«Ernst Jünger ofreció en 1951 una definición política del bosque como el lugar del rebelde, del Waldgänger (término que significa, literalmente, «el que camina por el bosque»). Durante la Alta Edad Media escandinava, el Waldgänger era un proscrito que se refugiaba en los bosques, donde llevaba una existencia difícil y peligrosa, pues podía ser abatido por cualquiera que se lo encontrara. Pero Jünger precisa, en La emboscadura, que la figura del bosque debe verse, desde el principio, como un terreno de acción, un espacio concreto en el que el rebelde, el partisano, puede oponer resistencia, y tanto «en los matorrales o en los desiertos como en las ciudades». Si el rebelde se embosca, no es para refugiarse en una cabaña solitaria, sino para recuperar fuerzas y reagrupar pequeñas tropas.

»El rebelde sigue estimulando los imaginarios populares. Pensemos en Robin Hood. Incluso la industria del cine lleva décadas obsesionada con el «rebelde», para lo bueno y para lo malo. Siempre con ese aire nostálgico de revuelta individual contra un «orden injusto» que habría que tumbar para volver a un improbable pasado virtuoso. Hasta nuestros días, cuando aparece la figura del «rebelde ecológico». En el taquillazo Avatar, el piloto Jake Sully, antes parapléjico, decide luchar junto al pueblo na’vi para proteger su bosque deidad Eywa de una compañía minera y su armada paramilitar. Expulsado del ejército, traidor a su especie, se encuentra solo en mitad de un bosque reducido a cenizas por los misiles. Y pronuncia entonces una frase tan reveladora: «Un paria, un traidor, un alienígena. Estaba en el lugar que los Ojos no ven». Más allá de este imaginario hollywoodiense, por lo demás bastante pobre, se trata de comprender que el Waldgänger, el forajido, el bandido, el hombre lobo o, en cierto modo, el niño salvaje son figuras límite de la política.

»»Límite», en este caso, no significa allí donde algo se cierra sobre sí mismo, sino, al contrario, allí donde comienza a existir. El límite no es administrativo ni identitario, sino espeso. Los bordes sobrepasan siempre las entidades que supuestamente han de separar. Albergan, pues, otra percepción del mundo. Desde el espacio del bosque, desde su asilvestramiento, el ser humano se ve afectado por algo que está más allá de lo humano, el individuo se ve atravesado por algo ajeno a sí mismo. Quizá un destino animal o hechicero, por medio del cual no regresa a un origen cualquiera, sino que se ve atravesado por una memoria colectiva, con sus usos, sus vínculos, su magia. Una magia que no señala una línea clara entre dos mundos llamados a permanecer separados, sino que revela las sutiles relaciones que estos mantienen. Como si el exilio, la ruptura, la huida del Waldgänger permitieran conformar un exterior, pero un exterior desde el que una fuerza puede nacer y crecer. A partir de esta hipótesis, el espacio del bosque puede concebirse no ya como una extensión, un simple superficie, sino como un espacio lleno de intensidad, radicalmente político. Así lo demuestra, en los usos populares, la figura del «hombre de los bosques» o, más en concreto, del «hombre en los bosques»: una figura que ya no sería el símbolo de una exclusión eterna, como un pedazo de naturaleza sin vínculo alguno con la comunidad, sino, muy al contrario, un umbral de indiferenciación y de paso entre el animal y el ser humano, el bosque y el pueblo, la máscara y el rostro, lo invisible y lo visible».

[Fragmento del ensayo Ser bosques. Emboscarse, habitar y resistir en los territorios en lucha, de Jean-Baptiste Vidalou (Errata naturae, 2020; pp. 205-207, traducción de Silvia Moreno Parrado). Imagen: ZAD (Zona A Defender) de la Colline (Suiza)].

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