El espacio oscuro

El espacio oscuro

«Un miedo obsesivo recorre la segunda mitad del siglo XVIII: el espacio oscuro, la pantalla de oscuridad que impide la entera visibilidad de las cosas, las personas, las verdades. Disolver los fragmentos de noche que se oponen a la luz, hacer que no existan más espacios oscuros en la sociedad, demoler esas cámaras negras en las que se fomentan la arbitrariedad política, los caprichos del monarca, las supersticiones religiosas, los complots de los tiranos y los frailes, las ilusiones de ignorancia, las epidemias. Los castillos, los hospitales, los depósitos de cadáveres, las casas de corrección, los conventos, desde antes de la Revolución han suscitado ya una desconfianza o un odio que no fueron subestimados; no puede instaurarse el nuevo orden político y moral sin su desaparición. Las novelas de terror en la época de la Revolución desarrollan todo un mundo fantástico alrededor de la muralla, de la sombra, de lo oculto, de la mazmorra, de todo aquello que protege, en una complicidad significativa, a los truhanes y a los aristócratas, a los monjes y a los traidores: los paisajes de Ann Radcliffe son montañas, bosques, cuevas, castillos en ruinas, conventos en los que la oscuridad y el silencio dan miedo. Ahora bien, estos espacios imaginarios son como la “contrafigura” de las transparencias y de las visibilidades que intentan establecerse entonces. Este reino de “la opinión” que se invoca con tanta frecuencia en esa época es un modo de funcionamiento en el que el poder podría ejercerse por el solo hecho de que las cosas se sabrán y las personas serán observadas por una especie de mirada inmediata, colectiva y anónima. Un poder cuyo activo principal fuese la opinión no podría tolerar regiones de sombra. Si se interesaron por el proyecto de Bentham se debió a que, siendo aplicable a tantos campos diferentes, proporcionaba la fórmula de un “poder a través de la transparencia”, de un sometimiento por una “proyección de claridad”. El panóptico es un poco la utilización de la forma “castillo” (torreón rodeado de murallas) para, paradójicamente, crear un espacio de legibilidad detallada».

[Fragmento de «El ojo del poder», entrevista a Michel Foucault incluida como prólogo en El panóptico (Virus, 2020), de Jeremy Bentham (p. 27-28). Imagen: detalle del plano de un panóptico según el propio Bentham].

A veces sueño con Jeff Buckley sumergiéndose en el Mississippi

A veces sueño con Jeff Buckley sumergiéndose en el Mississippi

Dip him in the river who loves water.
William Blake


El sueño es el siguiente:

Jeff Buckley ebrio de felicidad mientras deambula por la ribera del río y se adentra en las aguas y ese bautismo empapa su atuendo, su materia, su interior, y Jeff Buckley eleva una plegaria, entona una letanía, tantea un cántico de Led Zeppelin que es en realidad un blues de Muddy Waters que es en realidad un antiquísimo gemido. Buckley ha renunciado al imperio, se entrega a la corriente del Mississippi, se integra en la continuidad de su curso, y siempre es veintinueve de mayo en el sueño y Jeff Buckley se hunde lentamente en el río, ahogándose y resucitando, ahogándose y resucitando: Buckley encarnando la doctrina de Heráclito, transubstanciando el relámpago en vida, corroborando con su propio verbo que solamente aquello que está en movimiento permanece, que solamente aquello que se desvanece perdura; Buckley siendo golpeado por el don de la glosolalia, aprendiendo nuevamente el alfabeto, devolviendo en esa revelación la alegoría al lugar que le corresponde. Buckley retrocediendo hasta Jorge Manrique, deletreando en todos los idiomas la palabra Mississippi, la palabra vida, la palabra río; palabras que desembocan en el mar, en la mar,

que es el morir.


Jeff, Virgilio sin patria. Virgilio mío ausente.

Nombrarte es traerte de vuelta. Es convocar el vacío.

He aquí toda mi fe, todo mi credo.

He aquí mi canto.

[Este texto pertenece al poemario inédito Anti-folk. Apareció en el número 31 de la revista Nayagua (febrero de 2020), y su origen se encuentra en este otro texto del blog. Imagen: The Inscription over the Gate, de William Blake: Dante y Virgilio cruzan las puertas del Infierno].

Un lenguaje incomprensible

Un lenguaje incomprensible

Sabemos por lo menos desde La Divina Comedia que los demonios hablan su propio lenguaje: cuando, en el Canto Séptimo del Infierno, Dante desciende al círculo donde cumplen condena los avaros y los pródigos (es decir, los ricos), Pluto —sorprendido por la presencia de una persona viva en sus dominios— aúlla una maldición: «Pape Satàn, pape Satàn aleppe!»; amenaza indescifrable (más allá de la rabia y frustración subyacente) para todos excepto para el fantasma de Virgilio —particular guía de Alighieri—, quien, sin más explicaciones, manda callar al ángel caído.

«Pape Satàn, pape Satàn aleppe!». Posteriormente, la teoría literaria ha definido los galimatías como este con el nombre de «jitánjafora», en honor a la obra del escritor cubano Mariano Brull: «Texto carente de sentido cuyo valor estético se basa en la sonoridad y en el poder evocador de las palabras, reales o inventadas, que lo componen». Setecientos años después de ser escrita, el significado de la frase de Pluto sigue siendo tan incompresible como evidente; se ha mantenido inaccesible a interpretaciones literales mientras que, al mismo tiempo, no ha dejado de resonar en la historia de la cultura, y especialmente en la cultura popular. «A-wop-bop-a-loo-bop-a-wop-bam-boom!», o «When you’re rocking and rolling, can’t hear your mama call», aullaba también Little Richard: sexualidad desbocada, mezcla racial, desorden social: todos los miedos del pensamiento puritano estadounidense se desglosaban y desplegaban en la incipiente música pop de la misma manera que en el Infierno se cartografían y clasifican moralmente los pecados. Sin embargo, no había pena ni astuto contrapaso en la propuesta del rock: esta vez, los demonios cantaban sus propias canciones.

Dante se equivocó en muchas cosas: el sueño de la poesía es incompatible con el sueño del poder; el infierno, como decía Christopher Marlowe, es en realidad este lugar donde estamos; y, sobre todo, parece que no hay castigo, en esta vida ni en ninguna otra, para los ricos. Pero lo que sin duda es cierto es que, del «Pape Satàn, pape Satàn aleppe!», de la Comedia, al A-wop-bop-a-loo-bop-a-wop-bam-boom!» —redoble de batería, contraseña para cruzar la frontera, liturgia de la enésima muerte y resurrección del blues—, de Richard, los demonios han hablado siempre su propio lenguaje: un idioma imposible que solo entienden los poetas muertos y los músicos de rocanrol.

[Imagen: Little Richard].

Stalingrado

Stalingrado

Un poema de Marco Antonio Raya

El frío era un gallo, alcaudón,
matando al resto
de la columna. No hay pasos
que revelen el camino. El enemigo
es tan grande que parece una porción arrancada

del mismo techo
del espacio.

De qué sirve esperar, mi capitán,
si hemos fallado a nuestros muertos.

[Del poemario Mono (La Garúa, 2016), de Marco Antonio Raya (Córdoba, 1978). Imagen: batalla de Stalingrado].

¿Hard-boiled o noir?

¿Hard-boiled o noir?

«Dashiell Hammet, Raymond Chandler o James M. Cain son el alma de aquello que se solía llamar “escritor-tipo-duro”; esta trinidad profana estaría siendo reconocida ahora como el núcleo de lo que podríamos definir como ficción hard-boiled “clásica”. Compartiendo algunas de las sensibilidades hard-boiled de estos exponentes del estilo “tipo duro”, pero también distanciándose de ellos en diversos aspectos importantes, existe un segundo grupo de escritores —los llamaré “segunda ola”— que podrían ser identificados como “noir” más que como “hard-boiled”. En esta segunda ola podríamos incluir a Jim Thompson, David Goodis y Cornell Woolrich.

»La principal diferencia entre los escritores hard-boiled “clásicos” y los escritores “noir” —aunque James M. Cain tiene un pie en cada lado— puede dividirse probablemente en dos tendencias: una tendencia de escritura hard-boiled que retrata un trasfondo de corrupción social institucionalizada, y una tendencia de escritura noir centrada en la psicología personal, ya sea desesperación, paranoia o cualquier otra crisis psicológica. Las dos escuelas —si es que podemos llamar a estas tendencias “escuelas”— no son en modo alguno excluyentes: las obras hard-boiled pueden desplegar elementos noir, y la escritura noir puede ser hard-boiled.

»La corrupción institucional se da por sentada en la escuela hard-boiled: las instituciones son corruptas (la policía, los jueces, los políticos), y efectivamente aparecen diversas historias de “poli malo” en el canon de Woolrich, así como elementos de desarrollo psicológico en el corpus de Hammet (los cuentos del agente de la Continental, por ejemplo).

»De la misma manera, existen malas calles en el mundo del noir, pero estas calles están pobladas por personas psicológicamente inseguras: la inestabilidad psicológica es la característica clave de la escritura noir, incluso la característica clave de los propios escritores noir».

[Fragmento del artículo «Writing in the Darkness: The World of Cornell Woolrich», de Eddie Duggan (Crimetime, 1999); la traducción es mía. Imagen: Humphrey Bogart en un fotograma de El halcón maltés, adaptación cinematográfica de la novela homónima de Dashiell Hammet].