Toda poesía es hostil al capitalismo o elogio de la periferia

Toda poesía es hostil al capitalismo o elogio de la periferia
I.

Benvolguts, benvolgudes, bona tarda a tots i a totes.

En primer lugar, quiero agradecer al Casal de Joves de Prosperitat en particular y a toda la organización de esta Foliada 2017, en general, la invitación para estar aquí, en la lectura de este pregón. «Para esta Foliada se ha decidido que el pregón lo hagan poetas», me comentaron hace un par de meses, cuando me propusieron participar, y yo contesté que vale, que venga, que escribiría algo, aunque nunca hasta ahora había leído un pregón, ni sabía lo que era la Foliada, ni conozco el tejido asociativo de Nou Barris tan bien como me gustaría… Pero todo esto lo pensé después de decir que sí. Así que aquí estoy: al fin y al cabo, en la escritura el «qué» nunca me ha preocupado tanto como el «para quién» o, aun mejor, «con quién».

II.

«No hay soledad en la escritura. Escribir es hacer comunidad», dice a este respecto la escritora mexicana Cristina Rivera Garza. Los filósofos Deleuze y Guattari, en Mil mesetas, lo explicaban de otra manera: «Cuando se escribe, lo único verdaderamente importante es saber con qué otra máquina está conectada la máquina literaria». No puede existir literatura, ni arte, ni cultura que no esté enraizada en el territorio, que no dialogue de alguna manera con lo que ocurre a su alrededor. Es decir, sí que puede existir, pero estaríamos hablando entonces de una cultura prefabricada, creada exclusivamente para ser «consumida», y en la que se abre un abismo entre el creador —palabra con tintes bíblicos— y los espectadores, entre aquello que nos cuentan y aquello que en la realidad sucede.

La cultura, decía Marina Garcés hace unas semanas en el pregón de las fiestas de La Mercè, «es la posibilidad de relacionar los saberes con la vida». La cultura, añadiría yo, es la posibilidad de cantar a coro para rebatir el discurso del poder, y la cultura popular (expresión que en el caso de Nou Barris resulta redundante) es la posibilidad de articular un relato propio de nuestras vidas y del espacio donde estas suceden, en este caso: la ciudad, las ciudades. La cultura popular es, quizás, entonces, al menos para nosotras: la historia de la ciudad desde las afueras de la ciudad.

III.

Si de algo sabe la poesía es de ciudades. Podríamos decir que la poesía, como la entendemos hoy en día, y las ciudades, como las conocemos hoy en día, nacen casi al mismo tiempo: en París, a mitad del siglo XIX, cuando la alianza del poder político con el capital comienza a transformar el corazón de las urbes para facilitar la producción y el movimiento de mercancías, y para facilitar, al mismo tiempo, la labor de las fuerzas represivas, ensanchando las calles y evitando así las barricadas que se levantaban cada cierto tiempo, en una época de continuos alzamientos revolucionarios en Europa. Los centros urbanos son derruidos y sustituidos por grandes avenidas y amplias aceras; la ciudad deja de ser el lugar de las conspiraciones y el anonimato y se transforma en un espacio limpio y aséptico para el incipiente consumo de masas y para la policía de turno. Los habitantes de esas zonas comienzan a ser primero criminalizados y luego expulsados a unas periferias que no dejarán de crecer, mientras sus antiguos barrios se vuelven irreconocibles o, directamente, desaparecen.

Estoy hablando del París del siglo XIX, pero, sí, podría estar hablando de la Barcelona de 2017.

En este contexto un tipo llamado Charles Baudelaire funda con un libro titulado Las flores del mal la poesía moderna; una poesía que escoge como protagonistas a estos primeros desheredados del capitalismo moderno: a los obreros, a las prostitutas, a los mendigos, a todos aquellos que se arrastran por los bulevares y los callejones, lejos de las flamantes luces de la nueva ciudad. Y encuentra, precisamente, en las miserias, en las contradicciones y en las resistencias de estas personas algo hermoso, una belleza que viene de lo feo, lo sórdido y lo marginal. Igual que hicieron los Sex Pistols con el rocanrol, así, mezclando viejas formas con nuevos conflictos, desenmascara Baudelaire, primer punk de la historia, las relaciones de poder que el capital impone. El poeta es aquí una especie de detective que recorre sin rumbo las calles buscando correspondencias ocultas, conexiones que no aparecen en los mapas que reflejan y señalan el poder.

IV.

Un siglo después, todavía en París, un grupo de filósofos y poetas conocidos como «situacionistas», también punks antes del punk, llamarán a esta deriva, medio en broma, medio en serio, «psicogeografía». El resto del mundo seguimos conociendo esta práctica como pasear, pero, en cualquier caso, la idea era aprehender la ciudad con maneras e intenciones distintas a las que marca el discurso oficial y, tal vez así, imaginar otra ciudad posible, no regida por los edificios gubernamentales o los monumentos históricos, es decir, no regida por los símbolos del poder. La improvisación, la espontaneidad y la creatividad no son otra cosa aquí que un desafío abierto a los planificadores urbanos, a los mapas dibujados desde los despachos. Para los psicogeógrafos, habitar la ciudad es perseguir la ciudad. Los situacionistas retoman el viejo sueño de las vanguardias (y antes de las vanguardias, del Romanticismo) de convertir la vida cotidiana en arte, y el arte, en vida.

V.

Dejó escrito el poeta Juan Gelman, padre y abuelo de desaparecidos por la dictadura de las Juntas Militares argentinas que «toda poesía es hostil al capitalismo». El capitalismo, en su actual forma neoliberal, es justo lo contrario de la poesía: no entiende de metáforas, todo lo convierte en mercancía; ata todo nombre y significado, toda emoción, sensación, práctica o proceso a una cosa: un producto, una marca, una «experiencia». Sí: el capitalismo, después de robarnos nuestra vida, pretende vendérnosla en pequeñas cápsulas, como «experiencias». La cultura, entonces, como acto político con el que reclamar y recuperar aquello que nos ha sido usurpado; la cultura como acontecimiento que conecta todas las facetas de nuestra vida e impide la fragmentación y el aislamiento con el que el neoliberalismo pretende someternos; la cultura como red que articula los barrios, los distritos y las ciudades desde abajo, desde la periferia y desde la memoria, y no desde el poder y su versión única de la historia.

VI.

Cada año, a finales de agosto, se recuerda en el distrito de Nou Barris, en la plaza Madres de Plaza de Mayo, el asesinato, a manos de la policía franquista, del maqui libertario Josep Lluís Facerías. A Facerías se le suele atribuir el atraco (en 1947, apenas unos meses después de salir de la cárcel) al edificio de la Hispano-Olivetti, importante empresa de máquinas de escribir ubicada por aquel entonces en la plaça de les Glòries de Barcelona. Toda poesía es hostil al capitalismo, hemos dicho, porque el capitalismo no entiende de metáforas. Tal vez sea esta la labor de la poesía, en los tiempos que corren: recuperar las metáforas frente al dominio de lo literal y de la neolengua, volver inseparables el arte y la vida, y que ante aquella pregunta terrible de «¿qué es poesía?» podamos responder, por ejemplo: poesía es un anarquista asaltando una fábrica de máquinas de escribir; poesía es una planta asfáltica convertida en carpa de circo, en ateneo popular; poesía es que las palabras señalen el lugar donde estuvieron las luchas y los cuerpos, y que seamos también capaces de poner el cuerpo donde pusimos antes la palabra, para recordarle al poder, desde la periferia de las ciudades y desde la periferia de los estados, que nuestras vidas son precisamente eso: nuestras.

Leo, y con esto termino mi intervención, el poema de Juan Gelman:

toda poesía es hostil al capitalismo
puede volverse seca y dura pero no
porque sea pobre sino
para no contribuir a la riqueza oficial

puede ser su manera de protestar de
volverse flaca ya que hay hambre
amarilla de sed y penosa
de puro dolor que hay puede ser que

en cambio abra los callejones del delirio y las bestias
canten atropellándose vivas de
furia de calor sin destino puede
ser que se niegue a sí misma como otra

manera de vencer a la muerte
así como se llora en los velorios
poetas de hoy
poetas de este tiempo

nos separaron de la grey no sé que será de nosotros
conservadores comunistas apolíticos cuando
suceda lo que sucederá pero
toda poesía es hostil al capitalismo

Feliz Foliada a todas y a todos.

Salud y poesía.

[Texto leído el 6 de octubre de 2017, en el Ateneo Popular de Nou Barris, como pregón del festival de cultura popular Foliada. El poema de Gelman pertenece al libro Cólera Buey (1971). Imagen: foto del Ateneo, Arxiu Històric de Roquetes].

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Músicas entre el capital y la vida

Músicas entre el capital y la vida

En 1999, en el disco Brigadistak Sound System, Fermin Muguruza dedicaba una canción a los países centroamericanos tras el paso, el año anterior, del huracán Mitch por la región. La canción en cuestión —«Puzka»— venía a decir que, aunque el Mitch ya se había marchado, ese otro huracán llamado libre mercado seguía asolando la zona, a veces de manera sutil; otras veces, la mayoría, con extrema violencia.

Muguruza, que también dedicó en 2015 un álbum —Nola? Irun Meets New Orleans— a la música de Nueva Orleans, firma precisamente el prólogo de este Sigue adelante. Raza poder y música en Nueva Orleans, una crónica del día a día de las brass bands de esta ciudad después del huracán Katrina; un desastre que, como ocurrió en América Central con el Mitch, no solo arrasó con todo, sino que además puso de manifiesto la destrucción previa producida por las políticas neoliberales; políticas que, como explica Naomi Klein en La doctrina del shock, se acentuaron aún más tras el Katrina.

En Sigue adelante (publicado originalmente en 2013 como Roll With It: Brass Bands in the Streets of New Orleans), el antropólogo y periodista Matt Sakakeeny acompaña a tres de los grupos más importantes de la escena neorleana —Rebirth, Soul Rebels y Hot 8— por los conciertos y los funerales, por las celebraciones y las protestas, por las calles y las contradicciones de una urbe atravesada por la música y las desigualdades.

El libro, como confiesa el propio autor, está escrito como si de un desfile de brass band se tratara: siempre en movimiento, desplazándose incansable desde los graves de la tuba hacia los límites de la ciudad, buscando nuevas ideas y nuevos sentidos en ese diálogo continuo entre ritmos conocidos e improvisación. «Más que representar lo real, Willie [Birch, el ilustrador de Sigue adelante] y yo estamos creando otras manifestaciones de lo real».

Una máquina en movimiento perpetuo

El relato de Sakakeeny avanza a contratiempo, al ritmo de ese diálogo, de esas contradicciones que experimentan cotidianamente las brass band de Nueva Orleans: la cultura como modo de vida, pero también como proceso emancipador; la relación entre la voz y el coro, entre el individuo y el colectivo —«el pulso fundamental de toda la música afroamericana», explica Muguruza en el prólogo—; el conflicto entre costumbre e innovación, que representa el choque de dos generaciones, aquella vinculada a la lucha por los derechos civiles y otra más joven, llamada «generación hip hop»; o la reivindicación institucional de la identidad desde una perspectiva mercantilista (ese eufemismo de «poner en valor» que tanto gusta ahora a los gestores culturales), mientras que los principales representantes de dicha identidad, los músicos, carecen de estabilidad económica.

El eje del libro es la second line, es decir, la gente que en los desfiles y en los «funerales jazz» —como se denominan los entierros tradicionales en Nueva Orleans— acompaña a la banda (la primera línea) y acaba fundiéndose con ella en una especie de «máquina de guerra nómada» que no distingue entre artistas y espectadores y que solo puede entenderse en relación con el exterior; una paráfrasis musical de aquello que Deleuze y Guattari afirmaban en Mil mesetas: «Cuando se escribe, lo único verdaderamente importante es saber con qué otra máquina está conectada la máquina literaria».

De hecho, Sakakeeny describe a las brass bands así: «La banda es una máquina en movimiento perpetuo, solo que no es una máquina sino un agenciamiento de seres humanos». Esto es: una comunidad capaz de crear espacios críticos y no hegemónicos desde los que poder nombrarse y definirse a sí misma; desde los que hacer frente al poder y a sus lógicas de control y clasificación. Una máquina, entonces, que interactúa con los sonidos de la calle, con las personas que se encuentra en su camino y con un paisaje hostil a consecuencia de los planes urbanísticos.

En este contexto, las brass bands funcionan como prácticas de resistencia que se apropian simbólicamente del espacio público y visibilizan de esta forma la especulación inmobiliaria que expulsa a la periferia a los habitantes con menos recursos.

La improvisación, las variaciones en el recorrido (que evocan la deriva situacionista) y en el repertorio de los desfiles resignifican el territorio —incluso lo hipersignifican: Sakakeeny utiliza la palabra «ultra-lugar» para hablar del barrio de Tremé, a propósito de la serie de televisión homónima—.

Al mismo tiempo, la máquina interpela a participar en esta «política del placer», a sumarse al movimiento, a unir la voz al coro, manteniendo patrones musicales de raíz africana como la llamada-respuesta o el canto ininterrumpido, presentes en el blues y en los hijos del blues desde las work songs a los deejays.

La batalla de Nueva Orleans

«La ciudad no sería lo que es ahora si no nos la hubieran robado», declara en mitad de un concierto Philip Frazier, líder de la Rebirth.

La gentrificación y la turistificación han echado a la población autóctona de sus vecindarios, o han aislado todavía más zonas que ya habían sufrido reordenaciones racializadas en la década de los 60. Los integrantes de las brass bands —en su mayoría negros, en su mayoría pobres— son profesionales de un sector, el cultural, profundamente precario y precarizado, en un entorno global de terciarización de la economía, pérdida de derechos laborales y crisis de las organizaciones obreras (el número de afiliados al sindicato de músicos de Nueva Orleans, cuenta Sakakeeny, «ha caído drásticamente a lo largo de los últimos años»).

El concepto de «clase creativa» se mezcla aquí con el de trabajador autónomo en una revisión posmoderna del self-made man yanqui, del individuo que solo necesita de su talento y motivación para prosperar. Sin embargo, los protagonistas de Sigue adelante chocan constantemente con obstáculos que poco tienen que ver con su actitud o con su habilidad como intérpretes.

Antes del Katrina, el urbanismo ya era una técnica dedicada a perpetuar las relaciones de poder. Las desigualdades generadas por la esclavitud primero y después por la segregación se lograron mantener, tras la abolición de las leyes Jim Crow, gracias, entre otras cosas, a programas gubernamentales de reubicación que solo se concedían a ciudadanos blancos, provocando la despoblación del centro en beneficio de los suburbios.

A su vez, este tipo de planificación fragmenta funcionalmente el espacio en lugares de residencia, lugares de ocio, lugares de trabajo y, también, lugares «marginales» —una de las características del capitalismo avanzado, como han demostrado autores como Henri Lefebvre o Jane Jacobs—, lo que perjudica aquellas prácticas sociales y culturales, como las brass bands, íntimamente enlazadas con la vida y en las que se entiende la ciudad como un todo.

En la era post Katrina esta tendencia ha ido en aumento. Siguiendo los postulados de la Escuela de Chicago, las autoridades aprovecharon el huracán para privatizar servicios básicos e implementar medidas que ahondaban la desarticulación del estado de bienestar.

Aunque, en teoría, la igualdad se consiguió hace décadas, el racismo y el clasismo perduran en las estructuras de mercado, en las normativas municipales (por ejemplo: se favorece una conservación del patrimonio cultural que a menudo esconde procesos de especulación pura y dura, pero se persiguen, mediante sanciones por tocar en la calle u ocupar el espacio público, las manifestaciones culturales contemporáneas y vivas) y, especialmente, en la presión policial ejercida sobre la comunidad negra. Esta violencia «desde arriba» desencadena otra violencia de carácter interpersonal, «desde abajo» —Nueva Orleans tiene una tasa de homicidios diez veces superior a la media estadounidense—. No obstante, esta última casi nunca es analizada en su contexto, sino que se asume, en los medios de comunicación y en los discursos públicos, que es una «patología racial».

En cualquier caso, la «violencia estructural, la violencia interpersonal y la muerte tienen un impacto directo en la vida de los músicos», y también en su trabajo. «El ejemplo de la economía de la second line obliga a revisar cualquier preconcepto de que la explotación equivale al racismo o de que la música negra es inherentemente una expresión de resistencia a la desposesión por parte de los “colonizadores” blancos o el mainstream».

En ocasiones, los primeros en infravalorar el trabajo de las brass bands son las mismas personas negras que consideran a intelectuales y artistas como representantes de toda la sociedad afroamericana. Los músicos tienen enormes dificultades para conseguir salarios y condiciones dignas en una ciudad que extrae un enorme rédito de su labor. A veces el único sueldo que reciben es la promesa de futuros bolos, o cobran cachés miserables en festivales que afirman respaldar el jazz de Nueva Orleans (pero pagan cantidades estratosféricas a estrellas pop), o se tienen que enfrentar —incluso físicamente— con las nuevas bandas para preservar sus contratos.

Y aun así, el sonido de Nueva Orleans no ha dejado de evolucionar durante más de un siglo, de las marchas al ragtime, del hot al swing, del funk al rap. Una de las conclusiones más interesantes de Sigue adelante es que la tradición solo puede mantenerse viva, en movimiento, actualizándola, adaptándola, transformándola, afrontando sus contradicciones en un proceso interminable y extrapolable a otros contextos.

[Artículo publicado en la web de El Salto. Imagen: fotografía de Matt Deavenport].

La producción de un nuevo espacio

La producción de un nuevo espacio

«Sin embargo, el asunto se complica. No hay una relación directa, inmediata e inmediatamente aprehendida, así pues, transparente, entre el modo de producción (la sociedad considerada) y su espacio. Lo que hay son desfases: las ideologías se intercalan, las ilusiones se interponen. Es lo que este libro comienza a dilucidar. Así, consideremos la invención de la perspectiva en la Toscana en los siglos XIII y XIV. No sólo aconteció en la pintura (la escuela de Siena) sino en primer lugar en la práctica, en la producción. El campo se transformó, pasando del domino feudal a un régimen de aparcería; los paseos bordeados por cipreses ligaban los arriendos a la residencia del señor, donde se asentaba un regidor, pues el propietario habitaba en la ciudad, donde era banquero o gran comerciante. También cambió la ciudad, con implicaciones arquitectónicas importantes en la concepción de la fachada, el alineamiento de volúmenes, el horizonte. La producción de un nuevo espacio, el perspectivo, no puede separarse de una transformación económica: crecimiento de la producción y de los intercambios, pujanza de una nueva clase social, importancia de las ciudades, etc. Pero lo que sucedió efectivamente no posee la simplicidad de un encadenamiento causal. ¿Fue el nuevo espacio concebido, engendrado y producido por y para los príncipes? ¿Para los ricos comerciantes? ¿Mediante un compromiso? ¿O por la ciudad como tal? Más de un punto permanece oscuro. La historia del espacio (como la del tiempo) está lejos de ser agotada.

»Otro caso aún más sorprendente, igualmente evocado y mal dilucidado, es el de la Bauhaus y Le Corbusier. Los miembros de la Bauhaus, Gropius y sus amigos, fueron tomados por revolucionarios, por bolcheviques, en la Alemania de 1920-1930. Perseguidos, partieron a los EE.UU., donde se revelaron definitivamente como prácticos (arquitectos y urbanistas) e incluso teóricos del denominado espacio moderno, el del capitalismo “avanzado”. Contribuyeron a su construcción, a su realización “sobre el terreno”, mediante sus obras y sus enseñanzas. Infortunio y destino trágico para Le Corbusier. Y después, de nuevo, para aquellos que han considerado los grandes polígonos urbanos y sus “bloques” como el hábitat específico de la clase obrera. Descuidaban el concepto de modo de producción, produciendo su espacio. Todo so pretexto de la modernidad. El espacio de la “modernidad” posee caracteres precisos: homogeneidad-fragmentación-jerarquización. Tiende hacia lo homogéneo por diversas razones: la fabricación de elementos y materiales, análogas exigencias de los intervinientes, los métodos de gestión, de control, de vigilancia y de comunicación. Homogeneidad, pero no de plan ni de proyectos. Falsos “conjuntos”, en realidad aislados. Pues paradójicamente (otra vez) este espacio homogéneo se fragmenta en lotes, en parcelas, se desmigaja. Lo cual termina produciendo guetos, clausuras, grupos unifamiliares y pseudo-conjuntos mal vinculados con los alrededores y centros urbanos. Con una jerarquización estricta: espacios residenciales, espacios comerciales, espacios de ocio, espacios para marginales, etc. Gobierna una curiosa lógica de este espacio que la anuda ilusoriamente a la informatización. Y que oculta bajo su homogeneidad las relaciones “reales” y los conflictos. Además, parece que esta ley o esquema del espacio con su lógica de homogeneidad-fragmentación-jerarquización haya logrado un alcance mayor y una especie de generalidad, con efectos análogos, en el saber y la cultura, en el funcionamiento de toda la sociedad».

[Fragmento de La producción del espacio, ensayo del filósofo francés Henri Lefebvre (1901-1991) publicado en 2013 por la editorial Capitán Swing (páginas 57 y 58, traducción de Emilio Martínez Gutiérrez). Imagen: edificio de la escuela Bauhaus en la ciudad de Dessau (Alemania)].