Hay en su garganta un incendio inextinguible

Hay en su garganta un incendio inextinguible

«El poeta conoce el eco de los llamados de las cosas a las palabras, ve los lazos sutiles que se tienden las cosas entre sí, oye las voces secretas que se lanzan unas a otras palabras separadas por distancias inconmensurables. Hace darse la mano a vocablos enemigos desde el principio del mundo, los agrupa y los obliga a marchar en su rebaño por rebeldes que sean, descubre las alusiones más misteriosas del verbo y las condensa en un plano superior, las entreteje en su discurso en donde lo arbitrario pasa a tomar un rol encantatorio. Allí todo cobra nueva fuerza y así puede penetrar en la carne y dar fiebre al alma. Allí coge ese temblor ardiente de la palabra interna que abre el cerebro del lector y le da alas y lo transporta a un plano superior, lo eleva de rango. Entonces se apodera del alma la fascinación misteriosa y la tremenda majestad.

»Las palabras tienen un genio recóndito, un pasado mágico que sólo el poeta sabe descubrir porque él siempre vuelve a la fuente.

»El lenguaje se convierte en un ceremonial de conjuro y se presenta en la luminosidad de su desnudez inicial ajena a todo vestuario convencional fijado de antemano.

»Toda poesía válida tiende al límite último de la imaginación. Y no sólo de la imaginación, sino del espíritu mismo porque la poesía no es otra cosa que el último horizonte que es a su vez, la arista en donde los extremos se tocan, en donde se confunden los llamados contrarios. Al llegar a ese lindero final el encadenamiento habitual de los fenómenos rompe su lógica y al otro lado, en donde empiezan las tierras del poeta, la cadena se rehace en una lógica nueva.

»El poeta os tiende la mano para conduciros más allá del último horizonte, más arriba de la punta de la pirámide, en ese campo que se extiende más allá de lo verdadero y lo falso,más allá de la vida y de la muerte, más allá del espacio y del tiempo, más allá de la razón y la fantasía, más allá del espíritu y la materia.

»Allí ha plantado el árbol de sus ojos y desde allí contempla el mundo, desde allí os habla y os descubre los secretos del mundo.

»Hay en su garganta un incendio inextinguible.

»Hay además ese balanceo de mar entre dos estrellas.

»Y hay ese Fiat Lux que lleva grabado en su lengua».

[Fragmento (extraído de aquí) de una conferencia leída por el poeta chileno Vicente Huidobro en el Ateneo de Madrid en 1921. Imagen: detalla de la portada de Altazor (Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1931)].

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Bartleby contra Godot

Bartleby contra Godot
Reseña de Filtraciones (Caballo de Troya, 2015), de Marta Caparrós

Filtraciones es el título del primer libro de Marta Caparrós (Madrid, 1984) y también de la tercera de las cuatro novelas cortas que lo conforman. En esta historia, una pareja de treintañeros que están a punto de ser padres son incapaces de arreglar, por más que lo intentan, unas humedades en su cuarto de baño; reparación tras reparación, la mancha en el techo reaparece, quizá como metáfora de una crisis económica que ha ido permeando todos los aspectos de la vida y que ha resistido cada reforma, pues estas no han pretendido nunca solucionar nada, apenas disimular los agujeros y disfrazar el abandono.

Así, los protagonistas de «Filtraciones», y los protagonistas de Filtraciones, se han acostumbrado a vivir con esas manchas en su cotidianidad: licenciados universitarios ya no tan jóvenes que ven cómo sus estudios no sirven para nada y se ven obligados a emigrar, a aceptar trabajos basura, a regresar a casa de sus padres… La contraportada de Filtraciones —publicado en 2015, cuando la editora de Caballo de Troya (sello que tiene un «editor invitado» cada año) era Elvira Navarro— hace referencia al 15M. También alguna de las nouvelles del libro, especialmente la segunda, «Atrevimiento»; pero las cuatro historias hablan, sobre todo, de eso que se ha llamado «precariado» y de sus contradicciones: la «generación más preparada» —¿preparada para qué?— enfrentada a la ruptura del contrato social.

Como si esperaran a Godot, los personajes de Filtraciones aguardan un regreso a la normalidad que nunca llega, una vuelta a una época anterior a la crisis; pero la crisis es el estado natural del capitalismo, y el cronómetro su medida: un tiempo fuera del tiempo en el que deambula una generación abocada, a la vez, al desempleo y a la explotación, a la rutina y a la incertidumbre. Ante este gris panorama, los personajes marcan en el calendario las fechas señaladas, los momentos en los que la vida puede separarse de todo aquello que es servidumbre. Apenas grietas por donde se cuela algo de luz, es cierto. Pero grietas, al fin y al cabo.

Y el 15M, ahora sí, como grieta que se hace fractura y permanece después de su supuesta desaparición. De nuevo la metáfora de la filtración para hablar de aquello que nunca se somete del todo a las lógicas del mercado; formas de resistencia que en ocasiones desembocan en desafección y desidia, pero que, en cualquier caso, como aquel «preferiría no hacerlo» de Bartleby, son negaciones radicales y espontáneas del poder y de sus simulacros.

¿Qué queda del 15M? Nada. Muy poco. Nosotras, tal vez.

Es decir: todo.

[Texto publicado en el #93 de la revista digital de literatura The Barcelona Review (enero de 2018). Imagen: pancarta de Occupy Wall Street].

Hay una grieta en todo (a propósito de «Cartografía del vacío»)

Hay una grieta en todo (a propósito de «Cartografía del vacío»)

Comenzaré por el principio:

Este dossier nace de una propuesta que Andreu Navarra —responsable de la sección de narrativa de The Barcelona Review— me hizo a finales de verano para coordinar para la revista un número sobre «nueva narrativa social». Yo, incapaz de definir alguna de estas tres palabras, contraataqué para salir del paso con un tópico todavía más ininteligible: «narrativas post-15M», el cual entusiasmó a Andreu. Así que, de repente, me vi en la obligación de dar cuerpo a esa vaga sombra que era mi idea. Es cierto que siempre me ha interesado la literatura «política», es decir, la literatura que trata sobre la ciudad; es decir, también, la literatura que trata sobre el poder. Es más, siempre me ha interesado la literatura como una forma de lo político. Será por eso que siempre escribo sobre las ciudades.

En cualquier caso, este era el tema: narrativa y política. Pero ¿desde dónde? ¿Y desde cuándo? Belén Gopegui, Rafael Chirbes, Francisco Casavella o Marta Sanz, por ejemplo, ya escribían literatura claramente política antes de la primavera de 2011; no obstante, el 15M era un hito evidente: la ocupación de las plazas, el cuestionamiento del discurso de la Transición, el desenmascaramiento de la crisis económica como herramienta del sistema o, sobre todo, la recuperación de eso que acabamos de llamar lo político en la vida cotidiana. Entonces, desde la literatura, ¿la cuestión que intentaríamos responder aquí sería «cómo se ha narrado el 15M»? No. Al menos, no únicamente. Si el 15M fue principalmente una repolitización de la vida —es decir, el espacio donde la ciudad y la vida quebraban las múltiples separaciones que el capitalismo impone y se reencontraban—, podríamos plantearnos, además, cómo ha afectado esto (si es que lo ha hecho) a la narrativa de nuestro tiempo o, expresado de otro modo: si el relato de lo político es o ha sido durante estos últimos años una forma de lo político; si aquella negación pública y masiva del estado de las cosas, aquel «no nos representan», ha dialogado o ha entrado en conflicto con las narrativas actuales.

Así que contactamos con autores y autoras nacidas en los ‘80 —decisión absolutamente gratuita y arbitraria— que se mueven en los terrenos pantanosos de la narrativa, mejor, de las narrativas: voces difíciles de clasificar, textos híbridos entre el relato y el ensayo, propuestas que confrontan de alguna manera el supuesto consenso sobre el que se asienta el Régimen del ‘78. Salvador Galán Moreu nos presenta en «Barca» a una narradora que se debate entre la vida y la muerte, el sueño y la vigilia, los recuerdos y el deseo; Noelia Pena en «Los extraviados» nos sitúa en un velatorio donde las diferentes generaciones de mujeres de una familia exponen sus contradicciones, pero también sus complicidades; Julio Fuertes Tarín destruye toda convención literaria en «Testimonio de Girbes Pastrana», un relato pulp ambientado en el interior de la provincia de Alicante y con un protagonista a medio camino entre Philip K. Dick e Iker Jiménez; Álex Chico recorre, cual detective o flâneur, las ruinas de la memoria y de la modernidad en su nuevo libro, Un final para Benjamin Walter, del que presentamos un fragmento; Isabel Cadenas Cañón construye, a base de túneles y contraseñas, de errores y desvíos, un ensayo sobre narrativas visuales en «Contarnos las cosas de otras maneras»; y Víctor Mercado nos habla de la herencia del siglo pasado y de las neurosis de nuestro propio siglo a propósito de la novela La vida póstuma, de Pablo Sánchez.

Ahora, en enero de 2018, después de su apropiación y desmantelamiento por parte de «los partidos del cambio», después de la Ley Mordaza y del 1 de octubre y las cargas policiales, después de ver cómo intelectuales, poetas y profesores universitarios pedían a gritos en manifiestos, en la prensa o en las redes sociales la aplicación del artículo 155, podemos afirmar que en España queda muy poco de aquel 15 de mayo de 2011, si es que queda algo. Más bien parece que este país en particular y Europa en general disfrutan alegremente de su propio 15M neofascista. Sin embargo, como dice —citando a Leonard Cohen— Isabel Cadenas Cañón en su ensayo: «hay una grieta en cada cosa / así es como entra la luz». En esta vuelta generalizada a la política en sentido estricto, a la especialización del ejercicio del poder como profesión, a la fragmentación de nuestras vidas, la literatura es más que nunca una práctica de resistencia, pero eso ya lo sabíamos. Por lo demás, no hemos podido confirmar ni desmentir la hipótesis inicial de este dossier. Mejor así. Tampoco esta cartografía del vacío pretende ser mapa de nada, apenas un papel en blanco donde marcar los lugares posibles y las sendas por recorrer.

Esta cartografía, en realidad, quiere, simplemente, ser, también, grieta.

[Texto publicado en el #93 (enero de 2018) de The Barcelona Review, como introducción al dossier sobre nuevas narrativas y 15M que he coordinado para la revista. Imagen: señal de tráfico en el barrio de Ciutat Meridiana (Barcelona)].

Rock ‘n’ Roll Suicide

Rock ‘n’ Roll Suicide

Me digo que soy Pessoa, como Pessoa era Álvaro de Campos
L. M. Panero

habéis invadido la ciudad sois la ciudad
F. Grande

Oh, no, no, no, you’re a rock ‘n’ roll suicide
D. Bowie

 

Canto a los suicidas caídos sobre el invierno de 1972
canto a las señales que dejaron en la nieve
a sus marcas en los postes en las cabinas telefónicas
canto a las llamadas a la radio en la madrugada interrumpidas
sin esperar respuesta como el canto de los pájaros
canto a los jóvenes poetas que cruzaron en diciembre las plazas
los silencios en dirección al támesis a sus puentes al olvido
canto a la tempestad y a los relámpagos
que envolvieron a la piedra en su descenso
canto a la velocidad desesperada de los cadillacs
a la euclidiana inclinación de las cornisas
canto a los mesías que anunciaron el final del fin del mundo
la redención del hombre la ascensión de los mercados
canto a los esclavos que arrancaron el rocanrol de sus cadenas
allá en el sur allá en el sur de todas partes
canto a la oscuridad de los vinilos
a los mods a los rude boys a los skinheads
a las niñas que aguardaron el abrazo de los trenes
en los andenes refulgentes de victoria station
a los chavales que quisieron ser estrellas
y lo quemaron todo con su fuego
y ya no queda nada solo polvo
solo roja tierra y un temblor y el frío
a ese temblor le canto a ese frío le cantamos a esa ausencia
canto a los suicidas caídos sobre el invierno del ’72
oh no love! you’re not alone
canto a las señales que dejamos en la nieve
y me digo que soy bowie como bowie era ziggy stardust
me digo que no es fácil cartografiar el territorio
si es la patria un cuerpo varios cuerpos nunca un mapa
si es este rocanrol este canto esta canción
memoria última de tanta luz desarmada
canto a los anarquistas que nacieron en noviembre
a la ciudad de londres arrasada en el incendio
canto a la inanición y a la certidumbre
de aquellos que murieron en las cárceles de hambre
canto al tigre de blake agazapado en las botellas
a las constelaciones de la mano al cowboy de los abismos
canto a los traficantes de compases del caribe
a los desertores que no alcanzaron la frontera
canto al escritor de distopías a las guitarras eléctricas robadas
a sid vicious con quince años reflejado en el espejo
canto a los kamikazes del azar asesinados en los sótanos
por la bala de un revólver en belfast por las bombas
canto a las calles de tu infancia bajo el sol de brixton
a los conciertos clandestinos en las casas ocupadas
canto a los chavales que quisieron ser estrellas
y lo quemaron todo con su fuego
y ya no queda nada solo polvo
_________________________________you’re not alone
canto a las señales que dejaron en la nieve
cuando desaparecieron atravesados por el rayo
y me digo que soy bowie como bowie era ziggy stardust
oh david es tu nombre en los labios un cuchillo
gimme your hands you’re wonderful
sobre ese filo descansan los muertos
los suicidas que cayeron en el invierno
gimme your hands
sobre el invierno de 1972.

[Texto incluido en Lift Off, número especial de la revista de poesía La Galla Ciencia dedicado a David Bowie y publicado a finales de 2016. Imagen: detalle de la portada del disco de Bowie The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (RCA, 1972)].

Spanish Bombs

Spanish Bombs

Eh, Joe, a veces pienso en ti, a veces
pienso en vosotros, ¿sabes?, incendiando
escenarios, tan jóvenes,
___________________________a veces,
quemando las calles de Londres en 1977, en 1979,
en todos los inviernos de nuestro descontento;
a veces pienso en ti, y pienso en Mick,
en sus coros, en los arreglos de guitarra,
en cómo Mick cantaba «Stay Free»,
y pienso también en Topper y en los cronómetros,
y en Topper enganchado a la heroína,
y en todo aquello que late y explota,
pero, Joe, sobre todo, pienso mucho
en las fotografías, en lo que permanece,
y también en aquel bajo Fender de Paul.

Suele suceder en días como estos, ¿sabes?
En días de lluvia y viento, en las noches
oscuras de diciembre en las que hago inventario
de todo lo que no tengo, de todo,
Joe: no tengo trabajo, no tengo casi nada;
no tengo casa, no tengo dinero,
no tengo ganas de escribir,
_______________________________la vida
no era esto, Joe, la poesía
no era esto, el punk rock,
Joe, el punk rock no era esto,

_________________________         _pero
no te preocupes, ya he estado antes aquí,
abajo del todo, a un paso o quizá menos,
en puentes, en estaciones de tren,
observando el vuelo de los pájaros,
calculando la caída necesaria
para escapar para siempre del frío…

_
Eh, Joe, pero mejor hablemos de otras cosas:
escuché que en Granada le han puesto a una plaza
tu nombre, quisiera ir una mañana
de primavera, leerle a tu sombra
poemas de Lorca, cantar a coro las canciones
de Dylan que hablan de México (todas
las que podamos recordar)
y despedirme con la última luz de abril,
bajar tarareando «Spanish Bombs»,
ponerme ciego en la calle Elvira
y así, borracho de cerveza y muerte y vida,
terminar la letra de esa canción
que tú nunca acabaste
sobre todos los bombardeos
sobre todas las ciudades
que alguna vez
se llamaron Granada.

[Imagen: grafiti de Joe Strummer cantante de The Clash en la plaza de Granada que lleva su nombre. El grafiti es de El Niño de las Pinturas; la foto de SecretOlivo].

El invierno me mataría

El invierno me mataría

De Rimbaud a su familia

El Cairo, 23 de agosto de 1887

Queridos míos:

Mi viaje a Abisinia ha terminado.

Ya os conté que, al morir mi socio, su herencia me causó grandes dificultades en Choa. Me obligaron a pagar sus deudas dos veces, y me costó una barbaridad conservar lo que había invertido en el negocio. Si mi socio no hubiera muerto, habría ganado unos treinta mil francos y, en cambio, tras casi dos años que me han agotado terriblemente, me he quedado con los quince mil que tenía al principio. ¡No tengo suerte!

Me he venido aquí porque este año en el mar Rojo hacía un calor insoportable: no bajaba de los 50-60 grados y, como me sentía muy débil tras siete años de fatigas inimaginables y de las más espantosas privaciones, pensé que dos o tres meses aquí me aliviarían aunque supongan un gasto, pues aquí no encuentro nada que hacer y la vida es al estilo europeo y muy cara.

Últimamente me mortifica un reuma en los riñones que me pone de muy mal humor. Tengo otro en el muslo izquierdo que me agarrota de tanto en tanto, un dolor articular en la rodilla izquierda y un reuma (anterior) en el hombro derecho. Tengo el pelo totalmente cano. Supongo que mi vida se deteriora.

Imaginad cómo se encuentra uno tras proezas de este tipo: cruzar el mar y viajar por tierra a caballo, en barca, sin ropa, sin víveres, sin agua, etcétera,etcétera.

Estoy exhausto. Ahora no tengo trabajo. Temo perder lo poco que tengo. Tanto, que siempre llevo en mi cinturón más de dieciséis mil francos de oro, que pesan unos ocho kilos y acompañan mi disentería.

A pesar de todo, hay muchas razones que me impiden ir a Europa: en primer lugar, el invierno me mataría; en segundo lugar, estoy acostumbrado a una vida errante y libre y, por último, no tengo un empleo. Por consiguiente, debo pasar el resto de mis días vagando entre fatigas y privaciones, con la única perspectiva de trabajar sin descanso hasta morir.

No me quedaré aquí por mucho tiempo, pues no tengo trabajo y todo es carísimo. Regresaré forzosamente cerca de Sudán, Abisinia o Arabia. Tal vez vaya a Zanzíbar, desde donde podría hacer largos viajes por África, y tal vez a China o a Japón, quién sabe.

Contadme qué tal estáis. Os deseo paz y felicidad.

Saludos,

Dirección: Arthur Rimbaud
Lista de correos, El Cairo (Egipto)

[Arthur Rimbaud, Cartas de África (Gallo Nero, 2016), páginas 67-69. Imagen: fotografía de Rimbaud (segundo por la derecha) en el Hotel del Universo de Adén (Yemen)].

No trabajaremos jamás

No trabajaremos jamás

«Generación tras generación, cada vez somos más los supernumerarios, “los inútiles para el mundo”, o para el mundo, en todo caso, de la economía. Desde hace sesenta años hay gente como Wiener que profetiza que la automatización y la cibernetización van a “producir un desempleo en comparación del cual las dificultades actuales y la crisis económica de los años 1930-1936 parecerán cosa de broma”, así que la cosa tenía que acabar llegando. Según las últimas noticias, Amazon se está pensando abrir en Estados Unidos dos mil supermercados íntegramente automatizados, sin caja y en consecuencia sin cajeras, sometidos a un control total, con reconocimiento facial de los clientes y análisis en tiempo real de cada uno de sus gestos. Al entrar, uno pasa su smartphone por un terminal y a continuación se sirve. Todo lo que elijas se carga automáticamente a tu cuenta Premium gracias a una aplicación, y todo lo que devuelvas a la estantería se te vuelve a abonar. Se llama Amazon Go. En esta distopía mercantil futurista ya no hay dinero líquido, ni colas, ni robos ni casi empleados. Se prevé que este nuevo modelo debería alterar todo el ámbito de la distribución, el mayor proveedor de empleos en los Estados Unidos. A largo plazo, son tres cuartos de los empleos los que deberían desaparecer en el sector de las tiendas de conveniencia. En términos más generales, si nos atenemos a las previsiones del Banco Mundial, para el año 2030 habría desaparecido el 40 % de la masa de empleos existentes en los países ricos bajo el empuje de la “innovación”. “No trabajaremos jamás” era una bravata de Rimbaud. Va camino de convertirse en la lúcida constatación de una juventud al completo.

»De la extrema izquierda a la extrema derecha, no faltan charlatanes para prometernos sempiternamente “el restablecimiento del pleno empleo”. Quienes quieren hacernos añorar la edad de oro del salariado clásico, sean marxistas o liberales, acostumbran a mentir sobre su origen: aseguran que el salariado nos habría liberado de nuestra servidumbre, de la esclavitud y de las estructuras tradicionales; que habría constituido, en suma, un “progreso”. Cualquier estudio histórico un poco serio demuestra, por el contrario, que nació como prolongación e intensificación de las relaciones de subordinación anteriores. Hacer de un hombre el “detentador de su fuerza de trabajo”, y que esté dispuesto a “venderla”, es decir incorporar a las costumbres la figura del Trabajador, es algo que requiere no pocas expoliaciones, expulsiones, pillajes y devastaciones, no poco terror, medidas disciplinarias y muertes. Es no comprender en absoluto el carácter político de la economía, no ver que de lo que se trata en el trabajo es menos de producir mercancías que de producir trabajadores; esto es, una determinada relación con uno, con el mundo y con los otros. El trabajo asalariado fue la forma de mantenimiento de un cierto orden. La violencia fundamental que contiene, esa que hace olvidar el cuerpo molido del obrero en cadena, el minero fulminado por una explosión de grisú o el burn out de los empleados sometidos a una presión empresarial extrema, guarda relación con el sentido de la vida. Al vender su tiempo, al convertirse en súbdito de eso para lo que se le emplea, el asalariado pone el sentido de su existencia en las manos de aquellos a los que esta deja indiferentes, de aquellos cuya vocación consiste incluso en pisotearla. El salariado ha permitido a generaciones de hombres y de mujeres vivir eludiendo la cuestión del sentido de la vida, “siendo provechosos”, “haciendo carrera”, “sirviendo”. Al asalariado siempre le ha sido lícito dejar dicha cuestión para más tarde —hasta la jubilación, digamos—, mientras lleva una honorable vida social. Y como, según parece, una vez jubilado ya es “demasiado tarde” para planteársela, ya no le queda más que aguardar pacientemente la muerte. De tal modo se habría conseguido pasar una vida entera sin haber tenido que entrar en la existencia. El salariado nos aligeraba así del pesado fardo del sentido y de la libertad humana. No en vano El grito de Munch perfila, todavía hoy, el verdadero rostro de la humanidad contemporánea. Lo que ese desesperado no encuentra sobre su espigón es la respuesta a la pregunta: “¿Cómo vivir?”».

[Ahora, Comité Invisible (Pepitas de calabaza, 2017), páginas 96-99. Imagen: detalle de El grito (Edvard Munch, 1893)].

Nuestro hombre en Ítaca

Nuestro hombre en Ítaca
Reseña de Llamarse nadie (Difácil, 2017), de Salvador Galán Moreu

En la primera página de «La plaza de Santa Ana» —el tercer relato de Llamarse nadie— el narrador explica: «Jeremías es boliviano, pero eso no importa. Aquí lo importante no es dónde nacen los personajes, sino que todos vienen de sitios distintos. Además, Jeremías no es un personaje, sino el narrador. A mí no me consideréis. Yo soy nadie. El spoiler de un guión aún por redactar. Un habitante de los márgenes. Yo no cuento». En la última página de ese mismo relato, ese mismo narrador-que-no-narra concluye: «la historia, a veces, es lo de menos».

En la primera página de «Berlinesas» —el sexto relato de Llamarse nadie— se afirma que «el punto de partida o el destino» de la familia protagonista «no importa», y en la página siguiente se agrega que el nombre de esa misma familia «carece de relevancia».

En resumen: de los personajes no nos interesa su procedencia ni su nombre ni su rumbo —es decir: de dónde venimos, quiénes somos, adónde vamos, las palabras con las que identificamos a los otros para que puedan abandonar esa otredad, las preguntas que los nativos de Tahití le hicieron a Gauguin cuando llegó a la isla y que el pintor francés primero y Siniestro Total después inmortalizaron en un cuadro y en una canción, respectivamente—; del narrador o narradores pudiera interesarnos alguna cosa, pero este o estos se esconden en otros personajes, en otros nombres o directamente niegan su importancia o incluso su existencia y, por tanto, también rechazan ser identificados; y de la historia —lo que nos queda— ya hemos descubierto que, por mucho que nos interese, «es lo de menos».

Y, sin embargo, todo en Llamarse nadie —tercer artefacto narrativo de Salvador Galán Moreu (Granada, 1981) tras Augustus Pablo y todos los nombres del reggae y El centro del frío— gira en torno a las identidades —es decir: a la capacidad de designar del lenguaje— y a las historias, pero no «historia» en el sentido de hechos, de aquello que sucede, sino del relato de aquello que (tal vez) ha sucedido.

Así, los doce cuentos del libro (organizados en tres partes: «El espíritu de la navidad», «Llamarse nadie» y «David Lynch sueña el buen nombre de Laura Palmer») son algo parecido a náufragos alcanzando la costa a los que el lector interroga sobre su procedencia, su nombre y su rumbo. Pero, como Odiseo —primer nadie de la literatura— frente al cíclope, estos textos prefieren no revelar su verdadera identidad y, en lugar de contestar a nuestras preguntas, nos retan a imaginar las respuestas.

El regreso a casa de un dependiente enfebrecido por la enfermedad y los libros; un aprendiz de escritor que no logra distinguir entre realidad y ficción; un oficinista bien avenido con su doppelgänger; un monstruo antirracista que no quiere ser nombrado; o una doctora en psiquiatría llamada Laura Palmer. Curiosamente, los protagonistas de Llamarse nadie —los más extravagantes y los más convencionales; los Ulises de Galán Moreu son tan homéricos como joyceanos— han convertido en ínsula las derrotas cotidianas y las ausencias, y se definen ahora desde esa periferia, desde un exilio a veces interior y otras literal. Y es en esa cotidianidad un poco gris donde, casi imperceptiblemente, se filtra lo imposible, como si a Cortázar le hubieran dado cinco minutos para meter mano en un cuento de Carver. O viceversa. Pequeñas fisuras por donde lo inexplicable se cuela en el relato y, en ocasiones, se acaba convirtiendo en su esencia.

No obstante, incluso cuando los protagonistas se obsesionan con esas anomalías sigue reinando cierta calma, cierta normalidad en la narración. No hay un descenso a la locura, a los abismos, como en la obra, por ejemplo, de Poe. Más bien se produce un extrañamiento, la sensación de un fallo en Matrix, un sutil cuestionamiento de lo real o, mejor, del discurso que sostiene lo real. Podríamos hablar aquí de subjetividad y posmodernidad, de posverdad o simulacro. Pero, sobre todo, podemos hablar de fe en el lenguaje, en la capacidad de la literatura para explicar eso que llamamos vida o, al menos, para nombrar lo que la vida podría ser. «Hay otros mundos, pero están en este», que decía aquel: la Ítaca de Homero, la Irlanda de Joyce, la Jamaica de Augustus Pablo. Ulises y Leopold Bloom recorriendo cada noche los bares de una isla. De cualquier isla.

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[Texto publicado en el número de octubre de 2017 de la revista digital de literatura The Barcelona Review. Imagen: D’où venons-nous? Que sommes-nous? Où allons-nous? (Paul Gauguin, 1898)].

Toda poesía es hostil al capitalismo o elogio de la periferia

Toda poesía es hostil al capitalismo o elogio de la periferia
I.

Benvolguts, benvolgudes, bona tarda a tots i a totes.

En primer lugar, quiero agradecer al Casal de Joves de Prosperitat en particular y a toda la organización de esta Foliada 2017, en general, la invitación para estar aquí, en la lectura de este pregón. «Para esta Foliada se ha decidido que el pregón lo hagan poetas», me comentaron hace un par de meses, cuando me propusieron participar, y yo contesté que vale, que venga, que escribiría algo, aunque nunca hasta ahora había leído un pregón, ni sabía lo que era la Foliada, ni conozco el tejido asociativo de Nou Barris tan bien como me gustaría… Pero todo esto lo pensé después de decir que sí. Así que aquí estoy: al fin y al cabo, en la escritura el «qué» nunca me ha preocupado tanto como el «para quién» o, aun mejor, «con quién».

II.

«No hay soledad en la escritura. Escribir es hacer comunidad», dice a este respecto la escritora mexicana Cristina Rivera Garza. Los filósofos Deleuze y Guattari, en Mil mesetas, lo explicaban de otra manera: «Cuando se escribe, lo único verdaderamente importante es saber con qué otra máquina está conectada la máquina literaria». No puede existir literatura, ni arte, ni cultura que no esté enraizada en el territorio, que no dialogue de alguna manera con lo que ocurre a su alrededor. Es decir, sí que puede existir, pero estaríamos hablando entonces de una cultura prefabricada, creada exclusivamente para ser «consumida», y en la que se abre un abismo entre el creador —palabra con tintes bíblicos— y los espectadores, entre aquello que nos cuentan y aquello que en la realidad sucede.

La cultura, decía Marina Garcés hace unas semanas en el pregón de las fiestas de La Mercè, «es la posibilidad de relacionar los saberes con la vida». La cultura, añadiría yo, es la posibilidad de cantar a coro para rebatir el discurso del poder, y la cultura popular (expresión que en el caso de Nou Barris resulta redundante) es la posibilidad de articular un relato propio de nuestras vidas y del espacio donde estas suceden, en este caso: la ciudad, las ciudades. La cultura popular es, quizás, entonces, al menos para nosotras: la historia de la ciudad desde las afueras de la ciudad.

III.

Si de algo sabe la poesía es de ciudades. Podríamos decir que la poesía, como la entendemos hoy en día, y las ciudades, como las conocemos hoy en día, nacen casi al mismo tiempo: en París, a mitad del siglo XIX, cuando la alianza del poder político con el capital comienza a transformar el corazón de las urbes para facilitar la producción y el movimiento de mercancías, y para facilitar, al mismo tiempo, la labor de las fuerzas represivas, ensanchando las calles y evitando así las barricadas que se levantaban cada cierto tiempo, en una época de continuos alzamientos revolucionarios en Europa. Los centros urbanos son derruidos y sustituidos por grandes avenidas y amplias aceras; la ciudad deja de ser el lugar de las conspiraciones y el anonimato y se transforma en un espacio limpio y aséptico para el incipiente consumo de masas y para la policía de turno. Los habitantes de esas zonas comienzan a ser primero criminalizados y luego expulsados a unas periferias que no dejarán de crecer, mientras sus antiguos barrios se vuelven irreconocibles o, directamente, desaparecen.

Estoy hablando del París del siglo XIX, pero, sí, podría estar hablando de la Barcelona de 2017.

En este contexto un tipo llamado Charles Baudelaire funda con un libro titulado Las flores del mal la poesía moderna; una poesía que escoge como protagonistas a estos primeros desheredados del capitalismo moderno: a los obreros, a las prostitutas, a los mendigos, a todos aquellos que se arrastran por los bulevares y los callejones, lejos de las flamantes luces de la nueva ciudad. Y encuentra, precisamente, en las miserias, en las contradicciones y en las resistencias de estas personas algo hermoso, una belleza que viene de lo feo, lo sórdido y lo marginal. Igual que hicieron los Sex Pistols con el rocanrol, así, mezclando viejas formas con nuevos conflictos, desenmascara Baudelaire, primer punk de la historia, las relaciones de poder que el capital impone. El poeta es aquí una especie de detective que recorre sin rumbo las calles buscando correspondencias ocultas, conexiones que no aparecen en los mapas que reflejan y señalan el poder.

IV.

Un siglo después, todavía en París, un grupo de filósofos y poetas conocidos como «situacionistas», también punks antes del punk, llamarán a esta deriva, medio en broma, medio en serio, «psicogeografía». El resto del mundo seguimos conociendo esta práctica como pasear, pero, en cualquier caso, la idea era aprehender la ciudad con maneras e intenciones distintas a las que marca el discurso oficial y, tal vez así, imaginar otra ciudad posible, no regida por los edificios gubernamentales o los monumentos históricos, es decir, no regida por los símbolos del poder. La improvisación, la espontaneidad y la creatividad no son otra cosa aquí que un desafío abierto a los planificadores urbanos, a los mapas dibujados desde los despachos. Para los psicogeógrafos, habitar la ciudad es perseguir la ciudad. Los situacionistas retoman el viejo sueño de las vanguardias (y antes de las vanguardias, del Romanticismo) de convertir la vida cotidiana en arte, y el arte, en vida.

V.

Dejó escrito el poeta Juan Gelman, padre y abuelo de desaparecidos por la dictadura de las Juntas Militares argentinas que «toda poesía es hostil al capitalismo». El capitalismo, en su actual forma neoliberal, es justo lo contrario de la poesía: no entiende de metáforas, todo lo convierte en mercancía; ata todo nombre y significado, toda emoción, sensación, práctica o proceso a una cosa: un producto, una marca, una «experiencia». Sí: el capitalismo, después de robarnos nuestra vida, pretende vendérnosla en pequeñas cápsulas, como «experiencias». La cultura, entonces, como acto político con el que reclamar y recuperar aquello que nos ha sido usurpado; la cultura como acontecimiento que conecta todas las facetas de nuestra vida e impide la fragmentación y el aislamiento con el que el neoliberalismo pretende someternos; la cultura como red que articula los barrios, los distritos y las ciudades desde abajo, desde la periferia y desde la memoria, y no desde el poder y su versión única de la historia.

VI.

Cada año, a finales de agosto, se recuerda en el distrito de Nou Barris, en la plaza Madres de Plaza de Mayo, el asesinato, a manos de la policía franquista, del maqui libertario Josep Lluís Facerías. A Facerías se le suele atribuir el atraco (en 1947, apenas unos meses después de salir de la cárcel) al edificio de la Hispano-Olivetti, importante empresa de máquinas de escribir ubicada por aquel entonces en la plaça de les Glòries de Barcelona. Toda poesía es hostil al capitalismo, hemos dicho, porque el capitalismo no entiende de metáforas. Tal vez sea esta la labor de la poesía, en los tiempos que corren: recuperar las metáforas frente al dominio de lo literal y de la neolengua, volver inseparables el arte y la vida, y que ante aquella pregunta terrible de «¿qué es poesía?» podamos responder, por ejemplo: poesía es un anarquista asaltando una fábrica de máquinas de escribir; poesía es una planta asfáltica convertida en carpa de circo, en ateneo popular; poesía es que las palabras señalen el lugar donde estuvieron las luchas y los cuerpos, y que seamos también capaces de poner el cuerpo donde pusimos antes la palabra, para recordarle al poder, desde la periferia de las ciudades y desde la periferia de los estados, que nuestras vidas son precisamente eso: nuestras.

Leo, y con esto termino mi intervención, el poema de Juan Gelman:

toda poesía es hostil al capitalismo
puede volverse seca y dura pero no
porque sea pobre sino
para no contribuir a la riqueza oficial

puede ser su manera de protestar de
volverse flaca ya que hay hambre
amarilla de sed y penosa
de puro dolor que hay puede ser que

en cambio abra los callejones del delirio y las bestias
canten atropellándose vivas de
furia de calor sin destino puede
ser que se niegue a sí misma como otra

manera de vencer a la muerte
así como se llora en los velorios
poetas de hoy
poetas de este tiempo

nos separaron de la grey no sé que será de nosotros
conservadores comunistas apolíticos cuando
suceda lo que sucederá pero
toda poesía es hostil al capitalismo

Feliz Foliada a todas y a todos.

Salud y poesía.

[Texto leído el 6 de octubre de 2017, en el Ateneo Popular de Nou Barris, como pregón del festival de cultura popular Foliada. El poema de Gelman pertenece al libro Cólera Buey (1971). Imagen: foto del Ateneo, Arxiu Històric de Roquetes].

Sid & Nancy

Sid & Nancy

«¿Morirías por mí?», preguntó Nancy.
Pero Sid solamente imaginaba
animales de fábula,
palmeras rojas, plátanos azules.
Juan de Dios García

 

Ayer me encontré con Sid & Nancy en la estación de tren.
Dormitaban en los bancos del andén, las cordilleras
del peinado de él descansando en el regazo de ella;
yo venía de currar quince horas seguidas. Nancy
acariciaba las mejillas de Sid mientras calculaba
la profundidad de los túneles, había amor, había odio
en su silencio; no había nadie más en la estación,
solo Sid & Nancy & yo. Subimos los tres al mismo tren
de cercanías, dirección Montcada-Bifurcació,
y nos sentamos en el mismo vagón.
Me sentí como un detective salvaje persiguiendo
dos sombras; Sid & Nancy susurraban secretos,
yo estudiaba sus espaldas, los parches de sus cazadoras,
la silueta de sus sueños, y ya bajaba en la próxima parada
y me alegré al saber que Sid & Nancy bajaban conmigo,
aunque también fue una extraña decepción: los imaginaba
perdiéndose en la noche en un viaje interminable
o, en su defecto, llegando hasta Montcada
y su cruce de caminos
—hay algo romántico y terrible en los finales
de trayecto, incluso si hablamos de un tren de cercanías—,
pero, no, ya lo he dicho, bajaron conmigo: Sid & Nancy
& yo compartiendo periferia; los seguí
desde la otra acera, a unos metros de distancia,
por las calles desiertas de Ciudad Meridiana.
Quise acercarme a ellos y advertirles: «Guardaos
de las habitaciones de hotel, de las ventanas cerradas»,
pero no me atreví y al poco tiempo
giraron una esquina y entraron en la niebla.
Al llegar a casa pensé que era imposible:
«He trabajado demasiado, Sid & Nancy
ya están muertos: serían dos chavales,
o dos fantasmas». En cualquiera de los casos
escribo estas líneas para que quede testimonio:
Sid Vicious & Nancy Spungen tal vez
fueron vistos en septiembre de 2017
en las afueras de Barcelona.

[Imagen: Sid Vicious y Nancy Spungen].