Como todas las tradiciones románticas

Como todas las tradiciones románticas

«En su ensayo sobre la conexión entre «Ned Ludd y Queen Mab», entre la destrucción de máquinas y el Romanticismo, Peter Linebaugh defiende la dimensión política del imaginario: «La facultad de imaginar puede ser política. Hubo una poiesis [creación] de los luditas». El ludismo, la destrucción de máquinas —al igual que el bandolerismo— eran movimientos profundamente románticos; sus protagonistas estaban movidos por la creencia en un pasado mejor, que ha de ser recuperado y hecho de nuevo realidad. Este pasado mejor (el código paternalista, el salario justo, el trabajo con sentido) es una auténtica construcción; la tradición a la que se remite es inventada, como todas las tradiciones románticas. La destrucción de máquinas como movimiento político es romántica en un sentido todavía más específico. Los destructores de máquinas son románticos porque se entregan desde el principio y voluntariamente, al igual que los autores y propagandistas políticos del Romanticismo, al poder de los mitos autoproducidos, que utilizan como arma en la lucha política. Las asambleas nocturnas bajo el cielo raso, los rituales y juramentos secretos, cuyos protocolos y frases siguen siendo desconocidos, los rumores que se difunden sobre armas ocultas y amplias conexiones clandestinas, todo esto pone en escena una época arcaica que es romántica y, al mismo tiempo, eminentemente moderna. Las prácticas místicas representan en cierto modo una inversión del ideal de publicidad y transparencia extendido durante las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Los luditas practican un éxodo de la esfera pública que al mismo tiempo depende de los medios de comunicación modernos, porque los utiliza para propagar su mensaje secreto. El mito ludita es moderno —y para nada arcaico ni retrógrado— en un sentido doble: en primer lugar, los destructores de máquinas y su entorno ensayan formas de solidaridad, que en vista de los aparatos policiales y de espionaje se convierten en vitales para la supervivencia, y que crecen cada vez más con la estatalización y burocratización del dominio político características de la Modernidad. En Schloss und Fabrik, el espionaje que corrompe el cuerpo social dirige la trama; la figura del comisario Schumacher está inspirada en la figura real del comisario y agente de policía Stieber, convertido en sí mismo en el Premarzo (y más allá de él) en una figura realmente mítica. En definitiva, de las prácticas y de los mitos de los luditas surgen los primeros esbozos de una «cultura obrera impenetrable» sin la cual tampoco se habría podido establecer el movimiento sindical oficial.

»De esta confidencialidad surge el segundo aspecto genuinamente moderno de la mitopoiesis ludita: como nadie sabe con exactitud pero todos quieren hablar de ello, se ponen en circulación historias sobre los luditas cuyos protagonistas superan desde el principio cualquier medida común o humana. Aquí hay que nombrar en primer lugar al llamado Ned (o General, o Captain) Ludd. Los propios luditas se refieren en su apogeo a este «nombre mitológico», sobre cuyo origen circulaban una vez más meras historias. Al parecer, según cita Pynchon del Oxford English Dictionary, Ned Ludd era un joven que en 1799, «en un arrebato de rabia loca» destruyó un bastidor del telar; poco después su nombre se hizo proverbial: en cualquier lugar en el que se saboteara una máquina se decía «Ludd debe haber estado aquí». En torno a 1812, cuando el movimiento ludita se había convertido en un movimiento de masas, el Ned Ludd histórico había sido absorbido ya «por el nombre más o menos sarcástico de ‘King (o Captain) Ludd'»; se había onvertido, como sostiene Pynchon, en algo esencialmente distinto: «todo lo demás fue un misterio de oscura y divertida resonancia».

»En las luchas contra el poder sobrehumano de las máquinas, y contra el poder todavía mayor y más impenetrable del «sistema de la fábrica», el propio Ned Ludd se convirtió en una figuración del poder sobrehumano. La lucha de los luditas tenía también relación con «los límites de lo humano»: la destrucción de máquinas era una forma de lucha militante contra la reducción del trabajador al estatus de una máquina. Así, los luditas también hacían vibrar el límite entre el ser humano y la máquina, tan disputado desde las fantasías racionalistas de la Ilustración: quien lucha contra L’homme machine, debe él mismo convertirse en una especie de máquina de lucha, y en todo caso ser algo más que «un mero ser humano» cuya «vida desnuda» —y así lo había afirmado ya Tieck— se agotará precisamente en su funcionamiento mecánico, maquínico.

»Ned Ludd pertenece a esa larga serie de figuras míticas sobrehumanas con las que la Modernidad ha representado —en parte echando mano de un arsenal arcaico— sus propias imágenes invertidas y figuras opuestas: desde Golem, pasando por Frankenstein, hasta Superman. El capitalismo crea sus propios monstruos. La gloria mítica de Ned Ludd proviene de que se coloca junto a actores sobrehumanos. Por eso no puede ser él mismo un mero mortal. Naturalmente, todos los implicados tenían claro que tras las acciones había «personas sencillas»; la vehemente represión pretendía precisamente mostrar con la mayor claridad posible que los luditas eran meros mortales, que también se los podía por tanto matar públicamente. La Frame Breaking Bill [Ley de destrucción de marcos], promulgada en 1812, declaraba la destrucción de máquinas como crimen capital que había de ser sancionado con la pena de muerte, aunque con ello solo confirmaba el carácter sobrehumano de los luditas: tratados en adelante como enemigos del Estado y expulsados fuera de la ley, incluso el ejército tuvo que avanzar y ocupar todo el norte de Inglaterra para acabar con ellos. La gloria del General Ludd como auténtico general se hizo con ello verdaderamente inmortal».

[Fragmento de La poesía de la clase. Anticapitalismo romántico e invención del proletariado (Katakrak, 2020, pp. 364-366; traducción de Imanol Miramón Monasterio), de Patrick Eiden-Offe. Imagen de cabecera].

Su espacio de trabajo, sus vestidos de novia o incluso su empleo

Su espacio de trabajo, sus vestidos de novia o incluso su empleo

«El desarrollo de la «economía colaborativa» obedece en parte a la retórica que rodeó el crecimiento de la economía creativa moldeada por Silicon Valley en los primeros años del siglo XXI, que incluía sistemáticamente el tópico de que la economía era ahora «ingrávida». Atrás había quedado la materia de la producción industrial que salía de la fábrica y los bienes tangibles que tenías que adquirir físicamente en una tienda real. Desde la producción hasta el consumo, el software reemplazaba a las herramientas físicas, las compras en línea desplazaban a las tiendas, los contenidos digitales reemplazaban a las cosas físicas y el crédito digital reemplazaba al dinero en efectivo.

»En esta sopa virtual de datos, conocimientos e información que giraban alrededor del mundo, cualquiera que dispusiese de una conexión a internet podía acceder a este nuevo orden económico mundial. No obstante, los expertos intentaban y todavía intentan por todos los medios subrayar la materialidad de esta economía virtual. Los servidores refrigerados en megabúnkeres hiperseguros, los cables de banda ancha enterrados bajo nuestras aceras, las tuberías panoceánicas, los satélites geoestacionarios por encima de la Tierra que rastrean todos nuestros movimientos, las placas de policarbonato que tenemos al alcance de la mano a cada segundo de nuestras horas de vigilia: el funcionamiento diario e interpersonal del capitalismo digital depende de una vasta y creciente infraestructura material devoradora de recursos.

»De ahí que las economías creativas y digitales vayan dirigidas también a las partes materiales de nuestras vidas. La digitalización de la economía y su invasión de las minucias de la vida cotidiana ha impulsado al capitalismo a maquinar nuevas formas de seguir generando y acumulando beneficios.

»Así pues, existen en la actualidad una infinidad de plataformas diseñadas para monetizar nuestros activos. El modelo empresarial actual consiste en crear una arquitectura digital en la que los consumidores («usuarios») registren sus bienes sobrantes (su casa, su coche, su asiento libre en su vuelo privado de corto recorrido, su espacio de trabajo, sus vestidos de novia o incluso su empleo) y se los alquilen a otros. Lo único que proporciona la empresa es la tecnología y la asistencia virtual requerida con el fin de que las personas puedan «compartir» sus bienes entre ellas, con un coste.

»Esta economía colaborativa ha sido pregonada por aquellos que elogian el poder de la creatividad como un medio a través del cual los ciudadanos ordinarios sustituirán a las corporaciones como los centros del funcionamiento capitalista. Los gurús de los negocios y los consultores de las compañías tecnológicas han argüido que, a medida que la gente rehúye a las grandes corporaciones y vuelve a la compartición entre iguales (por supuesto, con un coste), estamos asistiendo al «cambio más significativo en la sociedad desde la Revolución Industrial». Si alguien alquila su coche a alguien que viene a visitar la ciudad el fin de semana, el dueño gana una suma considerable sin hacer mucho más que entregar un juego de llaves. Mientras tanto, el visitante consigue un coche más barato que si recurriese a una empresa multinacional de alquiler de coches, y la guinda del pastel es que se reducen las emisiones de CO2. Se trata de la situación proverbial en la que todos salen ganando.

»Ahora bien, esto depende de cómo definamos «ganar». Algunas de las primeras empresas que han participado en esta «economía colaborativa» son algunas de las empresas más grandes del planeta. Otras han experimentado reacciones en contra de sus estructuras laborales «creativas».

»Deliveroo, por ejemplo, se esmera en referirse a sus riders (ciclistas y motoristas) como «repartidores independientes», y, al igual que Uber, se enfrenta a acciones legales contra su falta de prestaciones laborales, Asimismo, se enfrenta a las protestas de estos «repartidores independientes» debido a un cambio en la estructura de honorarios. En lugar de pagar un salario por hora, a principios de 2017 Deliveroo modificó los términos del contrato (en algunos casos con solo cuarenta y ocho horas de antelación) para pagar por entrega. Citando los tópicos habituales sobre la «creatividad» (la agilidad y la flexibilidad), Deliveroo alegó que este nuevo modelo aumentaba la eficiencia del repartidor: aquellos que fueses capaces de moverse mejor en el tráfico, desplazarse más deprisa y trabajar más horas recibirían más dinero. A pesar de esto, algunos repartidores sostenían que su salario real por hora había bajado hasta 1,71 libras esterlinas.

»Claramente, el escándalo corporativo no es nuevo ni exclusivo de las empresas de economía colaborativa. Pero existe un tema subyacente que conecta estas «nuevas» estructuras corporativas con la exacerbación de los viejos problemas de explotación de trabajadores y consumidores resultantes de las prácticas corporativas «innovadoras» y «creativas». Las protestas contra estas plataformas se contrarrestan a menudo con acusaciones de ludismo y de miedo al progreso y a la naturaleza inevitablemente cambiante de las prácticas económicas contemporáneas. Pero esta actitud está desprovista del valor del bienestar, la protección y el imperativo social del trabajo. Acusar a aquellos que protestan de renegar del progreso es una cortina de humo para las tentativas deliberadas de individualizar el trabajo y atrofiar la acción colectiva.

»El rápido crecimiento de estas empresas, basado en la naturaleza sumamente explotadora de sus modalidades laborales, la falta de derechos de los trabajadores, los controles no regulados y los costes ocultos, no tiene nada de «creativo»».

[Fragmento de Contra la creatividad. Capitalismo y domesticación del talento (Alfabeto, 2019; p. 154-157, traducción de Pablo Hermida Lazcano), de Oli Mould. Imagen: repartidores de Glovo protestan por la muerte de un trabajador en un accidente de tráfico. Foto de Paco Freire para La Directa].

Para justificar los actos de la multitud

Para justificar los actos de la multitud

«De hecho, esta es esencialmente la idea que expresan los actos de los marineros, su resistencia a la autoridad injusta y sus «victorias de clase» contra la patrulla de enganche. Samuel Adams, conocedor de este activo «espíritu de rebelión» se inspiró en él para tratar de explicar políticamente que estaba haciendo el pueblo trabajador. Adams recurrió a los disturbios de Knowles «para legitimar el derecho público a resistirse mediante la fuerza a la autoridad cuando esta ha sobrepasado sus límites». Partiendo de los derechos históricos de los hombres y mujeres de Inglaterra, Adams se adentraba así en los derechos abstractos de la humanidad: «los disturbios fueron lo que llevaron a Samuel Adams a formular su ideología de resistencia, era la primera vez que se recurría a los derechos naturales del hombre para justificar los actos de la multitud». Adams consideraba que la multitud «encarnaba los derechos fundamentales del hombre, ante los cuales el propio gobierno podía ser juzgado». Pero el punto de partida fue la autonomía de unos cuantos marineros corrientes, «celosos defensores de la libertad». Desembarcaron en el puerto de Boston su potente experiencia acumulada, adquirida mediante el trabajo, la explotación y la resistencia a la autoridad, y esta experiencia no tardó en convertirse en una «nueva intención». Las primeras ideas libertarias en Norteamérica fueron fruto de «la circulación internacional de experiencias obreras»».

[Entre el deber y el motín. Lucha de clases en mar abierto (Antipersona, 2019; p. 367 y 368, traducción de Nacho Sáenz de Tejada), del historiador Marcus Rediker. Imagen: la bandera del pirata inglés John Phillips según la descripción de su compatriota y colega John Quelch. La bandera presenta tres símbolos muy comunes en la Jolly Rogers: el reloj de arena, la calavera o esqueleto y el corazón sangrante; es decir: el tiempo, la muerte y la vida].

No trabajaremos jamás

No trabajaremos jamás

«Generación tras generación, cada vez somos más los supernumerarios, «los inútiles para el mundo», o para el mundo, en todo caso, de la economía. Desde hace sesenta años hay gente como Wiener que profetiza que la automatización y la cibernetización van a «producir un desempleo en comparación del cual las dificultades actuales y la crisis económica de los años 1930-1936 parecerán cosa de broma», así que la cosa tenía que acabar llegando. Según las últimas noticias, Amazon se está pensando abrir en Estados Unidos dos mil supermercados íntegramente automatizados, sin caja y en consecuencia sin cajeras, sometidos a un control total, con reconocimiento facial de los clientes y análisis en tiempo real de cada uno de sus gestos. Al entrar, uno pasa su smartphone por un terminal y a continuación se sirve. Todo lo que elijas se carga automáticamente a tu cuenta Premium gracias a una aplicación, y todo lo que devuelvas a la estantería se te vuelve a abonar. Se llama Amazon Go. En esta distopía mercantil futurista ya no hay dinero líquido, ni colas, ni robos ni casi empleados. Se prevé que este nuevo modelo debería alterar todo el ámbito de la distribución, el mayor proveedor de empleos en los Estados Unidos. A largo plazo, son tres cuartos de los empleos los que deberían desaparecer en el sector de las tiendas de conveniencia. En términos más generales, si nos atenemos a las previsiones del Banco Mundial, para el año 2030 habría desaparecido el 40 % de la masa de empleos existentes en los países ricos bajo el empuje de la «innovación». «No trabajaremos jamás» era una bravata de Rimbaud. Va camino de convertirse en la lúcida constatación de una juventud al completo.

»De la extrema izquierda a la extrema derecha, no faltan charlatanes para prometernos sempiternamente «el restablecimiento del pleno empleo». Quienes quieren hacernos añorar la edad de oro del salariado clásico, sean marxistas o liberales, acostumbran a mentir sobre su origen: aseguran que el salariado nos habría liberado de nuestra servidumbre, de la esclavitud y de las estructuras tradicionales; que habría constituido, en suma, un «progreso». Cualquier estudio histórico un poco serio demuestra, por el contrario, que nació como prolongación e intensificación de las relaciones de subordinación anteriores. Hacer de un hombre el «detentador de su fuerza de trabajo», y que esté dispuesto a «venderla», es decir incorporar a las costumbres la figura del Trabajador, es algo que requiere no pocas expoliaciones, expulsiones, pillajes y devastaciones, no poco terror, medidas disciplinarias y muertes. Es no comprender en absoluto el carácter político de la economía, no ver que de lo que se trata en el trabajo es menos de producir mercancías que de producir trabajadores; esto es, una determinada relación con uno, con el mundo y con los otros. El trabajo asalariado fue la forma de mantenimiento de un cierto orden. La violencia fundamental que contiene, esa que hace olvidar el cuerpo molido del obrero en cadena, el minero fulminado por una explosión de grisú o el burn out de los empleados sometidos a una presión empresarial extrema, guarda relación con el sentido de la vida. Al vender su tiempo, al convertirse en súbdito de eso para lo que se le emplea, el asalariado pone el sentido de su existencia en las manos de aquellos a los que esta deja indiferentes, de aquellos cuya vocación consiste incluso en pisotearla. El salariado ha permitido a generaciones de hombres y de mujeres vivir eludiendo la cuestión del sentido de la vida, «siendo provechosos», «haciendo carrera», «sirviendo». Al asalariado siempre le ha sido lícito dejar dicha cuestión para más tarde —hasta la jubilación, digamos—, mientras lleva una honorable vida social. Y como, según parece, una vez jubilado ya es «demasiado tarde» para planteársela, ya no le queda más que aguardar pacientemente la muerte. De tal modo se habría conseguido pasar una vida entera sin haber tenido que entrar en la existencia. El salariado nos aligeraba así del pesado fardo del sentido y de la libertad humana. No en vano El grito de Munch perfila, todavía hoy, el verdadero rostro de la humanidad contemporánea. Lo que ese desesperado no encuentra sobre su espigón es la respuesta a la pregunta: «¿Cómo vivir?»».

[Ahora, Comité Invisible (Pepitas de calabaza, 2017), páginas 96-99. Imagen: detalle de El grito (Edvard Munch, 1893)].