió el Fredy Nada, levantando el otro trago—. Por todos nosotros: ¡La Generación del Apagón y el Cochebomba!».

Así, a través de dos relatos que se van entrelazando hasta converger definitivamente —uno, el de la escena musical underground de Lima; otro, el de un par de militantes de Sendero Luminoso que preparan acciones en la ciudad—, Generación cochebomba deviene en la crónica polifónica, distorsionada y desafinada de una juventud abandonada, cínica, desesperanzada, pero, sin embargo, capaz de darle sentido, a pesar de sus contradicciones (o, tal vez, gracias a ellas), a palabras como libertad, dignidad, resistencia: punk not dead, «los viejos subtes no mueren».

Aun sabiendo, como también cantaba Eskorbuto, que «nadie es inocente, todos terroristas», los protagonistas de la novela logran mantener hasta el final, asumiendo las consecuencias, cierta ingenuidad, una expresión todavía adolescente entre tanto horror. Ésa es, quizá, su victoria.

Punk / Política / Perú

1965: Con su single «Demolición», la banda limeña Los Saicos inventa el punk una década antes de la invención del punk.

1968: El general Juan Velasco Alvarado encabeza la llamada Revolución de la Fuerza Armada, golpe de Estado militar que derroca al presidente Fernando Belaunde.

1969: De una escisión del partido maoísta Bandera Roja, nace en la ciudad de Ayacucho Sendero Luminoso.

1975: Una huelga general de la policía desemboca en la capital en una serie de levantamientos populares que serán reprimidos por el ejército. Tras estos sucesos —conocidos como el «Limazo»— se produce un nuevo pronunciamiento, dirigido por el general Francisco Morales Bermúdez. Diversos documentos relacionarán posteriormente el gobierno de Morales Bermúdez con la Operación Cóndor.

1980: Primeras elecciones democráticas desde 1963. Segundo gobierno de Belaunde.

1983: Se forma en Lima la banda Leusemia, principal referente del rock subterráneo. Otros grupos fundacionales del movimiento son Narcosis, Guerrilla Urbana, Autopsia o Zcuela Crrada.

1992: En un autogolpe, el presidente Alberto Fujimori —hoy en prisión por crímenes de lesa humanidad— disuelve el Congreso de la República y declara un gobierno de emergencia. Ese mismo año, la policía captura a Abimael Guzmán, aka Presidente Gonzalo, líder de Sendero Luminoso.

2003: La Comisión de la Verdad y Reconciliación presenta su informe sobre el conflicto, cuestionado por ambas partes. La Comisión cifra en casi 70.000 personas, entre muertos y desaparecidos, el número de víctimas.

2007: Publicación de Generación cochebomba, autoeditada por Roldán Ruiz.

2016: Más de seis millones de peruanos votan por Keiko Fujimori, hija del expresidente, en las elecciones generales. Es la candidata más votada, pero al no obtener mayoría absoluta es necesaria una segunda ronda, prevista para el 5 de junio.

[Artículo publicado en el periódico Diagonal (junio de 2016). Imagen].

Memoria llama (Punk Not Dead)

Memoria llama (Punk Not Dead)

La luz que origina la llama / el chasquido del pedernal / la chispa en los molares / la salamandra en el paladar / las explosiones derramadas en las alcantarillas / las ratas huyendo / los ciegos que creyeron ver / las vidas que le debo a una canción / las raíces doblegando el hormigón / la memoria que despierta con el fuego / la palabra húmeda y seca / los conductores eléctricos / los callejones que escupen punk not dead / los viejos mapas / los poemarios abandonados en las plazas / las teorías del caos / Muhammad Ali / todos los combates / todas las ciudades / de las mariposas el aleteo / Lumumba sin Kinshasa / Joe Strummer en Granada / las luciérnagas / los haikus / los mariachis de esqueletos / los detectives salvajes / México / Londres / Barcelona / pinturas de guerra apache / el rastro del azogue / las noches / y nuestras manos / como océanos / como yunques / pero nuestras manos / el no future / la utopía / la memoria de nuevo / de nuevo / el fuego.

[Poema incluido en el libro Todas las ciudades del fuego, publicado en 2015 por la editorial Difácil. Imagen: detalle de la ilustración de portada, realizada por José María García Domínguez].

Introducción: déjenlo todo, nuevamente

Introducción: déjenlo todo, nuevamente

El 10 de noviembre de 1891 muere en Marsella Arthur Rimbaud. Tras pasar más de una década en África y Oriente Próximo, había regresado a Francia en mayo para tratar una dolencia en su rodilla derecha que le cuesta primero la pierna y finalmente la vida. Tenía treinta y siete años. Al entierro en Charleville, su ciudad natal, solo acuden su madre y su hermana, quienes graban en la lápida: «Rezad por él». Acertado epitafio para el hombre que ahí yace, el comerciante en Adén, el traficante de armas en Harar. Pero Rimbaud, ya lo sabemos, siempre es otro, aquel que «escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos». En los cafés, en las tertulias literarias de París, lejos de orar por su alma, los poetas comienzan a venerar la figura y la obra del enfant terrible por excelencia; del punk que con 19 años había transformado la poesía para abandonarla de inmediato, agotado de intentar cambiar con las palabras la vida. No obstante, como el fantasma de Marx y Engels, un rumor, casi un susurro, recorre Europa: hay que hallar una lengua capaz de nombrar lo desconocido. Hay que robar el fuego. A pesar del fracaso, o quizás, a través de él.

«Déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos». En 1976, en México DF, un joven poeta chileno cierra con esta frase el primer manifiesto del Infrarrealismo. Su nombre es Roberto Bolaño, pero también él es otro, también él se llama Arturo. Tiene veintitrés años y está loco; ha perdido un país pero ha ganado un sueño, y con ese sueño lo demás no importa. Hasta aquí ha llegado el rumor. Bolaño perseguirá a Rimbaud por medio mundo, perseguirá el fuego. En Los detectives salvajes contará esa búsqueda, la crónica de algo que parece una derrota y sin embargo es de nuevo un aullido, una llamada a los caminos. Ahora, en México DF, en 1976, cuando apenas empieza esa odisea, Bolaño reclama en el manifiesto infrarrealista: «Desplazamiento del poema a través de las estaciones de los motines […] ¡Rimbaud, vuelve a casa!».

Ese mismo año, en Nueva York, Patti Smith otra punki, otra poetapublica su segundo álbum: Radio Ethiopia, título en homenaje, precisamente, a Arthur Rimbaud. «When, when will you return?», canta en «Distant Fingers», la tercera pista del disco. «¿Cuándo volverás?». O también: «¡Rimbaud, vuelve a casa!». Pero para poder regresar es necesario marcharse. La propia Smith publica en 1996 el álbum Gone Again, donde se incluye «Beneath the Southern Cross», tema que algún tiempo después dedicará a Bolaño en sus conciertos. Veinte años separan estos dos discos; los mismos veinte años, exactamente, del viaje de Arturo Belano y Ulises Lima. Pero Ítaca no es un lugar, no hay hogar al que regresar, nuestra única casa es, tal vez, la palabra. Como si pudiéramos decir con Félix Grande: «yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje». Como si pudiéramos decir con el poeta palestino Mahmud Darwish: «Y esto que parece la muerte es la victoria». Como si pudiéramos decir con Rimbaud: «La verdadera vida está ausente». O mejor: esto que llamamos vida, no lo es.

Y hoy, otra vez, casi veinte años más tarde, es 10 de noviembre. La vida está en otra parte, y el invierno se aproxima. «Y temo el invierno, porque es la estación del confort».

Déjenlo todo, nuevamente.

 

[Imagen: stencil de Rimbaud en el barrio parisino de Le Marais. Fuente: Wikimedia Commons].